miércoles, 10 de junio de 2015

SAN BERNABÉ. Nació en Chipre, y fue uno de los primeros fieles de Jerusalén. «Hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe», gozó de la confianza de los apóstoles, que lo enviaron a Antioquía de Siria para informarse de la marcha de aquella comunidad cristiana, integrada sobre todo por fieles no judíos, procedentes de la gentilidad. De allí partió para Tarso en busca de Saulo, y en cuanto lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Bernabé y Saulo fueron enviados a Jerusalén, para llevar ayuda a aquella iglesia. Al regreso, Bernabé acompañó a Saulo en su primer viaje apostólico por Chipre y Asia Menor. Después estuvieron los dos en el Concilio de Jerusalén, donde explicaron su modo de proceder entre los gentiles. Luego Bernabé volvió a su patria, donde predicó el Evangelio, y allí murió.- Oración:Señor, tú mandaste que san Bernabé, varón lleno de fe y de Espíritu Santo, fuera designado para llevar a las naciones tu mensaje de salvación; concédenos, te rogamos, que el Evangelio de Cristo, que él anunció con tanta firmeza, sea siempre proclamado en la Iglesia con fidelidad, de palabra y de obra. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
SAN JUAN DE SAHAGÚN. Su nombre era Juan González de Castrillo Martínez, pero tomó el de Juan de Sahagún cuando profesó en los Agustinos. Nació en Sahagún de Campos (León, España) hacia 1430 de familia noble y se educó en los benedictinos. Rechazó el beneficio eclesiástico que le procuraron con miras sobre todo económicas. Entró al servicio del ilustre obispo de Burgos, Alfonso de Cartagena, que lo tomó como su familiar y camarero, y lo ordenó de sacerdote. 


Insatisfecho con la vida de la curia, marchó a Salamanca a estudiar, y allí se acreditó como predicador celoso y elocuente. En 1463 ingresó en los Ermitaños de San Agustín, profesando al año siguiente. Los superiores le confiaron cargos de responsabilidad. Tuvo una gran devoción a la Eucaristía. Humilde y sincero, fue un promotor incansable de la paz y la convivencia social, y defendió los derechos de los obreros. Logró con sus virtudes y sus buenos modos la concordia entre las banderías ciudadanas. Murió en Salamanca en 1479.
SANTA MARÍA ROSA MOLAS Y VALLVÉ. Fundadora de las Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación. Nació en Reus (Tarragona) el año 1815. A partir de su Primera Comunión, vivió profundas experiencias místicas, a veces, de la presencia y dulzura inefable de Dios, y, más frecuentemente, del silencio y sensación de la ausencia del Señor. En 1841 ingresó en las Hijas de la Caridad, que prestaban sus servicios en el Hospital y la Casa de Caridad de Reus, y allí dio pruebas de entrega heroica, en el humilde servicio a los más pobres. En 1844, asediada y bombardeada su ciudad, su valerosa intercesión obtuvo la paz. Años después marchó con otras Hermanas a Tortosa, donde circunstancias providenciales la convertirán en Fundadora de su nueva Congregación, dirigida a consolar al prójimo afligido, educando y sirviendo al hombre en cualquier necesidad. No menor fue su empeño en defender los derechos de los débiles y oprimidos de su sociedad. Murió en Tortosa (Tarragona) el 11 de junio de 1876.
SANTA PAULA FRASSINETTI. Nació en Génova (Italia) el año 1809 en el seno de una familia muy religiosa; sus cuatro hermanos se hicieron sacerdotes. Estando con uno de ellos, José, en Quinto (Génova), abrió una escuela parroquial para las niñas pobres de la localidad. Pronto algunas jóvenes del pueblo se reunieron con ella y formaron el Instituto Religioso de las Hijas de Santa Fe, para la educación y las catequesis parroquiales. El sacerdote L. Passi le propuso que asumiera en su grupo a la obra que él había fundado. Ella aceptó, y así, superadas muchas dificultades, nació la Congregación de las Hermanas de Santa Dorotea, dedicadas a la formación cristiana de la juventud femenina y a otros campos de evangelización. Murió en Roma el 11 de junio de 1882.
BEATA YOLANDA (también llamada: Violante o Iolenta, de Hungría o de Polonia). Hija del rey Bela IV, nació en Budapest hacia 1235. Estaba emparentada con numerosos santos. Fue educada en Polonia por su hermana santa Cunegunda, esposa de Boleslao el Casto de Polonia y después clarisa. De su temprano matrimonio con el duque Boleslao el Piadoso de Polonia nacieron tres hijas. Además de cumplir sus deberes en el hogar, Yolanda se dedicó a las obras de piedad y misericordia, siendo una madre para los pobres y necesitados. Fundó iglesias y hospitales y contribuyó a la difusión de la Orden franciscana. Muerto su esposo y casadas dos de las hijas, ingresó, con la tercera, en el monasterio de clarisas de Sandeck. Abandonado éste por las incursiones de los bárbaros, se trasladó al de Gniezno, fundado por ella, del que fue abadesa y en el que murió el 11 de junio de 1298. Resplandeció por su profunda humildad y por la asidua contemplación de la pasión del Señor. La Familia Franciscana celebra su memoria el 12 de junio.- Oración: Oh Dios, que con el ejemplo de la beata Yolanda nos has enseñado a preferir el seguimiento humilde de Cristo a las riquezas y honores de este mundo, concédenos anteponer los valores eternos a los caducos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
BEATO IGNACIO MALOYAN. Nació en Mardine (Turquía) el año 1869 en el seno de una familia católica armenia. Se ordenó de sacerdote en 1896 y ejerció su ministerio en El Cairo, Alejandría y Estambul. Era un celoso sacerdote asiduo a la predicación, el confesonario y la atención a los fieles. En 1911 acudió a Roma como secretario del sínodo de los obispos armenios, y allí fue ordenado obispo de Mardine. Ejerció una gran labor y dio mucho impulso a la vida cristiana de su diócesis. En 1915, cuando el Imperio Turco Otomano inició el genocidio armenio, protestó contra los abusos cometidos por los soldados. No tardó en ser arrestado, antes de que lo fuera multitud de sacerdotes y cristianos. Lo obligaron a que abjurara del cristianismo y abrazara el Islam. Se negó en términos absolutos, por lo que lo maltrataron y torturaron cruelmente, y, después de la enésima oferta de libertad a cambio de la conversión al Islam, lo mataron de un tiro en la nuca, en Kara-Kenpru, el 11 de junio de 1915, fiesta del Corazón de Jesús. Fue beatificado el 2001.
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Santa Alicia (o Aleida o Adelaida). Nació cerca de Bruselas (Bélgica) en el primer tercio del siglo XIII. Desde pequeña fue confiada al monasterio cisterciense de La Cambre, cercano a la capital belga, para su educación. En su momento hizo la profesión religiosa, y no tardó en tener experiencias místicas extraordinarias. A los 22 años contrajo la lepra, lo que la obligó a vivir separada de la comunidad. Con el tiempo quedó ciega y llena de llagas. Por amor de Dios lo soportó todo con una paciencia y dulzura admirables, ofreciendo sus dolores y tribulaciones por las almas del Purgatorio y por la conversión de los pecadores. Murió en su monasterio el año 1250.
San Máximo de Nápoles. Fue obispo de Nápoles (Italia) en un tiempo en que parecía imponerse el arrianismo. Él defendió el dogma de la divinidad de Jesucristo, proclamado en el Concilio de Nicea, y por eso, el año 355, fue desterrado por el emperador Constancio, y en el destierro murió, consumido por las tribulaciones padecidas, en torno al año 361.
San Parisio. Nació en Bolonia (Italia) y muy pronto vistió el hábito de los camaldulenses en el monasterio de los Santos Cosme y Damián. Llevaba ya 24 años de monje, cuando la obediencia lo envió, como director espiritual y capellán, al monasterio camaldulense femenino de Santa Cristina, en Treviso. Además, tenía que atender la hospedería de peregrinos y el hospital de enfermos adjuntos al monasterio. Durante 77 años atendió con celo y constancia sus obligaciones, logrando la renovación espiritual de las religiosas y mostrando una gran caridad con los peregrinos y los enfermos. Murió a los 108 años de edad en Treviso el año 1267.
San Remberto de Hamburgo. Nació en Brujas y se hizo monje en el monasterio de Torhout. Cuando san Óscar emprendió la evangelización del norte de Europa, pidió a Remberto que lo acompañara, y cuando san Óscar murió, el año 865, Remberto fue nombrado, para sucederle, obispo de Hamburgo-Bremen. En el gobierno de la diócesis siguió el gran ejemplo de su predecesor, y no sólo atendió a sus fieles, sino que además se dedicó a extender el Evangelio por los países circundantes aún paganos. En tiempo de las invasiones de los normandos se preocupó de redimir a los prisioneros cristianos. Murió en Bremen (Sajonia, Alemania) el año 888.
Beato Bardón de Maguncia. Nació el año 981 en Alemania, de familia noble y emparentada con el emperador. Siendo aún joven ingresó en el monasterio de Fulda. Por sus virtudes y talentos le confiaron responsabilidades en otros monasterios, hasta ser elegido abad del de Hersfeld. El año 1031 fue nombrado arzobispo de Maguncia. Su celo y su entrega a la tarea pastoral, su estilo de vida sencillo y evangélico, su atención a los pobres y humildes, que tenían abiertas las puertas del palacio episcopal, su vida devota y su fervorosa predicación de la palabra divina, le ganaron la simpatía y admiración de todos, incluidos los que no recibieron de buen grado su nombramiento. Murió el año 1051.
Beato Esteban Bandelli. Nació en Castelnuovo Scrivia (Piamonte, Italia) el año 1369. De joven ingresó en la Orden de predicadores, y en su momento se ordenó de sacerdote. Se doctoró en teología y derecho canónico y estuvo cinco años de profesor en la universidad de Pavía. Dejó la enseñanza y se dedicó de lleno a predicar y a oír confesiones. Acudían a escucharlo multitudes, y conseguía muchas conversiones y un mayor fervor en la vida cristiana. A la vez era un hombre de estudio y de oración, atento a las necesidades de los pobres. Se le atribuyeron muchos milagros. Murió en Saluzzo (Piamonte) el año 1450.
Beata Hildegarda Burjan. De origen judío, nació en 1883 en Görlitz. Estudió Filosofía en Zúrich. Tras su matrimonio, y como consecuencia de una enfermedad, descubrió la fe cristiana, y fue bautizada en 1909. Se trasladó a Viena, donde fue diputada en el Parlamento austríaco. Vivió la actividad política como un servicio al Evangelio, a favor de los trabajadores oprimidos, siguiendo las enseñanzas del papa León XIII. En 1912 fundó la Asociación de las obreras cristianas a domicilio. Ayudó a las poblaciones que padecían hambre, creó una red de asistencia a las familias y luchó contra el trabajo de los menores. En 1919 fundó la sociedad de las Religiosas de la Caritas socialis. En los pobres y en los que sufren veía el rostro de Jesús y se sentía sedienta de justicia. Murió en Viena el 11-VI-1933. Beatificada en 2012.
Beata María del Corazón de Jesús Schininá. Nació de familia aristocrática en Ragusa (Sicilia, Italia) el año 1844 y recibió una educación esmerada. A los treinta años decidió llevar una vida austera, sencilla y humilde, dedicada a curar a enfermos, abandonados y pobres, visitando a sus familias y prestándoles los servicios necesarios. Quiso ser monja de clausura, pero le aconsejaron que siguiera con sus obras de caridad. Muerta su madre en 1884, se desprendió de sus bienes, y algunos años después fundó el Instituto del Sagrado Corazón dedicado al servicio de los enfermos y al mantenimiento de huérfanos pobres. Murió en Ragusa el año 1910.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Dijo Jesús a los judíos: -Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn 6,51).
Pensamiento franciscano:
Dice san Francisco en su Carta a la Orden: -¡Tiemble el hombre entero, que se estremezca el mundo entero, y que el cielo exulte, cuando sobre el altar, en las manos del sacerdote, está Cristo, el Hijo del Dios vivo! ¡Oh admirable celsitud y asombrosa condescendencia! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, pues el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan! (CtaO 26-27).
Orar con la Iglesia:
Por medio de Cristo, hecho pan y alimento de nuestras almas, presentemos al Padre nuestra oración:
-Por la Iglesia, para que celebre con fe el sacramento del Cuerpo y Sangre del Señor y se vea enriquecida con sus dones.
-Por los obispos y sacerdotes, ministros de la Eucaristía, para que con su digna celebración ofrezcan el pan de vida a los fieles.
-Por cuantos tienen responsabilidades en la vida pública, para que aúnen sus esfuerzos en la consecución de trabajo y pan para todos.
-Por las comunidades cristianas, para que centren en la Eucaristía, como fuente y cima, sus actividades pastorales.
-Por los enfermos y por cuantos sufren, para que sean alimentados y confortados por la fuerza de la Eucaristía.
Oración: Dios Padre, que nos alimentas con el sacramento del Cuerpo y Sangre de tu Hijo, escucha nuestra plegaria y concédenos cuanto te pedimos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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EXULTA, LUSITANIA FELIX
De la Carta Apostólica del 16 de enero de 1946
por la que S. S. Pío XII declara a San Antonio de Padua
Doctor de la Iglesia
Nacido en Lisboa, era un adolescente cuando vistió el hábito humilde de los Canónigos Regulares de San Agustín, entre los cuales durante once años se esforzó, con la mayor diligencia, por enriquecer su alma con las virtudes religiosas y colmar su espíritu con los tesoros de las doctrinas celestiales. Elevado después a la dignidad sacerdotal, suspiraba por un modo de vida más perfecto, cuando los cinco Protomártires franciscanos tiñeron con su sangre, en las santas misiones de Marruecos, los rojos amaneceres de la Orden Seráfica.
Antonio, lleno de alegría por el triunfo tan glorioso de la fe cristiana, se inflamó de vivos deseos del martirio y se embarcó lleno de gozo rumbo a Marruecos. Poco después, afectado de una grave enfermedad, se vio forzado a reembarcar de vuelta a su patria. Una fortísima tempestad lo lanzó a las costas de Italia. Allí era un desconocido para todos y él mismo a nadie conocía, por lo que pensó encaminar sus pasos a la ciudad de Asís, donde entonces se iban a reunir muchos frailes y maestros de su Orden. Llegado allí tuvo la dicha de conocer al Padre san Francisco, cuya dulce presencia le colmó el alma de tanta suavidad que lo enardeció con el soplo ardentísimo del espíritu seráfico.
Al extenderse por todas partes la fama de la sabiduría celestial de Antonio y conocedor de ella el Seráfico Patriarca, quiso encomendarle el cargo de enseñar a los frailes, con aquellas palabras suavísimas que le escribió: «Fray Francisco a fray Antonio, mi obispo: salud. Me agrada que enseñes sagrada teología a los frailes, con tal que, en su estudio, no apagues el espíritu de oración y devoción, como se contiene en la Regla». Antonio cumplió fielmente el oficio de su magisterio, siendo constituido como el primer Lector de la Orden. Enseñó en Bolonia, que era entonces sede principal de estudios; después enseñó en Toulouse y, por último, en Montpellier, ambas ciudades famosísimas por sus estudios. Antonio enseñó a los frailes y cosechó frutos abundantes sin menoscabar el espíritu de oración, como el Seráfico Patriarca le había encomendado, antes bien el Santo de Padua instruyó a sus alumnos no sólo con el magisterio de la palabra sino también con el ejemplo de su vida, cultivando y defendiendo el cándido lirio de la pureza.
Dios le manifestó con frecuencia cuánto era estimado por el Cordero inmaculado, Jesucristo. Muchas veces, estando Antonio en su celda silenciosa dedicado a la oración, levantados dulcemente los ojos y el corazón al cielo, de repente se le aparecía el mismo Jesús, como niño pequeño, envuelto en una luz de radiantes fulgores, y echándose al cuello del joven franciscano lo abrazaba, y colmaba de tiernas caricias infantiles al Santo que, extasiado y convertido de hombre en ángel, «se apacentaba entre lirios» (Cant 2,16) en compañía de los ángeles y del Cordero.
Los autores contemporáneos del Santo ponderan unánimemente, y con ellos los más recientes, la luz abundante que san Antonio difundió por todas partes, tanto por la actividad docente cuanto por la predicación de la palabra de Dios, y alaban su sabiduría con grandes elogios y ensalzan la virtud de su elocuencia. Quienquiera que lea con atención sus «Sermones» hallará un Antonio exégeta peritísimo en las Sagradas Escrituras y un teólogo eximio al analizar las verdades dogmáticas, un doctor y maestro insigne en el modo de tratar las doctrinas ascéticas y místicas. Todas estas cosas pueden servir de no pequeño auxilio, sobre todo a los predicadores del Evangelio, si las consideran como tesoro del arte divino de la elocuencia, pues forman una especie de reserva abundantísima de la que especialmente los oradores sagrados pueden extraer, sin agotarla, argumentos vigorosos para defender la verdad, impugnar los errores, refutar las herejías y hacer retornar al camino recto los corazones de los hombres extraviados.
Como Antonio se sirvió, con frecuencia, de los textos y sentencias tomadas del Evangelio, con toda justicia y derecho merece ser llamado «Doctor evangélico». Efectivamente, de sus escritos no pocos doctores, teólogos y predicadores de la palabra de Dios bebieron, como de una fuente perenne de agua viva, y ampliamente beben aún hoy, precisamente porque consideran a Antonio un maestro y le tienen por Doctor de la Santa Madre Iglesia. Los mismos Romanos Pontífices son los primeros que se han adelantado al pronunciar tal juicio.
No podemos omitir el grandioso elogio que tributó al Santo de Padua el papa Gregorio IX después de oír predicar a Antonio y comprobar su admirable comportamiento vital, llamándole «Arca del Testamento» y «Archivo de las Sagradas Escrituras». Es igualmente digno de ser recordado que en el mismo día 30 de mayo de 1232, en el que el taumaturgo paduano fue inscrito en el catálogo de los santos, casi once meses después de su dichosa muerte, al final del solemne rito pontifical de su canonización, el mismo papa Gregorio entonó con su propia voz la antífona propia de los Doctores de la Iglesia: «O Doctor optime!».
Como consecuencia de todo ello, poco después comenzaron a pintar y esculpir imágenes y a proponerlas a la veneración de la piedad de los fieles cristianos en las que aparece figurado el gran apóstol franciscano con un libro abierto en una de las manos, o cerca, símbolo de su sabiduría y doctrina, y en la otra una llama, símbolo del ardor de su fe.
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SAN BERNABÉ
De la catequesis de Benedicto XVI el 31 de enero de 2007
Queridos hermanos y hermanas:
Prosiguiendo nuestro viaje entre los protagonistas de los orígenes cristianos, hoy dedicamos nuestra atención a otros colaboradores de san Pablo. Tenemos que reconocer que el Apóstol es un ejemplo elocuente de hombre abierto a la colaboración: en la Iglesia no quiere hacerlo todo él solo, sino que se sirve de numerosos y diversos compañeros. Hoy centramos nuestra atención en tres de estas personas que desempeñaron un papel particularmente significativo en la evangelización de los orígenes: Bernabé, Silas y Apolo.
Bernabé, que significa «hijo de la exhortación» (Hch 4,36) o «hijo del consuelo», es el sobrenombre de un judío levita oriundo de Chipre. Habiéndose establecido en Jerusalén, fue uno de los primeros en abrazar el cristianismo, tras la resurrección del Señor. Con gran generosidad vendió un campo de su propiedad y entregó el dinero a los Apóstoles para las necesidades de la Iglesia (cf. Hch 4,37). Se hizo garante de la conversión de Saulo ante la comunidad cristiana de Jerusalén, que todavía desconfiaba de su antiguo perseguidor (cf. Hch 9,27). Enviado a Antioquía de Siria, fue a buscar a Pablo, en Tarso, donde se había retirado, y con él pasó un año entero, dedicándose a la evangelización de esa importante ciudad, en cuya Iglesia Bernabé era conocido como profeta y doctor (cf. Hch 13,1).
Así, Bernabé, en el momento de las primeras conversiones de los paganos, comprendió que había llegado la hora de Saulo, el cual se había retirado a Tarso, su ciudad. Fue a buscarlo allí. En ese momento importante, en cierta forma, devolvió a Pablo a la Iglesia; en este sentido, le entregó una vez más al Apóstol de las gentes. La Iglesia de Antioquía envió a Bernabé en misión, junto a Pablo, realizando lo que se suele llamar el primer viaje misionero del Apóstol. En realidad, fue un viaje misionero de Bernabé, pues él era el verdadero responsable, al que Pablo se sumó como colaborador, recorriendo las regiones de Chipre y Anatolia centro-sur, en la actual Turquía, con las ciudades de Atalía, Perge, Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe (cf. Hch 13-14). Junto a Pablo, acudió después al así llamado concilio de Jerusalén, donde, después de un profundo examen de la cuestión, los Apóstoles con los ancianos decidieron separar de la identidad cristiana la práctica de la circuncisión (cf. Hch 15,1-35). Sólo así, al final, permitieron oficialmente que fuera posible la Iglesia de los paganos, una Iglesia sin circuncisión: somos hijos de Abraham solamente por la fe en Cristo.
Los dos, Pablo y Bernabé, se enfrentaron más tarde, al inicio del segundo viaje misionero, porque Bernabé quería tomar como compañero a Juan Marcos, mientras que Pablo no quería, dado que el joven se había separado de ellos durante el viaje anterior (cf. Hch 13,13; 15,36-40). Por tanto, también entre los santos existen contrastes, discordias, controversias. Esto me parece muy consolador, pues vemos que los santos no «han caído del cielo». Son hombres como nosotros, incluso con problemas complicados. La santidad no consiste en no equivocarse o no pecar nunca. La santidad crece con la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disponibilidad para volver a comenzar, y sobre todo con la capacidad de reconciliación y de perdón.
De este modo, Pablo, que había sido más bien duro y severo con Marcos, al final se vuelve a encontrar con él. En las últimas cartas de san Pablo, a Filemón y en la segunda a Timoteo, Marcos aparece precisamente como «mi colaborador». Por consiguiente, lo que nos hace santos no es el no habernos equivocado nunca, sino la capacidad de perdón y reconciliación. Y todos podemos aprender este camino de santidad.
En todo caso, Bernabé, con Juan Marcos, se dirigió a Chipre (cf. Hch 15,39) alrededor del año 49. A partir de entonces se pierden sus huellas.
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El Espíritu Santo y la Fraternidad franciscana
según los escritos de San Francisco (IV)

por Martín Steiner, ofm
II. UN DISCERNIMIENTO NECESARIO
2. EL ESPÍRITU DEL SEÑOR
a) Características.- Muy otro del que sigue el «espíritu de la carne» es quien tiene el Espíritu del Señor. El primer efecto del Espíritu es introducirlo en la verdad. El Espíritu lo convence de que el hombre por sí mismo, abandonado a sus solas fuerzas, nada puede y de que todo bien que se realiza en él y por él, en los otros y por los otros, viene de Dios, fuente única de todo bien. Tal es la convicción fundamental de Francisco: todo bien procede de Dios, todo bien pertenece consiguientemente a Dios. Ahí es donde se ha de buscar el fundamento de su pobreza «según el Espíritu».
Como ya hemos anotado, la decisión inicial, común a sus hermanos y a Francisco mismo, de tomar a Jesús como el Señor de su vida, y todas las acciones en las que esta decisión se actualiza a lo largo de la existencia, pertenece al Espíritu Santo (Adm 8,1). Todas las virtudes que aseguran nuestra fidelidad al Señor vienen igualmente de Él (SalVM 6).
Por esta razón, el criterio fundamental que permite reconocer si se tiene el Espíritu del Señor es el que da Francisco en la Admonición 12: «Así puede conocerse si el siervo de Dios tiene el Espíritu del Señor: si, cuando el Señor obra por medio de él algo bueno, no por ello se enaltece su carne..., sino, más bien, se considera más vil y se estima menor que todos los otros hombres». El Espíritu del Señor, en efecto, le hace acordarse de lo que sería sin la misericordia del Señor y le recuerda cuán poco generosamente coopera en la acción del Señor. Así ocurrió con Francisco: «Padre, ¿en qué concepto te tienes?», le preguntó el hermano Pacífico, después de haber visto en sueños el trono de un ángel reservado para el Pobrecillo. Éste respondió: «Me parece que soy el más grande de los pecadores, porque, si Dios hubiese tenido con un criminal tanta misericordia como conmigo, sería diez veces más espiritual que yo» (2 Cel 123) y «más agradecido» (2 Cel 133).
Quien tiene el Espíritu del Señor, pues, podrá también beber la vida en la Escritura: no se atribuirá ya sus conocimientos para envanecerse, ni para buscar ventajas personales en la transmisión de su saber y permanecer con ello todavía encerrado sobre sí mismo (¡para muerte suya!). Consciente de que puede beber, sin mérito de su parte, en la fuente de una sabiduría que lo sobrepasa, y lleno de gratitud hacia quien le permite saciar su sed en ella, pondrá en práctica la Palabra para ser vivificado por el Espíritu que la inspira y para llevar a otros a esta fuente de vida: «El Espíritu de la divina letra vivifica a quienes no atribuyen al "cuerpo" (a su valor personal) toda la letra que saben y desean saber, sino que con la palabra y el ejemplo se la restituyen al altísimo Señor Dios, de quien es todo bien» (Adm 7,4).
¡La carne «siempre es opuesta a todo lo bueno»! Quien tiene el Espíritu del Señor, por tanto, se deja enseñar por Él cómo ha de comportarse con ella: «El Espíritu del Señor quiere que la "carne" (el "yo" egoísta) sea mortificada y despreciada, tenida por vil y abyecta» (1 R 17,14).
Se trata de despreciar todo egocentrismo en el ámbito relacional, para abrirse, en la docilidad al Espíritu de amor, a la comunión universal. Y ésta no es posible sin una actitud de acogida, de respeto y de sumisión al otro, quienquiera que sea y cualquiera que sea su comportamiento. Tal es también el criterio de la pobreza auténtica, que no consiste primeramente en hazañas ascéticas o elevaciones místicas. La verdadera pobreza abre al Espíritu de amor de ese Señor que murió perdonando a sus verdugos (a cada uno de nosotros) y que nos exige el amor a los enemigos como signo último del seguimiento de sus huellas.
b) Aquellos que son así de dóciles al Espíritu, entran en el juego de este Espíritu que trabaja en la edificación de la Fraternidad según el mandamiento nuevo: «Amaos unos a otros como yo os he amado».
Puesto que la acción de Dios es primera y que Dios es el Señor, es decir, quien obra soberanamente en la Fraternidad según su propio designio, los «hermanos según el Espíritu», respetuosos con la libertad de acción del Señor, no buscan hacerse ver con la ostentación de sus conocimientos o de sus virtudes: dejan al Altísimo mismo el cuidado de manifestar, cuando y a quien le plazca, las obras que Él realiza en ellos, sus siervos (Adm 21 y 28).
No admiten ya en sí mismos las reacciones características del «espíritu de la carne»: envidia mutua, turbación por las eventuales faltas de consideración o ante el pecado ajeno o a causa de la pérdida de un puesto relevante, descarga sobre los otros de la responsabilidad de las faltas cometidas, etc. Por el contrario, buscando siempre admirar la obra del Señor en sus hermanos, sabrán «tratarse espiritual y amorosamente»; y, ante los defectos inevitables y las divergencias de temperamento o de opinión, no cederán a la tentación de la «murmuración», del enredo, que expresa una voluntad «carnal» de imponer los propios puntos de vista (1 R 7,15).
Así, «interiormente purgados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo», podrán todos juntos «seguir las huellas del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo» (CtaO 51), en su obediencia de amor. He ahí cómo la Fraternidad franciscana puede ser unida por el lazo que caracteriza su originalidad evangélica tal como lo habíamos anunciado (cf. más arriba I, 4): «Por la caridad del Espíritu, sírvanse y obedézcanse los hermanos unos a otros de buen grado: ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 5,14-15). Este lazo consiguientemente no es otro que la actitud misma de Cristo reproducida en cada hermano bajo la acción del Espíritu Santo. Y comprendemos que semejante lazo, que une a los «hermanos según el Espíritu», debe superar en solidez y en delicadeza el amor natural más fuerte: el de la madre a su hijo (cf. 2 R 6,7-8).

DÍA OCTAVO
V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
R/. Amén.
V/. Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. Señor, date prisa en socorrerme.
V/. Gloria al Padre...
R/. Como era en el principio...
ORACIÓN INICIAL
Señor y Dios nuestro, que por tu amor hacia los hombres has querido que san Antonio anunciara al pueblo la riqueza insondable que es Cristo; concédenos, por su intercesión, crecer en el conocimiento de tu misterio y vivir siempre según el Evangelio, dando fruto abundante de buenas obras. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
DE LA VIDA DE SAN ANTONIO
En el otoño de 1230, cumplida la misión que la Orden le había encomendado ante la curia papal, Antonio regresó a Padua donde, libre de la responsabilidad de cuidar de sus hermanos, se dedicó plenamente a la predicación itinerante y a la preparación de sus sermones escritos. Accediendo a los ruegos del Card. Reinaldo de Segni, futuro papa Alejandro IV, Antonio, que en el invierno anterior había escrito sus Sermones dominicales, consagró el de 1230-31 a la redacción de sus Sermones festivi, pero, al acercarse la cuaresma, interrumpió este trabajo para dedicarse a la predicación. Del 5 de febrero al 23 de marzo de 1231, predicó la cuaresma en Padua, con un largo sermón diario, con catequesis y horas de oír confesiones. Tan admirable misión cuaresmal agotó las fuerzas del santo y minó su salud, pero produjo muy abundantes frutos evangélicos. El 17 de marzo de 1231, lunes santo, Antonio se presentó al podestà de Padua y a su Consejo para pedirles que se atenuaran las penas de los estatutos comunales para los pobres endeudados que no podían pagar, y lo consiguió.
DE LOS SERMONES DE SAN ANTONIO
¡Oh mansedumbre de la piedad divina, paciencia de la benignidad del Padre, profundo e insondable misterio de los designios eternos! Veías, Padre, que a tu Unigénito, igual a ti, le ataban a la columna como a un bandido y le azotaban como a un homicida. ¿Cómo te pudiste contener? Te damos gracias, Padre Santo, por habernos liberado de las cadenas del pecado y de los azotes del diablo por medio de las cadenas y azotes de tu querido Hijo. Pero, desgraciadamente, Poncio Pilato azota de nuevo a Jesucristo... Aún más: fue manchado con salivazos de los judíos. Dice San Mateo: Entonces se pusieron a escupirle en la cara y a abofetearle; y otros a golpearle. ¡Oh Padre, la cabeza de tu Hijo Jesús, que hace temblar a los ángeles, es golpeada con una caña; su rostro, que los ángeles desean contemplar, es manchado con salivazos, abofeteado; su barba es arrancada; le dan puñetazos, lo arrastran por los cabellos! Y tú, oh clementísimo, callas, disimulas y prefieres que Uno, tu Único, sea de tal modo escupido y abofeteado antes que toda la nación perezca. Honor y gloria a ti, porque con las escupiduras, los puñetazos y las bofetadas que recibió tu Hijo Jesús nos preparaste una triaca para expulsar el veneno de nuestra alma.
Te pedimos, Señor Jesús, que tú, el buen Pastor, nos guardes a nosotros, tus ovejas, nos defiendas del mercenario y del lobo, y nos corones en tu reino con la corona de la vida eterna. Ayúdanos tú, que eres bendito, glorioso y laudable por los siglos de los siglos. Que diga toda ovejita, toda alma fiel: Amén, Aleluya.
Antífona: Oh doctor admirable, luz de la Iglesia santa, bienaventurado Antonio, fiel cumplidor de la ley, ruega por nosotros al Hijo de Dios.
DE LOS MILAGROS DE SAN ANTONIO
En la ciudad de Comaquio vivía un hombre llamado Domingo que, cierto día, salió de su casa para un menester, y se llevó en su compañía a un hijo pequeño, que iba caminando tras él. Cuando se habían alejado algún tanto de su casa, volvió la vista atrás y no vio aparecer a nadie. Sobrecogido, se puso a dar vueltas, buscándolo por los alrededores con ojos asombrados, hasta que finalmente encontró al pequeño ahogado en una poza. Sacó el desdichado padre al muchachuelo, lo llevó a casa y se lo entregó exánime a la madre; pero ésta, haciendo al punto un voto, lo recibió vivo por los méritos del muy bienaventurado Antonio.
PLEGARIA
Recuerda, Señor, que tu misericordia y tu ternura son eternas. Con la confianza que nos da el sabernos hijos tuyos e invocando la intercesión de tu siervo san Antonio, al que atiendes con largueza, te presentamos nuestras peticiones: ...... ...... ......
ORACIÓN FINAL
Dios todopoderoso y eterno, tú que has dado a tu pueblo en la persona de san Antonio de Padua un predicador insigne y un intercesor poderoso, concédenos seguir fielmente los principios de la vida cristiana, para que merezcamos tenerte como protector en todas las adversidades. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
V/. Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios.



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