martes, 9 de junio de 2015

BEATO EDUARDO POPPE. Nació en Temsche (Bélgica) el año 1890 en el seno de una familia modesta. Estudió en Gante y en Lovaina, y recibió la ordenación sacerdotal en 1916. En el seminario asimiló la doctrina mariana de san Luis M. Griñón de Monfort, y empezó a ser apóstol y catequista de la devoción a la Virgen y a la Eucaristía. En la pastoral parroquial difundió la práctica de la comunión frecuente, dio vida a diferentes obras de apostolado y escribió algunos libros. Instituyó la «Liga de la comunión frecuente» entre los niños y las trabajadoras. Para los niños de la «Cruzada eucarística Pío X» publicó un semanario. Cuando la enfermedad lo inmovilizó, escribió sus obras más notables: «Dirección espiritual de los niños» (1920), «Salvemos a los obreros» (1923), «Apostolado eucarístico» (1923). Murió en Moerzeke-lez-Termonde, cerca de Gante (Bélgica), el 10 de junio de 1924, a la edad de 34 años. Lo beatificó Juan Pablo II en 1999.
BEATO EUSTAQUIO KUGLER. Nació en Neuhaus (Baviera, Alemania) el año 1867. Ingresó a los 26 años a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Durante casi toda su vida religiosa fue prior de diversas comunidades y de su Provincia religiosa. Tenía un gran sentido de la justicia y mucho talento para la organización. Se preocupó de que se atendiera principalmente a los pobres. 


Pasaba las noches caminando por los pasillos del hospital velando por las necesidades de los enfermos. Los que trabajan en el campo de la discapacidad saben que las personas se abren sólo con quienes tienen el corazón abierto hacia ellas. Sufrió muchísimo en el período nazi, que perseguía a los religiosos y despreciaba a los enfermos; soportó innumerables interrogatorios de la Gestapo. No tenía estudios teológicos oficiales, pero sí una espiritualidad ascética profunda y una indudable experiencia mística interior. Murió el 10-VI-1946 en Ratisbona. Fue beatificado el 2009.
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San Bogumilo. Nació en Kozmin (Polonia) hacia el año 1116 y estudió en París. Ordenado de sacerdote, fue párroco, deán y después obispo de Gniezno. Deseoso de consagrarse a la vida contemplativa, obtuvo de la Santa Sede licencia para dejar su sede episcopal. Los discípulos de san Romualdo le facilitaron la regla de los camaldulenses para vida eremítica, que él adoptó para su vida de retiro y contemplación en los alrededores de Dobrowo (Polonia), donde murió el año 1182.
San Censurio. Obispo de Auxerre (Francia) durante el siglo V.
San Itamaro. Procedía de Kent y ha pasado a la historia como el primer anglosajón que alcanzó la dignidad episcopal al ser nombrado obispo de Rochester (Inglaterra). Destacó por la sobriedad de vida y por su cultura. Murió el año 656.
San Landerico de París. Era un clérigo piadoso y honesto, y fue elegido obispo de París el año 650, en el reinado de Clodoveo II. Manifestó en su gobierno un enorme interés por los pobres y marginados de la sociedad de su tiempo. El año 651, con motivo de la gran hambre que sufrió el pueblo, vendió sus posesiones personales y puso a la venta utensilios de la iglesia para socorrer a los hambrientos. Por otra parte, fundó el Hospital de San Cristóbal, cerca de la catedral de Notre-Dame, para la atención de los enfermos desamparados. Murió hacia el año 660.
Beata Diana de Andaló. Nació en Bolonia (Italia) hacia el año 1200. Ayudó a los primeros dominicos a establecerse en la ciudad. Cuando santo Domingo fue a Bolonia en 1219, Diana y otras damas jóvenes hicieron en sus manos el voto de vida religiosa. Empezó los trámites para fundar un monasterio, pero el obispo negó su autorización. Entonces ella ingresó en las canonesas de Ronzano, de donde la sacaron sus familiares empleando incluso la violencia. Aún pudo volver a Ronzano y, cuando finalmente se abrió el monasterio dominicano de Santa Inés fundado por ella, profesó en el mismo y lo gobernó santamente hasta su muerte acaecida en 1236.
Beato Enrique de Bolzano. Nació en Bolzano (Italia) hacia 1250 en el seno de una familia pobre. Contrajo matrimonio y tuvo un hijo. A los 30 años se trasladaron a Treviso (Véneto), donde pronto murieron la mujer y el hijo. Era analfabeto y trabajaba como peón en los bosques. Llevaba una intensa vida religiosa, era persona de finos sentimientos, se santificaba en el trabajo y en las obras diarias de piedad: a diario acudía temprano a la iglesia, oía misa, con frecuencia se confesaba y comulgaba, dedicaba a la oración las horas que podía, era austero y penitente. Distribuía todo lo que tenía a los pobres, y hacia el final de su vida aceptaba limosnas que luego compartía con los mendigos. Murió en Treviso el año 1315.
Beato José Manuel Claramonte, Operario Diocesano. Nació en Almazora (Castellón) en 1892. Fue ordenado sacerdote en 1916. Desempeñó el cargo de prefecto de colegiales en varios seminarios con celo y abnegación edificantes. Se interesó siempre por la formación sacerdotal de los alumnos. El 18-VII-1936, estallido de la persecución religiosa, marchó a un sanatorio de montaña por prescripción médica. Por allí estuvo escondido casi dos años, cambiando de refugio según las circunstancias y pasando las más diversas peripecias. Unos soldados del ejército republicano lo detuvieron en Useras, y lo fusilaron el 10 de junio de 1938 en Vall d'Alba (Castellón). Beatificado el 13-X-2013.
Beato Juan Dominici. Nació en Florencia el año 1350. Ingresó de joven en la Orden de Predicadores y recibió la ordenación sacerdotal. Después de la Peste Negra puso gran empeño en la renovación y reforma de su Orden. También fomentó la reforma en la rama femenina dominicana. Contribuyó a la solución del Cisma de Occidente al obtener de Gregorio XII que abdicara. Antes, en 1408, fue nombrado obispo de Ragusa o Dubrovnik y en 1418 el nuevo papa lo envió a Bohemia, Polonia y Hungría para contrarrestar la predicación de Juan Hus. Murió en Budapest (Hungría) el año 1419.
Beato Marcos Antonio Durando. Nació en Mondoví (Piamonte, Italia) el año 1801. Ingresó en la Congregación de la Misión (Paúles) en 1818 y se ordenó de sacerdote en 1824. Pronto lo destinaron a la casa de Turín, en la que permaneció el resto de su vida. Fue un incansable predicador de misiones populares, muy buscado por todos los pueblos. En su Instituto ejerció cargos de responsabilidad. Introdujo en el Piamonte a las Hijas de la Caridad, para las que fundó muchas casas. Fomentó los centros de obras de caridad llamados «Misericordias». Fundó la Compañía de la Pasión de Jesús Nazareno, las Hermanas Nazarenas, para atender a todos los que sufren. Murió en Turín el 10 de junio o de diciembre de 1880.
Beatos Tomás Green y Gualterio Pierson. Son dos de los diez monjes de la cartuja de Londres que se negaron a suscribir el juramento de supremacía religiosa del rey Enrique VIII, lo que les habría apartado de la comunión con el Papa y la Iglesia Católica. En aquella cartuja ya había habido priores y simples monjes que habían sido martirizados por su firmeza en la fe. Llegó después un prior que, con parte de la comunidad, suscribió el juramento que les exigía la autoridad real; los diez monjes que se opusieron a tal comportamiento fueron eliminados. Tomás era sacerdote y Gualterio hermano converso, y los dos fueron encerrados en la cárcel de Newgate (Londres), donde fueron sujetados con argollas y cadenas y así murieron de inanición. Era el año 1537 y reinaba Enrique VIII.

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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Dijo Jesús a los judíos: -Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed (Jn 6,35).
Pensamiento franciscano:
Dice san Francisco en su Carta a toda la Orden: -Considerad vuestra dignidad, hermanos sacerdotes, y sed santos, porque Él es santo. Y así como el Señor Dios os ha honrado a vosotros sobre todos por causa de este ministerio, así también vosotros, sobre todos, amadlo, reverenciadlo y honradlo. Gran miseria y miserable debilidad, que cuando lo tenéis tan presente a Él en persona, os preocupéis de cualquier otra cosa del mundo (CtaO 23-25).
Orar con la Iglesia:
Bendigamos a Cristo, el Señor, por quien podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu, y supliquémosle, diciendo:
-Envía tu Espíritu, huésped deseado de las almas, y haz que nunca lo pongamos triste.
-Tú que resucitaste de entre los muertos y estás sentado a la derecha de Dios, intercede siempre en nuestro favor ante el Padre.
-Haz que el Espíritu nos mantenga unidos a ti, para que ni la aflicción, ni la persecución, ni los peligros nos aparten nunca de tu amor.
-Enséñanos a acogernos mutuamente, como tú nos acogiste para gloria de Dios.
Oración: Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestro obrar concuerde con tu voluntad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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LA FIESTA DE LA EUCARISTÍA
Benedicto XVI, Ángelus del 14 de junio de 2009
Queridos hermanos y hermanas:
Se celebra hoy en varios países, entre los cuales Italia, el Corpus Christi, la fiesta de la Eucaristía, en la que el sacramento del Cuerpo del Señor se lleva solemnemente en procesión. ¿Qué significa para nosotros esta fiesta? No sólo hace pensar en el aspecto litúrgico; en realidad, el Corpus Christi es un día que implica la dimensión cósmica, el cielo y la tierra. Evoca ante todo -al menos en nuestro hemisferio- esta estación tan hermosa y perfumada en la que la primavera se transforma ya en verano, el sol brilla con fuerza en el cielo y en los campos madura el trigo. Las fiestas de la Iglesia, como las judías, siguen el ritmo del año solar, de la siembra y la cosecha. En particular, esto destaca en la solemnidad de hoy, en cuyo centro está el signo del pan, fruto de la tierra y del cielo. Por eso, el Pan eucarístico es el signo visible de Aquel en el que el cielo y la tierra, Dios y el hombre, han llegado a ser uno. Y esto muestra que la relación con las estaciones no es para el año litúrgico algo meramente exterior.
La solemnidad del Corpus Christi está íntimamente relacionada con la Pascua y con Pentecostés: la muerte y la resurrección de Jesús y la efusión del Espíritu Santo son sus presupuestos. Además, está inmediatamente unida a la fiesta de la Trinidad, celebrada el domingo pasado. Sólo porque Dios mismo es relación, puede existir relación con él; y sólo porque es amor, puede amar y ser amado. Así, el Corpus Christi es una manifestación de Dios, un testimonio de que Dios es amor.
De un modo único y peculiar, esta fiesta nos habla del amor divino, de lo que es y de lo que hace. Nos dice, por ejemplo, que se regenera al entregarse, se recibe al darse, no disminuye y no se consuma, como canta un himno de santo Tomás de Aquino: «nec sumptus consumitur». El amor lo transforma todo y, por tanto, se comprende que en el centro de esta fiesta del Corpus Christi está el misterio de la transubstanciación, signo de Jesucristo que transforma el mundo. Al contemplarlo y adorarlo, decimos: sí, el amor existe, y, puesto que existe, las cosas pueden mejorar y nosotros podemos esperar. La esperanza que brota del amor de Cristo nos da la fuerza para vivir y afrontar las dificultades. Por eso cantamos mientras llevamos en procesión el Santísimo Sacramento; cantamos y alabamos a Dios, que se ha revelado escondiéndose en el signo del pan partido. Todos tenemos necesidad de este Pan, porque es largo y fatigoso el camino hacia la libertad, la justicia y la paz.
Podemos imaginar con cuánta fe y amor la Virgen habrá recibido y adorado en su corazón la santa Eucaristía. Cada vez era para ella como revivir todo el misterio de su Hijo Jesús: desde la concepción hasta la resurrección. «Mujer eucarística» la llamó mi venerado y amado predecesor Juan Pablo II. Aprendamos de ella a renovar continuamente nuestra comunión con el Cuerpo de Cristo, para amarnos unos a otros como él nos amó.
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SI NO ME VOY, NO VENDRÁ A VOSOTROS EL DEFENSOR
Del comentario de san Cirilo de Alejandría
sobre el Evangelio de san Juan
Ya se había llevado a cabo el plan salvífico de Dios en la tierra; pero convenía que nosotros llegáramos a ser partícipes de la naturaleza divina del Verbo, esto es, que abandonásemos nuestra vida anterior para transformarla y conformarla a un nuevo estilo de vida y de santidad. Esto sólo podía llevarse a efecto con la comunicación del Espíritu Santo.
Ahora bien, el tiempo más oportuno para la misión del Espíritu y su irrupción en nosotros fue aquel que siguió a la marcha de nuestro Salvador Jesucristo.
Pues mientras Cristo vivía corporalmente entre sus fieles, se les mostraba como el dispensador de todos sus bienes; pero cuando llegó la hora de regresar al Padre celestial, continuó presente entre sus fieles mediante su Espíritu, y habitando por la fe en nuestros corazones. De este modo, poseyéndole en nosotros, podríamos llamarle con confianza: «Abba, Padre», y cultivar con ahínco todas las virtudes, y juntamente hacer frente con valentía invencible a las asechanzas del diablo y las persecuciones de los hombres, como quienes cuentan con la fuerza poderosa del Espíritu.
Este mismo Espíritu transforma y traslada a una nueva condición de vida a los fieles en que habita y tiene su morada. Esto puede ponerse fácilmente de manifiesto con testimonios tanto del antiguo como del nuevo Testamento.
Así el piadoso Samuel a Saúl: Te invadirá el Espíritu del Señor, y te convertirás en otro hombre. Y san Pablo: Nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es como actúa el Señor, que es Espíritu.
No es difícil percibir cómo transforma el Espíritu la imagen de aquéllos en los que habita: del amor a las cosas terrenas, el Espíritu nos conduce a la esperanza de las cosas del cielo; y de la cobardía y la timidez, a la valentía y generosa intrepidez de espíritu. Sin duda es así como encontramos a los discípulos, animados y fortalecidos por el Espíritu, de tal modo que no se dejaron vencer en absoluto por los ataques de los perseguidores, sino que se adhirieron con todas sus fuerzas al amor de Cristo.
Se trata exactamente de lo que había dicho el Salvador: Os conviene que yo me vaya al cielo. En ese tiempo, en efecto, descendería el Espíritu Santo.
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El Espíritu Santo y la Fraternidad franciscana
según los escritos de San Francisco (IV)

por Martín Steiner, ofm
II. UN DISCERNIMIENTO NECESARIO
Francisco jamás procede de forma teórica. No esperemos de él una «definición» del «hermano según el Espíritu». Por el contrario, sobresale en describir comportamientos y actitudes y en dar criterios de autenticidad. Así, pues, Francisco nos enseña, mediante una serie de observaciones concretas, lo que es una vida animada por el Espíritu.
Ante su insistencia sobre el Espíritu del Señor, parece que sus hermanos le plantearon ya la cuestión: ¿cómo puede conocerse que se tiene el Espíritu del Señor? Sabemos su respuesta tal como se encuentra en la Admonición 12. Pero también otros varios textos contienen elementos preciosos de respuesta. Francisco habla del discernimiento de los espíritus (1 R 17,9-16), de la manera de sacar vida de la Escritura inspirada (Adm 7), de la obediencia que lo somete todo al Espíritu (SalVir 14-15), de la pobreza según el Espíritu (Adm 14), de la caridad del Espíritu (1 R 5,13-18; 7,15), etc.
1. EL «ESPÍRITU DE LA CARNE»
Trataremos de sintetizar esas enseñanzas. Francisco opone gustoso el Espíritu del Señor al «espíritu de la carne», a la «prudencia de la carne», vinculados a la «sabiduría del mundo».
a) Características del hombre que vive según el «espíritu de la carne». Se trata del hombre abandonado a su debilidad nativa, a su fragilidad de criatura. Del hombre que es el juguete de su egocentrismo e incluso de su egoísmo. Replegado sobre sí, autosuficiente, este hombre busca en sí mismo su seguridad. La «carne» es lo que encierra al hombre en su «yo». De esta carne dice Francisco que «siempre es opuesta a todo lo bueno» (Adm 12,2), que «es enemiga del alma» (1 R 10,4), que «ciega» a quienes se hacen esclavos de ella (2CtaF 66.69).
El hombre que vive según la carne puede ser exteriormente un hombre muy religioso y un apóstol. Puede, en efecto, «permanecer constante en la oración y en los divinos oficios y hacer muchas abstinencias y mortificaciones» (Adm 14,2). Puede aplicarse al estudio de la Sagrada Escritura para su satisfacción personal y sobre todo para transmitir a otros su mensaje. Pero él no se deja interpelar por la Escritura. Se contenta con interpretar su contenido para los otros y no escapa a la tentación de vanidad por su ciencia, ni a la de sacar de ella provecho material. Su conocimiento, que se queda en puramente exterior, «literal», lo centra todavía más sobre sí mismo, lo repliega sobre su «yo», en lugar de hacerle encontrar al autor de la Escritura, el Espíritu vivificante. Al encerrarlo en su condición carnal, tanto más peligrosamente por cuanto él se cree un hombre de Dios, lo mata. «Dice el Apóstol: "La letra mata, pero el espíritu vivifica". La letra mata a aquellos que únicamente desean saber las solas palabras, para ser tenidos por más sabios entre los otros y poder adquirir grandes riquezas que legar a sus consanguíneos y amigos. También la letra mata a los religiosos que no quieren seguir el espíritu de las divinas letras, sino que prefieren saber sólo las palabras e interpretarlas para otros» (Adm 7).
Para resumir, en eso como en todas las cosas, «el espíritu de la carne (es decir, quien es esclavo de su autosuficiencia y de sus tendencias egocéntricas) quiere y se esfuerza mucho por tener palabras, pero poco por tener obras, y busca no la religión y santidad en el espíritu interior, sino que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los hombres» (1 R 17,11-12). Un tal hombre finalmente no espera nada de Dios. Al contrario que el pobre, él está encerrado sobre sí mismo, extraño a Dios, él que sin embargo parece tan religioso. Al igual que el Evangelio, Francisco saca la conclusión terrible: «Estos son aquellos de quienes dice el Señor: "En verdad os digo, recibieron ya su recompensa"» (1 R 17,13).
b) Ahora bien, este «espíritu de la carne» destruye la Fraternidad. Puede suceder que la «carne» no obtenga la consideración, esa mezquina «recompensa» (Adm 21), que esperaba de los otros. Entonces nuestro hombre, tan pobre y tan mortificado, «por sola una palabra que parece ser injuriosa para su cuerpo (su querido "yo"), o por cualquier cosa que se le quite, se escandaliza y enseguida se altera» (Adm 14,3). Está siempre dispuesto a acusar a los otros cuando algo le parece una injusticia y a echar sobre los otros la responsabilidad de las propias culpas: «Pero no es así; porque cada uno tiene en su dominio al enemigo, o sea, al cuerpo (el querido "yo", el egoísmo), mediante el cual peca» (Adm 10,2). No sabiendo relacionar el bien con su verdadera fuente que es Dios, «envidia a su hermano por el bien que el Señor dice o hace en él o por él», sin darse cuenta de que con ello «incurre en un pecado de blasfemia» contra el Autor de todo bien (Adm 8).
Se podrían multiplicar los ejemplos, pero bastan los reseñados para mostrar lo que sería la vida de una Fraternidad cuyos miembros, por ser «carnales», replegados sobre sí mismos y sus satisfacciones, fueran quisquillosos, escandalizados y turbados por la menor falta de consideración verdadera o supuesta, siempre dispuestos a echar sobre los demás la responsabilidad de los inevitables incidentes de la convivencia cotidiana, celosos y envidiosos.

DÍA SÉPTIMO
V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
R/. Amén.
V/. Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. Señor, date prisa en socorrerme.
V/. Gloria al Padre...
R/. Como era en el principio...
ORACIÓN INICIAL
Dios todopoderoso, que le has dado un doctor a tu Iglesia en la figura de san Antonio, haz que todo cuanto él enseñó bajo el magisterio del Espíritu, arraigue para siempre en nuestros corazones; y el que, por gracia tuya, es nuestro protector, sea también nuestro abogado y atraiga sobre nosotros tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
DE LA VIDA DE SAN ANTONIO
De junio de 1229 a junio de 1230, la Iglesia promovió una gran misión pacificadora en la región véneta, atormentada por los crueles enfrentamientos entre facciones de la nobleza. Antonio participó en esa misión, armonizando el cuidado de los frailes con los viajes de evangelizador y pacificador. Estuvo repetidas veces Padua, donde fijó su residencia y se dedicó intensamente a predicar, a oír confesiones, y también a enseñar teología a sus frailes en la escuela que fundó en la ciudad; más aún, tuvo coloquios y conferencias de temas bíblico-morales en los ambientes universitarios paduanos, que le profesaron una gran veneración. El capítulo general de 1230 envió a Roma a un grupo selecto de hermanos, entre ellos Antonio, con el encargo de exponerle al Papa los problemas urgentes de la Orden. La estancia en la curia pontificia se prolongó algunos meses, en los que Antonio continuó predicando y dando conferencias espirituales. El Papa, en la bula de canonización de Antonio, recuerda su trato personal con él, su virtud y su ciencia, y lo llama "Arca del Testamento" por sus profundos conocimientos bíblicos.
DE LOS SERMONES DE SAN ANTONIO
Lo entregó Judas, uno de sus discípulos. ¿Puede acaso el Creador ser comprado o vendido por una criatura? Y tú dices: ¿Qué me queréis dar y os lo entregaré? Dime ¿en qué te perjudicó y qué mal te hizo, pues dices: os lo entregaré? ¿Te olvidaste de aquella incomparable humildad del Hijo de Dios y de su pobreza voluntaria? ¿Su bondad y afabilidad? ¿Su dulce predicación y prodigiosos milagros? ¿Aquellas tiernísimas lágrimas derramadas sobre la ciudad de Jerusalén y la muerte de Lázaro? ¿Y el privilegio de haberte escogido para ser Apóstol haciéndote su familiar y amigo? Éstas y otras cosas semejantes tendrían que ablandarte el corazón e inducirte a piedad para no decir: Y os lo entregaré. ¡Oh, cuántos son hoy los Judas Iscariote que traicionan la verdad por obtener cualquier ventaja temporal! ¡Traicionan al prójimo con el beso de la adulación y terminan ahorcándose con el lazo de la condenación eterna!
Te rogamos, Señora nuestra, Madre de Jesús, que tú, Estrella de la mañana, alejes con tu esplendor la niebla de la sugestión diabólica que cubre la tierra de nuestra alma; tú que eres la luna llena, llena nuestro vacío, ahuyenta las tinieblas de nuestros pecados, a fin de que merezcamos llegar a la plenitud de la vida eterna, a la luz de la gloria imperecedera. Ayúdenos el Señor, que te creó para que seas nuestra luz. A Él sea dada la honra y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Antífona: El justo germinará como una azucena, y florecerá eternamente ante el Señor. Será alabado ante la muchedumbre de los elegidos. Porque el Señor ha honrado a su siervo y por su medio has obrado maravillas. Su nombre será glorificado.
DE LOS MILAGROS DE SAN ANTONIO
Un caballero de Salvaterra, Aleardino por nombre, que desde su mocedad había sido seducido por la herejía, fue un día a Padua, y, mientras estaba sentado a la mesa, razonaba con los otros comensales sobre los milagros otorgados a los fieles devotos por los méritos del bienaventurado Antonio. Como todos sostenían que el bienaventurado Antonio era un santo de Dios, vació el vaso que tenía entre las manos y prorrumpió más o menos así: «Si aquel a quien vosotros llamáis santo preservare intacto este vaso, tendré por verdadero aquello de que intentáis persuadirme». Desde lo alto donde estaban comiendo, arrojó el vaso contra el suelo, y, cosa admirable, resistió el vidrio el choque contra la piedra y quedó incólume. Arrastrado a penitencia a la vista del milagro, precipitóse solícito el hidalgo a recoger el vaso intacto, y, llevándolo consigo, contó a los frailes cómo había sucedido todo. Y hecha la confesión, aceptó con unción la penitencia que por sus pecados se le impuso, adhirióse a Cristo con fidelidad, y convirtióse en incansable predicador de sus maravillas.
PLEGARIA
Recuerda, Señor, que tu misericordia y tu ternura son eternas. Con la confianza que nos da el sabernos hijos tuyos e invocando la intercesión de tu siervo san Antonio, al que atiendes con largueza, te presentamos nuestras peticiones: ...... ...... ......
ORACIÓN FINAL
Dios todopoderoso y eterno, tú que has dado a tu pueblo en la persona de san Antonio de Padua un predicador insigne y un intercesor poderoso, concédenos seguir fielmente los principios de la vida cristiana, para que merezcamos tenerte como protector en todas las adversidades. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
V/. Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios.



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