martes, 9 de junio de 2015

La homilía de Betania XI Domingo del Tiempo Ordinario 14 de junio de 2015

La homilía de Betania

El viernes 12 se celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y el sábado, día 13, la memoria obligatoria del Inmaculado Corazón de María y así, después, claro, de la Hora de Nona del sábado, llegaremos a la misa vespertina del Domingo XI del Tiempo Ordinario... El padre Javier Leoz ha escrito una homilía especial para la misa del Sagrado Corazón que va al final de las que ofrecemos en esta página. Para los interesados en obtener material para un comentario homilético destinado a la misa del Corazón de María se puede consultar en la sección de Reportajes un excelente texto del padre Jesús Martí Ballester, nuestro colaborador decano.

XI Domingo del Tiempo Ordinario
14 de junio de 2015

1.- CRECIENDO A LOS OJOS DE DIOS Y PREPARANDO EL FRUTO
Por Antonio García-Moreno
2.- LO NUESTRO ES SEMBRAR CON HUMILDAD Y CONFIANZA; DIOS HACE CRECER LAS SEMILLAS
Por Gabriel González del Estal
3.- LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR
Por José María Martín OSA
4.- ¿FUERZA DE DIOS O ESFUERZO HUMANO?
Por Javier Leoz
5.- LA SEMILLA DE NUESTRO INTERIOR
Por Ángel Gómez Escorial

LA HOMILÍA MAS JOVEN

PARÁBOLAS Y SEMILLAS DE JESÚS
Por Pedrojosé Ynaraja

El Sagrado Corazón de Jesús
14 de junio de 2015

TODO EL AMOR DE DIOS, EN UN CORAZÓN
Por Javier Leoz



1.- CRECIENDO A LOS OJOS DE DIOS Y PREPARANDO EL FRUTO
Por Antonio García-Moreno
1.- “LABRANTÍO DE DIOS" Esto dice el Señor: Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado" (Ez 17, 22-23). El hombre de campo cuida la tierra con empeño y ternura. El buen labrador rotura la tierra, abriendo anchos surcos para que la semilla se arrope, ahonde sus raíces sanas y eche sus brotes verdes. Planta y trasplanta, el que injerta y poda. Con una gran ilusión por el fruto que llegará. Con una larga paciencia espera confiadamente en el momento de la cosecha final. Dios es un labrador bueno, un campesino experto que escoge una rama tierna de cedro alto y frondoso, para plantarla en la cima de un monte elevado. Con la gran ilusión de quien planta un árbol, soñando con el día en que crezca hasta hacerse un cedro grande y espeso. Y sea un recuerdo perenne de la mano que un día remoto lo plantó.
Cristo es la rama florecida del tronco añoso de Jesé. El alto cedro que creció en la casa de Israel, en el monte Sión. Cedro que une el cielo y la tierra, árbol noble que extiende sus ramas dando sombra y frescor ante el fuego del sol de verano, protección y abrigo en los fríos del duro invierno... Pájaros sedientos que se asfixian bajo un sol de justicia, pájaros sin nido que se estremecen en el frío de las noches largas. Eso somos muchas veces y sólo tenemos un árbol donde guarecernos, el de la Cruz. Cristo, verde retoño florido que llenará de esperanza el vacío de nuestro dolor desesperanzado.
"Todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor que humilla a los árboles altos y ensalza a los árboles buenos; que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos" (Ez 17, 24). Figura del labrador que Dios se aplica a sí mismo en repetidas ocasiones, dándole diversos sentidos, agotando toda la riqueza de su contenido. Dios ante ti como el labrador ante su viña, como el hortelano ante sus árboles frutales, como el jardinero ante sus flores. Eres un árbol plantado por Dios en su finca, en esta ancha tierra suya que es el mundo. Un árbol plantado con cariño, con mucha esperanza e ilusión.
Y Dios cuida cada día de sus árboles. Poniendo un especial esmero en los que son débiles y pequeños, cortando de raíz a los que van torcidos, sin crecer por las guías que Él mismo ha señalado. Y ese árbol seco lo riega hasta que de nuevo sus hojas sean verdes y sus frutos jugosos. Y a esos otros que sólo tienen hojas, sin acabar de dar fruto, los descuaja, los quema porque están podridos por dentro y sólo sirven para el fuego. Deja que Dios haga las cosas a su modo, permítele que doblegue tu vida para encaminarla por la dirección que Él conoce mejor que tú.
Déjale que corte, que raspe, que pode. Y serás un árbol que dé buenos frutos, el revés de ese árbol seco ennegrecido que eres sin Dios. No seas soberbio, no resistas la acción divina, no te empeñes en torcer tu vida por los vericuetos que te sugiere tu loca imaginación. Crece en el sentido de Dios, y serás, como Cristo, un árbol en forma de Cruz del que penda la salvación del mundo entero.
2.- LA MEJOR SIEMBRA "El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra" (Mc 4, 26).Jesús se acomoda al hablarnos a nuestro modo de entender, usa las imágenes que constituyen el quehacer diario de nuestra vida ordinaria. Desea que comprendamos bien su doctrina para que así podamos más fácilmente llevarla a la práctica. Al fin y al cabo lo que el Señor pretende no es lucir su sabiduría ni deleitar a sus oyentes, sino sencillamente que mejoremos nuestra conducta cada día, que nos asemejemos más y más a Él.
Hoy nos habla de la semilla que se siembra y que día y noche va creciendo sin que se sepa cómo, en silencio y de forma casi desapercibida. Cuando llegue el momento, la espiga habrá granado y la cosecha será una feliz realidad. Así ha de ser también nuestra propia vida, una siembra continua de buenas obras y de buenas palabras. A veces puede ocurrir que nos parezca inútil hacer el bien, dar un consejo a los demás, o llevar a cabo un trabajo sin brillo, ocultos en el mayor de los anonimatos. Entonces hemos de pensar que ni un solo acto hecho por amor de Dios quedará sin recompensa. Hasta la más pequeña de las semillas alcanzará, si se siembra, el gozo de su propio fruto.
La más pequeña semilla, la actividad más insignificante, el papel más sencillo de la gran comedia, todo tiene su dinamismo interno que, día y noche, va creciendo a los ojos de Dios y preparando el fruto, si no estropeamos la sementera con la rutina, el cansancio o la mediocridad. Cuando llegue el momento de bajar el telón y suene el aplauso de Dios, entonces descubriremos el secreto maravilloso de la pequeña semilla que, sin darnos cuenta, creció y dio frutos de vida eterna.
Sembradores incansables que echan a manos llenas, en amplio y generoso abanico, la simiente divina que Dios nos ha entregado desde que, por medio del Bautismo, hemos comenzado a ser hijos suyos. Sembradores que creen en el valor divino de cada uno de los momentos, que viven unidos a Dios por la gracia santificante. Sembradores de sonrisas y de comprensión, de esfuerzos por un trabajo bien hecho. Alegres y esperanzados siempre, persuadidos de que, aunque no se vea, el grano que se siembra nunca se pierde, sino que dará al final su preciado fruto.

2.- LO NUESTRO ES SEMBRAR CON HUMILDAD Y CONFIANZA; DIOS HACE CRECER LAS SEMILLAS
Por Gabriel González del Estal
1.- El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra… La semilla germina y va creciendo sin que él sepa cómo. Sí, debemos ser lo suficientemente humildes para saber que el reino de Dios es de Dios, que debemos dejar a Dios ser Dios, que nosotros sólo somos colaboradores de Dios. Cuando predicamos el evangelio, cuando sembramos la semilla, nos gustaría que la semilla creciese pronto, nos gustaría ver crecer las semillas. Pero frecuentemente no es así –nadie ve crecer la hierba- y nosotros no debemos desanimarnos por ello: “la tierra va produciendo la semilla ella sola”. Nuestra semilla es pequeña, como el grano de mostaza, pero debemos sembrarla con la esperanza de que se haga grande, “más alta que las demás hortalizas”. La humildad y la esperanza son dos virtudes que no pueden faltar en los predicadores de la palabra de Dios; humildad para saber que sólo Dios puede hacer crecer las semillas, y esperanza para creer que nuestra siembra va a ser bendecida por Dios. Los predicadores de la palabra de Dios no pueden ser ni arrogantes, ni pusilánimes, deben sembrar siempre con mucha humildad y con mucha esperanza. Si nos falta la esperanza dejaremos pronto de sembrar, y si nos falta la humildad sembraremos con desatino e ineficacia. Las dos parábolas de las que nos habla hoy este evangelio según san Marcos –la del sembrador y la del grano de mostaza- nos animan a esto: a saber sembrar con humildad y a saber esperar con confianza y paciencia, a ser colaboradores de Dios, pero nunca a querer sustituir a Dios.
2.- Todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla a los árboles altos y ensalza a los árboles humildes. El profeta Ezequiel sabe que la incompetencia de los gobernantes de su pueblo ha llevado a éste a la deportación y al destierro. Por eso, el profeta le dice ahora al pueblo de Israel que esta vez confíe en Dios, que va a ser el mismo Dios el que dirija y gobierne a su pueblo y “hará florecer los árboles secos”. Ellos, el pueblo, debe actuar con confianza en Dios y ser humilde; lo que los gobernantes no han sabido hacer por sí mismos lo hará Dios, “humillando a los árboles altos y ensalzando a los árboles humildes”. Es el mismo mensaje del evangelio: sólo con humildad y confianza en Dios podemos ser eficaces en nuestra acción y obtener buenos resultados. Tenemos que ser activos colaboradores de Dios, pero sabiendo que, por nosotros mismos, somos frágiles y de barro, pero si dejamos que Dios actúe en nosotros y por nosotros podemos hacer obras grandes. El orgullo y la prepotencia humana conducen frecuentemente a la crueldad y al fracaso; con humildad humana y con confianza en Dios podemos hacer las cosas bien, porque dejamos que sea Dios el que actúe en nosotros y por nosotros. Hagamos el bien con humildad y esperemos que Dios bendiga nuestras obras.
3.- Hermanos: siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estaremos desterrados del Señor...; por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle. San Pablo lo tenía muy claro y así se le dice a los cristianos de Corinto: la verdadera vida era vivir en Cristo y con Cristo, pero mientras vivimos en este cuerpo mortal vivimos en el destierro, en un valle de lágrimas. Por eso él esperaba y deseaba que ocurriera cuanto antes la segunda venida del Señor, porque entonces se vería libre del cuerpo mortal. Nosotros, los cristianos de este siglo XXI, aunque sigamos creyendo y diciendo que esta vida es un destierro y un valle de lágrimas, la verdad es que, generalmente, no tenemos demasiadas ganas de que acabe este destierro. Pero en lo que sí debemos imitar a san Pablo es en esforzarnos en agradar siempre al Señor, porque creemos que cuando comparezcamos ante el tribunal de Cristo seremos juzgados por lo que hayamos hecho mientras vivimos en este cuerpo. Trabajemos siempre con humildad, y esperemos con confianza que Dios bendiga y haga eficaz nuestro trabajo. Como humildes predicadores de la palabra del Señor.

3.- LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR
Por José María Martín OSA
1- Un canto a la esperanza. Ezequiel anuncia en la primera lectura el restablecimiento de la dinastía de David. Yahvé mismo trasplantará un retoño y éste crecerá en el más alto monte de Israel, en Sion, hasta convertirse en un cedro frondoso en el que anidarán toda clase de aves. Se trata, pues, de una profecía mesiánica, alusión a un señorío universal a cuyo amparo acudirán todos los pueblos. Esta imagen la encontramos de nuevo en la parábola evangélica del grano de mostaza del evangelio de hoy. El soberbio árbol del imperio de Babilonia será humillado por Yahvé, que ensalzará al humilde árbol de la casa de David. De un renuevo suyo nacerá el liberador de Israel.
2.- El auténtico camino. La segunda lectura nos recuerda que nuestra patria definitiva es el cielo. La tierra es un lugar de paso. Dios quiere que seamos felices también aquí, pero solo son felices aquellos que ponen su mirada en el Señor. Santa Teresa, cuyo 5º Centenario celebramos, nos da un consejo: “No os pido más que le miréis. El no quita nada y os da todo”. Quien pone sus ojos en este mundo fácilmente se deja llevar por las cosas mundanas. Dios quiere que gocemos de las cosas de este mundo, por algo las ha creado para nosotros. Pero si nos dejamos llevar por el egoísmo y solo dirigimos nuestros ojos a lo material, nos olvidamos de Dios y de los demás y nos encaminamos a la perdición. Este camino no puede llevarnos a la felicidad. Nos lo recuerda San Agustín en su comentario a esta lectura de la segunda carta a los corintios: “Estamos en camino: corramos con el amor y la caridad, olvidando las cosas temporales. Este camino requiere gente fuerte; no quiere perezosos. Abundan los asaltos de las tentaciones; el diablo acecha en todas las gargantas del mismo, por doquier intenta entrar y hacerse dueño. Y a aquel de quien se adueña, o bien le aparta del camino, o bien le retarda; le vuelve atrás y hace que no avance, o le saca del camino mismo para sujetarle con los lazos del error y de las herejías o cismas y llevarle a otros tipos de supersticiones. Permaneced, pues, fuertes en la fe; que nadie os induzca al engaño mediante ningún tipo de promesa; que nadie os fuerce a engañar mediante ninguna amenaza. Cualquier cosa que sea la que te ha prometido el mundo, mayor es el reino de los cielos; cualquiera que sea la amenaza del mundo, mayor es la amenaza del infierno”.
3.- Construir el Reino con paciencia. Dos parábolas, dos mensajes sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la gente de una experiencia muy cercana a sus vidas. En la primera parábola un hombre echa el grano en la tierra; el grano brota y crece. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Con estas palabras se refiere al Reino de Dios, que consiste en la santidad y la gracia, la verdad y la vida, la justicia, el amor y la paz. La semilla de la que habla el evangelio tiene una fuerza que no depende del sembrador. Hoy el Señor nos invita a sembrar con la humildad de quien sabe que la semilla, que es la Palabra, hará su obra por la fuerza divina que posee, y no por la eficacia humana que nosotros queramos darle. Por eso el evangelizador debe ser consciente de que es un colaborador de Dios y no el dueño que pueda manipular a su arbitrio la salvación. Aprendamos a trabajar por el Evangelio sin querer violentar los caminos de Dios. Aprendamos a escuchar al Señor y a llevar su mensaje de salvación orando para que el Señor haga que su Palabra rinda abundantes frutos de salvación en aquellos que son evangelizados. En la segunda parábola del grano de mostaza lo importante es la desproporción entre la pequeñez del principio (grano de mostaza) y la magnitud del final (el arbusto). Así ocurre con el Reino de Dios: escondido ahora e insignificante, ha de llegar un día (el "día del Señor"), cuando vuelva con "poder y majestad", en que se manifieste según toda su dimensión. El Reino de Dios es la civilización del amor, de la que hablaba Pablo VI.

4.- ¿FUERZA DE DIOS O ESFUERZO HUMANO?
Por Javier Leoz
1.- Con la fuerza del Espíritu que se nos vertió generosamente en Pentecostés, asombrados por la gran familia de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu), con el sabor que dejó en nuestro paladar cristiano la Solemnidad del Corpus Christi nos adentramos de lleno, sin demasiadas interrupciones, en el tiempo ordinario. Un espacio que, aun siendo normal, nunca dejará de ser extraordinario. Ser cristiano no es un “hoy sí y mañana no” sino todo lo contrario: en la vida cotidiana, guiados por la fe (como señala hoy San Pablo), intentaremos dar gusto a Dios con nuestras buenas acciones, confianza y, sobre todo, con nuestra opción por el Reino de Dios.
2.- El Reino de los cielos, en una de las parábolas de hoy, va en dirección opuesta a todo ello: su crecimiento es silencio, a veces insignificante pero continuo. ¿De quién depende la extensión y el desarrollo del Evangelio? ¿De los hombres? ¿De nuestros talleres y reuniones, dinámicas y escritos? ¿Está en manos, tal vez, de los medios a nuestro alcance: técnicos, pastorales o humanos?
3.- Cuando un agricultor derrama su semilla en la tierra, prescindiendo de si está dormido o despierto, esa semilla va robusteciéndose, explota y la tierra la devuelve con creces en espiga o en un fruto determinado. Así es el Reino de Dios. Importante el factor humano pero, la tierra que lo hace fructificar, crecer, desarrollarse y expandirse, es la mano poderosa de Dios. Una cosa es decirlo (fácil) pero otra, muy distinta, creerlo con todas las consecuencias: los condicionantes externos ayudan, por supuesto, pero sin los internos (sin la fuerza del Espíritu) todo quedaría relegado a lo humano.
4. También es verdad que los brazos cruzados no son la mejor imagen para el apostolado de nuestros días… El ocio es, hoy más que nunca, un serio inconveniente a la hora de sembrar el amor de Dios en las generaciones jóvenes. ¿Cómo podríamos combinar el fenómeno del deporte con la vivencia religiosa del domingo? ¿Por qué hay tiempo para todo en los niños pero, en cambio, no hay lugar para la catequesis, la eucaristía o la oración?
5.- Al escuchar el evangelio de este domingo se nos presenta ante nosotros un gran reto: ¿estamos sembrando en la dirección adecuada? ¿Hemos estudiado a fondo la tierra en la que caen nuestros esfuerzos evangelizadores? ¿No estaremos desgastando inútilmente nuestras fuerzas cuando, la realidad de las personas, de la iglesia local, de las personas o de la sociedad es muy diferente a la de hace unos años?
6. En cierta ocasión en el campo de un labrador crecía con fuerza una especie extraña. Tal es así que, el buen hombre, la trataba de igual forma que al resto de los frutales. Un día llegó un vecino y le preguntó: ¿Cómo es que te molestas tanto en cuidar, abonar, regar y podar esa planta que, al contrario que las otras, no da ningún fruto? Y, el dueño de la finca, contestó: ¡Tengo miedo a que el campo se quede demasiado desierto, sin nada! Aunque sé que no producen fruto… por lo menos adornan.
7.- San Gregorio Magno (uno de los Padres de la Iglesia) solía decir: «El hombre echa la semilla en la tierra, cuando pone una buena intención en su corazón; duerme, cuando descansa en la esperanza que dan las buenas obras; se levanta de día y de noche, porque avanza entre la prosperidad y la adversidad. Germina la semilla sin que el hombre lo advierta, porque, en tanto que no puede medir su incremento, avanza a su perfecto desarrollo la virtud que una vez ha concebido. Cuando concebimos, pues, buenos deseos, echamos la semilla en la tierra; somos como la hierba, cuando empezamos a obrar bien; cuando llegamos a la perfección somos como la espiga; y, en fin, al afirmarnos en esta perfección, es cuando podemos representarnos en la espiga llena de fruto».
8.- ORACIÓN FINAL
DAME  FE COMO UN GRANO DE MOSTAZA, SEÑOR
Para que, orando, me olvide  de todo lo que me rodea
y, viviendo, sepas que Tú  habitas en mí.
Para que, creyendo en Ti,  anime a otros a fiarse de Ti
A moverse por Ti
A no pensar sino desde Ti
¿Me ayudarás, Señor?
¿Será mi fe como el grano de  mostaza?
Dame la capacidad de esperar  y soñar siempre en Ti
Dame el don de crecer
 y de robustecer mi confianza en TI
Dame la alegría de saber  que, Tú, vives en mí
Dame la fortaleza que  necesito para luchar por TI

DAME  FE COMO UN GRANO DE MOSTAZA
Sencilla, pero obediente y  nítida
Radical, pero humilde y  acogedora
Soñadora, pero con los pies  en la tierra
Con la mente en el cielo,  pero con los ojos despiertos
Con los pies en el camino,  pero con el alma hacia Ti
¿Me ayudarás, Señor?
Dame fe, como un grano de  mostaza
¿Será suficiente, Señor?

5.- LA SEMILLA DE NUESTRO INTERIOR
Por Ángel Gómez Escorial
1.- La idea del crecimiento de la semilla que nos ha explicado el Señor Jesús en su parábola es, al mismo tiempo, muy bella e inquietante. Es verdad, claro, que los conocimientos científicos de la época de Jesús no eran como los de ahora y que la desaparición bajo tierra, y el futuro crecimiento de la planta sin que el agricultor supiera muy bien cómo, no es un misterio para nosotros. Pero también es verdad que muchas cuestiones de nuestra vida cotidiana y, sobre todo, las relacionadas con la naturaleza, producen esa idea de que las cosas crecen solas, casi milagrosamente, y que por supuesto Dios está detrás de ellas.
2.- Y así, muchas veces, una palabra nuestra, o un acto aparentemente sin importancia puede tener una dimensión importante que nosotros no aparecíamos en el momento en que acometemos dicho acto. Es verdad que ello puede tener semejanza con la forma secreta que crece la semilla en el interior de la tierra. Y también es verdad que podemos sembrar para bien o para mal. A favor de la construcción de un mundo mejor, cercano y coherente, con la Palabra de Dios, o, desgraciadamente, en una dirección muy contraria. Ello nos podría servir para meditar en todos aquellos actos nuestros que pueden influir a los demás.
3.- Jesús quiere decirnos que no hemos de temer que algo comience con aparente poco tamaño o valor reducido. Con el tiempo puede llegar a ser algo muy grande. Es una parábola para ilustrar el predecible crecimiento del Reino de Dios y, por supuesto, es metáfora válida para profetizar sobre el crecimiento de la futura Iglesia, del cristianismo. No se puede negar que da un poco de vértigo pensar lo que fue el grupo primigenio de los seguidores de Jesús y lo que hoy es el contexto global de los cristianos. Además de la importancia, tamaño y capacidades de nuestra Iglesia Católica, no podemos olvidar los millones de hermanos que se agrupan y viven el pensamiento de Jesús de Nazaret en otras Iglesias cristianas.
4.- Es más que llamamiento el primer crecimiento de la Iglesia, tanto en Jerusalén como en Asia o en Europa en poco más de cien años, tras la muerte de Jesús. Pero se ha seguido con ese crecimiento, y aunque ahora tengamos la idea de que todo se está reduciendo en Europa y, en general, en lo que llamaríamos el ambiente occidental, tal vez habría que matizar que ese crecimiento continúa en África y Asia. La pequeña semilla –el grano de mostaza—debe ser una idea permanente en el futuro de nuestros trabajos relacionados con el amor de Dios y el cariño por nuestros hermanos: cualquier gesto positivo, por insignificante que puede parecer al principio, podría transformar nuestras vidas. Por eso, tiene mucho de torpeza aplicarnos solamente a las “grandes cosas” o a los “proyectos rutilantes”. La tendencia a lo faraónico es una tentación que tenemos todos siempre. Y es que ya sabemos que la humildad no es una de las virtudes más extendidas.
5.- Y viene al caso, entonces, decir con palabras de Pablo de Tarso, en su carta a los Corintios porque “todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida”. No se trata de apostillar cualquier comportamiento inadecuado con la amenaza del castigo, pero Pablo sabía perfectamente lo que se decía. La misericordia del Señor es infinita y su justicia también. Y, asimismo, muchos de nuestros actos no comportan la aceptación del crecimiento de la “pequeña semilla” en nuestro interior y eso es complejo y grave. Dejemos que Dios actúe que sus semillas crezcan de acuerdo con su ley y que nosotros, un día, descubramos con júbilo que la semilla de Dios echa brotes en nuestro corazón y nuestra conciencia.

LA HOMILÍA MAS JOVEN

PARÁBOLAS Y SEMILLAS DE JESÚS
Por Pedrojosé Ynaraja
1.- Acaba el fragmento del evangelio de la misa de este domingo, advirtiendo que el Señor se dirigía a la multitud utilizando parábolas, para que le entendiera mejor el pueblo. A sus discípulos en cambio, privadamente, les hablaba en lenguaje directo. Le entendían a Él las gentes, porque los ejemplos que ponía les eran conocidos, se trataba de imágenes habituales, próximas, populares. Era un buen pedagogo el Maestro.
2.- Os recuerdo un latinajo antiguo, no os enfadéis, mis queridos jóvenes lectores, es un adagio tradicional de posiciones filosóficas empiristas, dice así: Nihil est in intellectu quod non prius fuerit in sensu («Nada hay en la mente que previamente no estuviera en los sentidos»). Era el criterio, muy oportuno, que tenía Jesús. El problema está en que aquellas personas observaban paisajes, plantas o animales, que vosotros, seguramente, en algunos casos, desconocéis. De modo que para entender el mensaje, creo yo, se debe dar previamente una explicación de la imagen, cosa que a los testigos directos de sus predicaciones, no les eran necesarias.
3.- Ocurre tal fenómeno en el texto de hoy. Se refiere el Señor a vegetales y oficios que os pueden resultar desconocidos. De inmediato, se le ocurre a uno la idea de que es conveniente ir a Tierra Santa, mirar, recordar y reflexionar, para mejor entender. De lo que os digo, ha surgido la expresión antigua, ya aceptada y pronunciada por los mismos últimos Papas, de que Tierra Santa es el quinto evangelio. Diecisiete veces he ido yo, y tengo el propósito de volver, para aprender más y comprender mejor, el contenido del mensaje bíblico. Entre otras finalidades, que los viajes de estudio deparan muchas riquezas inesperadas, os lo digo por experiencia.
4.- La primera lectura de la misa de hoy, se refiere a un árbol que seguramente mucho de vosotros lo habréis visto en parques urbanos o jardines de grandes mansiones Se trata del cedro. No crecía en el Israel bíblico, lo conocían por desarrollarse en el norte de su país, en la inmensa cordillera del Líbano, de nieves perpetuas, en aquel tiempo. Es un árbol corpulento, majestuoso y elegante, visto de lejos. De cerca pierde algo de su atractivo, por la agresividad de las puntas de sus hojas, que son finas agujas. Compensa esta desagradable característica, la elegancia de sus piñas que se abren para liberar las millas y se deterioran de inmediato. Era el típico y admirado árbol del norte de Israel, tan inconfundible y representativo, que en la actualidad, forma parte del emblema de la nación libanesa. Es bello y de preciada madera, apta para grandes vigas, para aromáticos y decorativos arrimaderos, para muebles y hasta para construir barcas, que puedan navegar por el lago de Tiberíades.
5.- El profeta se refiere al mismo, como árbol que permite la reproducción por esqueje. Dice que se tomará una ramita de un cedro de la montaña, la mejor de ellas, la central, y se hincará el brote en un singular promontorio de Israel. El profeta Ezequiel anuncia a su pueblo con esta comparación, la predilección que el Señor siente por su pueblo, para que no pierda la esperanza. Que sepa el fiel israelita que su seguridad está por encima de cualquier poder.
6.- La carta de San Pablo a los fieles de Corinto es de otro tenor. Reflexiona él, a partir de una concepción de la persona humana muy propia de la cultura griega, y que tal vez no sea la actual, ajustada a la sicología presente, pero que no importa demasiado. Nuestra actualidad nos aprisiona, nos atenaza con valores inferiores o medianos, que entusiasman a muchos. Logros deportivos, éxitos de conjuntos musicales, militancias políticas. No hay que desdeñarlos, no, el Señor no nos quiso fuera de este mundo, pero suplicó al Padre que nos librara de sus ambiciones que esclavizan. Cuerpo y alma. Cuerpo, alma y espíritu. Como quiera que imaginéis nuestra realidad, que navega en la realidad espacio-temporal, se dirige a un momento en que se nos preguntará donde están nuestras obras buenas. Ni camisetas deportivas, ni melodías que hayan podido merecer discos de platino, ni votaciones favorables que aúpan en el poder. Lo que hay que ofrecer en el momento supremo y definitivo, son buenas obras. Es el tícket que franquea la entrada. ¿vais por el mundo provistos de él, mis queridos jóvenes lectores? Porque tal vez se abra la puerta de repente, cuando menos lo esperabais, accidente, ictus o carcinoma, recordadlo, y no podáis entrar.
8.- El oficio de labrador implica aceptar muchos enigmas. Quien trabaja en una empresa, en un organismo público o en la docencia, por poner algún ejemplo, sabe que a final de semana o de mes, cobrará su sueldo. El agricultor de entonces lanzaba la semilla con sus manos, el de ahora con maquinaria más precisa, pero ambos han de esperar a que germine a su ritmo, que crezca y madure, si las inclemencias, sequía o temporales no lo impiden, hasta poder tener fruto y guardarlo en un saco. El labriego es un pequeño héroe de la esperanza. Un oficio de pacifico aventurero, no apto para inquietos y egoístas impacientes.
Los medios de comunicación os hablarán de emprendedores, ambiciosos, mercados insurgentes, nuevas profesiones, etc. Jesús tiene otros planes para vosotros, mis queridos jóvenes lectores. ¿De quién os fiaréis?
9.- Cambio de tercio. Ya os lo he dicho en otras ocasiones, el Maestro se refiere a la mostaza en la parábola y es justo que os preguntéis de qué simiente se trata, si queréis sacarle todo el jugo a su enseñanza. Lo primero que os advierto es que, evidentemente, la semilla no corresponde a la sinapis alba o sinapis nigra, con la que se elabora la famosa “moutarde de Dijon” y que es planta de huerto, semejante a la col o la lechuga, imposible, pues, de que sea albergue de aves. Tampoco se trata de la que nos enseñan en Tierra Santa y hasta pretenden vender chiquillos avispados, dispuestos a sacarse algún dinero, a costa del peregrino. Esta sí es un arbusto donde se refugian los pájaros, pero no existía en el Israel de los tiempos bíblicos, su nombre es nicotiana glauca. ¿De qué semilla, pues, se trataba? No se sabe, esta es la verdad. Debía ser algo tan vulgar como los matorrales que invaden cualquier terreno no cultivado y que nadie se entretuvo en describirla. Tal vez esta modestia sirva para que aprendamos todavía mejor la enseñanza. Hay personas, hay cristianos, hay gente menuda y anónima, que no aparecen en ningún noticiario, ni de sus proezas se acuerda nadie, pero que su corazón acogedor, su mirada compasiva, su generosidad sin aspavientos, salvan a muchos.
Al Reino de los Cielos no se acude con estanterías llenas de trofeos, ni paredes empapeladas de títulos, ni certificados de nombramientos insignes. ¿Dónde está tu generosidad? ¿Dónde tus obras buenas? Nos preguntarán.

El Sagrado Corazón de Jesús
12 de junio de 2015

TODO EL AMOR DE DIOS, EN UN CORAZÓN
Por Javier Leoz
1.- Celebramos, en el viernes siguiente a la festividad del Corpus Christi, una de las fiestas más populares de nuestro calendario cristiano: EL CORAZÓN DE JESUS. En Él, y por eso lo honramos y lo queremos, percibimos visible e invisiblemente, el amor inmenso que Dios nos tiene. Mirar al corazón de Cristo es contemplar todo el plan que Dios tenía trazado desde antiguo.
2.- Acercarnos al Corazón de Jesús, es beber a manos llenas, del torrente de la vida y de la alegría, del amor y de la paz que, a través de su corazón, desciende en riadas desde el cielo hasta la tierra. Existe un conocido refrán que dice lo siguiente: “allá donde está tu corazón, está tu tesoro”. Observemos detenidamente el Corazón de Jesús; ¿dónde lo tiene puesto? ¿Hacia dónde lo tiene inclinado? ¿Qué nos señala?
--El Corazón de Jesús, y esa es su esencia, está puesto en Dios. Sólo se mueve por El, desde El y para El. Forman una unidad.
--El Corazón de Jesús, está inclinado hacia los hombres. Es un amor que no se queda cómodamente instalado en las alturas. Adentrarse en el Corazón de 3.- Cristo es coger una escalera rápida y segura para alcanzar el mismo corazón de Dios.
--Como la Samaritana, también nosotros, tenemos que asomarnos a ese profundo pozo de agua viva que es Jesús.
--Como el enfermo, también nosotros, podemos acercarnos a ese gran mar de salud que es el corazón de Jesús.
--Como el paralítico, también nosotros, podemos zambullirnos de lleno y nadar en las corrientes de un corazón que revitaliza la vida de los que creen y confían en Jesús.
3.- Hoy, en los tiempos que corren, encontramos muchos corazones a la deriva. Corazones que palpitan pero que no sienten una felicidad íntegra, pletórica y duradera. Corazones ansiosos, no por amar, sino por tener. Corazones, por los que vibra la sangre, pero hace tiempo que se detuvo la energía del vivir, la sensación de paz y de serenidad.
Hoy, y no pasa nada por reconocerlo, el corazón del ser humano está enfermo. Nunca tantas posibilidades para llenarlo de satisfacciones y, nunca, tanta medicina para calmarlo, para que siga funcionando, para que no se detenga, para que no esté triste. ¡Volvamos, nuestros ojos, al Corazón de Jesús!
4.- Él es la fuente de la eterna salud. No es palabrería barata. No es frase que viene a los labios porque sí. Jesús, cuando copa el centro de nuestras miradas, cuando dejamos que mueva los dos impulsos de nuestro corazón, cuando dejamos que se siente a nuestra derecha, cuando lo hacemos nuestro confidente…..se convierte en un surtidor de vida, de alegría, de esperanza, de ilusión y de fe.
5.- Él es la fuente, y hay que recordarlo, de consuelo. El hombre anda mendigando amor. Nunca como hoy tan próximos (en la calle, en el metro, en los hospitales, en las fiestas) y nunca, como hoy, tan solitarios.
El Corazón de Jesús es el confidente. El compañero que más kilómetros nos acompaña. El inspirador de muchas de nuestras acciones. El que abre su puerta, cuando estamos bien, y el que la vuelve abrir cuando nos encontramos mal.
Este, ni más ni menos, es el Corazón de Cristo. Un Corazón que, por estar orientado y conectado al cielo, es un maná de salvación, de perdón, de acogida, de misericordia y de amor.
6.- ¿Qué y quién es el Corazón de Jesús? Ni más ni menos que, el mismo Corazón de Dios (con los mismos sentimientos e impulsos de Jesús) latiendo en la tierra. Y, por cierto, también nuestros corazones necesitan, de vez en cuando, una gran transfusión de luz divina; de fuerza divina; de ilusión divina; de fortaleza divina. Es el mejor donante…Jesús de Nazaret. Tiene corazón para dar y regalar. Y, también, el mejor cardiólogo es Jesús (que sabe lo que ocurre en el corazón de cada uno, porque sufre, porque se acelera, porque se detiene, porque odia, porque ama, porque se revela, etc.)
5.- MÍRAME, SEÑOR, Y NO DEJES NUNCA DE MIRARME
No dejes, nunca, de mirarme,  Señor
porque, donde Tú miras, sé  que se encuentra el pozo de la felicidad.
¿Qué tiene tu mirada, Señor?
¿Por qué, hundiéndose tus  ojos en el suelo, no dejas de poseer tu corazón en el cielo?

No dejes, nunca, de mirarme,  Señor
porque, de la manera en que  Tú miras
uno se encuentra con la paz  sin fisuras
con la sabiduría que viene  del cielo
con la serenidad que  necesita nuestra existencia.

¿Por qué me miras, así,  Señor?
Indigno soy de tu mirada,  Señor.
Me propones caminos de vida,
y elijo los que conducen a  la muerte
Me susurras palabras de  aliento,
y me disipo en el ruido
Me acaricias con mano de  amigo,
y mendigo aquellas que no me  ofrecen nada.

Mírame, Señor, y no dejes  nunca de mirarme.
Porque, el camino, cuando Tú  marchas delante
es menos árido y menos  complicado
Porque, la senda, cuando es  iluminada
por tu presencia
se convierte en vida y  esperanza,
ilusión y agradecimiento.

Mírame, Señor, y no dejes  nunca de mirarme.
Para que mi corazón, junto  al tuyo siempre,
se agite con movimiento  ascendente, hacia el cielo
y en ritmo descendente,  hacia la tierra.

¿Por qué me miras, así,  Señor?
¿Qué tengo yo de noble para  que tus ojos
se detengan en mí?
¿Qué has encontrado en mi  vida
para que, por un solo  instante,
sea yo merecedor de tanto  amor y de tanta gracia?
No me importa, Señor;
Aquí tienes mi fragilidad y  mi angustia
mis temores y mi cobardía
mi dureza y mis egoísmos
mis luchas y mis  contradicciones
mis flaquezas y mis caídas.

Mírame, Señor, y no dejes  nunca de mirarme.
Porque, cuando Tú miras,
sé que el futuro ya no será  tan incierto
ni tan difícil soportarlo
Sé que el presente estará  más lleno
de plenitud y de luz
Sé que el pasado, ya no  contará
por los errores cometidos.

Mírame, Señor, y no dejes  nunca de mirarme
Y, cuando me mires,
déjame, siquiera un segundo,
acercarme a tu corazón y,
luego, seguir adelante.
Amén


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