lunes, 25 de mayo de 2015






Para el día de hoy (25/05/15):  

Evangelio según San Marcos 10, 17-27



Es menester situarnos en un plano amplio: la escena que el Evangelio para el día de hoy acontece durante el ascenso del Maestro a Jerusalem, horizonte de Pasión, de cruz, de muerte y Resurrección. Es decir, se inscribe en total perspectiva de fidelidad y de amor absoluto.

Se trata de la nueva alianza, alianza definitiva entre Dios y el hombre por voluntad de Aquél que sale al encuentro de la humanidad como uno más, niño en brazos de su Madre, Dios con nosotros.
Es un tiempo nuevo, pleno de asombros, el tiempo definitivo de la Gracia, signado por el amor de Dios que es incondicional, infinito, generoso, abundante, y de Dios son todas las primacías.

Ese hombre se larga corriendo a los caminos, pues busca una profunda respuesta a una inquietud existencial. Esos vacíos no se llenan con doctrinas, consejos, cumplimientos o razonamientos. Esos vacíos se completan con una persona, Cristo hermano y Señor, el único que puede brindar el real sentido y destino que se edifique.

La Salvación no se procura o adquiere. La Salvación es don y misterio del amor de Dios.

Parecería que el Maestro hiciera una lectura sesgada de los mandamientos. Pero en realidad, está expresando lo que sugiere la imagen de la cruz: un  madero que se eleva a las alturas de Dios, el otro -inseparable- que se extiende, horizontal, hacia los hermanos.

El amor no es abstracto, y se degrada cuando queda en la declamación vacua. El amor es concreto, cabal, ego que se marchita voluntariamente para dar paso a la familia que puede surgir del nosotros, porque amar es vivir en el otro y para el otro, construir desde la caridad al prójimo, aprojimarse, desprenderse de todo en favor de los pobres, en donde el rostro del Crucificado resplandece y es allí, en el hermano que sufre, en donde se le rinde culto primero de compasión, misericordia y justicia.

Por todas las miserias que portamos, por todas las cosas perecederas a las que nos aferramos con fervor, por la devoción al egoísmo, es dable y razonable observarnos como camellos, imposibiltados de pasar por el ojo de la aguja.

Hay que esforzarse, y animarse a la Pascua. Porque aunque no veamos cerca la salida a tanto laberinto, Dios todo lo puede, y siempre la luz del Espíritu nos puede guiar a la salida feliz de la Salvación.

Paz y Bien

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