sábado, 30 de mayo de 2015

Orden de Predicadores, Homilías Ciclo B Corpus Christi 7-6-2015

Tiempo Ordinario
Haced esto en conmemoración mía


Introducción
Este día ni exaltamos un rito, ni nos podemos quedar con unos signos. Exaltamos sobre todo la vida de Jesús, que celebramos con los signos del pan y del vino con unas significaciones muy profundas. Cuentan que Leonardo da Vinci, cuando pintó el cuadro de la última cena, quiso que el centro de todas las miradas fuera Jesús, pero pintó un cáliz precioso encima de la mesa, que llamaba tanto la atención que atraía la vista de los visitantes. Cuando se enteró él, dio un brochazo de pintura sobre el cáliz y lo hizo desaparecer. En la celebración de la Eucaristía el foco tiene que estar en lo sustancial, que es Jesús.
¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua?, le preguntaron los discípulos a Jesús. Pensaban en la pascua judía, en el rito de la conmemoración de la liberación de la esclavitud de Egipto, pero Jesús les dice: seguid al hombre del cántaro….. Se trataba de la celebración de una pascua distinta, algo importante iba a suceder en su vida. Un hombre con un cántaro, indicaba el lugar de la celebración. La samaritana, cuando le dio Jesús de beber, encontró el verdadero amor, dejó el cántaro, ya no tendría necesidad de utilizarlo, no le iba a hacer falta y corrió al pueblo a anunciarlo, (Jn 4, 28). A la Eucaristía acudimos con nuestros cántaros, pero mejor dejarlos para que no nos impidan correr para anunciar lo que se nos da. Quizás, hoy, debiéramos pensar nosotros en las rutinas de nuestras viejas eucaristías, pensadas y preparadas para cumplir. ¿Podemos seguir celebrando la Eucaristía, solo para proteger el rito actual y quedarnos tranquilos? Cuando Jesús nos manda: Haced esto en conmemoración mía, … ¿es lo que nosotros celebramos: su memoria salvadora en nuestra vida? ¿Nuestras eucaristías son alimento atractivo, que nos da fuerza y valentía para servir al proyecto del reino del Padre?
 
Ver la presentación animada de las lecturas 


Lecturas
Lectura del Libro del Exodo 24, 3-8
En aquellos días Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una:
–Haremos todo lo que dice el Señor.
Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomo el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió:
–Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos.
Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo:
–Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos.



Sal. 115, 12-13. 15 y 16bc. 17-18 R: Alzaré la copa de la salvación, invocando tu nombre, Señor.
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos,
en presencia de todo el pueblo.

Lectura de la carta a los Hebreos 9, 11-15
Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su templo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.
No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.
Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa; cuanto más la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.
Por eso él es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 14, 12. 16. 22-26
El primer día de los ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:
–¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?
El envió a dos discípulos, diciéndoles:
–Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa en que entre, decidle al dueño: «El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?».
Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.
Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:
–Tomad, esto es mi cuerpo.
Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron.
Y les dijo:
–Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.
Después de cantar el salmo, salieron para el Monte de los Olivos.


Comentario Bíblico
Está viendo el comentario bíblico de: Fray Miguel de Burgos Núñez
También puede ver el de: Fr. Gerardo Sánchez Mielgo
Ante todo la caridad
  • Iª Lectura: Éxodo (24,3-8): El misterio de la Alianza

En la primera lectura, Moisés, bajando del monte, comunica la experiencia que había tenido de Dios, de sus palabras, que han de considerarse como palabras de la Alianza que Dios había sellado anteriormente con su pueblo con el Código de la Alianza  cuyo corazón es el Decálogo. Entonces, pues, se organiza una liturgia sagrada, un banquete, que quiere significar la ratificación de la Alianza que Dios ha hecho con el que ha sacado de la esclavitud. El misterio de la sangre, de su aspersión, expresa el misterio de comunión de vida entre Dios y su pueblo ya que, según se pensaba, la vida estaba en la sangre. Por ello este texto se considera como prefiguración de la Nueva Alianza que Jesús adelanta en la última cena.
  • IIª Lectura: Hebreos (9,11-15): El sacrificio de la propia vida

II.1. La carta a los Hebreos es uno de los escritos más densos del NT. En este texto se nos exhorta desde la teología sacrificial,  que  pone de manifiesto que los sacrificios de la Antigua Alianza no pudieron conseguir lo que Jesucristo realiza con el suyo, con la entrega de su propia vida. Y esto lo ha realizado «de una vez por todas» en la cruz, de tal manera que los efectos de la muerte de Jesús, la redención y su amor por los hombres, se hacen presentes en la celebración de este sacramento. El recurrir a las metáforas y al lenguaje de la acción sacrificial puede que resulte hoy poco convincente, fruto de una cultura que no es la nuestra. No obstante, la significación de todo ello nos muestra una novedad, ya que todo se apoya en un sacerdocio especial, el de Melquisedec y en una entrega inigualable.
II.2. Es uno de los momentos álgidos de la argumentación de la carta. Está hablando del sacrificio de la propia vida que logra una Alianza eterna. Es esa alianza que prometieron los profetas, porque ellos vieron que los sacrificios rituales habían quedado obsoletos y la alianza antigua se había convertido en una “disposición” ritual. Cristo no viene a instaurar nuevos sacrificios para Dios (no los necesita), sino a revelar que la propia vida entregada a los hombres vale más que todo aquello. Así es posible entenderse a fondo con Dios. Es en la propia vida entregada como se logra la comunión más íntima con lo divino, sin necesidad de sustitutivos de ninguna especie. La muerte de Jesús, su vida entregada a los hombres y no a Dios, es el “testamento” verdadero  del que hacemos memoria.
  • Evangelio: Marcos (14,12-26): La muerte como entrega

III.1. El evangelio expone la preparación de la última cena de Jesús con los suyos  y la tradición de sus gestos y sus palabras en aquella noche, antes de morir. Sabemos de la importancia que esta tradición tuvo desde el principio del cristianismo. Aquella noche (fuera o no una cena ritualmente pascual), Jesús hizo y dijo cosas que quedarán grabadas en la conciencia de los suyos. Con toda razón se ha recalcado el «haced esto en memoria mía». Sus palabras sobre el pan y sobre la copa expresan la magnitud de lo que quería hacer en la cruz: entregarse por los suyos, por todos los hombres, por el mundo, con un amor sin medida.
III.2. Marcos nos ofrece la tradición que se privilegiaba en Jerusalén, mientras que Lucas y Pablo nos ofrecen, probablemente, «las palabras» con la que este misterio se celebraba en Antioquía. En realidad, sin ser idénticas, quieren expresar lo mismo: la entrega del amor sin medida. Su muerte, pues, tiene el sentido que el mismo Jesús quiere darle. No pretendió que fuera una muerte sin sentido, ni un asesinato horrible. No es cuestión de decir que quiere morir, sino que sabe que ha de morir, para que los hombres comprendan que solamente desde el amor hay futuro. La Eucaristía, pues, es el sacramento que nos une a ese misterio de la vida de Cristo, de Dios mismo, que nos la entrega a nosotros de la forma más sencilla.
Fray Miguel de Burgos NúñezFray Miguel de Burgos Núñez
Lector y Doctor en Teología. Licenciado en Sagrada Escritura
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Este comentario está incluido en el libro: Sedientos de su Palabra. Comentarios bíblicos a las lecturas de la liturgia dominical. Ciclos A, B y C.  Editorial San Esteban, Salamanca 2009.


Pautas para la homilía
Han pasado muchos años y en la historia de la Eucaristía se han ido motivando y descuidando aspectos, por eso los cristianos necesitamos recordarnos los rasgos esenciales como la primera comunidad cristianas vivía esta última cena de Jesús. Se ha destacado demasiado el aspecto sacrificial de la Eucaristía y debiéramos destacar también el aspecto de comunión fraterna, para que no sea una burla cuando participamos todos, satisfechos y necesitados, aprovechados y marginados, sin que la celebración parezca que cuestione a nadie. Si falta fraternidad sobra la Eucaristía. Para que la celebración no nos alimente el egoísmo se debe tender antes a la fraternidad vivida, a resolver injusticias, a perdonar.
La comunidad primera tenían muy claro que la celebración de la cena del Señor era un encuentro con Jesús vivo que les daba fuerza para conocerle mejor, seguirle, vivirle en la comunidad y en el mundo. Ellos no se sentían solos, ni nadie les podía quitar su comunión con Jesús, ni siquiera su muerte; no sentían el vacío de Jesús, sino que le tenían presente de otra manera: la celebración alimentaba su fe, gustando el pan de la Palabra y comiéndole, porque les ayudaba a seguir identificados con él y a vivir como él vivía.
 
  • Para ellos era una pascua preparada, pero no de sus elementos externos, ritos y sus componentes, sino de las implicaciones que iba a acarrearles. Se trataba y trata de la celebración de la vida de Jesús entregada libremente, regalada por amor, sin limitaciones desde su encarnación hasta su muerte. Una vida entregada que implica sangre derramada que no se recupera, pero que lo hace Jesús por amor total y asimétrico por nosotros (que no está en proporción con lo que nosotros le amemos a él), que el Padre resucita.
  • Esta vida entregada, tan propia de la espiritualidad de la pascua se nos entrega como pan del cielo, para que comiéndolo, asimilemos la vida de Jesús, si queremos vivir de verdad. Como el pan que comemos nos viene de fuera y dependemos de él, así hay que introducir la vida de Jesús dentro de nosotros y si no la comemos, venida del cielo, no podemos vivir. Cuando estamos sentados a la mesa, comiendo juntos varias veces al día, debiéramos pensar que todos necesitamos alimentarnos de algo que nos viene regalado, si no morimos y, también, caer en la cuenta que no somos más que nadie, ni superiores a los demás, pues dependemos todos de lo que se nos regala desde fuera.
  • Vida entregada que es expresión de la vida de Jesús, solidario con todos los hombres, que nos debe hacer solidarios a nosotros. Nos habla a los que solo sabemos comprar, de compartir lo que tenemos. Nos habla de humanidad, de abrirnos a los que tienen hambre solidariamente y a no tener más que lo justo y no acaparar más.
  • Era impensable no llevar nada a la Eucaristía para compartir, teniendo de sobra, suprimir la parte de la ofrenda era olvidar al pobre. Jesús no puede bendecir nuestra mesa si guardamos nuestros panes y peces para nosotros o es que ¿acaso basta hacer una oración general por todas las necesidades del mundo sin más o echar la calderilla al cestillo de la colecta?
  • Les empujaba a una vida solidaria y compasiva, vida de pasión por vivir lo humano, por ayudar a los más desfavorecidos y vulnerables. No valía con que les diera lástima o pena, sino que tenían actuar la compasión y mojarse con los sufren. Solidaridad con los males e injusticias que causa nuestro mundo. No basta que nos conmuevan las catástrofes, las desgracias naturales, sino que también lo hagan: el paro, la violencia de cualquier tipo, las injusticias, …. Solidaridad como verdadera caridad, que implica más que dar limosna, dar la cara, aunque te la partan como a Jesús.
  • Les quitaba, no solo el afán de posesión, sino también todo rastro de exclusión. Entendían que lo que hizo Jesús fue trabajar por la unidad, por la comunión y llamar y sentarse con los más excluidos por cualquier motivo: desde su pecado hasta su condición social fuera la que fuera. La cena del Señor, les recordaba la causa de Jesús.
  • La cena del Señor les ponía ante la realidad de nuestro Dios. Es encarnado, tiene un cuerpo, es visible se le puede tocar y comer, se relaciona, entra en nosotros por los sentidos y por eso si quiero ser mejor, debo comer y beber del cáliz, no basta hacer más sacrificios, ni ascesis; si comulgo con Jesús, tengo que compartir mi pan, ni vida, mis posesiones, …. con los demás.
  • Resaltaban también el sentido evangelizador de la Eucaristía. Nosotros que compartimos la persona de Jesús y la celebramos escuchando su Palabra, somos invitados a generar una conciencia viva misionera. No celebramos como meros espectadores para alimentarnos solo nosotros, sino para compartir el alimento que recibimos con los demás, los alejados, los cercanos, quien sean.
Fr. Pedro Juan  Alonso O.P.Fr. Pedro Juan Alonso O.P.
Convento del Santísimo Rosario (Madrid)
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