miércoles, 10 de junio de 2015

Comentario Ciudad Redonda al Evangelio del 

José María Vegas, cmf
Ligeros de equipaje
La memoria de San Bernabé nos da la ocasión de recordar unas cuantas verdades esenciales de nuestra fe. La primera es que el grupo de los Apóstoles (los Doce) no es un grupo cerrado. Esto es lo que explica que, a pesar de ser Bernabé un personaje de la época apostólica, sea considerado, al igual que Pablo, un verdadero Apóstol. El carácter abierto del grupo de los Apóstoles nos indica que también la Iglesia es una comunidad abierta, sin fronteras, que no puede excluir a nadie por razones de raza, nacionalidad, ideología o condición social. La única condición para pertenecer a la Iglesia, universal (católica) y apostólica, es la libre aceptación de la fe. Bernabé, hombre de prestigio en la primerísima comunidad cristiana, al que se confían misiones delicadas y difíciles, es, además, el iniciador de Pablo en las tareas apostólicas, por lo que la apertura incondicional de la nueva fe a los gentiles, que Pablo defendió y practicó con tanta vehemencia y convicción, fue también cosa de Bernabé.


Al contemplar la figura de Bernabé, la Iglesia nos invita a recordar esas pocas y esenciales instrucciones que Jesús da a los Apóstoles, y que constituyen algo así como el “manual del evangelizador”, de entonces y de siempre. En primer lugar, el “qué”, el contenido de la predicación. Se trata de una buena noticia: Dios está cerca, pues el Reino de Dios no es sino la presencia misma de Dios, la presencia cercana de Jesucristo, al que los Apóstoles, y también nosotros, le vamos abriendo camino. Esta predicación tiene un lenguaje no hecho sólo de palabras: decimos la cercanía del Reino de Dios por medio de las buenas obras, curando, restableciendo, purificando, expulsando los malos espíritus del egoísmo, la envidia, la codicia, el odio… De todas estas “obras buenas” somos depositarios nosotros mismos, curados, purificados y exorcizados por Cristo. Y lo que hemos recibido como un don, no podemos darlo más regalándolo. De ese “qué” deriva naturalmente el “cómo”, el estilo de evangelización: ante todo, ligeros de equipaje. Aquí Bernabé es también maestro, pues vendió todo lo que tenía y lo entregó a los apóstoles (cf. Hch 4, 36-37), para entregarse él mismo por entero a la tarea apostólica. A veces sentimos nostalgia de medios más poderosos y contundentes, ya que nos encontramos en situación de debilidad y desventaja en relación con los poderosísimos medios (económicos y políticos, de comunicación, etc.) que operan en el mundo para imponer sus objetivos. Pero no hay que tener miedo, ni hay que tratar de imitar esos poderes. Tenemos que usar todos los medios a nuestro alcance, además de procurarnos lo necesario para el sustento, pero sabiendo que la sencillez de los medios tiene mucho más poder de convicción (profunda) que los alardes de fuerza (que se extienden más, pero superficialmente). Jesús nos indica además una estrategia bien realista y sencilla: partir del bien ya presente, de las gentes de buena voluntad del lugar al que se anuncia la Buena Nueva. Finalmente, es evidente que los evangelizadores no son conquistadores, sino heraldos de paz, que proponen sin imponer, y tienen que contar con que a veces esa paz será rechazada. Tampoco entonces hay que perder la calma, la misma paz del Señor volverá a nosotros para seguir adelante.
Cordialmente
José María Vegas cmf

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