viernes, 5 de junio de 2015

SAN NORBERTO. Nació de familia noble hacia el año 1080 en Xanten (Alemania). Canónigo de la Catedral de Colonia, una vez convertido de su vida mundana, abrazó la vida religiosa y se ordenó de sacerdote el año 1115. Renunció entonces a sus beneficios eclesiásticos, repartió sus bienes a los pobres y se centró en la vida apostólica, en la que se distinguió sobre todo por su actividad como predicador en Francia y Alemania. Con un grupo de compañeros fundó el año 1120 en Prémontré, cerca de Laon, la Orden de los Canónigos Regulares Premonstratense, para clérigos que llevaran a la vez la vida en común y la actividad apostólica. El año 1126 fue consagrado arzobispo de Magdeburgo, y se dedicó a renovar la vida cristiana y a evangelizar a los paganos de las regiones vecinas. Murió en su sede episcopal el 6 de junio de 1134.- Oración: Señor, tú hiciste del obispo san Norberto un pastor admirable de tu Iglesia por su espíritu de oración y su celo apostólico; te rogamos que, por su intercesión, tu pueblo encuentre siempre pastores ejemplares que lo conduzcan a la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
SAN MARCELINO CHAMPAGNAT. Nació el año 1789 en la aldea de Rosey, parroquia de Marlhes (Loira, Francia). Pronto sintió la vocación sacerdotal, y en 1805 ingresó en el seminario de Verrières, del que pasó al de Lyon; ya aquí se integró en la Sociedad de María y proyectó la fundación de una congregación que llevaría el nombre de la Madre de Cristo. Se ordenó de sacerdote en 1816 y, en el campo parroquial, las actividades esenciales de su ministerio fueron la visita a los enfermos, la catequesis de los niños, la atención a los pobres y el fomento de la vida cristiana en las familias. 


En 1817 fundó el Instituto de los Hermanos Maristas, laicos, a los que formaba para ser maestros cristianos, catequistas y educadores de los niños y jóvenes. Un año antes de su muerte profesó en la congregación de los Padres Maristas. Murió en la casa de Ntra. Sra. del Hermitage, cerca de Saint-Chamond (Lyon), el 6 de junio de 1840. Fue canonizado en 1999.- Oración: Padre santo, que por medio de tu Hijo unigénito has revelado el mandamiento de la nueva ley y nos has dado a san Marcelino como ejemplo admirable del modo de vivirlo, concédenos, te rogamos, que también nosotros, siguiendo sus enseñanzas, amemos a los hermanos de corazón, y conduzcamos el mundo al conocimiento de la verdad de Cristo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
SAN RAFAEL GUÍZAR VALENCIA. Nació en Cotija, estado mexicano de Michoacán, en 1878. A los 23 años fue ordenado de sacerdote en su diócesis nativa de Zamora, en la que se consagró a las misiones populares y a la atención de los seminaristas. A partir de 1911 fue víctima de la persecución contra la Iglesia, por lo que tuvo que refugiarse primero en Estados Unidos y Guatemala y más tarde en Cuba, donde recibió en 1919 el nombramiento de obispo de Veracruz. También de obispo fue un incansable misionero y evangelizador popular de un vasto territorio empobrecido por las circunstancias y por un terremoto. Una de sus principales preocupaciones fue la formación de los sacerdotes, para la que recuperó el seminario de Jalapa, lo que le valió nuevas persecuciones. De los dieciocho años que regentó la diócesis, nueve los pasó en el exilio o huyendo porque lo buscaban para matarlo. Murió el 6 de junio de 1938 en la ciudad de México. Lo canonizó Benedicto XVI en el 2006.
BEATO LORENZO DE VILLAMAGNA. Nació en Villamagna (Abruzzo, Italia) el año 1476, de la noble familia De Masculis. Educado cristianamente, cuando quiso hacerse franciscano se encontró con la oposición de su padre que trató de disuadirlo por todos los medios. El joven, firme en su propósito, consiguió por fin el consentimiento paterno e ingresó en los Observantes de Ortona. Ordenado de sacerdote, lo destinaron al ministerio de la predicación. Sus sermones, llenos de unción, sabiduría y fuerza evangélica arrastraban a sus auditorios a la conversión y a la santidad de vida. A la intensa actividad pastoral unía Lorenzo largos espacios de oración y severas penitencias. Y en su ministerio permaneció hasta que la muerte lo sorprendió en Ortona el 6 de junio de 1535.
BEATO INOCENCIO GUZ.Es uno de los 108 Mártires de la II Guerra Mundial (1940-43) beatificados por Juan Pablo II en 1999. Nació en Leópoli (hoy, Lviv, en Ucrania) el año 1890. En 1908 vistió el hábito franciscano entre los Conventuales. Hizo los estudios en Cracovia, donde recibió la ordenación sacerdotal en 1914. Estuvo destinado en varios conventos, y en Grodno se encontró con san Maximiliano Kolbe. Con él pasó a Niepokalanów, donde fue confesor de los frailes, vicemaestro de los clérigos y profesor de canto en el seminario misionero. En 1936 volvió a Grodno, y allí lo sorprendió la guerra. Lo encarcelaron los soviéticos en marzo de 1940. Consiguió escapar, pero lo detuvieron los nazis en la frontera. Pasó por varios campos de concentración hasta llegar al de Sachsenhausen (Alemania). Maltrecho como estaba por las torturas sufridas, los guardias del campo lo asesinaron el 6 de junio de 1940.
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San Alejandro de Fiésole. Nació en Fiésole (Toscana, Italia) de familia noble. De joven abrazó la vida eclesiástica. Cuando lo eligieron obispo de su ciudad, se encontró con que los señores feudatarios de la región habían usurpado los bienes de la Iglesia. Apeló entonces al emperador Lotario y fue a visitarlo a Pavía. El emperador le dio la razón y determinó que se le devolvieran aquellos bienes. Cuando regresaba a su sede, los señores de Fiésole, enterados de la resolución del emperador, decidieron acabar con el obispo y lo arrojaron al río Reno, junto a Bolonia, en el que murió ahogado. Era el año 823.
Santos Artemio, Paulina y Cándida. Según las fuentes hagiográficas, Artemio y Paulina eran esposos, y Cándida era hija suya, y fueron martirizados en Roma, en el segundo miliario de la Vía Aurelia, en torno al año 302.
San Besarión. Nació en Egipto y desde muy joven abrazó la vida de los anacoretas en el desierto. Fue discípulo de san Antonio Abad, con el que estuvo muchos años, y de san Macario de Escete. Años más tarde decidió hacerse mendicante y peregrino por amor de Dios. Cultivó una vida interior intensa y mostró una gran generosidad con los pobres. Murió en Escete (Egipto) en la segunda mitad del siglo IV.
San Ceracio (o Cerato). Fue obispo de Grenoble (Francia). Agradeció al papa san León Magno su famosa Carta a Flaviano, y preservó a sus fieles del contagio de la herejía monofisita que enseña la unidad física entre la naturaleza humana y la naturaleza divina de Cristo. Murió el año 452.
San Claudio. Dejó la vida militar y fue abad del monasterio de Condat y obispo de Besançon en Francia. Murió en el monte Jura hacia el año 703.
San Colman. Obispo de las Islas Orcadas, próximas a Escocia, que murió hacia el año 1010.
San Eustorgio II de Milán. Obispo de Milán, insigne por su piedad, su amor a la justicia y sus virtudes propias de un pastor de la Iglesia. Construyó un baptisterio famoso. Murió el año 518.
San Gilberto. Era un noble de Aquitania (Francia), casado, que participó en la segunda cruzada y que luego, de acuerdo con su esposa, se retiró a llevar vida eremítica. Después edificó un monasterio en Neufontaines y a continuación un hospital en el que cuidaba a los enfermos. El año 1151 ingresó en el monasterio premonstratense de Dilo y muy poco después regresó al de Neufontaines con un grupo nutrido de monjes que lo eligieron abad. Allí murió el año 1152.
San Hilarión. Sacerdote y hegúmeno o superior del monasterio llamado de Dalmacio, que, por defender el culto de las sagradas imágenes, sufrió con entereza la cárcel, los azotes y el exilio. Murió en Constantinopla el año 845.
San Jarlath. Fue el primer abad-obispo de Tuam, en Connaught (Irlanda). Gobernó santamente su monasterio, al que acreditó con la fundación de una escuela que se hizo famosa. Murió hacia el año 550.
Santos Pedro Dung, Pedro Thuan y Vicente Duong. Santos mártires vietnamitas, seglares, casados y padres de familia, los dos primeros eran de oficio pescadores y el tercero agricultor. Detenidos durante la persecución del emperador Tu Duc, fueron torturados por negarse a apostatar de su fe pisoteando la cruz. Por último fueron quemados vivos en la ciudad de Luong My (Vietnam) el año 1862.
Beato Bertando de Aquileya. Nació en Saint-Geniès (Cahors, Francia) hacia el año 1260, estudió derecho en Toulouse, llevó a cabo encargos pontificios mientras fue papa su paisano Juan XXII, y en 1334 fue nombrado patriarca de Aquileya (Italia). Trabajó con diligencia en la formación del clero, fomentó el desarrollo material y social del pueblo y promovió la cultura, convocó sínodos y concilios, fundó monasterios, socorrió con sus bienes a los pobres en tiempo de carestía, defendió con tesón los derechos de la Iglesia y, ya nonagenario, fue víctima de unos sicarios, enviados por sus enemigos, que lo asesinaron cerca de Udine, el año 1350.
Beato Falcón. Abad del monasterio benedictino de Cava dei Tirreni, en la región de Campania (Italia). Murió el año 1146.
Beato Guillermo Greenwood. Era hermano converso en la cartuja de Londres y, cuando su prior aceptó la supremacía religiosa del monarca Enrique VIII, separándose de la autoridad del Papa, Guillermo, al igual que otros religiosos, se negó a semejante apostasía. Por su fidelidad a la Iglesia católica, fue encarcelado y sometido a la tortura de la argolla y la cadena, dejándolo morir de inanición. Expiró el 6 de junio de 1537.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos salvados por él! (cf. Rm 5,5-10).
Pensamiento franciscano:
Dice san Francisco en su Regla: -El espíritu del Señor, al contrario del espíritu de la carne, se aplica con empeño a la humildad y la paciencia y a la pura y simple y verdadera paz del espíritu. Y siempre desea, sobre todas las cosas, el temor divino y la sabiduría divina y el amor divino del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (1 R 17,14-16).
Orar con la Iglesia:
Jesucristo intercede por nosotros ante el Padre para que derrame sobre su Iglesia y sobre el mundo al Espíritu Santo Consolador. Oremos, pues, en su nombre:
-Para que envíe al Espíritu sobre el Papa y sobre todos los pastores de la Iglesia.
-Para que envíe sobre todos los hombres el Espíritu de fortaleza y paciencia, de fidelidad y constancia, de alegría y esperanza.
-Para que ilumine con la luz del Evangelio las mentes de los gobernantes y mueva sus corazones en la búsqueda sincera del bien.
-Para que todos estemos abiertos a recibir al Espíritu y a ser sus testigos en el mundo.
Oración: Te lo pedimos, Padre, en nombre y por intercesión de tu Hijo, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
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EL ESPÍRITU EN NUESTROS CORAZONES
SEGÚN SAN PABLO
Benedicto XVI, Catequesis del 15 de noviembre de 2006
Queridos hermanos y hermanas:
San Pablo en sus cartas no se limita a ilustrar la dimensión dinámica y operativa de la tercera Persona de la santísima Trinidad, sino que analiza también su presencia en la vida del cristiano, cuya identidad queda marcada por él. Es decir, san Pablo reflexiona sobre el Espíritu mostrando su influjo no solamente sobre el actuar del cristiano sino también sobre su ser. En efecto, dice que el Espíritu de Dios habita en nosotros (cf. Rm 8,9; 1 Co 3,16) y que «Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo» (Ga 4,6).
Por tanto, para san Pablo el Espíritu nos penetra hasta lo más profundo de nuestro ser. A este propósito escribe estas importantes palabras: «La ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte. (...) Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 2. 15), dado que somos hijos, podemos llamar «Padre» a Dios.
Así pues, se ve claramente que el cristiano, incluso antes de actuar, ya posee una interioridad rica y fecunda, que le ha sido donada en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, una interioridad que lo sitúa en una relación objetiva y original de filiación con respecto a Dios. Nuestra gran dignidad consiste precisamente en que no sólo somos imagen, sino también hijos de Dios. Y esto es una invitación a vivir nuestra filiación, a tomar cada vez mayor conciencia de que somos hijos adoptivos en la gran familia de Dios. Es una invitación a transformar este don objetivo en una realidad subjetiva, decisiva para nuestro pensar, para nuestro actuar, para nuestro ser. Dios nos considera hijos suyos, pues nos ha elevado a una dignidad semejante, aunque no igual, a la de Jesús mismo, el único Hijo verdadero en sentido pleno. En él se nos da o se nos restituye la condición filial y la libertad confiada en relación con el Padre.
De este modo descubrimos que para el cristiano el Espíritu ya no es sólo el «Espíritu de Dios», como se dice normalmente en el Antiguo Testamento y como se sigue repitiendo en el lenguaje cristiano (cf. Gn 41,38; Ex 31,3; 1 Co 2,11-12; Flp 3,3; etc.). Y tampoco es sólo un «Espíritu Santo» entendido genéricamente, según la manera de expresarse del Antiguo Testamento (cf. Is 63,10-11; Sal 51,13), y del mismo judaísmo en sus escritos (cf. Qumrán, rabinismo). Es específica de la fe cristiana la convicción de que el Señor resucitado, el cual se ha convertido él mismo en «Espíritu que da vida» (1 Co 15,45), nos da una participación original de este Espíritu.
Precisamente por este motivo san Pablo habla directamente del «Espíritu de Cristo» (Rm 8,9), del «Espíritu del Hijo» (Ga 4,6) o del «Espíritu de Jesucristo» (Flp 1,19). Es como si quisiera decir que no sólo Dios Padre es visible en el Hijo (cf. Jn 14,9), sino que también el Espíritu de Dios se manifiesta en la vida y en la acción del Señor crucificado y resucitado.
San Pablo nos enseña también otra cosa importante: dice que no puede haber auténtica oración sin la presencia del Espíritu en nosotros. En efecto, escribe: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene -realmente no sabemos hablar con Dios-; mas el Espíritu mismo intercede continuamente por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios» (Rm 8,26-27). Es como decir que el Espíritu Santo, o sea, el Espíritu del Padre y del Hijo, es ya como el alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que se eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, cuyos términos no podemos ni siquiera precisar.
En efecto, el Espíritu, siempre activo en nosotros, suple nuestras carencias y ofrece al Padre nuestra adoración, junto con nuestras aspiraciones más profundas. Obviamente esto exige un nivel de gran comunión vital con el Espíritu. Es una invitación a ser cada vez más sensibles, más atentos a esta presencia del Espíritu en nosotros, a transformarla en oración, a experimentar esta presencia y a aprender así a orar, a hablar con el Padre como hijos en el Espíritu Santo.
Hay, además, otro aspecto típico del Espíritu que nos enseña san Pablo: su relación con el amor. El Apóstol escribe: «La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5).
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GRANDE ENTRE LOS GRANDES
Y EXIGUO ENTRE LOS PEQUEÑOS
De la Vida de san Norberto, obispo
Norberto es contado, con toda razón, entre los que más eficazmente contribuyeron a la reforma gregoriana; él, en efecto, quiso antes que nada formar un clero entregado a una vida genuinamente evangélica y a la vez apostólica, casto y pobre, que aceptara «a la vez la vestidura y el ornato del hombre nuevo: lo primero en el hábito religioso, lo segundo en la dignidad de su sacerdocio», y que se preocupara de «seguir las enseñanzas de la sagrada Escritura y de tener a Cristo por guía». Acostumbraba recomendar a este clero tres cosas: «En el altar y en los divinos oficios, decoro; en el capítulo, enmienda de las desviaciones y negligencias; con respecto a los pobres, atenciones y hospitalidad».
A los sacerdotes, que en la comunidad hacían las veces de los apóstoles, les agregó tal multitud de fieles laicos y de mujeres, a imitación de la Iglesia primitiva, que muchos aseguraban que nadie, desde el tiempo de los apóstoles, había podido adquirir para Cristo, en tan breve espacio de tiempo y con la formación que él les daba, semejante cantidad de personas que procurasen seguir una vida de perfección.
Cuando lo nombraron arzobispo, encomendó a sus hermanos de religión la evangelización de los Vendos; además, se esforzó en la reforma del clero de su diócesis, a pesar de la turbación y conmoción que esto causó en el pueblo.
Finalmente, su principal preocupación fue consolidar y aumentar la armonía entre la Santa Sede y el Imperio, guardando, sin embargo, intacta la libertad en cuanto a los nombramientos eclesiásticos, lo que le valió estas palabras que le escribió el papa Inocencio II: «La Santa Sede se felicita de todo corazón de tener un hijo tan devoto como tú»; el emperador, por su parte, lo nombró gran canciller del Imperio.
Todo esto lo hizo movido por la fuerza que le daba su fe: «En Norberto -decían- destaca la fe, como en Bernardo de Claraval la caridad»; también se distinguió por la amabilidad de su trato, «ya que, grande entre los grandes y exiguo entre los pequeños, con todos se mostraba afable»; asimismo era notable su elocuencia: «Palabra de Dios llena de fuego, que quemaba los vicios, estimulaba las virtudes, enriquecía con su sabiduría a las almas bien dispuestas», ya que su valiente predicación era fruto de una meditación asidua y contemplativa de las cosas divinas.
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«TENER EL ESPÍRITU DEL SEÑOR» (y VI)
por Ignace-Étienne Motte, ofm
ENTRAR EN LA PROFUNDIDAD DE DIOS
El Espíritu del Señor lleva al encuentro con Dios. Nos libera de todas las posesiones que nos estorban, de todas las superioridades que nos separan, para hacernos entrar, pequeños y pobres, en el Reino del amor gratuitamente compartido.
Sólo el Espíritu puede ajustar nuestra mirada a la visión de Dios. LaAdmonición 1, sobre «El Cuerpo del Señor», la Eucaristía, afirma con fuerza la insuficiencia radical de la mirada terrena, del espíritu carnal, para reconocer al Hijo de Dios. «Diariamente viene a nosotros Él mismo en humilde apariencia...» (v. 17). ¿Cómo podría la sabiduría humana reconocer la presencia de Dios en unas figuras tan sencillas? Para confesar la presencia del Señor de la Gloria en el mesías humillado que camina hacia el Calvario, para discernir la presencia de Jesús en la insignificancia del pan eucarístico, en el hermano, en el pobre, en el leproso..., es preciso tener unos ojos nuevos, iluminados por el Espíritu. El Espíritu es el único que puede introducir al hombre en el misterio de un Dios que se hizo pobre por amor. El Espíritu es el único que puede escrutar las profundidades de Dios.
¿No es precisamente en estas profundidades donde va a introducir el Espíritu a quien ha aceptado abandonar su sabiduría humana, acorazada con el tener y el poder, y ha abierto su corazón al don de Dios?
Todas las veces que describe el paso del espíritu terreno al Espíritu de Dios (1 R 17; 1 R 22; 2CtaF 45-62), Francisco desemboca en la plenitud de la vida de intimidad con Dios. Los dos últimos textos citados concluyen con largas citas de la oración sacerdotal (Jn 17), en la que Jesús introduce a sus discípulos en el mismo centro de su relación con el Padre. En la oquedad de la pobreza excavada por el Espíritu van a derramarse los inagotables raudales del compartir trinitario.
«Y sobre todos ellos y ellas, mientras hagan tales cosas y perseveren hasta el fin, descansará el espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada. Y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras hacen. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a Jesucristo. Somos ciertamente hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo; madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo, por el amor y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo» (2CtaF 48-53).
Bajo la pluma de Francisco las imágenes se cruzan y superponen para expresar de mil maneras la intensidad de los lazos que van a introducir al cristiano en el centro de esa intimidad que une al Padre, al Hijo y al Espíritu. La aspiración al amor, en todas las modalidades con que ella se manifiesta en el corazón humano, va a encontrar en Dios su satisfacción plena.
Se comprende el grito de asombro de Francisco ante esta grandiosa perspectiva:
«¡Oh cuán glorioso y santo y grande, tener un Padre en los cielos! ¡Oh cuán santo, consolador, bello y admirable, tener un esposo! ¡Oh cuán santo y cuán amado, placentero, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable, tener un tal hermano y un tal hijo!, que dio su vida por sus ovejas y oró al Padre por nosotros diciendo: Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado...» (2CtaF 54-56).
Verdaderamente es la realización de lo mismo que Jesús pedía a su Padre, como fruto de su Pascua, en la oración sacerdotal de la que Francisco estaba impregnado.
NACER DEL ESPÍRITU
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). Son verdaderamente limpios de corazón quienes desprecian las cosas terrenas, buscan las celestiales y no dejan nunca de adorar y ver, con corazón y alma limpios, al Señor Dios vivo y verdadero» (Adm 16).
Los corazones puros verán a Dios. A decir verdad, no cesan de adorarlo y de verlo. Están constantemente en la luz del Espíritu.
¿Qué condición hace falta para ello? Francisco es nítido: «Despreciar lo terreno, buscar lo celestial». ¿Habrá que hacer una lista de las cosas terrenas que nos impiden ver a Dios y de las cosas celestiales que nos lo revelan? Sería una empresa ilusoria, pues las cosas se muestran ambiguas: el trabajo, el descanso, la amistad, la felicidad, la adversidad, la oración incluso, unas veces nos unen a Dios y otras nos alejan de Él. La diferencia radica en nosotros. Hay una manera terrena de apropiarse de las cosas, en cuyo caso se convierten en terrenas y nos separan de Dios; y hay una manera de recibirlas de Dios, en cuyo caso son celestiales y nos arrojan a Dios.
El paso de una actitud a otra no es exterior a nosotros, no consiste en cambiar una cosa por otra. Está dentro de nosotros mismos. Hay que pasar de una manera humana de apropiación a una forma celestial de recibir de Dios. Hay que pasar del espíritu terreno de posesión y dominio al Espíritu de pobreza, acogida y participación. Hay que «cambiar de espíritu». Hay que pasar de la grandeza a la misericordia. Hay que pasar de la amargura de la codicia a la dulzura del amor.
Este paso, sin embargo, es tarea que nos sobrepasa. ¿Cómo podría darme a mí mismo el Espíritu del Señor? Este paso es el fruto sabroso de la Pascua de Jesús, con la que nos hace pasar de este mundo al Padre, comunicándonos su Espíritu. Del Misterio Pascual brota el nuevo nacimiento con el que un hijo de Adán es transformado en hijo de Dios.

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DÍA TERCERO
V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
R/. Amén.
V/. Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. Señor, date prisa en socorrerme.
V/. Gloria al Padre...
R/. Como era en el principio...
ORACIÓN INICIAL
Padre lleno de amor, concédenos por intercesión de san Antonio que, siguiendo su ejemplo, nos dediquemos con amor al servicio de la Iglesia y de los hombres nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
DE LA VIDA DE SAN ANTONIO
La nave en que regresaba Antonio a Portugal, fue arrastrada por la violencia de los vientos a las costas de Sicilia. Desembarcó el Santo y llegó a Mesina, donde los frailes que lo acogieron le informaron que se iba a celebrar pronto un capítulo general en Asís, al que podían asistir todos los hermanos de la Orden. Antonio se unió a ellos y, del 30 de mayo al 8 de junio de 1221, estuvo en el capítulo presidido por san Francisco. Terminado el capítulo, cada cual regresó a su provincia o marchó a la misión que se le había confiado. Antonio era un desconocido, recién incorporado a la Orden en tierras lejanas, y no tenía un destino establecido, por lo que el provincial de Romaña lo admitió en su provincia y lo destinó al eremitorio de Monte Paolo, cerca de Forlí, en el que no había ningún sacerdote. Durante unos quince meses, allí pudo el santo madurar su vocación franciscana, sacar conclusiones de su experiencia misionera, sumergirse en la contemplación y en la vida ascética. Hasta que un hecho, en apariencia fortuito, iba a cambiar el rumbo de su vida.
DE LOS SERMONES DE SAN ANTONIO
¡Oh inestimable dignidad de María! ¡Oh inenarrable sublimidad de la gracia! ¡Oh inescrutable profundidad de misericordia! ¿Qué gracia, qué misericordia fue o pudo jamás ser hecha a un ángel o a un hombre, tan grande como la que fue hecha a la bienaventurada Virgen María, que Dios Padre quiso que fuera Madre de su propio Hijo, igual a Él, engendrado antes de los siglos? Sería gracia y dignidad máxima que una pobrecita mujer tuviese un hijo con el emperador. En realidad, superior a toda gracia fue la gracia de María Santísima, que tuvo un Hijo con Dios Padre, por lo cual, mereció ser coronada en el cielo.
Te rogamos, pues, Señora nuestra, ínclita Madre de Dios, ensalzada por encima de los ángeles, que llenes con la gracia celestial el vaso de nuestro corazón; que lo hagas resplandecer con el oro de la sabiduría; que lo fortalezcas con el poder de tu virtud; que lo adornes con las piedras preciosas de las virtudes; que derrames sobre nosotros el óleo de tu misericordia, tú, olivo bendito, para que cubras la multitud de nuestros pecados, a fin de que merezcamos ser levantados a la altura de la gloria celestial y ser bienaventurados con los bienaventurados. Ayúdenos Jesucristo, tu Hijo, que te exaltó por encima de los coros de los ángeles, te puso la corona de Reina y te sentó en el trono de la luz eterna. A Él es dada honra y gloria por los siglos de los siglos. Diga toda la Iglesia: Amén, Aleluya.
Antífona: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor.
DE LOS MILAGROS DE SAN ANTONIO
Un clérigo de Anguilara, llamado Guidoto, cierto día que estaba en la cámara del señor obispo de Padua, se mofaba a escondidas de los testigos que deponían acerca de los milagros del bienaventurado Antonio. Pero a la noche siguiente fue acometido de dolores tan violentos por todo el cuerpo, que creyó que irremisiblemente le aguardaba la sentencia de muerte. Estimándose, y con razón, indigno de conmiseración, pedía a su madre que, apoyada en su confianza, hiciera un voto al santo de Dios, para poder alcanzar así misericordia. Apenas hecho el voto desaparecieron los dolores, y antes de que llegara el día ya estaba sano; y el que antes había hecho escarnio de los testigos con la risilla de la incredulidad, viose obligado ahora a rendir testimonio ante la verdad.
PLEGARIA
Recuerda, Señor, que tu misericordia y tu ternura son eternas. Con la confianza que nos da el sabernos hijos tuyos e invocando la intercesión de tu siervo san Antonio, al que atiendes con largueza, te presentamos nuestras peticiones: ...... ...... ......
ORACIÓN FINAL
Dios todopoderoso y eterno, tú que has dado a tu pueblo en la persona de san Antonio de Padua un predicador insigne y un intercesor poderoso, concédenos seguir fielmente los principios de la vida cristiana, para que merezcamos tenerte como protector en todas las adversidades. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
V/. Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios.



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