lunes, 1 de junio de 2015



Para Miguel


Esta historia genial, que no sigue una línea lógica clara, nos mete de lleno en un mundo con sus propias normas, con su propia realidad. Después de una breve introducción, nos encontramos con una niña algo mimada que se enfrenta, en un mundo fantástico, a un gran problema: rescatar a sus padres, que se han convertido en cerdos, literalmente. En cierto modo es una misión de redención y salvación, puesto que se trata de rescatar a sus padres. 
 
Es curioso, que en este mundo de dioses, Chihiro sea rechazada por ser humana. (Algunos no soportan incluso su olor). Sufre además el desprecio de Kamaji y de la bruja Yubaba cuando les pide trabajo. Chihiro es calificada de perezosa, mimada, quejica, debilucha, enclenque, tonta… Pero ella es también cabezona y, después de tanto insistir, consigue el trabajo. Esta insistencia es la manifestación del amor hacia sus padres. Pero, como le avisó Kamaji, tendrá que trabajar duro para no convertirse en animal y para que la bruja Yubaba no pueda hacerla daño. 

Se enfrenta a una crisis personal, de su propia historia y de sus referentes de adultez (en sus padres, está incluido simbólicamente el mundo adulto en general) y, por eso, no tiene más remedio que dejar que emerja su propio yo: una luchadora capaz de adaptarse a cualquier situación. No es una heroína perfecta, ni siquiera quiere serlo, su encanto proviene de su gran corazón. Chihiro no sólo tiene que realizar un trabajo físico, sino también interior. Para realizar su misión, tendrá que renunciar a su pereza y sus caprichos; tendrá que enfrentarse a sus miedos y a su deseo de abandonar. En definitiva, Chihiro tendrá que encontrarse consigo misma y con los valores que hay dentro de ella. Tendrá que redescubrir su identidad. 
 
La manera que tiene la bruja Yubaba de controlar a sus servidores es cambiándoles el nombre. El nombre les da identidad, es símbolo de lo sagrado que hay en el interior de la persona. El robo del nombre es el robo de la identidad profunda del yo que hace imposible la huida. Por eso no hay que olvidarlo, como le ha pasado a Haku. En cierto modo, Chihiro tiene que ganarse la existencia, el ser, con obligaciones y deberes no muy diferentes de la vida ordinaria, pero que quizás había dejado de lado.
 
Así, Chihiro se descubre capaz de amar y ayudar. Y es precisamente esta actitud la que hace que todo vaya cambiando a su alrededor. Comienza por un pequeño gesto ayudando a un bichito a llevar su trozo de carbón. Sigue ayudando al dios del río (un dios pestilente rechazado por todos). Se sacrifica por salvar a Haku, correspondiendo al amor y a la ayuda que él le había ofrecido primero. Y verdaderamente lo salva, porque finalmente le devuelve el nombre que había perdido. Podremos decir que salva a Yubaba, pues deja de ser una bruja para convertirse en una “abuelita”. Ayuda incluso al dios sin cara que marchaba errante a encontrar un hogar. Lo que más conviene resaltar es que Chihiro llega a ofrecer, asombrosamente, el pastel  que tenía el poder de curar a sus padres, a Haku y al dios sin cara. Y es así como, poco a poco Chihiro va ganándose el respecto, e incluso el aprecio, de todos llegando a ser un modelo.
 
Dos pequeños apuntes más sobre otros elementos secundarios. Primero, el drama de Haku que queriendo aprender la magia de Yubaba, termina haciendo para ella los trabajos sucios, siendo ya un esclavo que ha perdido su identidad. Segundo, el misterio del dios sin cara que ofrece todo lo que uno desea. Sólo el amor, el afecto y la inocencia de Chihiro conseguirán aplacar su cólera y hacerle expulsar todo lo malo de su interior.
 
En resumen, describe muy bien la maduración interior de la niña protagonista, desde el egoísmo inconsciente de la infancia a la valiente responsabilidad de la madurez, a través del camino del trabajo bien hecho y de la entrega a los demás en la amistad y el amor. Chihiro hace un proceso de maduración a partir de un conflicto que le obliga a desarrollarse y evolucionar. 

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