sábado, 6 de junio de 2015

SAN ANTONIO MARÍA GIANELLI. Nació en Cereta (Liguria, Italia) el año 1789. A los 19 años entró en el seminario de Génova y en 1812 fue ordenado de sacerdote. Siguió en el seminario como profesor, y a partir de 1826 se centró en el apostolado parroquial. Creó varias instituciones, como la «Sociedad Económica» para la instrucción de las niñas pobres, una pequeña congregación misionera que puso bajo el patronazgo de san Alfonso María de Ligorio, los futuros Oblatos de San Alfonso, para las misiones populares y la organización del clero, y, sobre todo, en 1829, la Congregación de las Hijas de María Santísima del Huerto, a las que inculcaba la pobreza, que debía ser «el verdadero distintivo del instituto», así como el espíritu de sacrificio y la confianza en Dios. En 1838 fue nombrado obispo de Bobbio. Murió en Piacenza el 7 de junio de 1846. En su vida y en sus obras trató de servir al Señor en los pobres, los enfermos, los ignorantes, los que no habían encontrado a Dios, y abría su corazón para acoger a todos.
BEATA ANA DE SAN BARTOLOMÉ. Nació en Almendral (Ávila, España) el año 1549. Era de familia campesina, pronto quedó huérfana y pasó la adolescencia guardando el rebaño familiar. En 1570 entró como hermana conversa en el monasterio de las carmelitas descalzas de San José, de Ávila, primera casa de la reforma teresiana. Después de su profesión, santa Teresa la tomó como compañera de sus viajes y gracias a ella aprendió a escribir. Asistió hasta su muerte a la Santa, que expiró en sus brazos en Alba de Tormes el año 1582. Ana continuó su vida conventual en Ávila, Madrid y Ocaña. En 1604 se trasladó a Francia con un grupo de monjas para iniciar allí la descalcez carmelitana. Por obediencia, Ana pasó de hermana conversa a hermana de coro. Fue priora de Pontoise y de Tours. En 1611 pasó por París y se trasladó a Flandes. Estuvo en Mons y fundó luego el monasterio de Amberes, en el que permaneció hasta su muerte, acaecida el 7 de junio de 1626. Discípula y colaboradora de santa Teresa, fue rica en dones místicos extraordinarios, de los que nos dejó testimonio en su Autobiografía.


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San Colmán. Nació en Irlanda de familia noble y recibió una sólida formación. Fundó el monasterio de Dromore, que luego se convirtió en sede un obispado, y Colmán fue abad y obispo a la vez. Gobernó santamente el monasterio y la diócesis e hizo una gran labor evangelizadora en la región de Down. Murió a mediados del siglo VI.
Santos Pedro de Écija y compañeros mártires. Son en total seis cristianos mozárabes que fueron martirizados en Córdoba (España) el año 851, durante la dominación musulmana, por haber confesado la fe cristiana y por tener al Islam como religión falsa. Se presentaron juntos y por propia iniciativa ante el cadí para afirmar su fe en Cristo. En consecuencia, los degollaron, quemaron sus restos y arrojaron las cenizas al río Guadalquivir. Éstos son sus nombres: Pedro era sacerdote, Walabonso diácono, Sabiniano, Wistremundo, Habencio y Jeremías monjes.
San Roberto de Newminster. Nació en el condado de York (Inglaterra) y en su juventud marchó a estudiar a la Universidad de París. De regreso en su patria, se ordenó de sacerdote y se dedicó al apostolado parroquial. Atraído por la vida contemplativa y deseoso de una mayor pobreza abrazó la vida monástica. Cuando se fundó el monasterio cisterciense de Newminster en Northhumbría, se destinaron al mismo doce monjes con Roberto por abad. Su comunidad creció rápidamente y pronto pudo fundar otros tres monasterios. Murió el año 1159.
Beata María Teresa de Soubiran La Louvière. Nació en Castelnaudary (Francia) el año 1834 de familia noble. Dirigida por un tío suyo canónigo, marchó a Gante para aprender la vida de las beguinas y fundar una casa similar. De regreso de Bélgica, abrió la casa del Buen Socorro para ayudar a las jóvenes indigentes, y poco después la de La Preservación. Dio a su fundación el título de Sociedad de María Auxiliadora y un doble objetivo: la vida contemplativa (adoración del Santísimo) y la ayuda a las jóvenes. Acusada de mala administración, tuvo que dimitir como superiora y luego salir del instituto. En 1874 ingresó en las Hermanas de la Caridad del Refugio con las que estuvo, llena de humildad y paciencia, hasta su muerte ocurrida en París el año 1889.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Decía san Pablo a los Corintios: -Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros. Él nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu (2 Cor 1,21-22).
Pensamiento franciscano:
Dice san Francisco en la Regla: -En la santa caridad que es Dios, ruego a todos los hermanos que, del mejor modo que puedan, hagan servir, amar, honrar y adorar al Señor Dios con corazón limpio y mente pura, pues el Padre busca tales adoradores. Dios es espíritu, y los que lo adoran es preciso que lo adoren en espíritu y verdad (1 R 22,26-31).
Orar con la Iglesia:
Glorifiquemos a Cristo, que nos ha hecho partícipes del Espíritu Santo, y supliquémosle, diciendo:
-Derrama el Espíritu Santo sobre la Iglesia, para que la purifique, la fortalezca y la acreciente.
-Llena de tu Espíritu a los dirigentes de los destinos de los pueblos, para que sean servidores del bien común.
-Envía tu Espíritu, padre de los pobres, para que con su fuerza ayude a los que se sienten necesitados.
-Que todos los ministros de tu Iglesia vivan con fidelidad la vocación a que fueron llamados.
-Concede la plenitud de tu redención a nuestros difuntos.
Oración: Te pedimos, Dios de poder y misericordia, que envíes tu Espíritu Santo, para que, haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de tu gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Benedicto XVI, Ángelus del 7 de junio de 2009
Queridos hermanos y hermanas:
Después del tiempo pascual, que culmina en la fiesta de Pentecostés, la liturgia prevé estas tres solemnidades del Señor: hoy, la Santísima Trinidad; el jueves próximo, el Corpus Christi, que en muchos países, entre ellos Italia, se celebrará el domingo próximo; y, por último, el viernes sucesivo, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Cada una de estas celebraciones litúrgicas subraya una perspectiva desde la que se abarca todo el misterio de la fe cristiana; es decir, respectivamente, la realidad de Dios uno y trino, el sacramento de la Eucaristía y el centro divino-humano de la Persona de Cristo. En verdad, son aspectos del único misterio de salvación, que en cierto sentido resumen todo el itinerario de la revelación de Jesús, desde la encarnación, la muerte y la resurrección hasta la ascensión y el don del Espíritu Santo.
Hoy contemplamos la Santísima Trinidad tal como nos la dio a conocer Jesús. Él nos reveló que Dios es amor «no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia» (Prefacio): es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; y, por último, es Espíritu Santo, que lo mueve todo, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres Personas que son un solo Dios, porque el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de vida que se entrega y comunica incesantemente.
Lo podemos intuir, en cierto modo, observando tanto el macro-universo -nuestra tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias- como el micro-universo -las células, los átomos, las partículas elementales-. En todo lo que existe está grabado, en cierto sentido, el «nombre» de la Santísima Trinidad, porque todo el ser, hasta sus últimas partículas, es ser en relación, y así se trasluce el Dios-relación, se trasluce en última instancia el Amor creador. Todo proviene del amor, tiende al amor y se mueve impulsado por el amor, naturalmente con grados diversos de conciencia y libertad.
«¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!» (Sal 8,2), exclama el salmista. Hablando del «nombre», la Biblia indica a Dios mismo, su identidad más verdadera, identidad que resplandece en toda la creación, donde cada ser, por el mismo hecho de existir y por el «tejido» del que está hecho, hace referencia a un Principio trascendente, a la Vida eterna e infinita que se entrega; en una palabra, al Amor. «En él -dijo san Pablo en el Areópago de Atenas- vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). La prueba más fuerte de que hemos sido creados a imagen de la Trinidad es esta: sólo el amor nos hace felices, porque vivimos en relación, y vivimos para amar y ser amados. Utilizando una analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en su «genoma» la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor.
La Virgen María, con su dócil humildad, se convirtió en esclava del Amor divino: aceptó la voluntad del Padre y concibió al Hijo por obra del Espíritu Santo. En ella el Omnipotente se construyó un templo digno de él, e hizo de ella el modelo y la imagen de la Iglesia, misterio y casa de comunión para todos los hombres. Que María, espejo de la Santísima Trinidad, nos ayude a crecer en la fe en el misterio trinitario.
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LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
Del libro de san Basilio Magno sobre el Espíritu Santo
¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares.
Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural.
Él es fuente de santidad, luz para la inteligencia; él da a todo ser racional como una luz para entender la verdad.
Aunque inaccesible por naturaleza, se deja comprender por su bondad; con su acción lo llena todo, pero se comunica solamente a los que encuentra dignos, no ciertamente de manera idéntica ni con la misma plenitud, sino distribuyendo su energía según la proporción de la fe.
Simple en su esencia y variado en sus dones, está íntegro en cada uno e íntegro en todas partes. Se reparte sin sufrir división, deja que participen en él, pero él permanece íntegro, a semejanza del rayo solar cuyos beneficios llegan a quien disfrute de él como si fuera único, pero, mezclado con el aire, ilumina la tierra entera y el mar.
Así el Espíritu Santo está presente en cada hombre capaz de recibirlo, como si sólo él existiera y, no obstante, distribuye a todos gracia abundante y completa; todos disfrutan de él en la medida en que lo requiere la naturaleza de la criatura, pero no en la proporción con que él podría darse.
Por él los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él los que caminan tras la virtud llegan a la perfección. Es él quien ilumina a los que se han purificado de sus culpas y al comunicarse a ellos los vuelve espirituales.
Como los cuerpos limpios y transparentes se vuelven brillantes cuando reciben un rayo de sol y despiden de ellos mismos como una nueva luz, del mismo modo las almas portadoras del Espíritu Santo se vuelven plenamente espirituales y transmiten la gracia a los demás.
De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí, finalmente, lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios.
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El Espíritu Santo y la Fraternidad franciscana
según los escritos de San Francisco (I)

por Martín Steiner, ofm
El autor se propone investigar el papel del Espíritu Santo en la constitución de la Fraternidad franciscana. La misión del Espíritu es llevar a su consumación la obra del Padre realizada por el Hijo. La Fraternidad franciscana se congrega, vive y actúa por la moción del Espíritu. Para entender bien las enseñanzas de Francisco es preciso discernir, basándose en sus escritos, lo que él entiende por «espíritu de la carne» y «Espíritu del Señor», con todas sus implicaciones. La Fraternidad constituida por «hermanos espirituales» está situada en el corazón de la Trinidad y de la Iglesia.
La Iglesia nació en Pentecostés por el fuego del Espíritu. Alma de la Iglesia, el Espíritu Santo asegura su cohesión interna y su crecimiento: la une a su Señor y, por Él, al Padre, fuente de toda unidad, y le hace desear ardientemente la plena manifestación de esta unidad; une a los miembros de la Iglesia entre sí y les hace desear la extensión de su comunión hasta las dimensiones de la humanidad.
La vida religiosa representa en el corazón de la Iglesia la emergencia sin duda más significativa de este misterio de unidad. Ella es, debe ser, un Pentecostés incesantemente actual. ¿No es esto lo que san Francisco quiso dar a entender cuando, hacia el final de su vida, resumiendo su visión de la Orden y la experiencia que él había vivido de la misma, declaró: «El Espíritu Santo... es el Ministro general de la Orden»? (2 Cel 193). La certeza de esta realidad le parecía tan esencial que quiso insertar su afirmación en la Regla. Lamentablemente era imposible porque la Regla había recibido ya su forma definitiva en la bula pontificia. Francisco no tenía ya la potestad de hacer inserciones en ella.
La Regla, tal como ha quedado, y los demás escritos de Francisco atestiguan suficientemente esta convicción. Basta recordar por el momento que en ella se convocan los Capítulos para Pentecostés (2 R 8). Al principio, estos Capítulos reunían a todos los hermanos; al sobrevenir el crecimiento de la Orden, solos los Ministros pudieron continuar reuniéndose en ellos. En todo caso, los Capítulos, en su forma primitiva, constituían la expresión visible de lo que es en profundidad la vida de la Orden, vivida a lo largo del año en la dispersión exterior, significada en Pentecostés por la experiencia de comunión del Capítulo. Nuestro propósito es investigar el papel del Espíritu en la constitución de la Fraternidad franciscana.
La importancia dada por Francisco al Espíritu Santo no niega de ningún modo el lugar central de Cristo. Éste realizó su obra «de una vez para siempre», como subraya el Nuevo Testamento, sobre todo en la carta a los Hebreos. La obra de Cristo no puede ser superada por un régimen nuevo dependiente del Espíritu Santo, como se ha imaginado en diversas épocas, incluida la de Francisco. Con gran seguridad doctrinal, éste ve a la Trinidad entera actuando en toda la historia de la salvación, desde la creación hasta la consumación. Basta releer, entre otros textos, el capítulo 23 de la Regla no bulada; nos limitamos a reproducir la primera frase: «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey de cielo y tierra, te damos gracias por ti mismo, pues por tu santa voluntad, y por tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza...» (1 R 23,1).
Lo que Francisco afirma aquí de la unidad de acción de los Tres que son Dios vale no sólo para la creación sino para toda obra de Dios. Conforme a la Escritura, Francisco ve siempre en el Padre a aquél que tiene la iniciativa («por tu santa voluntad»), en el Hijo a aquél que realiza la obra del Padre («por tu único Hijo»), en el Espíritu Santo a aquél en quien y con quien las obras de Dios reciben su consumación, su belleza («con el Espíritu Santo»; algunos manuscritos dicen: «en el Espíritu Santo»). En este sentido, el Espíritu es ya en el seno de la Trinidad el lazo vivo de amor del Padre y del Hijo, y, en la actividad divina para con los hombres, es Él quien aporta la perfección por la caridad y la unidad: el Espíritu santificador.
Por eso, el Espíritu es quien conduce al hombre a la perfección de su destino, pues lo conforma con el Hijo de Dios. Todo cuanto Francisco dice del Espíritu del Señor así lo atestigua. Una confirmación de ello puede encontrarse en el comienzo de la Admonición 5: «Repara, ¡oh hombre!, en cuán grande excelencia te ha constituido el Señor Dios, pues te creó y formó a imagen de su querido Hijo según el cuerpo y a su semejanza según el espíritu» (Adm 5, 1).
En el lenguaje de Francisco, el «cuerpo» (o la «carne») no ha de entenderse generalmente en su sentido actual («cuerpo» y «alma»), sino en sentido bíblico. Francisco, pues, querría decir: según el «cuerpo», o sea, según nuestra condición de criaturas situadas de manera frágil y caduca en nuestro mundo, nosotros estamos creados a imagen del Hijo que «recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad en el seno de la santa y gloriosa Virgen María» (2CtaF 4); según el «espíritu», es decir, por la presencia personal del Espíritu Santo en nosotros y, a la vez, por la transformación que esta presencia opera en nuestro ser para hacerlo «espiritual», capaz de la comunión con Dios, nosotros estamos hechos a semejanza (¡progresiva!) del Hijo de Dios que posee el Espíritu en plenitud, mejor dicho, que según san Pablo «es el Espíritu».
Así el Espíritu santificador nos asemeja a Cristo. No hay cabida para un régimen religioso del Espíritu que desborde la Alianza nueva en Jesucristo: ésta es la Alianza eterna. No hay cabida para una Iglesia diferente de la de Jesucristo: ésta es la Iglesia del Espíritu. Y la Orden, cuyo Ministro general es el Espíritu Santo, está comprometida a ser por entero dócil al Espíritu porque el Espíritu la empuja a una fidelidad sin cesar renovada a la única Buena Nueva, que nos ha sido dado en Jesucristo. El Espíritu la entusiasma siempre de nuevo por Cristo.

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DÍA CUARTO
V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
R/. Amén.
V/. Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. Señor, date prisa en socorrerme.
V/. Gloria al Padre...
R/. Como era en el principio...
ORACIÓN INICIAL
Te pedimos, Dios Padre todopoderoso, por intercesión de tu amigo san Antonio, que derrames sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo, para que, como él, podamos cumplir fielmente tu voluntad y demos testimonio de ti con nuestras obras. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
DE LA VIDA DE SAN ANTONIO
El 24 de septiembre de 1222, acudieron a Forlí multitud de frailes, entre ellos Antonio, con motivo de la administración de órdenes sagradas. Era costumbre que antes de tal celebración se dirigiera una exhortación a los ordenandos. Pero resultó que ninguno de los presentes, ni siquiera los dominicos, se encontraba dispuesto para ello. En tal situación el superior franciscano ordenó a Antonio que dijera dos palabras de edificación, y el santo, sin pretenderlo, puso de manifiesto su gran cultura bíblico-teológica, así como su profunda espiritualidad, para asombro y alegría de los asistentes. Se enteró de lo sucedido el Provincial, que de inmediato confirió a Antonio el oficio de la predicación. A partir de octubre de 1222, Antonio se consagró a la predicación, recorriendo pueblos y ciudades, dirigiendo la palabra a sus propios hermanos de hábito, a grupos de estudiantes, a confraternidades, a entidades canonicales o monásticas, e incluso a la curia pontificia. A su predicación moral y penitencial, asoció la acción pacificadora, la enseñanza de la S. Escritura a sus hermanos, el enfrentamiento con los herejes, etc.
DE LOS SERMONES DE SAN ANTONIO
Refúgiate en la Virgen María, oh pecador, porque es ella la ciudad de refugio. En efecto, como se dice en el libro de los Números, en otro tiempo el Señor mandó: Elegiréis ciudades que sean para vosotros ciudades de refugio, donde pueda refugiarse el homicida que hubiere muerto a alguno sin querer. Así ahora la misericordia del Señor ha puesto como refugio de misericordia el nombre de María hasta para los homicidas voluntarios. Torre fortísima es el nombre de la Señora. En ella se refugiará el pecador y se salvará. Nombre dulce, nombre que conforta al pecador, nombre de dichosa esperanza. Señora, tu nombre está en el deseo de mi alma. El nombre de la Virgen era María, dice san Lucas. Es tu nombre perfume que se difunde. El nombre de María es júbilo en el corazón, miel en la boca, melodía en el oído. Noblemente, pues, en alabanza de la Virgen Santísima se dice: Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que mamaste.
Por eso, te pedimos, Señora nuestra, esperanza nuestra, que Tú, Estrella del mar, irradies luz a nosotros, sacudidos por la tempestad de este mar, nos encamines al puerto, y protejas nuestra muerte con la tutela de tu presencia, a fin de que merezcamos salir seguros de la cárcel y lleguemos alegres al gozo interminable. Ayúdenos Aquel a quien llevaste en tu vientre bendito y amamantaste en tus pechos sacratísimos. A Él sea dada honra y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Antífona: El Señor puso a Antonio como lumbrera y lo exaltó en medio de su pueblo. La lengua del justo es plata probada. Sus labios apacientan a muchos.
DE LOS MILAGROS DE SAN ANTONIO
Un hombre de Porcilia (barriada de Padua), Escoto por nombre, que tenía los pies empodrecidos y tumefactos a causa de una podagra nudosa, acudió, llevado por un hombre a sus espaldas, al convento de los frailes. Tras confesarse y recibir la penitencia, sin pérdida de tiempo se hizo llevar, devoto, ante el arca de san Antonio. Habiendo permanecido allí brevemente, al momento retornó ya sano tan velozmente al fraile confesor, que éste, en extremo admirado por la brevedad del tiempo transcurrido, hizo que el que había curado se paseara por el claustro. Finalmente, ante los ojos de todos, el que llegó transportado a las espaldas, se fue por su propio pie, dando gracias a Dios y al bienaventurado Antonio.
PLEGARIA
Recuerda, Señor, que tu misericordia y tu ternura son eternas. Con la confianza que nos da el sabernos hijos tuyos e invocando la intercesión de tu siervo san Antonio, al que atiendes con largueza, te presentamos nuestras peticiones: ...... ...... ......
ORACIÓN FINAL
Dios todopoderoso y eterno, tú que has dado a tu pueblo en la persona de san Antonio de Padua un predicador insigne y un intercesor poderoso, concédenos seguir fielmente los principios de la vida cristiana, para que merezcamos tenerte como protector en todas las adversidades. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
V/. Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios.

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