martes, 26 de mayo de 2015

EMOCIONES Y SU SINTOMATIZACIÓN EN NUESTRO ORGANÍSMO
Expongo aquí un artículo genial escrito por Claudia Rainville donde  explica con total claridad la relación enfermedad con la sintomatización en nuestro organismo poniendo como ejemplo la alergia. Yo, !no lo habría hecho mejor!

No siempre las alergias son únicamente una reacción física, sino que nuestro cerebro tiene mucho más que ver de lo que pudiéramos imaginar.

Desde el punto de vista de la medicina alopática (medicina clásica), una alergia se define como una reacción anormal (patológica) y específica del organismo en contacto con una sustancia externa (alérgeno) que desemboca en un trastorno en la persona alérgica a dicha sustancia. Igualmente se conoce como hipersensibilidad. Existen diferentes tipos de hipersensibilidades.


Desde el punto de vista de la Metamedicina, es preciso tener algunas nociones del funcionamiento de nuestro cerebro, para poder comprender las causas de las alergias.
Todas las informaciones que llegan hasta nuestro cerebro lo hacen bien a través de alguno de nuestros sentidos (el sabor, el olfato, el oído, la vista o el tacto) o bien a través de nuestros pensamientos o nuestra imaginación.

Cada información novedosa es previamente cotejada por ambos hemisferios cerebrales gracias a la acción del cuerpo calloso. De este intercambio de informaciones entre el hemisferio derecho con su visión global y el hemisferio izquierdo con su visión analítica, resulta una conclusión que se memorizará en nuestro cerebro límbico de la siguiente manera: si esta experiencia resulta agradable, entonces se repite y, de lo contrario, se debe evitar.

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Veamos un ejemplo: yo puedo tener una reacción al humo del cigarrillo y pensar «soy alérgico al humo del cigarrillo». Para no sentirme molesto, voy a intentar evitarlo, pero el día en que no pueda hacerlo, correré el peligro de tener una fuerte reacción. A partir de entonces ya puedo empezar a preguntarme a qué me recuerda el humo del cigarrillo.

La sustancia a la que pensamos ser alérgicos despierta a menudo algo que no aceptamos o que rechazamos. 
De este modo podemos empezar a buscar lo que se rechaza, en relación a esta sustancia.
En el pasado, el humo del cigarrillo me solía incomodar enormemente, hasta que llegué a entender lo que aquella sustancia despertaba en mi organismo. El humo del cigarrillo me recordaba la contaminación. No era tanto el humo lo que yo rechazaba, sino la polución del aire, del agua, o de mi entorno.

Desde que tomé conciencia de ello, y pese a seguir detestando la contaminación, ya no sufro reacciones alérgicas. Hoy en día puedo soportar que alguien fume a mi lado, cosa que hubiera sido impensable en el pasado.

Una lectora me escribió un día para compartir de qué modo se había liberado de una alergia ocular que ningún medicamento había logrado poner a raya. Utilizando las claves de la Metamedicina, se preguntó si existía alguna sustancia que no asimilaba.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que los trozos de madera que su marido dejaba en el césped del jardín después de cada chapuza le molestaban extraordinariamente. Lo comentó con su marido y éste le repuso: «si mis trozos de madera te molestan, me encargaré de guardarlos». Una vez realizado, su alergia ocular desapareció completamente.

Una peluquera me confió que padecía fiebre del heno cada vez que regresaba el periodo estival. Criada en el campo, no conseguía entender como, viviendo en el centro de una ciudad, podía estar aquejada por aquella alergia desde hacía varios años. Hablando con ella descubrí lo que no aceptaba. Trabajaba en una peluquería iluminada únicamente por neones. En cuanto volvía el verano, le resultaba muy difícil trabajar largas jornadas sin ver el sol.

Otra peluquera encargada de dar los tintes padecía eczema en las manos. Lo atribuía a una alergia a los productos que utilizaba para las coloraciones. Cuando le pregunté lo que haría si ganase 100.000 euros en la lotería, me contestó sin dudarlo: « ¡Cambiaría de trabajo!». ¿El eczema de sus manos expresaba: «No me dedico a lo que me gustaría»? ¿No expresaba su alergia a los productos de coloración sino una aversión hacia un trabajo que ya no le gustaba? 
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Durante una conferencia, una participante me presentó a su hijo de 10 años preguntándome a qué se debía la fiebre del heno que lo afectaba cada año en el mes de junio. Recordando que junio correspondía con el fin del periodo escolar, le pregunté si el fin de las clases le hacía sentirse triste. Me contestó afirmativamente, añadiendo que sus amigos eran de otras regiones y que, por tanto, al terminar el curso escolar, les perdía sin saber si iba a volver a verlos en el nuevo curso.

Mi madre se hacía pasar por alérgica a todos los medicamentos. Usando este razonamiento, me pregunté cuál podría ser la ecuación que podía explicar sus alergias. Desafortunadamente no la podía descifrar junto a ella, puesto que había fallecido, pero pensando de nuevo en ello me acordé de que de niña, mi madre había estado hospitalizada por una poliomielitis. Estoy convencida de que conservaba un recuerdo desagradable de este periodo y de que ella asociaba los medicamentos al hospital.

Posteriormente apliqué esta ecuación a otras personas que creían ser alérgicas a la penicilina o a otros medicamentos. Todas tenían un recuerdo desagradable o bien de un médico o bien de una estancia hospitalaria.

Entonces, ¿que debemos pensar de los alérgenos? En la medicina clásica, se define un alérgeno como una sustancia de naturaleza proteica perteneciente al entorno y entre cuyas propiedades está la de provocar en la persona que le es sensible una secreción de histamina. Lo que explica que frente a un fenómeno alérgico, un médico prescribirá a su paciente una receta de antihistamínico. Desde el punto de vista metafísico de la Metamedicina, el fenómeno alérgico sólo es el recuerdo de un recuerdo alojado en la memoria emocional, situada en la zona límbica de nuestro cerebro, también denominada sistema límbico. 

Un hombre estaba convencido de que era alérgico a las lilas. Según él, las lilas contenían una sustancia alérgena. El simple hecho de pasar cerca de una lila o de respirar su olor bastaba para que su cuerpo sufriera urticaria y costándole grandes dificultades para respirar.

Un día le invitaron a cenar a casa de unos amigos. Al entrar en el apartamento, divisó un ramo de lilas sobre la mesa del salón. En cuanto lo vio, comenzó a sentirse mal y pidió a su amiga si sería tan amable de retirar las flores. Su amiga accedió rápidamente para ayudarle a recuperar la respiración. Él le explicó que era alérgico a las lilas. Extrañada, le preguntó: «¿Incluso a las de seda?» Estas flores no podían contener alérgenos. Sin embargo, había padecido exactamente las mismas reacciones que si hubieran sido naturales, es decir, una sensación de asfixia y una producción de histamina que le generaba picores.

¿Cómo explicar estas reacciones biológicas? En cuanto este hombre vio las flores, su cerebro límbico, que guardaba en la memoria algo desagradable, ordenó al hipotálamo una serie de reacciones con el fin de evitarle revivir esa situación.

Casi todos conocemos la expresión «Gato escaldado, del agua fría huye».

¿Por qué teme el gato al agua fría? En realidad, un gato que recibe algunas gotas de agua ignora si está caliente o fría, pero su memoria emocional que retiene la ecuación agua equivale a peligro, motiva la acción de su hipotálamo que, a su vez activa el sistema neurológico, para que el gato escape como si existiera un peligro potencial. Al tener un recuerdo de quemaduras, el gato reaccionará ante unas pocas gotas de agua fría como si fueran agua hirviendo.

Eso es precisamente lo que le pasó a aquel hombre: la visión de las lilas de seda hizo resurgir en él un recuerdo muy desagradable.

¿Entonces cuál era aquel recuerdo? El hombre lo había olvidado, pero su memoria emocional seguía recordándolo.

Fue al explorar dicha memoria, durante un seminario de Liberación de la Memoria Emocional, cuando este hombre recuperó aquel recuerdo.

Sus padres estaban separados. Su padre tenía la custodia de los niños. Él tenía 5 años cuando su madre vino a visitarles. Había traído provisiones para los niños, pero cuando iba a guardarlas llegó su padre. Al ver a su ex mujer con las bolsas de la compra, entró en cólera y golpeándola violentamente le arrancó las bolsas de sus manos. En el transcurro de dicha escena el ramo de lilas colocado sobre un mueble cayó al suelo. El niño pequeño quería defender a su madre pero se sentía totalmente impotente. Para su corta edad, fijó una emoción demasiado fuerte para ser asimilada.

Después de este evento la vida retomó su curso, había crecido y olvidado esta escena, pero la simple vista de unas lilas, o incluso su olor, reactivaba este recuerdo provocándole una sensación de sofoco seguida de fuertes picores. Fue al liberar las emociones relacionadas con este doloroso recuerdo cuando pudo liberarse completamente de lo que llamaba «su alergia a las lilas».

Un joven padecía alergia al pelo de perro. Sin embargo, adoraba a los perros. De nuevo, su alergia estaba relacionada con un triste recuerdo. Durante años había tenido un perro que quería particularmente. En cuanto se separaron sus padres, tuvieron que matar al perro puesto que no podía ser acogido en ninguna de las dos viviendas.

Cada vez que el niño veía a un perro, la tristeza de la pérdida de su compañero y de la separación de sus padres volvía a la superficie, manifestándose a través de lágrimas y estornudos. Podemos denominar a esta reacción como fenómeno de resonancia.

Una mujer era alérgica al pelo de gato. Sin embargo, durante años había tenido un gato que había querido mucho. Su muerte significó una gran pérdida. Un día su cónyuge, que había leído mi libro, le dijo: «¿podría ser que no hiciste el luto de tu gato?». Lo hizo y su alergia desapareció completamente. En su inconsciente, la visión de un gato hacía resurgir en ella este recuerdo lleno de tristeza.

Una de mis lectoras me escribió un día a propósito de un flujo nasal acuoso, claro y no purulento que aparecía sobre todo al despertarse. Pensaba que se trataba de una alergia de la que no conseguía librarse.

La mañana corresponde a nuestra llegada a este mundo, pero también a lo que empieza. Un flujo acuoso no purulento puede expresar también una tristeza. 
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¿Qué tristeza podía sentir esta persona cuando abría los ojos por la mañana? El hombre que amaba, con el que había compartido más de 20 años de felicidad, le había dejado por otra mujer. En el pasado, su pareja estaba a su lado cuando se despertaba y ahora ya no. Pensaba que había asumido esta separación, pero todavía llevaba la pena de su partida. Fue cuando pudo expresar toda su tristeza, dándose el derecho a sufrir, cuando por fin volvió a estar interesada por la vida. Sus flujos nasales cesaron inmediatamente.

Entonces, frente a una alergia nos podremos preguntar: ¿hay algo que no acepto, en relación con la misma?

No se trata de considerar la alergia como tal, en primer grado, sino de buscar el vínculo. Por ejemplo, una persona era alérgica al frío. En cuanto el termómetro indicaba cero, cada parte de su cuerpo expuesta al frío se enrojecía, se hinchaba y le provocaba fuertes picores. No era el frío lo que no aceptaba sino lo que el frío representaba para ella, es decir la muerte. Su hermano se había suicidado y nunca lo había aceptado.

¿También podríamos buscar un recuerdo que esta alergia pudiera hacer despertar en nosotros mismos? En este caso, ¿cuál sería este recuerdo? A partir de ahí, buscaremos de qué modo podríamos librarnos de las emociones relacionadas con dicho recuerdo.

FUENTE: Claudia Rainville
Autora de «Crea tu nueva vida» y «La Metamedicina»
http://coachsalud.blogspot.com.es/2013/07/emociones-y-su-sintomatizacion-en.html


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