viernes, 5 de junio de 2015




San Bonifacio, obispo y mártir 

Para el día de hoy (05/06/15):  

Evangelio según San Marcos 12, 35-37




Tantos siglos de dominación extranjera, tanto tiempo de exilio y diáspora habían marcado mentes y corazones en Israel. De allí, en gran medida, que muchos tiñeran con sus propios y particulares colores la imagen del Mesías que su Dios les había prometido.

Muchos coincidían en que el Mesías sería de estirpe davídica, continuador del linaje real de Israel.
Otros tantos, que el Mesías sería el gran restaurador de la estricta observancia de la Ley y, por eso mismo, la bendición divina volvería a posarse sobre Israel.
Algunos más fervoroso nacionalistas, presumían de que el Mesías sería un caudillo al modo de los Macabeos, que libraría la Tierra Santa de la opresión romana mediante una guerra victoriosa y definitiva.
Muchos -quizás sincretizando varias posturas- afirmaban la dignidad real de ese Mesías.

En la enseñanza que hoy nos presenta el Evangelio, el Maestro critica sin ambages la enseñanza de los escribas. Ellos eran de esa corriemte que afirmaba el linaje del Mesías como descendiente directo del rey David, y esa creencia había sido profusamente enseñada y difundida por ellos. Era la tendencia predominante, a tal punto que podremos observar en los Evangelios que en numerosas ocasiones las gentes suplican el auxilio de Cristo -o lo saludan al ingreso a Jerusalem- llamándolo Hijo de David.
Al Maestro en verdad no le gustaba este apelativo. Él es rey, rey del universo, pero su reino no es de este mundo.

El Dios de Jesús de Nazareth es un Dios que se encarna en la historia, en un tiempo propicio -kairós-, a partir de un viejo pastor de Ur y de unas tribus de esclavos que moldeará como pueblo para que porten como antorcha de esperanza su promesa de Salvación. Más la fé abrahámica supone que a partir de la fé de ese hombre y de ese pueblo, se bendecirían todas las naciones de la tierra.

En verdad hay una estirpe davídica en Cristo, pero también una estirpe mosaica, abrahámica y profética. En el confluyen como ríos caudalosos en el mar de la plenitud la Ley y los Profetas.

La estirpe del Mesías es estirpe de fé, la estirpe que nace del corazón de Dios por puro amor, estirpe de la que todos podemos ser partícipes por el asombroso misterio bondadoso de ser hijas e hijos, hermanos del Redentor, buena noticia para todos los pueblos.

Paz y Bien

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