lunes, 1 de junio de 2015

SANTOS MARCELINO Y PEDRO. Marcelino era sacerdote y Pedro exorcista, y ambos fueron mártires. El papa san Dámaso es quien nos ha dejado las noticias de su muerte que oyó de boca del mismo verdugo. Fueron condenados a muerte en Roma durante la persecución de Diocleciano, a comienzos del siglo IV, seguramente el año 304. Para su ejecución los llevaron a un bosque fuera de la ciudad, a fin de que se desconociera el lugar de su sepultura. Allí los obligaron a cavar con sus manos su propia fosa, en la que los enteraron después de haberlos decapitado. Pero una piadosa matrona romana, llamada Lucilia, consiguió localizar los restos de los mártires, los recogió y los sepultó en el cementerio llamado Ad duas lauros,en la Vía Labicana de Roma donde, después de la paz de Constantino, su madre, santa Elena, hizo construir una basílica.- Oración: Señor, tú has hecho del glorioso testimonio de tus mártires san Marcelino y san Pedro nuestra protección y defensa; concédenos la gracia de seguir sus ejemplos y de vernos continuamente sostenidos por su intercesión. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
SANTOS POTINO, BLANDINA Y COMPAÑEROS, mártires de Lyón. El año 177 se desencadenó en Lyon y sus alrededores una terrible persecución contra los cristianos, de acuerdo con los edictos del emperador Marco Aurelio. Son en total 48 mártires, de distinta clase y condición, los que la Iglesia conmemora en esta fecha, bajo el nombre de «Mártires de Lyón». 


Los mataron más o menos en la misma fecha, por odio a la fe cristiana, en Lyon mismo o en Vienne. El relato más importante que tenemos de su martirio lo constituye la carta que la Iglesia de Galia envió, poco después de los acontecimientos, a los hermanos de Asia y de Frigia, y que recoge Eusebio de Cesarea en su Historia Ecclesiastica. Potino, obispo ya nonagenario, al poco de ser encarcelado falleció, otros también murieron en la cárcel, y otros fueron expuestos como espectáculo en el anfiteatro, ante miles de personas, donde los que eran ciudadanos romanos fueron decapitados y los demás entregados a las fieras; por último, Blandina, reservada para un combate más cruel y prolongado, después de haber alentado a sus compañeros, los siguió al ser torturada y decapitada. Estos son sus nombres: Potino, Blandina, Zacarías, Vecio Epagato, Macario, Asclibíades, Silvio, Primo, Ulpio, Vital, Commino, Octubre, Filomeno, Gemino, Julia, Albina, Grata, Emilia, Potamia, Pompeya, Rodana, Biblis, Cuarcia, Materna, Helpis, Santos, Maturo, Atalo de Pérgamo, Alejandro de Frigia, Póntico, Isto, Aristeo, Cornelio, Zósimo, Tito, Julio, Zótico, Apolonio, Geminiano, otra Julia, Ausona, otra Emilia, Jamnica, otra Pompeya, Domna, Justa, Trófima y Antonia.
SAN FÉLIX DE NICOSIA[Murió el 31 de mayo, pero su memoria se celebra el 2 de junio] Nació el año 1715 en Nicosia (Sicilia), en el seno de una familia humilde y muy religiosa. Pronto tuvo que trabajar en el oficio de su difunto padre, que era zapatero, para subvenir a los suyos. Tras recibir varias negativas, consiguió ser admitido en la Orden capuchina. Hecha la profesión, lo enviaron al convento de su pueblo, donde por espacio de más de cuarenta años ejerció el oficio de limosnero, desarrollando un intenso apostolado popular e itinerante, entre gentes de todas las clases. Era analfabeto, pero tenía la ciencia de la caridad y de la humildad. Sus mayores devociones fueron la pasión de Cristo, la Eucaristía y la Virgen de los Dolores. Realizó siempre trabajos humildes y destacó por su obediencia y paciencia, espíritu de sacrificio y amor a los niños y a los pobres y enfermos. Murió el 31 de mayo de 1787 en Nicosia. Lo canonizó Benedicto XVI el año 2005, y su fiesta se celebra el 2 de junio.
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Santo Domingo Ninh. Joven vietnamita cristiano, agricultor, martirizado a los veinte años de edad. Su padre lo forzó a casarse con una joven a la que él no amaba, por lo que se negó a consumar el matrimonio. Acusado de ser cristiano y arrestado, confesó abiertamente su fe en Cristo. Fue maltratado y torturado de muchas maneras, pero no consiguieron que apostatara ni que pisoteara la cruz. Lo decapitaron el año 1862 en Au Thi (Vietnam), en tiempo del emperador Tu Duc.
San Erasmo. Obispo de Formia (Lazio, Italia), martirizado hacia el año 303 en tiempo de los emperadores Diocleciano y Maximiano.
San Eugenio I, papa del año 654 al año 657. Sucedió en el sumo pontificado a san Martín I, mártir de los abusos y violencias de la corte bizantina, y él mismo habría corrido una suerte parecida si la muerte no lo hubiera impedido. Era romano, hombre recto y espiritual, sin servilismo alguno respecto a las autoridades de Bizancio y a su posición doctrinal: rechazó la carta del patriarca Pedro de Constantinopla que sabía a monotelismo, o sea, negación de las dos voluntades en Jesucristo. Murió el año 657 y fue enterrado en San Pedro de Roma.
San Guido. Nació en torno al año 1004 de familia noble. Fue elegido obispo de Acqui, en el Piemonte (Italia), el año 1034. En aquel tiempo abundaban la inmoralidad y la simonía. Guido centró sus esfuerzos en conseguir el crecimiento moral y espiritual de su clero, y no dudó en emplear su patrimonio personal en ayudas a los sacerdotes para que se vieran libres de problemas económicos. Además procuró grano a la población agobiada por la carestía. Murió el año 1070.
San Nicéforo. Nació en Constantinopla de familia noble. Su padre, tesorero imperial, fue torturado y murió en el destierro por haber defendido el culto a las sagradas imágenes. Nicéforo fue elegido obispo de Constantinopla el año 806 cuando aún era seglar. Vistió el hábito monástico, recibió las órdenes sagradas y la consagración episcopal. Durante un tiempo pudo dedicarse a fomentar la disciplina eclesiástica y la ortodoxia, así como la vida espiritual de los fieles. Pero el año 814 se enfrentó al emperador León V el Armenio que pretendía retirar del culto las imágenes sagradas. Nicéforo fue depuesto de su sede y desterrado a un monasterio, en una isla de la Propóntide (en la actual Turquía), donde murió el año 829.
San Nicolás el Peregrino. Nació en Grecia donde pasó algunos años viviendo en la soledad. Después se trasladó a Italia y estuvo recorriendo, como peregrino, toda la región de Apulia llevando en la mano una cruz y repitiendo sin cesar Kyrie, eleison, «Señor, ten piedad». Murió en Trani (Apulia, Italia) el año 1094.
Beatos Sadoc y compañeros mártires. Según la tradición, Sadoc recibió el hábito de manos del propio fundador de la Orden de Predicadores, Santo Domingo, quien lo envió con otros religiosos a fundar la Orden en Hungría. Años después, Sadoc fue trasladado al convento de Sandomierz (Polonia), junto al río Vístula, como prior de la comunidad. Mucho evangelizaron los dominicos en aquellas tierras. El 2 de agosto de 1260, cuando la comunidad cantaba la Salve Regina después del rezo de Completas, los asaltaron los tártaros y los asesinaron a todos, cuarenta y nueve en total.


PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Dice la Carta a los Romanos: -¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (cf. Rm 8,35-39).
Pensamiento franciscano:
Dice san Francisco: -Todos los hermanos recuerden que se dieron al Señor Jesucristo y que le cedieron sus cuerpos. Y por su amor deben exponerse a los enemigos, porque dice el Señor: El que pierda su alma por mi causa, la salvará para la vida eterna. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán (1 R 16,10-13).
Orar con la Iglesia:
Con la confianza que nos da el ser hijos de Dios, pidamos a Dios nuestro Padre:
-Que envíe su Espíritu sobre la Iglesia y la llene de sus dones.
-Que santifique a los obispos y a los sacerdotes y les dé el Espíritu de sabiduría.
-Que reine la concordia en nuestro pueblo, la prudencia y la justicia en los gobernantes, y la paz entre las naciones.
-Que los pobres, los enfermos y todos los indigentes sientan el apoyo de sus hermanos los hombres y el gozo del Espíritu.
-Que el Espíritu del Señor nos fortalezca en la fe, nos revele toda la verdad y nos llene de su amor.
Oración: Multiplica sobre nosotros, Señor, los dones de tu Espíritu, para que se realicen también en nosotros las maravillas de Pentecostés. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Benedicto XVI, Ángelus del 11 de junio de 2006
Queridos hermanos y hermanas:
Gracias al Espíritu Santo, que ayuda a comprender las palabras de Jesús y guía a la verdad completa (cf. Jn 14,26; 16,13), los creyentes pueden conocer, por decirlo así, la intimidad de Dios mismo, descubriendo que él no es soledad infinita, sino comunión de luz y de amor, vida dada y recibida en un diálogo eterno entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo, como dice san Agustín, Amante, Amado y Amor.
En este mundo nadie puede ver a Dios, pero él mismo se dio a conocer de modo que, con el apóstol san Juan, podemos afirmar: «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16), «hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él» (cf. 1 Jn 4,16). Quien se encuentra con Cristo y entra en una relación de amistad con él, acoge en su alma la misma comunión trinitaria, según la promesa de Jesús a los discípulos: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).
Todo el universo, para quien tiene fe, habla de Dios uno y trino. Desde los espacios interestelares hasta las partículas microscópicas, todo lo que existe remite a un Ser que se comunica en la multiplicidad y variedad de los elementos, como en una inmensa sinfonía. Todos los seres están ordenados según un dinamismo armonioso, que analógicamente podemos llamar «amor». Pero sólo en la persona humana, libre y racional, este dinamismo llega a ser espiritual, llega a ser amor responsable, como respuesta a Dios y al prójimo en una entrega sincera de sí. En este amor, el ser humano encuentra su verdad y su felicidad. Entre las diversas analogías del misterio inefable de Dios uno y trino que los creyentes pueden vislumbrar, quisiera citar la de la familia, la cual está llamada a ser una comunidad de amor y de vida, en la que la diversidad debe contribuir a formar una «parábola de comunión».
Obra maestra de la santísima Trinidad es, entre todas las criaturas, la Virgen María: en su corazón humilde y lleno de fe, Dios se preparó una morada digna para realizar el misterio de la salvación. El Amor divino encontró en ella una correspondencia perfecta, y en su seno el Hijo unigénito se hizo hombre. Con confianza filial dirijámonos a María, para que, con su ayuda, progresemos en el amor y hagamos de nuestra vida un canto de alabanza al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.
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LOS QUE SON COMPAÑEROS DE CRISTO EN EL SUFRIR
TAMBIÉN LO SON EN EL BUEN ÁNIMO
Orígenes: De la Exhortación al martirio
Si hemos pasado de la muerte a la vida, al pasar de la infidelidad a la fe, no nos extrañemos de que el mundo nos odie. Pues quien no ha pasado aún de la muerte a la vida, sino que permanece en la muerte, no puede amar a quienes salieron de las tinieblas y han entrado, por así decirlo, en esta mansión de la luz edificada con piedras vivas.
Jesús dio su vida por nosotros; demos también nuestra vida, no digo por él, sino por nosotros mismos y, me atrevería a decirlo, por aquellos que van a sentirse alentados por nuestro martirio.
Nos ha llegado, oh cristiano, el tiempo de gloriarnos. Pues dice la Escritura:Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia; la constancia, virtud probada; la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
Si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, gracias a Cristo rebosa en proporción nuestro ánimo; aceptemos, pues, con gran gozo los padecimientos de Cristo, y que se multipliquen en nosotros, si realmente apetecemos un abundante consuelo, como lo obtendrán todos aquellos que lloran. Pero este consuelo seguramente superará a los sufrimientos, ya que, si hubiera una exacta proporción, no estaría escrito: Si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, rebosa en proporción nuestro ánimo.
Los que se hacen solidarios de Cristo en sus padecimientos participarán también, de acuerdo con su grado de participación, en sus consuelos. Tal es el pensamiento de Pablo, que afirma con toda confianza: Si sois compañeros en el sufrir, también lo sois en el buen ánimo.
Dice también Dios por el Profeta: En el tiempo de gracia te he respondido, en el día de salvación te he auxiliado. ¿Qué tiempo puede ofrecerse más aceptable que el momento en el que, por nuestra fe en Dios por Cristo, somos escoltados solemnemente al martirio, pero como triunfadores, no como vencidos?
Los mártires de Cristo, con su poder, derrotan a los principados y potestades y triunfan sobre ellos, para que, al ser solidarios de sus sufrimientos, tengan también parte en lo que él consiguió por medio de su fortaleza en los sufrimientos.
Por tanto, el día de salvación no es otro que aquel en que de este modo salís de este mundo.
Pero, os lo ruego: Para no poner en ridículo nuestro ministerio, nunca deis a nadie motivo de escándalo; al contrario, continuamente dad prueba de que sois ministros de Dios con lo mucho que pasáis, diciendo: Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda? Tú eres mi confianza.
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«TENER EL ESPÍRITU DEL SEÑOR» (II)
por Ignace-Étienne Motte, ofm
UNA EXPERIENCIA DECISIVA
Si Francisco valora tan bien la importancia de este cambio radical de espíritu, si lo analiza con tanto acierto, ¿no será porque lo experimentó personalmente y de manera inolvidable en el umbral de su andadura espiritual?
Él mismo nos relata al principio de su Testamento: «El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia...» (Test 1). Un acontecimiento de la juventud de Francisco tuvo una importancia decisiva en su itinerario. Francisco afirma con fuerza: «Y después de esto, permanecí un poco de tiempo y salí del siglo» (Test 3). Se trata del encuentro con los leprosos. En aquel momento su vida cambió de arriba abajo. Antes estaba, nos lo dice él mismo, «en pecados» (Test 1); es decir, vivía siguiendo el espíritu del mundo y buscando el éxito y la satisfacción personal. Esto incluía naturalmente el horror a los leprosos. Su bondad espontánea, subrayada a porfía por sus biógrafos, se quedaba corta ante lo que le parecía absolutamente opuesto a cuanto él apreciaba.
El leproso era el límite infranqueable del amor de Francisco. Pero he aquí que, donde las fuerzas desfallecen, el Señor pasa -«El Señor mismo me condujo en medio de ellos»- e introduce a Francisco en el impulso de su misericordia. «Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo» (Test 3). Al igual que en el episodio del banquete con sus amigos en una noche de Asís (cf. TC 7), Francisco experimenta la dulzura de Dios; pero en el encuentro con los leprosos Francisco no es sólo beneficiario, sino también actor. Y, actuando así, nace a la vida de Dios, entra en el mundo de Dios: en espíritu ya ha «salido del siglo».
Es un cambio radical. Un cambio de gusto: lo amargo se transforma en dulzura. Un cambio de apreciación de lo que se entiende por «triunfar». Un cambio del sentido de la vida: el ambicioso Francisco ya no piensa en llegar a la cumbre para ser el más grande, sino, al contrario, en abajarse para aproximarse todo lo posible al más pequeño. Un cambio incluso de su imagen de Dios: Éste deja de parecerle el majestuoso Soberano de Espoleto, que va a izarlo a la cima de la Gloria, y reviste los rasgos de Cristo pobre y crucificado, hecho leproso por amor a nosotros. Francisco entrevé de repente que la verdadera grandeza, la única grandeza, es la del amor, y que nada hay más importante en el mundo que encender una chispa de alegría en el ojo tumefacto del leproso. Cambio de gusto, cambio de vida, cambio de Dios: el encuentro con los leprosos es verdaderamente la «conversión» de Francisco.
Esta transformación es obra de Dios: sólo Él puede dar un corazón nuevo; sólo Él puede sustituir el espíritu terreno por el Espíritu Santo; sólo Él puede producir el nuevo nacimiento que hará entrar en el Reino; sólo Él puede resucitar a los muertos. Al hombre le corresponde confesar su pobreza y mantenerse activamente disponible para Dios. Al hombre le incumbe contar lo que Dios ha hecho: «El Señor me dio de esta manera...».



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