sábado, 6 de junio de 2015

Meditación Dominical

“Ecclesia de Eucharistia” (Mc 14,12-16.22-26)

Sunday, Jun 07, 2015


“Faltaban dos días para la Pascua y los Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo prender a Jesús con engaño y matarlo” (Mc. 14,1). Este es el contexto en que se ubica el Evangelio de hoy que relata el momento en que Jesús instituye la Eucaristía. Este hecho tuvo lugar en el curso de la cena pascual con sus discípulos. En ese momento su muerte estaba ya decretada. Aunque los sumos sacerdotes y los escribas habían decidido: “Durante la fiesta no, no sea que haya alboroto en el pueblo” (Mc. 14,2), Dios, en cambio, tenía decidido que su muerte en la cruz ocurriera precisamente durante la fiesta, a la misma hora en que los corderos pascuales eran inmolados para ser comidos esa noche durante la cena. Esta es la razón del apuro por quitar de la cruz el cuerpo de Jesús una vez muerto (Cf. Mc. 15,42.43).
Según el Evangelio de Marcos, Jesús consumó la cena pascual con sus discípulos un día antes de su muerte y de la Pascua judía. En el curso de esa cena Jesús iba a dejar claro que su muerte en la cruz sería un sacrificio ofrecido por la salvación del mundo; que la verdadera Pascua sería la inmolación de su cuerpo en la cruz con derramamiento de toda su sangre. Mas tarde los cristianos harían memoria de estos hechos y llamarían a Cristo “nuestra Pascua” (cf. 1Cor. 5,7) para distinguirlo de la Pascua judía.


“El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba la Pascua, le dicen sus discípulos: ‘¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas la Pascua?’”. Los ácimos son los panes sin levadura que los judíos comían durante siete días para conmemorar su liberación de la esclavitud de Egipto, ocasión en que se celebró la primera Pascua. En esa ocasión debieron comer panes ácimos, pues a causa de la prisa por salir de Egipto el pan no tuvo tiempo para fermentar. En las palabras citadas se usan dos expresiones que nos permiten deducir el sentido de la Pascua judía: “Sacrificar la Pascua” y “comer la Pascua”. La Pascua se celebraba ofreciendo en sacrificio un cordero que luego se comía en memoria de los hechos salvíficos obrados por Dios a favor de su pueblo. Esto es lo que había que preparar.
“¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos...?”. Las instrucciones que Jesús da revelan la importancia que él concede a esa celebración con sus discípulos: “Envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: ‘Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos? Él os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros’. Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua”. Todo estaba ya dispuesto por el mismo Jesús que había velado personalmente para que nada faltara. Su preocupación revela la extrema importancia de lo que él prepara. No es frecuente ver a Jesús preocupado de estos detalles. Sólo encontramos otro hecho similar: cuando mandó a dos de sus discípulos a traer el borrico sobre el cual debía montar para entrar triunfalmente en Jerusalén (cf. Mc. 11,1-7).
Los discípulos quieren hacer preparativos -según dicen a Jesús- “para que comas (tú) la Pascua”. Jesús, en cambio, manda preguntar por la sala –dice él- “donde pueda comer la Pascua con mis discípulos”. Y una vez encontrada la sala ya dispuesta, dice a los discípulos: “Preparad allí para nosotros”. La Pascua de la que Jesús habla, la que él va a establecer, es una cena que crea una comunión con él: todos los que participan son uno con Jesús. Rara vez Jesús usa el pronombre personal “nosotros”, donde él aparezca unido con otros. Aquí lo usa y lo subraya, precisamente en vistas de lo que tiene preparado.
Llega el momento culminante de la cena: “Mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: ‘Tomad, éste es mi cuerpo’. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: ‘Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por todos’”. “Cuerpo y sangre” indica la totalidad de la persona. Pero es su cuerpo entregado –“tomad”- y su sangre “derramada”, para indicar que son materia de un sacrificio. Es como decir: “Este pan y este vino soy yo mismo, pero en estado de víctima sacrificial ofrecida a Dios”. De esta manera anunciaba su muerte y la declaraba un sacrificio. Por eso podemos afirmar: ¡Jesús es el verdadero cordero pascual! Jesús da a sus discípulos su cuerpo a comer y su sangre a beber para establecer con ellos la comunión más estrecha posible: comunión en la misma vida divina que él posee.
Así los discípulos pudieron entender las palabras que Jesús había dicho mucho antes en la sinagoga de Cafarnaúm: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn. 6,55-56). Pudieron entender la alegoría que esa misma noche les propuso: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos” (Jn. 15,5). Así entendemos nosotros que el efecto último de la Eucaristía es la unidad de la Iglesia; la Eucaristía hace uno a todos los que de ella participan, aunque estén separados en el tiempo y el espacio, como lo explica San Pablo: “El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque uno solo es el pan, aun siendo nosotros muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan” (1Cor. 10,16-17). Este es el tema principal de la última encíclica del Santo Padre Juan Pablo II que tiene el significativo título: “Ecclesia de Eucharistia” (La Iglesia nace y vive de la Eucaristía). Por eso hoy día, solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la Iglesia celebra el misterio que le da viva; a ella y a cada uno de los cristianos.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Ángeles (Chile)

No hay comentarios:

Publicar un comentario