lunes, 1 de junio de 2015

SAN JUSTINO. Nació a principios del siglo II en la actual Naplus (Israel) de padres paganos. Se entregó al estudio de los filósofos griegos, sobre todo Platón, y luego se centró en los profetas de Israel, y éste fue el camino que le llevó a la fe cristiana; recibió el bautismo en Éfeso hacia el año 130. Tras su conversión, encontró en la cruz la incomparable sabiduría de Cristo, y puso a disposición de sus discípulos su saber, organizó catecumenados de preparación para el bautismo, así como encuentros con los no cristianos interesados por el Evangelio. Escribió diversas obras en defensa del cristianismo, entre ellas el «Diálogo con Trifón» y dos «Apologías». Fue un evangelizador en los ambientes cultos. Abrió en Roma una escuela de filosofía en la que sostenía discusiones públicas. Acusado de ser cristiano, fue decapitado en Roma durante la persecución de Marco Aurelio, hacia el año 165.- Oración: Señor, tú que has enseñado a san Justino a encontrar en la locura de la cruz la incomparable sabiduría de Cristo, concédenos, por intercesión de tu mártir, la gracia de alejar los errores que nos cercan y de mantenernos firmes en la fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
SAN ANÍBAL MARÍA DE FRANCIA. Nació en Messina (Italia) en 1851. Pronto quedó huérfano de padre, y eso le hizo sentir un especial amor a los huérfanos. Por otra parte, profesó una gran devoción a la Eucaristía, ante la que se percató de la necesidad de orar por las vocaciones: «La mies es mucha... Rogad (Rogate) pues al dueño de la mies...», palabras que constituyeron la intuición fundamental de su existencia. 


En 1878 fue ordenado sacerdote. Poco antes había descubierto la triste realidad social y moral del barrio periférico más pobre de Messina, donde fue a habitar. En 1882 dio inicio a sus orfanatos antonianos, puestos bajo la protección de san Antonio de Padua. Para atender a un mayor número de huérfanos y de pobres, y guiado por la palabra del Señor: Rogate, fundó dos nuevas familias religiosas, la de las Hijas del Divino Celo y la de los Rogacionistas, centradas en la oración por las vocaciones sacerdotales y en una múltiple actividad asistencial y de beneficencia. Murió el 1 de junio de 1927 en Messina, y Juan Pablo II lo canonizó en el 2004.
BEATO JUAN PELINGOTTO. Nació el año 1240 en Urbino (Marcas, Italia). Su padre, como el de san Francisco, era un rico comerciante en telas y pronto enseñó a su hijo el oficio; éste, sin embargo, sentía una fuerte inclinación a la oración y al recogimiento, que el padre le respetó. A los quince años vistió el hábito de la Tercera Orden de San Francisco y se entregó a la vida de penitencia. Su amor a los pobres lo llevaba a privarse aun de lo necesario a fin de socorrerlos, y a ellos dedicaba buena parte de su vida. Al mismo tiempo puso empeño en ocultarse y pasar desapercibido, pero Dios se encargaba de hacer manifiesta la santidad de su siervo ante sus paisanos incluso con prodigios. Una breve pero penosa enfermedad, soportada admirablemente, acabó con su vida. Murió en Urbino el 1 de junio de 1304.
BEATO JUAN BAUTISTA SCALABRINI. Nació en Fino Monasco (Como, Italia) el año 1839. Recibió la ordenación sacerdotal en 1863, trabajó en el seminario y fue párroco. Ordenado obispo de Piacenza en 1876, desarrolló una actividad pastoral y social muy amplia: visitas a las parroquias, sínodos, catequesis, fomento de la frecuencia de los sacramentos y la adoración perpetua, reorganización del seminario, predicación constante. Practicó la caridad asistiendo a enfermos del cólera, visitando a los enfermos y a los encarcelados, socorriendo a los pobres y a las familias en desgracia, y siendo generoso en el perdón. Creó varias instituciones benéficas y, ante el desarrollo dramático de la emigración italiana, fundó en 1887 la congregación de los Misioneros de San Carlos para proporcionar asistencia religiosa, moral, social y legal a los emigrantes. También fundó, en 1895, las Hermanas Apóstoles del Sagrado Corazón, y de sus enseñanzas nacieron en 1961 las Misioneras Seglares Escalabrinianas. Murió el 1 de junio de 1905 en Piacenza.
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Santos Ammón, Zenón, Tolomeo, Ingenis y Teófilo. Estos cinco mártires eran cristianos seglares, los cuatro primeros soldados y el último era ya un anciano. En cierta ocasión estaban presenciando el juicio contra unos cristianos, y al darse cuenta de que uno de ellos, amedrantado por los suplicios a que era sometido, vacilaba y estaba a punto de renegar de su fe, lo animaban con el semblante, la mirada y los gestos. Por este motivo se levantó contra ellos el clamor de la multitud, y entonces ellos dieron un paso adelante, se pusieron en medio y confesaron que eran cristianos. En seguida los arrestados y los ejecutaron. Esto sucedió en Alejandría de Egipto el año 249.
San Caprasio. Fue el principal guía espiritual de san Honorato de Arlés. Renunció al porvenir que tenía en al mundo y se marchó a vivir como ermitaño a la isla de Lérins, frente a la Costa Azul (Francia). Pronto se le unieron Honorato y su hermano Venancio. Marcharon en peregrinación a Oriente y Venancio murió en Grecia. De nuevo en Lérins, trataron de imitar la vida austera de los padres del desierto. Se les unieron muchos discípulos e iniciaron allí la vida monástica inspirándose en la Regla de San Pacomio. Murió hacia el año 430.
Santos Caritón, Cariti, Evelpisto, Jeracio, Peón y Liberiano. Eran todos discípulos de san Justino, y con él fueron acusados de ser cristianos, condenados y martirizados en Roma hacia el año 165.
San Floro. De él tomó nombre el monasterio de Saint-Flour, levantado sobre su tumba, y la ciudad de Saint-Flour, en la región de Auvernia (Francia), a cuya catedral se trasladaron sus reliquias. Es desconocida la fecha de su vida y muerte.
San Fortunato. Sacerdote de quien se dice que, siendo pobre y viviendo como tal, con su trabajo constante ayudó a los desvalidos, poniendo su vida al servicio de los hermanos. Murió en Montefalco (Umbría, Italia) en una fecha desconocida del siglo IV o V.
San Íñigo o Eneco. Nació al parecer en Calatayud (Zaragoza, España) a finales del siglo X. Llevó vida solitaria en los montes de Aragón hasta que, el año 1034, el rey Sancho el Mayor de Navarra lo puso de abad en el monasterio de San Salvador de Oña (Burgos). Su buen gobierno del monasterio dio a éste un gran prestigio. Fue hombre pacífico, consejero de reyes y de las muchas personas que acudían a él. Murió en torno al año 1060 y su muerte la lloraron no sólo los cristianos, sino también los judíos y los musulmanes.
San José Tuc. Nació en Vietnam el año 1842. Era un joven seglar, trabajador del campo, cristiano ferviente y deseoso de profundizar en su fe. Durante la persecución del emperador Tu Duc lo arrestaron por ser cristiano. En la cárcel lo sometieron a múltiples torturas, a pesar de las cuales no consiguieron que apostatara ni que pisoteara la cruz. Lo decapitaron en Hung Yen (Vietnam) el año 1862.
Santos Isquirión y compañeros. Isquirión era natural del delta del Nilo y comandante en el ejército del gobernador Arrio de Antinoe. El año 250, en la persecución del emperador Decio, se negó a ofrecer sacrificios a los dioses y apostatar de su fe, por lo que fue arrestado y encarcelado. Él y cinco soldados fueron ejecutados en Licópolis o Asiut de Egipto con diversos géneros de martirio.
San Próculo. Murió crucificado, por su fe en Cristo, hacia el año 300, en Bolonia (Italia).
San Ronano. Era natural de Irlanda, obispo, y se trasladó a Bretaña (Francia), donde vivió solitario en los bosques de la región, en el siglo VII/VIII.
San Simeón. Nació en Siracusa (Sicilia) de padre griego. Vivió como ermitaño en Tierra Santa, Belén en particular, y en el Monte Sinaí. Más tarde se trasladó a Europa y estuvo viviendo en las cercanías de Tréveris (Alemania), para morir finalmente el año 1035 cuando estaba recluido en la torre de la Puerta Negra de esta ciudad.
San Wistano. Era miembro de la casa real de Mercia (en la actual Inglaterra) y se opuso al matrimonio incestuoso de su madre la regente con un primo suyo. Por este motivo fue asesinado en Leicester el año 850.
Beatos Alfonso Navarrete, Fernando de San José Ayala y León Tanaka. Los tres fueron decapitados a causa de la fe cristiana en Omura (Japón) el 1 de junio de 1617. Alfonso nació en Logroño (España) el año 1571, ingresó en la Orden de Predicadores, se ordenó de sacerdote, lo enviaron a las misiones de Oriente, allí cayó enfermo y regresó a España. Una vez restablecido, volvió a Filipinas en 1611 y al año siguiente pasó a Japón. Predicó el Evangelio y promovió numerosas obras de beneficencia, hasta que lo arrestaron.Fernando nació en Ballesteros (Ciudad Real, España) el año 1575, vistió el hábito de los Ermitaños de San Agustín, recibió la ordenación sacerdotal, lo destinaron a México en 1603 y de allí pasó a Japón, donde fue un apóstol infatigable hasta que lo detuvieron junto con el P. Alfonso. León nació en Japón, de una familia cristiana, y desde joven trabajó con los jesuitas como catequista o como acompañante y auxiliar de los misioneros. Se encontró en la cárcel con los PP. Alfonso y Fernando.
Beato Juan Bautista Vernoy de Montjournal. Nació en Moulins (Francia) el año 1736, estudió la carrera eclesiástica y recibió la ordenación sacerdotal en 1763. Trabajó como canónigo en su ciudad y era apreciado como buen sacerdote y excelente director de almas. Llegada la Revolución Francesa se negó a firmar la constitución civil del clero por estimarla contraria a la fe católica. Lo arrestaron y lo llevaron a un pontón anclado frente a Rochefort, donde murió enfermo y extenuado por los malos tratos el año 1794.
Beato Juan Storey. Nació en Inglaterra hacia el año 1504. Estudió derecho en la Universidad de Oxford, de la que luego fue profesor. Prestó el juramento de supremacía religiosa de Enrique VIII y se adaptó a las nuevas circunstancias. Fue miembro del Parlamento de Eduardo VI. Pero en 1548 se opuso abiertamente a las reformas religiosas protestantes y proclamó abiertamente su fe católica. Estuvo encarcelado en la Torre de Londres algún tiempo y luego marchó a Lovaina con su familia. Cuando subió al trono María I y dio un respiro a los católicos, volvió a Inglaterra. La situación cambió con Isabel I, y tuvo que volver a Lovaina, donde lo secuestraron y lo llevaron a Inglaterra. Lo condenaron y, a pesar de que alegó ser súbdito del rey de España, lo ahorcaron y descuartizaron en Tyburn (Londres) el año 1571.
Beato Teobaldo Roggeri. Nació en Vico (Asti, Italia) hacia el año 1100 de familia acomodada. Cuando en su adolescencia quedó huérfano, dio su dinero a una viuda pobre y se trasladó a Alba (Piemonte), donde se puso a trabajar en el taller de un zapatero que lo acogió y que habría querido casarlo con su hija. Al morir su bienhechor, peregrinó a Santiago de Compostela y, cuando regresó, se puso a trabajar como zapatero y como mozo de cuerda. Daba el fruto de su trabajo a los pobres, dormía en las gradas de la iglesia, de la que era sacristán, daba ejemplo de humildad, pobreza y piedad, mientras tomaba sobre sí las cargas de los demás. Murió en Alba el año 1150.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Escribía san Pablo a los Corintios: -Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado (1 Cor 2,2).
Pensamiento franciscano:
Decía san Francisco: -Aunque fueras más hermoso y rico que todos, y aunque hicieras maravillas y ahuyentaras a los demonios, todas estas cosas te son contrarias, y nada te pertenece, y no puedes en absoluto gloriarte en ellas. Por el contrario, en esto podemos gloriarnos: en nuestras flaquezas y en llevar a cuestas a diario la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo (Adm 5,7-8).
Orar con la Iglesia:
Oremos a Dios nuestro Padre, que nos envía al Espíritu Santo:
-Por la santa Iglesia, para que, llena de los dones del Espíritu Santo, sea consagrada en la unidad.
-Por el Papa, por nuestros obispos y por todos los sacerdotes, para que les conceda en abundancia el Espíritu de sabiduría y santidad.
-Por todos los que trabajan por la paz y la concordia entre los pueblos, para que logren reunir a los hombres en el amor.
-Por los que son víctimas de sí mismos o de los hombres, para que el Espíritu del Señor los lleve por las sendas del bien y de la verdad.
-Por la comunidad humana, para que la fuerza del Espíritu nos haga crecer a todos en la fe, esperanza y caridad.
Oración: Dios todopoderoso, limpia nuestro corazón para que podamos acoger y tener en él a tu Espíritu. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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SAN JUSTINO
Benedicto XVI, Catequesis del 21 de marzo de 2007
Queridos hermanos y hermanas:
En estas catequesis estamos reflexionando sobre las grandes figuras de la Iglesia primitiva. Hoy hablamos de san Justino, filósofo y mártir, el más importante de los Padres apologistas del siglo II. Con la palabra «apologista» se designa a los antiguos escritores cristianos que se proponían defender la nueva religión de las graves acusaciones de los paganos y de los judíos, y difundir la doctrina cristiana de una manera adecuada a la cultura de su tiempo.
San Justino nació, alrededor del año 100, en la antigua Siquem, en Samaría, en Tierra Santa. Durante mucho tiempo buscó la verdad, peregrinando por las diferentes escuelas de la tradición filosófica griega. Por último, como él mismo cuenta en los primeros capítulos de su Diálogo con Trifón, un misterioso personaje, un anciano con el que se encontró en la playa del mar, primero lo confundió, demostrándole la incapacidad del hombre para satisfacer únicamente con sus fuerzas la aspiración a lo divino. Después, le explicó que tenía que acudir a los antiguos profetas para encontrar el camino de Dios y la «verdadera filosofía». Al despedirse, el anciano lo exhortó a la oración, para que se le abrieran las puertas de la luz.
Este relato constituye el episodio crucial de la vida de san Justino: al final de un largo camino filosófico de búsqueda de la verdad, llegó a la fe cristiana. Fundó una escuela en Roma, donde iniciaba gratuitamente a los alumnos en la nueva religión, que consideraba como la verdadera filosofía, pues en ella había encontrado la verdad y, por tanto, el arte de vivir de manera recta. Por este motivo fue denunciado y decapitado en torno al año 165, en el reinado de Marco Aurelio, el emperador filósofo a quien san Justino había dirigido una de sus Apologías.
Las dos Apologías y el Diálogo con el judío Trifón son las únicas obras que nos quedan de él. En ellas, san Justino quiere ilustrar ante todo el proyecto divino de la creación y de la salvación que se realiza en Jesucristo, el Logos, es decir, el Verbo eterno, la Razón eterna, la Razón creadora. Todo hombre, como criatura racional, participa del Logos, lleva en sí una «semilla» y puede vislumbrar la verdad.
En conjunto, la figura y la obra de san Justino marcan la decidida opción de la Iglesia antigua por la filosofía, por la razón, más bien que por la religión de los paganos. De hecho, los primeros cristianos no quisieron aceptar nada de la religión pagana. Sin embargo, la filosofía constituyó el área privilegiada del encuentro entre paganismo, judaísmo y cristianismo, precisamente en el ámbito de la crítica a la religión pagana y a sus falsos mitos.
San Justino, y con él los demás apologistas, firmaron la clara toma de posición de la fe cristiana por el Dios de los filósofos contra los falsos dioses de la religión pagana. Era la opción por la verdad del ser contra el mito de la costumbre. Algunas décadas después de san Justino, Tertuliano definió esa misma opción de los cristianos con una sentencia lapidaria que sigue siendo siempre válida: «Dominus noster Christus veritatem se, non consuetudinem, cognominavit», «Cristo afirmó que era la verdad, no la costumbre».
En una época como la nuestra, caracterizada por el relativismo en el debate sobre los valores y sobre la religión -así como en el diálogo interreligioso-, esta es una lección que no hay que olvidar. Con esta finalidad os vuelvo a citar las últimas palabras del misterioso anciano, con quien se encontró el filósofo Justino a la orilla del mar: «Tú reza ante todo para que se te abran las puertas de la luz, pues nadie puede ver ni comprender, si Dios y su Cristo no le conceden comprender».
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SIGO LAS VERDADERAS DOCTRINAS DE LOS CRISTIANOS
De las Actas del martirio de san Justino y compañeros
Apresados los santos, fueron conducidos ante el prefecto de Roma, de nombre Rústico. Llegados ante el tribunal, el prefecto Rústico dijo a Justino: «Ante todo cree en los dioses y obedece a los emperadores». Justino contestó: «El hecho de que obedezcamos los preceptos de nuestro Salvador Jesucristo no puede ser objeto ni de acusación ni de detención».
Rústico replicó: «¿Qué doctrinas profesas?». Justino dijo: «Me he esforzado por conocer todas las doctrinas, y sigo las verdaderas doctrinas de los cristianos, aunque desagrade a aquellos que son presa de sus errores». Rústico replicó: «¿Estas doctrinas te agradan a ti, desgraciado?». Justino contestó: «Sí, porque profeso la verdadera doctrina siguiendo a los cristianos».
Rústico preguntó: «¿Qué doctrinas son ésas?». Justino contestó: «Adoramos al Dios de los cristianos, que es uno, y creador y artífice de todo el universo, de las cosas visibles e invisibles; creemos en nuestro Señor Jesucristo como Hijo de Dios, anunciado por los profetas como el que había de venir al género humano, mensajero de salvación y maestro de insignes discípulos. Yo soy un hombre indigno para poder hablar adecuadamente de su infinita divinidad; reconozco que para hablar de él es necesaria la virtud profética, pues fue profetizado, como te dije, que éste, de quien he hablado, es el Hijo de Dios. Yo sé que los profetas que vaticinaron su venida a los hombres recibían su inspiración del cielo».
Rústico preguntó: «¿Luego tú eres cristiano?». Justino respondió: «Sí, soy cristiano». El prefecto dijo a Justino: «Escucha, tú que te las das de saber y conocer las verdaderas doctrinas; si después de azotado mando que te corten la cabeza, ¿crees que subirás al cielo?». Justino contestó: «Espero que entraré en la casa del Señor si soporto todo lo que tú dices; pues sé que a todos los que vivan rectamente les está reservada la recompensa divina hasta el fin de los siglos». El prefecto Rústico preguntó: «Así, pues, ¿te imaginas que cuando subas al cielo recibirás la justa recompensa?». Justino contestó: «No me lo imagino, sino que lo sé y estoy cierto».
El prefecto Rústico dijo: «Vamos al asunto que nos interesa y nos apremia. Poneos de acuerdo y sacrificad a los dioses». Justino respondió: «Nadie, a no ser por un extravío de su razón, pasa de la piedad a la impiedad». Rústico replicó: «Si no hacéis lo que os mandamos, seréis torturados sin misericordia». Justino contestó: «Es nuestro deseo más ardiente el sufrir por amor de nuestro Señor Jesucristo, para ser salvados. Este sufrimiento nos dará la salvación y la confianza ante el tribunal de nuestro Señor y Salvador, que será universal y más terrible que éste».
Igualmente, los otros mártires dijeron: «Haz lo que quieras; somos cristianos y no sacrificaremos a los ídolos».
El prefecto Rústico pronunció la sentencia, diciendo: «Por no haber querido sacrificar a los dioses ni obedecer la orden del emperador, que sean azotados y conducidos al suplicio, para sufrir la pena capital de acuerdo con las leyes».
Los santos mártires, glorificando a Dios, fueron conducidos al lugar acostumbrado; allí fueron decapitados y consumaron su martirio en la confesión de nuestro Señor Jesucristo.
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«TENER EL ESPÍRITU DEL SEÑOR» (I)
por Ignace-Étienne Motte, ofm
La vida evangélica exige una transformación radical, un «cambio de espíritu»:
-Liberarse del espíritu terreno, que propulsa al hombre por los falsos caminos del tener, del parecer y del poder.
-Acoger al Espíritu del Señor, que compromete al hombre a caminar por la senda de la pobreza y la minoridad, y desemboca en la acción de gracias, el servicio y la misericordia.
Se trata de un «nuevo nacimiento», fruto de la Pascua de Jesús, mediante el cual el hombre es introducido en el mundo de Dios-Trinidad: un mundo de comunión, participación, amor gratuito, misericordia
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«Aplíquense los hermanos a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación» (2 R 10,8). He aquí el objetivo supremo de la vida evangélica según san Francisco: dejar todo el espacio de uno mismo a la libre disposición del Espíritu Santo, de modo que Éste se convierta de verdad en la fuente viva de donde broten las relaciones, pensamientos, opciones, acciones..., en una palabra, toda la existencia del ser, del cual se ha adueñado.
Francisco y sus hermanos saben que el «seguimiento de Cristo» al que están llamados no se limita a una copia externa y tosca del modelo, sino que tiende a una comunión lo más profunda posible, que haga en cierto modo coincidir la persona del discípulo con Jesús, conformándola gradualmente desde dentro a su «prototipo», a su Cabeza (cf. Col 1,18). «A fin de que, interiormente purgados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo...» (CtaO 51). En el pensamiento de Francisco las expresiones «seguir las huellas de Cristo» y «tener el Espíritu del Señor» parecen íntimamente unidas.
CAMBIAR DE ESPÍRITU
Para que esta «invasión» del Espíritu sea posible, hay que dejar el espacio libre, es decir, hay que desprender al hombre pecador del espíritu terreno que lo propulsa por caminos distintos a los del Evangelio:
«Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a que se guarden los hermanos de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia, preocupación y solicitud de este mundo, difamación y murmuración, y no se preocupen de hacer estudios los que no los hayan hecho. Aplíquense, en cambio, a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación» (2 R 10,7-8).
En pleno centro de la vida espiritual hay una transformación radical: pasar del espíritu terreno al Espíritu del Señor, cambiar de espíritu. Sin tal vez saberlo, Francisco repite como un eco la misma palabra del Evangelio «meta-noïete» en griego, que según Marcos es la primera llamada de la predicación de Jesús: «Convertíos y creed la Buena Noticia» (Mc 1,15).
Este «cambio de espíritu» constituye un tema capital del mensaje de Francisco. Lo encontramos desarrollado expresamente en algunos de los principales pasajes de sus escritos: la primera Regla: 1 R 17,5-16 (resumido en 2 R 10,7-12, que hemos citado parcialmente antes), 1 R 22; y la Carta a los Fieles: 2CtaF 45-60. Tengamos en cuenta que estos tres fragmentos se presentan como cumbres del pensamiento de Francisco: 1 R 17 es la conclusión de la Regla en una de las etapas de su redacción; 1 R 22 es el testamento de Francisco cuando marcha a Tierra Santa; 2CtaF 45-60 describe el punto final de la plenitud de la Eucaristía en la vida del cristiano. Como prueba de ello, estos tres importantes textos desembocan en otras tantas solemnes doxologías, oraciones a la Gloria de Dios: 1 R 17,17-19; 1 R 23; 2CtaF 61-62.



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