viernes, 22 de mayo de 2015

Meditación Dominical

Como el Padre me envió (Jn 20,19-23)

Sunday, May 24, 2015


"Jesús sopló sobre ellos y les dijo: 'Recibid el Espíritu Santo'". Este gesto de soplar sobre sus apóstoles lo realizó Jesús resucitado en su primera aparición a ellos el mismo día de su resurrección. Pero ese gesto no habría tenido sentido si no hubiera sido aclarado por las palabras que lo acompañaban: "Recibid el Espíritu Santo". De esta manera Jesús daba cumplimiento a las cinco promesas del Espíritu Santo que él hiciera a sus discípulos en la última cena la víspera de su Pasión. En este día de Pentecostés debemos tratar de comprender la importancia del don del Espíritu Santo para la vida de la Iglesia y para la vida de cada uno de los creyentes.
Cuando se les apareció Jesús los apóstoles estaban reunidos en el cenáculo a puertas cerradas por temor a los judíos. Se aparece Jesús en medio de ellos y, después de cerciorarlos de su identidad, les dice: "Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros". Con estas palabras, Jesús expresa una continuidad en la misión: del Padre a Jesucristo, de Jesucristo a sus discípulos, de los discípulos a todos los hombres. Se trata de la misión de salvación que consiste en elevar al ser humano a la condición de hijo de Dios concediéndole una participación en la naturaleza divina. Respecto a la filiación divina, San Juan escribe: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1Jn. 3,1). Y respecto a la participación en la naturaleza divina, San Pedro agrega: “El poder divino os ha concedido... que os hicierais partícipes de la naturaleza divina...” (1Pt. 1,3.4). Nadie puede ser verdaderamente hijo de otro si no participa de su misma naturaleza.
Comprendemos bien el primer eslabón: todo tiene origen en el Padre y no sufre menoscabo alguno al ser pasado a Jesús, como él mismo nos asegura: “Yo y el Padre somos uno” (Jn. 10,30). Jesús es el Hijo unigénito; él posee en plenitud la naturaleza divina. Él es Dios lo mismo que el Padre. Por eso, ora a su Padre diciéndole: “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn. 17,10).


Comprendemos que también el segundo eslabón se cumple a la perfección. Jesús es Dios lo mismo que el Padre; pero es también hombre lo mismo que cada uno de nosotros. La naturaleza divina y la naturaleza humana concurren sin mezcla ni confusión en la unidad de su Persona. Por eso él puede revelar al hombre todo lo de Dios: “Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn. 15,15). Lo hace mostrandose él mismo, como si todo él –su vida y enseñanza- fuera una Palabra con la cual Dios se expresa plenamente: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14,9).
Tenemos, sin embargo, reparos en el tercer eslabón: ¿cómo es recibido por los discípulos lo que Jesús transmite y cómo es luego transmitido a los demás? ¿Cómo pueden ellos llevar a cabo la misma misión de Jesús, que se origina en Dios y consiste en la salvación de los hombres? Hay un salto de magnitud infinita entre Jesús, que es Dios y hombre, y los hombres, que son sólo hombres. Para franquear esta distancia era necesario que Dios infundiera en los discípulos el don del Espíritu Santo. Esta es la misión del Espíritu. Él nos concede comprender la palabra de Jesús y, sobre todo, comprender quién es Jesús. Y, una vez que hemos comprendido eso, podemos dar testimonio de Jesús ante los demás. Sin el don del Espíritu la misión queda interrumpida en su paso de Jesús a los hombres.
Ahora entendemos por qué al decir Jesús: “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros”, agrega inmediatamente: “Recibid el Espíritu Santo”. Esto es lo que les había prometido: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad,... me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros” (Jn. 16,13.14-5). Aquello que Jesús llama “lo mío”, que también el Padre llama “lo mío”, es la naturaleza divina. Esto también el Espiritu Santo lo llama “lo mío” (“recibirá de lo mío”), y él lo comunica a los hombres. En efecto, les comunica la fe en Jesús: “Nadie puede decir ‘Jesús es Señor’ sino movido por el Espíritu Santo” (1Cor 12,3); y les comunica la filiación divina: “Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gal 4,6). Equipados con estos dones los discípulos pueden dar testimonio de Jesús; ahora pueden ser enviados por él: “así os envío yo”.
Ellos cumplieron la misión, como lo atestigua la carta de Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida..., os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros es-tamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1Jn. 1,1.3). Esta comunión nuestra con los primeros testigos, que es la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, es la que concede el Espíritu Santo. Para esto es necesario recibir el don del Espíritu.
Es el Espíritu quien lleva adelante la misión, como lo atestigua Pablo al despedirse de los presbíteros de Efeso: “Ahora, obligado por el Espíritu, me dirijo a Jerusalén... el Espíritu Santo me testifica que en cada ciudad me aguardan prisiones y tribulaciones... Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios” (Hech. 20,22.23.28). Sobre todo, es el Espíritu quien concede a estos hombres, elegidos para ser pastores, el poder divino de perdonar los pecados: “A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados...”.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles (Chile)

No hay comentarios:

Publicar un comentario