miércoles, 3 de junio de 2015

SAN FELIPE SMALDONE. Fundador de las Religiosas Salesianas de los Sagrados Corazones. Nació en Nápoles (Italia) el año 1848. Pronto decidió hacerse sacerdote, y en el seminario empezó ya su atención a los sordomudos; su escaso rendimiento académico le impedía llegar al sacerdocio, pero, por su bondad, lo alcanzó en 1871. A partir de entonces se consagró a la catequesis y a los enfermos, si bien su pastoral preponderante era la de los sordomudos, en la que contó con la ayuda de sacerdotes y laicos. En 1885 abrió en Lecce un Instituto para sordomudos. Y allí, con algunas hermanas religiosas que había formado, echó las bases de su Congregación que, sostenida por la autoridad eclesiástica, tuvo una expansión rápida y sólida. Ante las necesidades apremiantes, empezó a hospedar también a niñas ciegas, huérfanas y abandonadas. Fue asiduo confesor y director espiritual de sacerdotes y comunidades religiosas. Murió en Lecce el 4 de junio de 1923. Benedicto XVI lo canonizó en el 2006.
BEATO PACÍFICO RAMATI DE CERANO. Nació el año 1424 en Cerano (Novara, Italia), de la noble familia Ramati. En 1445 vistió el hábito franciscano entre los Observantes. Desde el principio se distinguió por su amor a la Virgen, cuya devoción propagaría en su apostolado y a la que dedicaría cofradías y capillas. Hechos los estudios y ordenado de sacerdote, lo enviaron a París, donde se doctoró. Vuelto a su patria, se consagró al ministerio de la predicación y de la confesión, recorriendo pueblos y ciudades del Piemonte y Lombardía, atendiendo en particular a pobres y enfermos. Para ilustración del clero y de los laicos publicó la Summa Pacifica, obra muy apreciada por su competencia y claridad en los temas morales. 


En 1480, Sixto IV lo envió a Cerdeña como legado suyo para predicar la resistencia frente a la invasión turca de la isla. Y en plena predicación de esta cruzada murió en Sassari el 4 de junio de 1482.
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San Francisco Caracciolo. Nació en Villa Santa María (Abruzzo, Italia) el año 1563. Estudió teología en Nápoles y se ordenó de sacerdote en 1587. De inmediato se dedicó a las obras de misericordia tanto espirituales en el ministerio pastoral como corporales en los hospitales. Se unió al proyecto de fundar una nueva congregación, la de los Clérigos Regulares Menores, de la que es considerado fundador, y participó en la redacción de su regla, en la que por iniciativa suya se incluyó el cuarto voto de no aceptar dignidades eclesiásticas. Estuvo algún tiempo en España tratando de implantar aquí su orden. Murió en Agnone (Abruzzo) el año 1608.
San Gualterio (o Walter). Fue abad del monasterio de Servigliano (Las Marcas, Italia) en el siglo VIII.
San Metrófanes. Fue obispo de Constantinopla, y murió el año 325.
Santos Nicolás y Trano. Fueron ermitaños en la isla de Cerdeña (Italia) a finales del siglo XI.
San Optato de Milevi. Obispo de Milevi en Numidia (en la actual Argelia). Se distinguió por su lucha contra los donatistas, que tanto mal hicieron sobre todo en el norte de África. En sus escritos, muy apreciados por san Agustín, defendió la universalidad de la Iglesia y la necesidad de la íntima unidad de los cristianos, frente a los errores de los donatistas. Murió a finales del siglo IV.
San Petroc. Fue abad del monasterio que él mismo había fundado en Cornualles (Inglaterra). Murió a finales del siglo VI.
San Quirino. Obispo de Siscia (hoy Siszeck) en el Ilírico y mártir, que, en tiempo del emperador Galerio, fue arrojado a un río con una rueda de molino atada al cuello. Esto sucedió en Sabaria (hoy Szombathely) de Panonia (hoy Hungría) el año 309.
Beatos Antonio Zawistowski y Estanislao Starowieyski. Antonio era sacerdote y Estanislao seglar. Ambos murieron martirizados por los nazis, pero en fechas distintas; Antonio el 4 de junio de 1942 y Estanislao el 13 de abril de 1941; no obstante, el Martirologio une sus memorias. Antonio nació en Polonia el año 1882, se ordenó de sacerdote en 1906 y ejerció diversos cargos en su diócesis. Era un excelente predicador y confesor. Lo detuvieron en noviembre de 1939, y pasó por varias cárceles hasta llegar al campo de concentración de Dachau (Alemania), donde ejerció el ministerio sacerdotal de forma clandestina. Murió a consecuencia de malos tratos. Estanislaonació en Polonia el año 1895. Contrajo matrimonio y tuvo seis hijos. Fue un activo promotor del apostolado seglar en la Acción Católica, y mereció un reconocimiento pontificio. Escapó del arresto de los soviéticos, pero en junio de 1940 lo detuvieron los nazis. Murió en el campo de Dachau, enfermo y maltratado.
Beato Francisco Pianzola. Nació en Sartirana (Lombardía, Italia) el año 1881. Ingresó en el seminario de Vigevano y se ordenó de sacerdote en 1907. Estuvo animado por un ardiente espíritu evangélico, y supo salir al encuentro de las pobrezas espirituales de su tiempo con un valiente estilo misionero, atento a los más alejados y en particular a quienes trabajaban en el campo y en las fábricas, y a los jóvenes. Fundó la Congregación de las Religiosas Misioneras de la Inmaculada Reina de la Paz. Murió en Mortara (Italia) el año 1943 y fue beatificado el 2008.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Los que se dejan dirigir por la carne tienden a lo carnal; en cambio, los que se dejan dirigir por el Espíritu tienden a lo espiritual. Nuestra carne tiende a la muerte; el Espíritu, a la vida y a la paz. La tendencia de la carne es rebelarse contra Dios; no se somete a la ley de Dios, ni siquiera puede. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros (cf. Rm 8,5-9).
Pensamiento franciscano:
Dijo Jesús a sus discípulos: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Y comenta san Francisco: -Son verdaderamente limpios de corazón quienes desprecian las cosas terrenas, buscan las celestiales y no dejan nunca de adorar y contemplar, con corazón y alma limpios, al Señor Dios vivo y verdadero (Adm 16).
Orar con la Iglesia:
Abiertos al impulso renovador del Espíritu Santo, oremos confiadamente a Dios nuestro Padre:
-Por la santa Iglesia de Dios, para que, llena de los dones del Espíritu, sea congregada en la unidad.
-Por todos los que trabajan por la paz y la concordia de los pueblos, para que logren reunir a los hombres en el amor.
-Por los que son víctimas de la debilidad humana, de los extravíos de su propio espíritu o de los errores de los hombres, para que el Espíritu del Señor los lleve por las sendas de la verdad y del bien.
-Por los niños y los adolescentes, para que el Espíritu los impulse a crecer en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres.
Oración: Dios todopoderoso y eterno, que has derramado tu Espíritu sobre los hombres, haz que los pueblos lleguen a la unidad en la confesión de tu nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
Benedicto XVI, Regina Coeli del 11 de mayo de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy la solemnidad de Pentecostés, antigua fiesta judía en la que se recordaba la Alianza sellada por Dios con su pueblo en el monte Sinaí (cf. Ex 19). Se convirtió también en fiesta cristiana precisamente por lo que sucedió en esa ocasión, cincuenta días después de la Pascua de Jesús. Leemos en los Hechos de los Apóstoles que los discípulos estaban reunidos en oración en el Cenáculo cuando descendió sobre ellos con fuerza el Espíritu Santo, como viento y fuego. Entonces se lanzaron a anunciar en muchas lenguas la buena nueva de la resurrección de Cristo (cf. Hch 2,1-4). Ese fue el «bautismo en el Espíritu Santo», que había sido anunciado por Juan Bautista: «Yo os bautizo en agua -decía a las multitudes-, pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo. (...) Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11).
En efecto, toda la misión de Jesús estaba orientada a donar el Espíritu de Dios a los hombres y a bautizarlos en su «baño» de regeneración. Esto se realizó con su glorificación (cf. Jn 7,39), es decir, mediante su muerte y resurrección. Entonces el Espíritu de Dios se derramó de modo sobreabundante, como una cascada capaz de purificar todos los corazones, de apagar el incendio del mal y de encender en el mundo el fuego del amor divino.
Los Hechos de los Apóstoles presentan Pentecostés como cumplimiento de esa promesa y, por tanto, como coronamiento de toda la misión de Jesús. Él mismo, después de su resurrección, ordenó a los discípulos que permanecieran en Jerusalén, porque -dijo- «vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hch 1,5); y añadió: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).
Por tanto, Pentecostés es, de modo especial, el bautismo de la Iglesia que emprende su misión universal comenzando por las calles de Jerusalén, con la prodigiosa predicación en las diversas lenguas de la humanidad. En este bautismo de Espíritu Santo son inseparables las dimensiones personal y comunitaria, el «yo» del discípulo y el «nosotros» de la Iglesia. El Espíritu consagra a la persona y, al mismo tiempo, la convierte en miembro vivo del Cuerpo místico de Cristo, partícipe de la misión de testimoniar su amor. Y esto se realiza mediante los sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo y la Confirmación.
En mi Mensaje para la próxima Jornada mundial de la juventud de 2008 propuse a los jóvenes que redescubran la presencia del Espíritu Santo en su vida y, por tanto, la importancia de estos sacramentos. Hoy quisiera extender esta invitación a todos: redescubramos, queridos hermanos y hermanas, la belleza de haber sido bautizados en el Espíritu Santo; volvamos a tomar conciencia de nuestro Bautismo y de nuestra Confirmación, manantiales de gracia siempre actual.
Pidamos a la Virgen María que obtenga también hoy para la Iglesia un renovado Pentecostés, que infunda en todos, de modo especial en los jóvenes, la alegría de vivir y testimoniar el Evangelio.
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EL AGUA VIVA DEL ESPÍRITU SANTO
De las catequesis de san Cirilo de Jerusalén
(Catequesis 16, Sobre el Espíritu Santo)
El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna [dijo Jesús a la Samaritana, Jn 4,14]. Una nueva clase de agua que corre y salta; pero que salta en los que son dignos de ella.
¿Por qué motivo se sirvió del término agua, para denominar la gracia del Espíritu? Pues, porque el agua lo sostiene todo; porque es imprescindible para la hierba y los animales; porque el agua de la lluvia desciende del cielo, y, además, porque desciende siempre de la misma forma y, sin embargo, produce efectos diferentes: unos en las palmeras, otros en las vides, todo en todas las cosas. De por sí, el agua no tiene más que un único modo de ser; por eso, la lluvia no transforma su naturaleza propia para descender en modos distintos, sino que se acomoda a las exigencias de los seres que la reciben y da a cada cosa lo que le corresponde.
De la misma manera, también el Espíritu Santo, aunque es único, y con un solo modo de ser, e indivisible, reparte a cada uno la gracia según quiere. Y así como un tronco seco que recibe agua germina, del mismo modo el alma pecadora que, por la penitencia, se hace digna del Espíritu Santo, produce frutos de santidad. Y aunque no tenga más que un solo e idéntico modo de ser, el Espíritu, bajo el impulso de Dios y en nombre de Cristo, produce múltiples efectos.
Se sirve de la lengua de unos para el carisma de la sabiduría; ilustra la mente de otros con el don de la profecía; a éste le concede poder para expulsar los demonios; a aquél le otorga el don de interpretar las divinas Escrituras. Fortalece, en unos, la templanza; en otros, la misericordia; a éste enseña a practicar el ayuno y la vida ascética; a aquél, a dominar las pasiones; al otro, le prepara para el martirio. El Espíritu se manifiesta, pues, distinto en cada uno, pero nunca distinto de sí mismo, según está escrito: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Llega mansa y suavemente, se le experimenta como finísima fragancia, su yugo no puede ser más ligero. Fulgurantes rayos de luz y de conocimiento anuncian su venida. Se acerca con los sentimientos entrañables de un auténtico protector: pues viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma, primero de quien lo recibe, luego, mediante éste, las de los demás.
Y, así como quien antes se movía en tinieblas, al contemplar y recibir la luz del sol en sus ojos corporales, es capaz de ver claramente lo que poco antes no podía ver, de este modo el que se ha hecho digno del don del Espíritu Santo es iluminado en su alma y, elevado sobrenaturalmente, llega a percibir lo que antes ignoraba.
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«TENER EL ESPÍRITU DEL SEÑOR» (III)
por Ignace-Étienne Motte, ofm
BAJO EL SIGNO DEL TENER Y DEL PODER
Este «espíritu de la carne» está colocado bajo el signo de la exterioridad: se alimenta de tener y parecer. ¿No es esto lo que vivió Francisco en el mundo, antes de su conversión, entregado por entero a triunfar y atraer todas las miradas hacia él? Y este espíritu reaparece continuamente de mil maneras sutiles, encontrando su pasto incluso en los ámbitos más sublimes:
«Todos mis hermanos procuren humillarse en todo, no gloriarse ni gozarse en sí mismos, ni exaltarse interiormente de las palabras y obras buenas; más aún, de ningún bien que Dios hace o dice y obra alguna vez en ellos y por medio de ellos... Guardémonos, pues, de toda soberbia y vanagloria; y defendámonos de la sabiduría de este mundo y de la prudencia de la carne, ya que el espíritu de la carne quiere y se esfuerza mucho por tener palabras, pero poco por tener obras, y busca no la religión y santidad en el espíritu interior, sino que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los hombres. Éstos son aquellos de quienes dice el Señor: "En verdad os digo, recibieron su recompensa"» (1 R 17,6.9-13).
Es un espíritu de apropiación, que trata de adueñarse de todo, de hacer que todo gire en torno a uno mismo, de considerarse propietario de las cosas, las personas y uno mismo.
Según Francisco, la esencia de todo pecado consiste precisamente en apropiarnos de algo que no nos pertenece. Nos lo explica gráficamente comentando a su modo el famoso «árbol de la ciencia del bien y del mal» del Génesis:
«Dijo el Señor a Adán: "De todo árbol puedes comer, pero no comas del árbol del bien y del mal". Podía comer de todo árbol del paraíso, porque no cometió pecado mientras no contravino la obediencia. Come, en efecto, del árbol de la ciencia del bien el que se apropia para sí su voluntad y se enaltece de lo bueno que el Señor dice o hace en él, y de esta manera, por la sugestión del diablo y por la transgresión del mandamiento, lo que comió se convirtió en fruto de la ciencia del mal. Por eso es preciso que cargue con el castigo» (Adm 2).
Como puede verse, lo que provoca la metamorfosis es la apropiación del bien realizado por Dios: cuando uno lo coge indebidamente, el fruto bueno se convierte en fruto del mal.
Con una perspicacia espiritual muy penetrante y que nos desenmascara muchas veces, Francisco denuncia en las Admoniciones mil sutiles formas de apropiación: la propia voluntad (Adm 2 y 3), la prelacía (Adm 4), la sabiduría, la ciencia, la belleza, la riqueza (Adm 5), los ejemplos de los santos (Adm 6), la Sagrada Escritura (Adm 7), el bien que hacen los demás (Adm 8), el pecado ajeno (Adm 11), el bien que Dios hace en nosotros (Adm 12 y 17), etc.
En nuestras relaciones con los demás, esta actitud de apropiación se convierte con toda naturalidad en espíritu de dominio. Colocarse por encima de los otros; ponerlos al servicio de uno; despreciarlos; condenarlos; aplastarlos física o moralmente... Tales son los comportamientos que la lógica terrena inspira y de los que es imprescindible desembarazarse si uno quiere comprometerse a seguir al Señor:
«Igualmente, ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio, y menos entre ellos. Pues, como dice el Señor en el Evangelio, "los príncipes de los pueblos se enseñorean de ellos y los que son mayores ejercen el poder en ellos"; no será así entre los hermanos; y todo el que quiera hacerse mayor entre ellos, sea su ministro y siervo, y el que es mayor entre ellos, hágase como el menor. Y ningún hermano haga mal o hable mal a otro; sino, más bien, por la caridad del espíritu, sírvanse y obedézcanse unos a otros de buen grado. Ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 5,9-15).
RECREADOS POR EL ESPÍRITU
A la «sabiduría de este mundo» y a la «prudencia de la carne» se opone el «Espíritu del Señor».
«El Espíritu del Señor, en cambio, quiere que la carne sea mortificada y despreciada, tenida por vil y abyecta. Y se afana por la humildad y la paciencia, y la pura, y simple, y verdadera paz del espíritu. Y siempre desea, más que nada, el temor divino y la divina sabiduría, y el divino amor del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». (1 R 17,14-16).
Se produce un cambio total: el hombre se desprende de sí mismo; abandona sus puntos de apoyo, sus objetivos egoístas, su voluntad de poder. Abandona su presa. Se sitúa, como un mendigo, en el umbral de un mundo nuevo; abre las manos y el corazón para dejarse invadir y moldear por la dulzura de un Dios que es amor, misericordia, participación.

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DÍA PRIMERO
V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
R/. Amén.
V/. Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. Señor, date prisa en socorrerme.
V/. Gloria al Padre...
R/. Como era en el principio...
ORACIÓN INICIAL
Señor Dios de poder y misericordia, te pedimos que nos envíes tu Espíritu Santo, para que, haciendo morada en nosotros, como la hizo en tu siervo Antonio, nos convierta por su intercesión en templos de tu gloria y nos guíe por los caminos que tú, Padre de bondad, quieres para nosotros. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
DE LA VIDA DE SAN ANTONIO
Antonio, nombre que tomaría al vestir el hábito franciscano, nació de familia distinguida en Lisboa hacia 1195 y en el bautismo recibió el nombre de Fernando. A la edad de 15 años sufrió una fuerte crisis de pubertad, lo que le movió a vestir el hábito de los Canónigos Regulares de San Agustín en el monasterio de San Vicente de Fora, situado a las afueras de Lisboa. Un par de años después, para librarse de las visitas de familiares y amigos, que le impedían concentrarse en su vida espiritual, pidió y obtuvo de los superiores el traslado al monasterio de Santa Cruz de Coimbra, que era entonces el centro más famoso de cultura sagrada en el reino lusitano. Allí pasó años decisivos para su formación intelectual al disfrutar de grandes maestros y de una rica biblioteca. A principios de 1220 recibió la ordenación sacerdotal, y algo antes conoció a los franciscanos que se dirigían a Marruecos para predicar a los musulmanes la fe de Cristo. Desde el principio la Providencia fue guiando los pasos de Antonio, que fue dócil al soplo del Espíritu.
DE LOS SERMONES DE SAN ANTONIO
El que está llenó del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta. La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras, y, por esto, el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló frutó, sino hojas tan sólo. «La norma del predicador -dice san Gregorio- es poner por obra lo que predica». En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que la contradice con sus obras.
Hablemos, por tanto, como el Espíritu Santo nos conceda expresarnos, pidiéndole humilde y devotamente que nos infunda su gracia, para que llegue el día de Pentecostés por la perfección de los cinco sentidos y la observancia del Decálogo; para que quedemos llenos del espíritu impetuoso de la contrición y nos abrasemos con las lenguas de fuego de la confesión, para que, encendidos e iluminados en el esplendor de los santos, merezcamos ver a Dios uno y trino. Ayúdenos aquel que es Dios uno y trino, bendito por los siglos de los siglos. Diga todo espíritu: Amén, aleluya.
Antífona: Desde su juventud caminó Antonio con rectitud, halló mucha sabiduría y progresó en ella. Se entregó a Dios de todo corazón y en tiempos violentos fue compasivo.
DE LOS MILAGROS DE SAN ANTONIO
El día en que fue honrosamente sepultado el cuerpo del beatísimo Antonio en la iglesia de Santa María de Padua, cierta mujer por nombre Cuniza, que desde hacía un año estaba gravemente enferma, se llegó hasta la iglesia valiéndose de muletas. Se había formado sobre sus espaldas una giba descomunal y de tal manera la tenía encorvada, que en manera alguna le era posible caminar sin el apoyo de bastones. Postrada en oración durante breve tiempo ante la tumba del bienaventurado Antonio, se le aplanó repentinamente la espalda sin quedar rastro de la giba, y, dejadas las muletas, retornó desencorvada a su casa.
PLEGARIA
Recuerda, Señor, que tu misericordia y tu ternura son eternas. Con la confianza que nos da el sabernos hijos tuyos e invocando la intercesión de tu siervo san Antonio, al que atiendes con largueza, te presentamos nuestras peticiones: ...... ...... ......
ORACIÓN FINAL
Dios todopoderoso y eterno, tú que has dado a tu pueblo en la persona de san Antonio de Padua un predicador insigne y un intercesor poderoso, concédenos seguir fielmente los principios de la vida cristiana, para que merezcamos tenerte como protector en todas las adversidades. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
V/. Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios.

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