miércoles, 3 de junio de 2015

No hablaste de un Dios de muertos, sino de vivos. Tampoco del Dios
de unos pocos elegidos, sino del Padre común, con la puerta abierta
a todos. ¿El Dios de los perfectos? Lo desmontaste acariciando a los
intocables, comiendo con los pecadores, perdonando a los que otros
ya daban por condenados. Mostraste una lógica diferente. Al que
quería sobresalir, le invitaste a servir. Eso sí es sobresaliente. Al que
quería tenerlo todo, le llamaste a darlo todo. Volviste la primera
piedra contra quien se sentía puro, y la dejó caer al suelo. Y así
sigues, Señor, descolocándonos, rompiéndonos las certezas.
Despertándonos la esperanza. Encendiendo una vida distinta en
nuestras pequeñas muertes. Llamándonos a tu eternidad diferente,
que se trenza en el amor.

inspirado en Mc 12, 18-27, por Rezandovoy

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