sábado, 30 de mayo de 2015




Para el día de hoy (30/05/15):  

Evangelio según San Marcos 11, 27-33 




Por sobre la lectura que nos ofrece la liturgia del día de hoy sobrevuela una cuestión de legitimidad que, a su vez, es una cuestión de poder. Por ello, el síntoma que se discutirá es el de la autoridad de los jefes religiosos de Israel y de Jesús de Nazareth.

Esos hombres estaban acostumbrados a ejercer un poder que sólo estaba limitado por el ocupante romano, de tal modo que su efecto sobre la vida de la nación era casi omnímodo, incuestionable y que, a su vez, exigía obediencia total, sin rechistar. Ejercicio de rótulos y prebendas, estatus de títulos ante los que los demás debían inevitablemente en señal de respeto y sumisión.
Así entonces su autoridad se equipara al concepto de potestas, la facultad legal para hacer cumplir, aunque sea mediante la fuerza, sus decisiones.

En cambio, para el Maestro la cuestión es bien distinta. Esos hombres se mueven sólo en su estrecho horizonte y de allí que cuestionen su autoridad, pues el pueblo le sigue y se asombra con gratitud.
Cristo ejerce autoridad en el sentido primigenio del término: autoridad o auctoritas proviene del términoaugere, que significa aumentar, hacer crecer. No impone ni dirige como un rey guerrero, sino que señala futuro y destino desde el amor y el servicio, como un esclavo.

Eso los descoloca, los vuelve torpes, los preocupa sobremanera. Ese rabbí galileo no se parece en nada a lo que habitualmente conoce, y sin embargo es tan común... Hijo de carpintero, pobre -se le notan sus raíces en su tonada galilea-, que se larga a los caminos rodeado de gentes sencillas, que hace el bien, que tiene especial dedicación para con los enfermos y para todos aquellos que suelen considerarse irrecuperables.

Son hombres poderosos que temen perder ese poder o, mejor dicho, lo que legitima ese poder sin entender del todo cual es la raíz de la amenaza, y por ello cuestionan a Jesús cual es el origen de esa autoridad que ejerce tan naturalmente como su respirar.

Nunca entenderán el infinito valor de los pequeños gestos de bondad y de las acciones bienhechoras que se realizan en silencio, no aceptarán a un Dios que ama y que es Padre, tan cercano y tan incondicional.

Ellos oyen muchas cosas, pero ni modo. Su gran problema es que no quieren escuchar, y así, aunque lo evidente de la verdad destelle ante sus ojos, permanecerán absortos en su ceguera.

Paz y Bien

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