domingo, 31 de mayo de 2015

Homilias de José Antonio Pagola, SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (B)

SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (B)
EVANGELIO
Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre.
+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 14-12-16. 22-26
El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:
- «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»
Él envió a dos discípulos, diciéndoles:
- «ld a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: "El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?"
Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.»
Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:
- «Tomad, esto es mi cuerpo.»
Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron.
Y les dijo:
- «Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.»
Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.
Palabra de Dios.
HOMILIA
2014-2015 -
7 de junio de 2015
LA CENA DEL SEÑOR
Tomad, esto es mi cuerpo.
Los estudios sociológicos lo destacan con datos contundentes: los cristianos de nuestras iglesias occidentales están abandonando la misa dominical. La celebración, tal como ha quedado configurada a lo largo de los siglos, ya no es capaz de nutrir su fe ni de vincularlos a la comunidad de Jesús.


Lo sorprendente es que estamos dejando que la misa «se pierda» sin que este hecho apenas provoque reacción alguna entre nosotros. ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana? ¿Cómo podemos permanecer pasivos, sin capacidad de tomar iniciativa alguna? ¿Por qué la jerarquía permanece tan callada e inmóvil? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación con más fuerza y dolor?
La desafección por la misa está creciendo incluso entre quienes participan en ella de manera responsable e incondicional. Es la fidelidad ejemplar de estas minorías la que está sosteniendo a las comunidades, pero ¿podrá la misa seguir viva sólo a base de medidas protectoras que aseguren el cumplimiento del rito actual?
Las preguntas son inevitables: ¿No necesita la Iglesia en su centro una experiencia más viva y encarnada de la cena del Señor, que la que ofrece la liturgia actual? ¿Estamos tan seguros de estar haciendo hoy bien lo que Jesús quiso que hiciéramos en memoria suya?
¿Es la liturgia que nosotros venimos repitiendo desde siglos la que mejor puede ayudar en estos tiempos a los creyentes a vivir lo que vivió Jesús en aquella cena memorable donde se concentra, se recapitula y se manifiesta cómo y para qué vivió y murió Jesús? ¿Es la que más nos puede atraer a vivir como discípulos suyos al servicio de su proyecto del reino del Padre?
Hoy todo parece oponerse a la reforma de la misa. Sin embargo, cada vez será más necesaria si la Iglesia quiere vivir del contacto vital con Jesucristo. El camino será largo. La transformación será posible cuando la Iglesia sienta con más fuerza la necesidad de recordar a Jesús y vivir de su Espíritu. Por eso también ahora lo más responsable no es ausentarse de la misa sino contribuir a la conversión a Jesucristo.
José Antonio Pagola
HOMILIA
2011-2012 -
10 de junio de 2012
EUCARISTÍA Y CRISIS
Todos los cristianos lo sabemos. La eucaristía dominical se puede convertir fácilmente en un "refugio religioso" que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana. Es tentador ir a misa para compartir una experiencia religiosa que nos permite descansar de los problemas, tensiones y malas noticias que nos presionan por todas partes.
A veces somos sensibles a lo que afecta a la dignidad de la celebración, pero nos preocupa menos olvidarnos de las exigencias que entraña celebrar la cena del Señor. Nos molesta que un sacerdote no se atenga estrictamente a la normativa ritual, pero podemos seguir celebrando rutinariamente la misa, sin escuchar las llamadas del Evangelio.
El riesgo siempre es el mismo: Comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón, sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren. Compartir el pan de la eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.
En los próximos años se van a ir agravando los efectos de la crisis mucho más de lo que nos temíamos. La cascada de medidas que se nos dictan de manera inapelable e implacable irán haciendo crecer entre nosotros una desigualdad injusta. Iremos viendo cómo personas de nuestro entorno más o menos cercano se van empobreciendo hasta quedar a merced de un futuro incierto e imprevisible.
Conoceremos de cerca inmigrantes privados de asistencia sanitaria, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación, familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas por el desahucio, gente desasistida, jóvenes sin un futuro nada claro... No lo podremos evitar. O endurecemos nuestros hábitos egoístas de siempre o nos hacemos más solidarios.
La celebración de la eucaristía en medio de esta sociedad en crisis puede ser un lugar de concienciación. Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos. Toda la eucaristía está orientada a crear fraternidad.
No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año el Evangelio de Jesús, sin reaccionar ante sus llamadas. No podemos pedir al Padre "el pan nuestro de cada día" sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.
José Antonio Pagola
HOMILIA
2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO
14 de junio de 2009
LA CENA DEL SEÑOR
(Ver homilía del 7 de junio de 2015)
José Antonio Pagola
HOMILIA
18 de junio de 2006
UNA DESPEDIDA INOLVIDABLE
Celebrar la eucaristía es revivir la última cena que Jesús celebró con sus discípulos y discípulas la víspera de su ejecución. Ninguna explicación teológica, ninguna ordenación litúrgica, ninguna devoción interesada nos ha de alejar de la intención original de Jesús. ¿Cómo diseño él aquella cena? ¿Qué es lo que quería dejar grabado para siempre en sus discípulos? ¿Por qué y para qué debían seguir reviviendo una vez y otra vez aquella despedida inolvidable?
Antes que nada, Jesús quería contagiarles su esperanza indestructible en el reino de Dios. Su muerte era inminente; aquella cena era la última. Pero un día se sentaría a la mesa con una copa en sus manos para beber juntos un «vino nuevo». Nada ni nadie podrá impedir ese banquete final del Padre con sus hijos e hijas. Celebrar la eucaristía es reavivar la esperanza: disfrutar desde ahora con esa fiesta que nos espera con Jesús junto al Padre.
Jesús quería, además, prepararlos para aquel duro golpe de su ejecución. No han de hundirse en la tristeza. La muerte no romperá la amistad que los une. La comunión no quedará rota. Celebrando aquella cena podrán alimentarse de su recuerdo, su presencia y su espíritu. Celebrar la eucaristía es alimentar nuestra adhesión a Jesús, vivir en contacto con él, seguir unidos.
Jesús quiso que los suyos nunca olvidaran lo que había sido su vida: una entrega total al proyecto de Dios. Se lo dijo mientras les distribuía un trozo de pan a cada uno: «Esto es mi cuerpo; recordadme así: entregándome por vosotros hasta el final para haceros llegar la bendición de Dios». Celebrar la eucaristía es comulgar con Jesús para vivir cada día de manera más entregada, trabajando por un mundo más humano.
Jesús quería que los suyos se sintieran una comunidad. A los discípulos les tuvo que sorprender lo que Jesús hizo al final de la cena. En vez de beber cada uno de su copa, como era costumbre, Jesús les invitó a todos a beber de una sola: ¡la suya! Todos compartirían la «copa de salvación» bendecida por él. En ella veía Jesús algo nuevo: «Ésta es la nueva alianza en mi sangre». Celebrar la eucaristía es alimentar el vínculo que nos une entre nosotros y con Jesús.
José Antonio Pagola
HOMILIA
2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
18 de junio de 2006
EXPERIENCIA DECISIVA
Tomad, esto es mi cuerpo.
Como es natural, la celebración de la misa ha ido cambiando a lo largo de los siglos. Según la época, teólogos y liturgistas han ido destacando algunos aspectos y descuidando otros. La misa ha servido de marco para celebrar coronaciones de reyes y papas, rendir homenajes o conmemorar victorias de guerra. Los músicos la han convertido en concierto. Los pueblos la han integrado en sus devociones y costumbres religiosas...
Después de veinte siglos, puede ser necesario recordar algunos de los rasgos esenciales de la última Cena del Señor, tal como era recordada y vivida por las primeras generaciones cristianas.
En el fondo de esa cena hay algo que jamás será olvidado: sus seguidores no quedarán huérfanos. La muerte de Jesús no podrá romper su comunión con él. Nadie ha de sentir el vacío de su ausencia. Sus discípulos no se quedan solos, a merced de los avatares de la historia. En el centro de toda comunidad cristiana que celebra la eucaristía está Cristo vivo y operante. Aquí está el secreto de su fuerza.
De él se alimenta la fe de sus seguidores. No basta asistir a esa cena. Los discípulos son invitados a «comer». Para alimentar nuestra adhesión a Jesucristo, necesitamos reunirnos a escuchar sus palabras e introducirlas en nuestro corazón, y acercarnos a comulgar con él identificándonos con su estilo de vivir. Ninguna otra experiencia nos puede ofrecer alimento más sólido.
No hemos de olvidar que «comulgar» con Jesús es comulgar con alguien que ha vivido y ha muerto «entregado» totalmente por los demás. Así insiste Jesús. Su cuerpo es un «cuerpo entregado» y su sangre es una «sangre derramada» por la salvación de todos. Es una contradicción acercarnos a «comulgar» con Jesús, resistiéndonos egoístamente a preocuparnos de algo que no sea nuestro propio interés.
Nada hay más central y decisivo para los seguidores de Jesús que la celebración de esta cena del Señor. Por eso hemos de cuidarla tanto. Bien celebrada, la eucaristía nos moldea, nos va uniendo a Jesús, nos alimenta de su vida, nos familiariza con el evangelio, nos invita a vivir en actitud de servicio fraterno, y nos sostiene en la esperanza del reencuentro final con él.
José Antonio Pagola
HOMILIA
2002-2003 – REACCIONAR
22 de junio de 2003
HACER MEMORIA
Tomad. Esto es mi cuerpo.
Jesús creó un clima especial en aquella cena de despedida que compartió con los suyos la víspera de su ejecución. Sabía que era la última. Ya no volvería a sentarse a la mesa con ellos hasta la fiesta final junto al Padre. Quería dejar bien grabado en su recuerdo lo que había sido siempre su vida: pasión por Dios y entrega total a todos.
Esa noche lo vivía todo con tal intensidad que, al repartir- les el pan y distribuirles el vino, les vino a decir estas palabras memorables: «Así soy yo. Os doy mi vida entera. Mirad: este pan es mi cuerpo roto por vosotros; este vino es mi sangre derramada por todos. No me olvidéis nunca. Haced esto en memoria mía. Recordadme así: totalmente entregado a vosotros. Esto alimentará vuestras vidas».
Para Jesús, era el momento de la verdad. En esa cena se reafirmó en su decisión de ir hasta el final en su fidelidad al proyecto de Dios. Seguiría siempre del lado de los débiles, moriría enfrentándose a quienes deseaban otra religión y otro Dios olvidado del sufrimiento de la gente. Daría su vida sin pensar en sí mismo. Confiaba en el Padre. Lo dejaría todo en sus manos.
Celebrar la eucaristía es hacer memoria de este Jesús, grabando dentro de nosotros cómo fue él hasta el final. Reafirmarnos en nuestra opción por vivir siguiendo sus pasos. Tomar en nuestras manos nuestra vida y compromisos para intentar vivirlos hasta las últimas consecuencias.
Celebrar la eucaristía es, sobre todo, decir como él: «Esta vida mía no la quiero guardar exclusivamente para mí. No la quiero acaparar sólo para mi propio interés. Quiero pasar por esta tierra reproduciendo en mí algo de lo que él vivió. Sin encerrarme en mi egoísmo; contribuyendo desde mi entorno y mi pequeñez a hacer un mundo más humano».
Es fácil hacer de la eucaristía otra cosa muy distinta de lo que es. Basta con ir a misa a cumplir una obligación, olvidando lo que Jesús vivió en la última cena. Basta con comulgar, pensando sólo en nuestro bienestar interior. Basta con salir de la iglesia sin decidirnos nunca a vivir de manera más entregada.
José Antonio Pagola
HOMILIA
1999-2000 – COMO ACERTAR
25 de junio de 2000
MESA ABIERTA A TODOS
Mientras comían.
Nosotros hablamos de «misa» o de «Eucaristía». Pero los primeros cristianos la llamaban «la cena del Señor» o incluso «la mesa del Señor». Tenían todavía muy presente que celebrar la Eucaristía no es sino actualizar la cena que Jesús compartió con sus discípulos la víspera de su ejecución. Pero, como advierten hoy los exégetas, aquella «última cena» fue solamente la última de una larga cadena de comidas y cenas que Jesús acostumbraba celebrar con toda clase de gentes.
Las comidas tenían entre los judíos un carácter sagrado que a nosotros hoy se nos escapa. Para una mente judía el alimento viene de Dios. Por eso, la mejor manera de tomarlo es sentarse a la mesa en actitud de acción de gracias y compartiendo el pan y el vino como hermanos. La comida no era sólo para alimentarse, sino el momento mejor para sentirse todos unidos y en comunión con Dios, sobre todo el día sagrado del sábado en que se comía, se cantaba, se escuchaba la Palabra de Dios y se disfrutaba de una larga sobremesa.
Por eso, los judíos no se sentaban a la mesa con cualquiera. No se come con extraños o desconocidos. Menos aún, con pecadores, impuros o gente despreciable. ¿Cómo compartir el pan, la amistad y la oración con quienes viven lejos de la amistad de Dios?
La actuación de Jesús resultó sorprendente y escandalosa. Jesús no seleccionaba a sus comensales. Se sentaba a la mesa con publicanos, dejaba que se le acercaran las prostitutas, comía con gente impura y marginada, excluida de la Alianza con Dios. Los acogía no como moralista sino como amigo. Su mesa estaba abierta a todos, sin excluir a nadie. Su mensaje era claro: todos tienen un lugar en el corazón de Dios.
Después de veinte siglos de cristianismo, la Eucaristía puede parecer hoy una celebración piadosa reservada sólo a personas ejemplares y virtuosas. Parece que se han de acercar a comulgar con Cristo quienes se sientan dignos de recibirlo con alma pura. Sin embargo, la «mesa del Señor» está abierta a todos como siempre.
La Eucaristía es para personas abatidas y humilladas que anhelan paz y respiro; para pecadores que buscan perdón y consuelo; para gentes que viven con el corazón roto hambreando amor y amistad. Jesús no viene al altar para los justos, sino para los pecadores; no se ofrece a los sanos, sino a los enfermos. Es bueno recordarlo en la fiesta del Corpus.
José Antonio Pagola
HOMILIA
1996-1997 – DESPERTAR LA FE
29 de mayo de 1997
ENCUENTRO PERSONAL
Tomad, esto es mi cuerpo.
Hace unos años, quienes se acercaban a recibir la comunión, adoptaban después de comulgar una actitud peculiar de silencio y recogimiento sagrado. Hoy, por lo general, no es así. Se entonan cantos de alabanza y acción de gracias, se subraya más la participación comunitaria, pero se corre el riesgo de restarle hondura a la comunión personal con Cristo. Falta a veces el silencio y la unción que permitirían un encuentro más vivo con él. El riesgo es evidente: convertir la comunión en un rito externo y rutinario que «anuncia» el final ya cercano de la misa.
Sin embargo, comulgar no es «hacer algo», sino «encontrarnos con alguien». La comunión sacramental es para el creyente un encuentro personal con Cristo, cargado de misterio, de gracia y de fe. Cristo sale a nuestro encuentro y nosotros vamos al encuentro de Cristo. Como todo encuentro interpersonal, también éste pide atención consciente, entrega confiada y, sobre todo, amor.
Es cierto que, en la comunión eucarística, Cristo se ofrece siempre, de manera segura e indefectible (la teología clásica hablaba del ex opere operato). Pero, para que este ofrecimiento objetivo se haga realidad personal en cada creyente, es necesaria la respuesta libre y consciente de quien se acerca a comulgar (el opus operantis de los teólogos).
Dicho de manera sencilla, el encuentro eucarístico con Cristo exige, antes que nada, una atención consciente. Recordar con quién me voy a encontrar, qué es lo que conozco de Cristo, qué espero de él, qué significa para mí. Cada cristiano tiene su idea personal de Cristo, más o menos clara, más o menos interiorizada. La comunión con Cristo no es un «encuentro a ciegas». Al acercarnos a comulgar, sabemos a quién buscamos.
Pero el encuentro pide, sobre todo, amor y entrega confiada. Las personas se encuentran de manera más plena cuando entre ellas se establece un diálogo confiado y una comunicación amistosa y cordial. Lo mismo sucede en la comunión eucarística. Lo más importante es el diálogo entre Cristo y el creyente que busca la presencia de la persona amada.
Todo esto no son palabras. Es la experiencia de quien comulga con fe. La presencia de Cristo se hace entonces más real, su Persona adquiere un significado más profundo, crece la confianza del creyente. Cristo es el Absoluto que no puede faltar, el horizonte de todas las experiencias, la fuente que llena la vida de fortaleza, de paz y de alegría interior. La comunión de cada domingo no es un rito más. Puede ser el encuentro vital que alimenta y fortalece nuestra fe. Es bueno recordarlo en esta fiesta del Corpus Christi.
José Antonio Pagola
HOMILIA
1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
2 de junio de 1994
NO ES MUCHO UNA HORA
Tomad, esto es mi cuerpo.
Se han extendido estos años objeciones diversas contra la práctica dominical. Algunas suenan a eslogan: «la misa no me dice nada», «la fe no consiste en ir a misa», «nadie es mejor por ir a misa». Sin duda, hay algo de verdad detrás de ese lenguaje. De los sondeos realizados se deduce, sin embargo, que los motivos principales por los que se abandona la misa dominical son la comodidad y la falta de interés religioso. La persona valora más el descanso o las actividades del fin de semana. Prefiere «dormir más» o «estar más libre».
Por otra parte, el ambiente que en otros tiempos favorecía la práctica dominical, hoy actúa en contra. Todo invita a no ir a misa. De hecho, quien sale de su casa para dirigirse a la iglesia a participar en la misa dominical, hace un gesto que contrasta con la conducta y costumbres de la mayoría.
Este descenso de la práctica religiosa no es tan negativo como pudiera parecer. Por una parte, está provocando un proceso de aclaración que era necesario; ahora conocemos mejor la importancia que le damos a la fe, y la debilidad o la fuerza de nuestras convicciones religiosas. Por otra parte, cada vez son menos los que practican por pura obligación o por tradición familiar. Hoy van a misa quienes quieren alimentar su fe y vivirla con cierta coherencia.
De esta forma se está descubriendo mejor la razón de ser y los valores que quiere proteger el llamado «precepto dominical». Como escribe X Basurko, «el domingo no es importante porque sea de precepto, sino que es de precepto porque es algo vital, tanto para el creyente como para la comunidad cristiana». De hecho, la misa del domingo es para muchos cristianos el único momento de encuentro con Dios y la única experiencia que alimenta su fe.
El creyente se reserva una hora para celebrar la eucaristía como núcleo del domingo. Como dice el Catecismo holandés, «una hora semanal no es mucho para quien cree que su vida y su dicha vienen de la mano de Dios». Sin embargo, esa hora vivida desde dentro, como una experiencia de encuentro con Dios, puede ser el mejor alimento de la fe en tiempos nada fáciles.
La fiesta del Corpus es una invitación a reavivar la eucaristía dominical. Hace bien detenerse cada semana para encontrarse con otros creyentes, escuchar juntos el evangelio de Jesús, expresar nuestro agradecimiento a Dios por el regalo de la vida, y alimentamos del mismo Cristo.
José Antonio Pagola
HOMILIA
1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
30 de mayo de 1991
COMULGAR
Tomad, esto es mi cuerpo.
"Dichosos los llamados a la cena del Señor". Así dice el sacerdote mientras muestra a todo el pueblo el pan eucarístico antes de comenzar su distribución. ¿Qué eco tienen hoy estas palabras en quienes las escuchan?
Son muchos, sin duda, los que se sienten dichosos de poder acercarse a comulgar para encontrarse con Cristo y alimentar en él su vida y su fe. No pocos se levantan automáticamente para realizar una vez más un gesto rutinario y vacío de vida. Un número importante de personas no se sienten llamadas a participar y tampoco experimentan por ello insatisfacción ni pena alguna.
Y, sin embargo, comulgar puede ser para el cristiano el gesto más importante y central de toda la semana, si se hace con toda su expresividad y dinamismo.
La preparación comienza con el canto o recitación del Padre nuestro. No nos preparamos cada uno por su cuenta para comulgar individualmente. Comulgamos formando todos una familia que, por encima de tensiones y diferencias, quiere vivir fraternalmente invocando al mismo Padre y encontrándonos todo en el mismo Cristo.
No se trata de rezar un "Padre nuestro" dentro de la misa. Esta oración adquiere una profundidad especial en este momento. El gesto del sacerdote con las manos abiertas y alzadas es una invitación a adoptar una actitud confiada de invocación.
Las peticiones resuenan de una manera diferente al ir a comulgar: "danos el pan" y alimenta nuestra vida en esta comunión; "venga tu Reino" y venga Cristo a esta comunidad; "perdona nuestras ofensas" y prepáranos a recibir a tu Hijo...
La preparación continúa con el abrazo de paz, gesto sugestivo y lleno de fuerza que nos invita a romper los aislamientos, las distancias y la insolidaridad egoísta. El rito, precedido por una doble oración en que se pide la paz, no es simplemente un gesto de amistad. Expresa el compromiso de vivir contagiando "la paz del Señor", restañando heridas, eliminando odios, reavivando el sentido de fraternidad, despertando la solidaridad.
La invocación "Señor, no soy digno", dicha con fe humilde y con el deseo de vivir de manera más sana es el último gesto antes de acercarse cantando a recibir al Señor. La mano extendida y abierta expresa la actitud de quien, pobre e indigente, se abre a recibir el pan de la vida.
El silencio agradecido y confiado que nos hace conscientes de la cercanía de Cristo y de su presencia viva en nosotros, la oración de toda la comunidad cristiana y la última bendición ponen fin a la comunión.
Una pregunta en esta festividad del "Corpus Christi". ¿No se reafirmaría nuestra fe si acertáramos a comulgar con más hondura?
José Antonio Pagola
Blog:            http://sopelakoeliza.blogspot.com
Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                    http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com

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