martes, 9 de junio de 2015






Para el día de hoy (09/06/15):  

Evangelio según San Mateo 5, 13-16




En la lectura que nos ofrece la liturgia del día de hoy, dos vertientes se nos plantean desde la enseñanza de Jesús acerca de nuestra vocación de sal.
Por un lado, en la tradición de la fé de Israel la sal es muy importante: es el símbolo perenne de la permanencia de la Alianza entre Dios y su pueblo, de tal modo que todo sacrificio ofrecido en el Templo había de ser salado. Así también, en la memoria colectiva se recordaba que la corona davídica se instituye mediante un pacto de sal para David y sus descendientes, el trono de Israel por siempre.

Por otro lado, la experiencia cotidiana de la que Jesús se valía tan a menudo, la sabiduría que se extrae de lo cotidiano.
En el tiempo de la predicación la sal era imprescindible y por ello valiosa: se utilizaba para sazonar, para darle sabor a los alimentos, pero también para conservarlos, evitando que se degraden y corrompan, que perduren, que alcancen para más allá de lo inmediato. 

Sal que se desnaturaliza no sirve, se descarta y se tira, deviene inútil. Pero además, la sal tiene otra particularidad: una sencilla y pequeña cantidad es suficiente y eficaz para alcanzar su destino de brindar sabor o de impedir que las cosas se pudran.

La luz también tiene dos aspectos. De una parte, representa el esplendor de la presencia gloriosa del mismo Dios en medio de su pueblo, una presencia que se actualiza en Dios con nosotros, Cristo vivo y presente, Cristo hombre y Dios. 
Por otra parte, en aquellos tiempos la luz era también muy valiosa, a tal punto que las familias sólo tenían una lámpara -por el alto costo del aceite, ya que las velas eran objetos suntuarios dedicados al culto- que se ubicaba en lo alto de la monohabitación familiar para prolongar el día, para favorecer el encuentro familiar, para que no ganaran las sombras el espacio en donde todos debían convivir y crecer.

Pero lo verdaderamente asombroso es que las virtudes de la sal y de la luz ahora, de manera taxativa e indubitable, se transfieran con una sorprendente confianza a la comunidad cristiana. De allí el imperativo del ustedes o vosotros.
Esta confianza que Dios deposita en nuestras pequeñas existencias es milagrosa, producto del amor de Padre.

Por eso la vocación de la comunidad cristiana es ser sal de la tierra, para que la vida tenga sabor, para que de gusto vivirla, tal es el sueño de Dios. Pero también para que desde su pequeñez la comunidad, con una fuerza que no les propia ni le pertenece, impida toda corrupción.
Y ser la luz que lleva la Buena Noticia a todas partes, especialmente allí en donde campean las sombras de la muerte, el olvido y el dolor.

Paz y Bien

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