martes, 2 de junio de 2015

SAN JUAN XXIII, papa de 1958 a 1963. Angelo Giuseppe Roncalli nació en Soto il Monte (Bérgamo) el año 1881 en el seno de una modesta familia campesina. A los 11 años entró en el seminario diocesano y después fue alumno del Pontificio Seminario Romano. Recibió la ordenación sacerdotal en 1904. Fue secretario de su obispo G. M. Tedeschi hasta que, en 1921, inició su servicio a la Santa Sede en las Obras Pontificias de la Propagación de la Fe. Después el Papa lo nombró representante de la Santa Sede en Bulgaria, en Turquía y Grecia, en 1944 Nuncio Apostólico en Francia y en 1953 Patriarca de Venecia. El año 1958, a la muerte de Pío XII, fue elegido Papa. Durante su pontificado convocó el Sínodo Romano, instituyó la Comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico y sobre todo convocó el Concilio Vaticano II. Hombre sencillo y amigo de todos, que cautivó por la bondad de su corazón, el «Papa bueno», trató de infundir en todos la caridad cristiana y de promover la paz entre los pueblos. Profesó una gran devoción a san Francisco de Asís y era terciario franciscano. Murió el 3 de junio de 1963 y fue canonizado el 27-IV-2014. Su memoria se celebra el 11 de octubre, aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II.- Oración: Dios Todopoderoso y eterno, que en el beato Juan XXIII, papa, has hecho resplandecer para todo el mundo el ejemplo de un buen pastor, concédenos, por su intercesión, difundir con alegría la plenitud de la caridad cristiana. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. [Más información]
SAN JUAN GRANDE ROMÁN. Nació en Carmona (Sevilla, España) el año 1546. Siendo aún joven, después de una breve experiencia eremítica, decidió dedicarse totalmente a Dios atendiendo a ancianos pobres y pidiendo limosna para ellos. En 1566 se trasladó a Jerez de la Frontera, donde se dedicó a socorrer a los presos pobres. Con ocasión de una epidemia fundó allí el hospital de la Candelaria, en el que acogía a pobres y a enfermos no atendidos en los demás hospitales. Conjugaba su intensa dedicación a los enfermos con una no menos intensa vida de oración y contemplación.


No tardó en tener discípulos y seguidores, y en 1574 se unió con su hospital a la Orden Hospitalaria fundada por san Juan de Dios. Continuó prodigando sus cuidados a los indigentes. Las autoridades de Jerez de la Frontera le encomendaron la reorganización de la red hospitalaria de la ciudad. Contagiado de peste, murió el 3 de junio de 1600 en Jerez de la Frontera, en el hospital de la Candelaria.
SAN CARLOS LWANGA Y COMPAÑEROS, mártires laicos ugandeses. Entre los años 1885 y 1887, apenas iniciada la nueva evangelización de África negra, un centenar de cristianos de Uganda, católicos o anglicanos, fueron condenados a muerte por el rey Mwanga que se propuso acabar con todos los cristianos, entre otras razones porque se oponían a la esclavitud y a la venta de esclavos. Hoy se conmemora en particular al grupo formado por Carlos Lwanga y sus doce compañeros, todos ellos de edades comprendidas entre los catorce y los treinta años, que pertenecían a la corte regia de jóvenes nobles o al cuerpo de guardia del rey Mwanga, y eran neófitos o fervorosos católicos; pues bien, porque, coherentemente con su fe en Cristo, no cedieron a los deseos impuros del monarca, murieron en la colina de Namugongo en Uganda, el 3 de junio de 1886, unos degollados y otros quemados vivos. Estos son sus nombres: Calos Lwanga, Mbaya Tuzinde, Bruno Seronuma, Santiago Buzabaliao, Kizito, Ambrosio Kibuka, Mgagga, Gyavira, Aquiles Kiwanuka, Adolfo Ludigo Mkasa, Mukasa Kiriwanvu, Anatolio Kiriggwajjo y Lucas Banabakintu.- Oración: Señor, Dios nuestro, tú haces que la sangre de los mártires se convierta en semilla de nuevos cristianos; concédenos que el campo de tu Iglesia, fecundo por la sangre de san Carlos Luanga y de sus compañeros, produzca continuamente, para gloria tuya, abundante cosecha de cristianos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
BEATO ANDRÉS CACCIOLI DE SPELLO. Nació en Spello, cerca de Asís, en 1194, y allí murió el 3 de junio de 1254. En 1216 se ordenó de sacerdote y se dedicó al ministerio parroquial. Conoció a san Francisco y quiso ser de los suyos. Cuando fallecieron su madre y su hermana, vendió sus bienes, distribuyó el dinero a los pobres y, en 1223, vistió el sayal franciscano en la Porciúncula de manos del Fundador. Tuvo la dicha de acompañar a san Francisco en su última enfermedad y en su muerte. Luego permaneció fiel a la primitiva experiencia y a los ideales del Pobrecillo frente a innovaciones, por lo que tuvo que sufrir mucho. En 1233 vino a España para asistir al Capítulo general que se celebró en Soria. Vuelto a Italia, se dedicó a la predicación popular, que armonizaba con períodos de contemplación sobre todo en el eremitorio de las Cárceles (Asís). Pasó los últimos años en su pueblo, en el convento de San Andrés, dedicado a la oración y a la atención de las clarisas.
BEATO DIEGO ODDI. Nació en Vallinfreda (Roma) el año 1839, de una familia pobre y muy religiosa. De joven se dedicó a la vida de piedad y al trabajo del campo. Fue en peregrinación a Bellegra (Roma), a visitar el Retiro de San Francisco. Cuando volvió al Retiro en 1864, lo atendió el beato Mariano de Roccacasale. En 1871 ingresó allí como terciario oblato, más tarde vistió el hábito franciscano y en 1889 hizo su profesión solemne. Durante cuarenta años recorrió los caminos del Subiaco pidiendo limosna y, aunque no tenía estudios, edificaba a la gente con su palabra germinada en un corazón acostumbrado al diálogo con Dios que a menudo se prolongaba en la iglesia toda la noche, fuera en el convento o en los pueblos con permiso del sacristán. También despertaba la admiración de todos su austeridad y penitencia, que trataba de ocultar con humildad y amabilidad. En su vida sencilla Dios obraba maravillas y milagros. Murió en Bellegra el 3 de junio de 1919.
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San Cecilio. Fue el sacerdote que convirtió a la fe en Cristo a san Cipriano. Murió en Cartago (Túnez) en una fecha desconocida del siglo III.
Santa Clotilde, reina de los Francos. Nació en torno al año 474, hija del rey Chilperico de Borgoña. Entre sus parientes abundaban los arrianos, pero ella era católica. El año 492 contrajo matrimonio con Clodoveo, rey de los Francos, que entonces era pagano. Clotilde pudo bautizar a sus hijos con licencia de su marido, y con su ejemplo y sus oraciones condujo a Clodoveo a la fe; de su preparación para el bautismo se encargó san Remigio de Reims. Después de quedar viuda el año 511, se retiró junto a la basílica de San Martín, en Tours, donde llevó una vida humilde, dedicada a la piedad y a las obras de misericordia. Murió el año 545.
San Coemgeno o Kevin. Pertenecía a la nobleza de Leinster (Irlanda), fue bautizado por san Cronan y lo educó san Petroc en el monasterio de Kilmanach, cercano a Dublín. Se ordenó de sacerdote y durante algunos años hizo vida solitaria. Se le unieron algunos discípulos y con ellos fundó el monasterio de Glendalough, del que fue abad y en el que murió, más que centenario, el año 618.
San Cono. Monje del cenobio de Santa María de Cardossa, en Lucania (Italia), que, con la protección de Dios, llegó a la perfección de las virtudes mediante la observancia monástica y la inocencia de vida. Murió joven en la primera mitad del siglo XIII.
San Davino. Nació en Armenia, vendió todos sus bienes y se convirtió en peregrino por Cristo. Después de visitar los Santos Lugares y los sepulcros de los Apóstoles en Roma, cuando regresaba a su patria, cayó enfermo en Lucca (Toscana, Italia) y murió allí el año 1050 ó 1051.
San Genesio. Obispo de Clermont-Ferrand (Aquitania, Francia). Fue enterrado en torno al año 650 en Manglieu, en la iglesia del monasterio que había fundado con un hospicio anejo.
San Hilario. Fue obispo de Carcasonne (Francia) en el siglo VI, cuando los godos difundían por aquellas tierras la herejía arriana.
San Isaac de Córdoba. Nació en Córdoba (España) de padres cristianos y en su juventud abrazó la vida monástica ingresando en el monasterio de Tábanos, situado en la sierra cordobesa. Era el tiempo de la dominación musulmana, y quiso dar testimonio público de su fe cristiana. Un día, llevado por un impulso no humano sino divino, bajó del monasterio y fue a la plaza pública para discutir con el cadí acerca de la verdadera religión. En consecuencia, y por haber insultado a Mahoma, fue decapitado. Era el año 851.
San Lifardo. Sacerdote que llevó vida eremítica en Meung-sur-Loire, territorio de Orleans (Francia), donde murió en una fecha incierta de la segunda mitad del siglo VI.
San Morando. Nació cerca de Worms (Alemania) a mediados del siglo XI. Ordenado de sacerdote, marchó en peregrinación a Santiago de Compostela y, durante el viaje, estuvo algún tiempo hospedado en la abadía de Cluny, que lo impresionó. Al regreso, pidió el hábito benedictino en Cluny y se hizo monje. Cuando el conde Federico Piers reconstruyó el monasterio de Altkirch (Alsacia, Francia), y pidió a Cluny monjes para habitarlo, Morando fue enviado como superior de la nueva fundación. Gobernó santamente su comunidad y desarrolló un gran apostolado en los alrededores. Murió en torno al año 1115.
Santa Oliva. Virgen que llevó vida solitaria, consagrada a la contemplación y la penitencia, y que murió aún joven en Anagni (Lazio, Italia) durante el siglo VI o VII.
San Pedro (o Pablo) Dong. Nació en Vuc-Duong (Vietnam) el año 1802. Estaba casado y tenía varios hijos. Los misioneros le encomendaron la administración de los bienes de la comunidad. Lo arrestaron por ser cristiano y en la cárcel lo maltrataron por negarse a pisotear la cruz. Le grabaron en la cara la expresión «falsa religión», pero él consiguió que un cristiano la sustituyera por «verdadera religión». Fue decapitado el año 1862 en la ciudad de Au Thi (Vietnam), en tiempo del emperador Tu Duc.
Beato Carlos Renato Collas du Bignon. Nació en Mayenne (Francia) el año 1743. Ingresó en el seminario de Angers, pero luego pasó a la Sociedad de San Sulpicio. Ordenado de sacerdote, ejerció cargos de autoridad y trabajó en seminarios. Cuando llegó la Revolución Francesa, al no querer jurar la constitución civil del clero, tuvo que dejar el seminario y refugiarse en una casa particular. Fue arrestado en 1773 y encerrado en una galera anclada frente a Rochefort, donde pronto cayó enfermo por las pésimas condiciones del lugar y los malos tratos. Murió en 1794.
Beato Francisco Ingleby. Nació en Ripley (Inglaterra), de familia noble, a mediados del siglo XVI. Siguiendo su vocación al sacerdocio, marchó a Reims (Francia) a estudiar y se ordenó de sacerdote en 1583. Volvió enseguida a Inglaterra y ejerció un fecundo apostolado en el que puso de manifiesto sus magníficas cualidades y sus profundas virtudes. Fue detenido tres años después durante la persecución de Isabel I contra los católicos. Se negó a delatar a las personas que lo habían hospedado y lo condenaron por haberse ordenado en el extranjero y haber ejercido el ministerio en Inglaterra. Fue ahorcado y descuartizado en York en año 1586.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Después de la Ascensión, todos perseveraban concordes en la oración en común, junto con María, la madre de Jesús, y con los apóstoles. Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos juntos. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se posaron sobre cada uno de ellos. Se llenaron del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería (cf. Hch 1,12-14; 2,1-4).
Pensamiento franciscano:
Dice san Francisco en su Regla: -Todos los hermanos guardémonos de toda soberbia y vanagloria. Y protejámonos de la sabiduría de este mundo y de la prudencia de la carne. Pues el espíritu de la carne quiere y se esfuerza mucho en tener palabras, pero poco en las obras; y no busca la religión y santidad en el espíritu interior, sino que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezcan exteriormente a los hombres. Éstos son aquellos de quienes dice el Señor: En verdad os digo, recibieron ya su recompensa(1 R 17,9-13).
Orar con la Iglesia:
Dejemos que sea el Espíritu quien ore en nosotros:
-Para que los hombres seamos iluminados por el mismo Espíritu de la verdad, reconozcamos la salvación de Dios y confesemos su nombre.
-Para los hombres, por la fuerza del Espíritu, veamos nuestras vidas renovadas, nuestros corazones reconciliados y nuestras manos abiertas.
-Para que los hombres acojamos el soplo de amor del Espíritu, seamos misericordiosos, trabajemos por la justicia y la paz.
-Para que los cristianos quedemos trasformados por el Evangelio, sigamos siempre sus caminos y proclamemos la Buena Nueva.
Oración: Dios y Padre nuestro, que concedes sin cesar tu Espíritu a nuestra tierra, convierte nuestros corazones para que tu obra de amor y de vida se realice en todos los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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LA FIESTA DE PENTECOSTÉS Y LA IGLESIA
Benedicto XVI, Regina Coeli del 27 de mayo de 2007
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy la gran fiesta de Pentecostés, en la que la liturgia nos hace revivir el nacimiento de la Iglesia, tal como lo relata san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-13). Cincuenta días después de la Pascua, el Espíritu Santo descendió sobre la comunidad de los discípulos, que «perseveraban concordes en la oración en común» junto con «María, la madre de Jesús», y con los doce Apóstoles (cf. Hch 1,14; 2,1). Por tanto, podemos decir que la Iglesia tuvo su inicio solemne con la venida del Espíritu Santo.
En ese extraordinario acontecimiento encontramos las notas esenciales y características de la Iglesia: la Iglesia es una, como la comunidad de Pentecostés, que estaba unida en oración y era «concorde»: «tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). La Iglesia es santa, no por sus méritos, sino porque, animada por el Espíritu Santo, mantiene fija su mirada en Cristo, para conformarse a él y a su amor. La Iglesia es católica, porque el Evangelio está destinado a todos los pueblos y por eso, ya en el comienzo, el Espíritu Santo hace que hable todas las lenguas. La Iglesia es apostólica, porque, edificada sobre el fundamento de los Apóstoles, custodia fielmente su enseñanza a través de la cadena ininterrumpida de la sucesión episcopal.
La Iglesia, además, por su misma naturaleza, es misionera, y desde el día de Pentecostés el Espíritu Santo no cesa de impulsarla por los caminos del mundo, hasta los últimos confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos. Esta realidad, que podemos comprobar en todas las épocas, ya está anticipada en el libro de los Hechos, donde se describe el paso del Evangelio de los judíos a los paganos, de Jerusalén a Roma. Roma indica el mundo de los paganos y así todos los pueblos que están fuera del antiguo pueblo de Dios. Efectivamente, los Hechos concluyen con la llegada del Evangelio a Roma. Por eso, se puede decir que Roma es el nombre concreto de la catolicidad y de la misionariedad; expresa la fidelidad a los orígenes, a la Iglesia de todos los tiempos, a una Iglesia que habla todas las lenguas y sale al encuentro de todas las culturas.
Queridos hermanos y hermanas, el primer Pentecostés tuvo lugar cuando María santísima estaba presente en medio de los discípulos en el Cenáculo de Jerusalén y oraba. También hoy nos encomendamos a su intercesión materna, para que el Espíritu Santo venga con abundancia sobre la Iglesia de nuestro tiempo, llene el corazón de todos los fieles y encienda en ellos, en nosotros, el fuego de su amor.
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LA GLORIA DE LOS MÁRTIRES,
SIGNO DE REGENERACIÓN
De la homilía de Pablo VI pronunciada
en la canonización de los mártires de Uganda
Estos mártires africanos vienen a añadir a este catálogo de vencedores, que es el martirologio, una página trágica y magnífica, verdaderamente digna de sumarse a aquellas maravillosas de la antigua África, que nosotros, modernos hombres de poca fe, creíamos que no podrían tener jamás adecuada continuación.
¿Quién podría suponer, por ejemplo, que a las emocionantísimas historias de los mártires escilitanos, de los cartagineses, de los mártires de la «blanca multitud» de Útica, de quienes san Agustín y Prudencio nos han dejado el recuerdo, de los mártires de Egipto, cuyo elogio trazó san Juan Crisóstomo, de los mártires de la persecución de los vándalos, hubieran venido a añadirse nuevos episodios no menos heroicos, no menos espléndidos, en nuestros días?
¿Quién podía prever que, a las grandes figuras históricas de los santos mártires y confesores africanos, como Cipriano, Felicidad y Perpetua, y al gran Agustín, habríamos de asociar un día los nombres queridos de Carlos Luanga y de Matías Mulumba Kalemba, con sus veinte compañeros? Y no queremos olvidar tampoco a aquellos otros que, perteneciendo a la confesión anglicana, afrontaron la muerte por el nombre de Cristo.
Estos mártires africanos abren una nueva época, quiera Dios que no sea de persecuciones y de luchas religiosas, sino de regeneración cristiana y civil.
El África, bañada por la sangre de estos mártires, los primeros de la nueva era -y Dios quiera que sean los últimos, pues tan precioso y tan grande fue su holocausto-, resurge libre y dueña de sí misma.
La tragedia que los devoró fue tan inaudita y expresiva, que ofrece elementos representativos suficientes para la formación moral de un pueblo nuevo, para la fundación de una nueva tradición espiritual, para simbolizar y promover el paso desde una civilización primitiva -no desprovista de magníficos valores humanos, pero contaminada y enferma, como esclava de sí misma- hacia una civilización abierta a las expresiones superiores del espíritu y a las formas superiores de la vida social.
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«TENER EL ESPÍRITU DEL SEÑOR» (III)
por Ignace-Étienne Motte, ofm
[La «conversión» profunda y verdadera] es obra de Dios: sólo Él puede dar un corazón nuevo; sólo Él puede sustituir el espíritu terreno por el Espíritu Santo; sólo Él puede producir el nuevo nacimiento que hará entrar en el Reino; sólo Él puede resucitar a los muertos. Al hombre le corresponde confesar su pobreza y mantenerse activamente disponible para Dios. Al hombre le incumbe contar lo que Dios ha hecho: «El Señor me dio de esta manera...» (Test 1).
ABANDONAR LA SABIDURÍA DE LA CARNE
Hace falta un capirotazo inicial para tomar la dirección del Reino. Pero inmediatamente después viene todo el camino que hay que recorrer, desde el país de la cautividad hasta la Tierra Prometida. Pues hay que pasar incansablemente del espíritu terreno al «Espíritu del Señor». Si, siguiendo a Jesús, a Francisco le gustan los términos que indican movimiento y marcha, si recuerda de buena gana a sus hermanos que son peregrinos, es porque tiene conciencia de que el paso de este mundo al Padre es tarea de toda la vida. Por eso invita a sus hermanos a una conversión permanente.
Necesariamente hay que abandonar el espíritu terreno. En efecto, cuando Francisco mira (en primer lugar en sí mismo y luego en los demás) al hombre concreto, tal como es realmente, se da cuenta de que está profundamente marcado, herido, desfigurado por el pecado.
Para significar esta situación real, emplea las palabras «carne» o «cuerpo», en el mismo sentido que san Pablo. También emplea la palabra «mundo», tal como la entiende san Juan en algunos pasajes («el príncipe de este mundo»; «vosotros no sois del mundo»...), o la palabra «siglo». El uso de estas palabras no implica un juicio sobre el valor «ontológico» de algunas realidades, creadas buenas por Dios, como sabe muy bien Francisco (cf. Adm 5; Cántico de las criaturas). Se trata siempre de la situación existencial de un ser, o de un universo, centrado sobre sí mismo, cerrado a Dios y a los demás, abandonado a sus impulsos instintivos mortíferos: un hombre pecador, en el seno de una humanidad pecadora.
En la Carta a todos los fieles Francisco formula un implacable alegato contra quienes se dejan llevar por el espíritu terreno. En dicho texto, al igual que en otros de Francisco, puede encontrarse el retrato severo. Pero, ¿es más severo que san Pablo cuando describe al ser guiado por «la carne»? Uno y otro quieren limpiar la herida, depurar el mal en su raíz, y dejar todo el espacio a disposición de una nueva creación. Advirtamos, por lo demás, que la mirada pesimista con que Francisco observa al «hombre carnal» en cierto modo no es más que el contrapunto a la maravillosa obra que en dicho hombre lleva a cabo la gracia de Dios. (Encontramos idéntico contraste, gustosamente expuesto y ampliado, en el cuadro con que Celano, en su vida primera, describe la conversión de Francisco). He aquí, bosquejado por Francisco, un retrato del hombre pecador:
«Todos aquellos que no llevan vida en penitencia ni reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo; y que ponen por obra vicios y pecados; y que caminan tras la mala concupiscencia y los malos deseos y no guardan lo que prometieron; y que sirven corporalmente al mundo con los deseos carnales, con los cuidados y afanes de este siglo y con las preocupaciones de esta vida, engañados por el diablo, cuyos hijos son y cuyas obras hacen, son unos ciegos, pues no ven a quien es la luz verdadera, nuestro Señor Jesucristo. No tienen sabiduría espiritual, porque no tienen en sí al Hijo de Dios, que es la verdadera sabiduría del Padre; de ellos se dice: "Su sabiduría ha sido devorada". Ven, conocen, saben y practican el mal, y a sabiendas pierden sus almas. Mirad, ciegos, engañados por nuestros enemigos, la carne, el mundo, el diablo, que al cuerpo le es dulce cometer pecado, y amargo servir a Dios, pues todos los males, vicios y pecados, del corazón del hombre salen y proceden, como dice el Señor en el Evangelio» (2CtaF 63-69).



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