miércoles, 27 de mayo de 2015

«Verás, fue una situación extraña. Jesús acababa de hablarnos del
peligro, de que tenía que padecer, de persecuciones y dificultades en
el camino. Pero nosotros no lo entendíamos. Pensábamos que era
tan solo una forma de hablar, que siempre iba a haber gente
alrededor, apoyándonos, siguiéndole… Entonces sólo veíamos lo más
brillante. La aceptación de la gente, la acogida de las muchedumbres,
la gratitud de aquellos a los que curaba… Era emocionante. Así que
no entendíamos por qué hablaba así. Entonces nos acercamos a él, y
sin hacer caso de lo que acababa de decir sobre el peligro, le
preguntamos si nos colocaría en un puesto de honor, junto a él. A los
demás del grupo les sentó fatal, pero era por envidia.


Entonces siempre estábamos así, peleando por sobresalir. No pienses que
éramos malos. Era normal. Le admirábamos, y solo eso importaba.
Pero se entristeció. Deberías haberlo visto. Fue como si una nube le
oscureciera el rostro, «no sabéis lo que pedís», se lamentó. Y se puso
a hablarnos. Aún recuerdo algo de lo que nos dijo, como si fuera hoy
mismo. «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los
pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada
de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que
quiera ser primero, sea esclavo de todos». Entonces no lo
entendíamos. Pero ahora, con el tiempo, sé que es verdad. Es lo que
él hizo toda su vida. Servir. Tocar a los que nadie tocaba. Acoger a los
abandonados. Aliviar a los que lloraban… Quizás te parezca extraño
también a ti. Y, sin embargo, fíjate, fue justo así como lo cambio
todo. Y ahora, mucho tiempo después, solo sé que quiero seguir sus
huellas, y como dijo entonces, estoy dispuesto a beber su copa».

inspirado en Mc 10, 32-45, por Rezandovoy

No hay comentarios:

Publicar un comentario