miércoles, 27 de mayo de 2015

Almudi.org, Viernes de la semana 8 de tiempo ordinario; año impar

El episodio de la “higuera seca” es un estimulo para dar fruto, con la oración y el amor manifestado en las buenas obras.
«Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. Al ver de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó por si encontraba algo en ella, y cuando llegó no encontró más que hojas, pues no era tiempo de higos. E increpándola, dijo: Nunca jamás coma nadie fruto de ti. Y sus discípulos lo estaban escuchando.Por la mañana, al pasar vieron que la higuera se había secado de raíz. Y acordándose Pedro, le dijo. “Rabbí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.” Jesús les contestó: “Tened fe en Dios. En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: Arráncate y échate al mar sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido. Por tanto os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá. Y cuando os pongáis de pie para orar perdonad si tenéis algo contra alguno, a fin de que también vuestro Padre que está en los Cielos os perdone vuestros pecados” (Marcos 11, 12-14, 20-26).


1. Jesús “sintió hambre”. ¡Qué humano eres, Señor! Tienes también hambre de nuestro amor, y quiero corresponder mejor a partir de hoy. Aquel día, al no encontrar más que hojas en aquella higuera, le dijiste: -«Nunca jamás coma nadie de ti.»” Jesús, esta maldición es un enigma para mí, la explicarás más tarde, con la "purificación" del Templo, cuando entraste en él y echaste a los cambistas. Quizá quieres decirme que el culto del templo era falaz, y que en nombre de Dios oprimían al extranjero, al huérfano y a la viuda, pues citaste al profeta: “Robáis, matáis y venís luego a poneros delante de mí... ¿Es este Templo una cueva de bandidos?” Y citas también: "Ya no habrá más mercaderes en el templo del Señor, en ese día".
Y los instruías, diciendo: -“¿No está escrito: "Mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos?” Entiendo que lo de la higuera va unido a que demos fruto de oración auténtica, y no seamos como ellos una «cueva de bandidos» y de ajetreo de cosas y comercio. Señor, te pido que me ayudes a cuidar mi vida de oración, para tener más fe. Así les dijiste al día siguiente, al ver la higuera seca: -«Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice a este monte: "Quítate de ahí y tírate al mar", no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá”. Ahora entiendo que estás hablando de oración, pues sigues diciendo: “Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis”.
Veo también que la oración va unida al amor y su fruto más alto, el perdón: “Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas» (Mc 11,11-26).
Fe es esperar de Dios, no de nosotros mismos ni de nuestras obras. La fe lleva a los frutos de amor, cito a continuación algún párrafo de San Josemaría: “Jesús maldice este árbol, porque ha hallado solamente apariencia de fecundidad, follaje. Así aprendemos que no hay excusa para la ineficacia. Quizá dicen: no tengo conocimientos suficientes… ¡No hay excusa! O afirman: es que la enfermedad, es que mi talento no es grande, es que no son favorables las condiciones, es que el ambiente… ¡No valen tampoco esas excusas! ¡Ay del que se adorna con la hojarasca de un falso apostolado, del que ostenta la frondosidad de una aparente vida fecunda, sin intentos sinceros de lograr fruto! Parece que aprovecha el tiempo, que se mueve, que organiza, que inventa un modo nuevo de resolver todo… Pero es improductivo. Nadie se alimentará con sus obras sin jugo sobrenatural”.
Te pedimos, Señor, “que seamos almas dispuestas a trabajar con heroísmo feraz. Porque no faltan en la tierra muchos, en los que, cuando se acercan las criaturas, descubren sólo hojas: grandes, relucientes, lustrosas. Sólo follaje, exclusivamente eso, y nada más. Y las almas nos miran con la esperanza de saciar su hambre, que es hambre de Dios. No es posible olvidar que contamos con todos los medios: con la doctrina suficiente y con la gracia del Señor, a pesar de nuestras miserias”.
Te pedimos, Señor, aprovechar las ocasiones que nos concedes. “No existen fechas malas o inoportunas: todos los días son buenos, para servir a Dios. Sólo surgen las malas jornadas cuando el hombre las malogra con su ausencia de fe, con su pereza, con su desidia que le inclina a no trabajar con Dios, por Dios. ¡Alabaré al Señor, en cualquier ocasión! El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio, por amor de Dios!”
Recuerdo un amigo que quedó impactado por estas palabras, decía que hacía mucho tiempo que no veía un cura y no se confesaba, que se dejaba ir por la poltronería y la dejadez, lo más placentero… no estaba contento de sí mismo. Al leer esas palabras del comentario de la escena de la higuera que no daba frutos y que quedaba seca, fue a confesarse y se quedó en paz. “No nos servirá ninguna disculpa. El Señor se ha prodigado con nosotros: nos ha instruido pacientemente; nos ha explicado sus preceptos con parábolas, y nos ha insistido sin descanso. Como a Felipe, puede preguntarnos: hace años que estoy con vosotros, ¿y aún no me habéis conocido? Ha llegado el momento de trabajar de verdad, de ocupar todos los instantes de la jornada, de soportar -gustosamente y con alegría- el peso del día y del calor”.
2. Vemos una galería de personajes desde Henoc y Noé hasta Nehemías y el sumo sacerdote Simón. Es como un álbum de fotos familiar, en que se recuerdan con su correspondiente elogio muchos nombres que han dejado huella en la historia del pueblo: «los hombres de bien, porque sus bienes perduran en su descendencia, su heredad pasa de hijos a nietos». El recuerdo es la memoria, re-cordar es revivir-en-el-corazón. Algunos son anónimos: “de otros no ha quedado recuerdo, desaparecieron como si no hubieran existido, así como sus hijos”. En efecto, al lado de los hombres ilustres que marcaron la evolución de la historia se encuentran los humildes, los desconocidos. En mi propia familia pienso en mis abuelos, en mis bisabuelos más alejados... en todos aquellos cuya sangre tengo. Algo de sus pecados y de sus virtudes debió sin duda pasar a mí. Ruego por ellos. Si HOY tengo fe, la debo sin duda a tales o cuales de sus búsquedas, de sus generosidades. En la genealogía de Jesús había también santos y pecadores, creyentes y no-creyentes. Decía un buen obispo (Tihamer Toth, en El joven creyente) a un chico que alegaba que sus problemas de carácter le venían por la herencia recibida, por genética: “conforme, esas tendencias (de genio, de desorden, o castidad…) pueden no ser pecado, puedes llevarlas de serie, pero si luchas todo irá mejor, para ti y los demás, y transmitirás, a tus hijos una tradición mejorada con tu lucha, un mundo mejor”. Y lo mismo pasa con las virtudes, con las tendencias asentadas en esa herencia cultivada por gente santa… Esta idea me hace pensar en mi propia responsabilidad: mis luchas actuales se inscriben en un linaje, en una solidaridad. ¿Qué transmitiré, humildemente, a las futuras generaciones?
-“No sucede lo mismo con los hombres misericordiosos, cuyas acciones justas no han pasado al olvido”. Ben Sirac valora la «misericordia» como uno de esos valores seguros y de sólida duración. Hacer el bien = Beneficios. Cosas bien hechas. ¿Qué «beneficios» dejaré a los demás? No esperar a mañana. ¿Soy bueno, misericordioso? Es una exigencia esencial del evangelio, que Jesús creyó buena y conveniente para repetirla en cada oración: «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» Me detengo a examinar mi vida concreta y mis relaciones sobre este asunto.
-“Con su linaje esos tales permanecen, su descendencia es pues una rica herencia”. Nos extraña ver, a través de frases como éstas, cuán imperfecta era todavía la esperanza de esos hombres piadosos del Antiguo Testamento. No tenían todavía la revelación de Jesucristo que con su resurrección nos aportó. Por lo tanto, ¡sólo podían asirse a esa frágil esperanza de «sobrevivir» en su posteridad... y en el recuerdo de los que vendrán después! Es muy poco. No olvidemos que ésta es también HOY, la única esperanza de muchos hermanos nuestros que no creen en la resurrección. Concédenos, Señor, la Esperanza verdadera. Concédenos la gracia de vivir realmente nuestra Fe en el misterio Pascual. Haz de nosotros unos testimonios fieles de este misterio, entre nuestros hermanos sin esperanza.
-“Su linaje se mantuvo fiel a las alianzas, y sus hijos gracias a ellos”. La transmisión de la Fe. Hoy sabemos mejor que no es automática. Y muchos padres sufren por no haber podido, aparentemente, transmitir a sus hijos «aquello que más hondamente llevan en el corazón». Pero esto no dispensa de procurarlo y de ser, por lo menos, unos "testigos de la Fe" para sus hijos: el resto es el secreto de Dios. ¿Qué oración me sugiere este pensamiento? (Noel Quesson).
3. Sumergidos en «la comunión de los Santos», cantamos bien acompañados con todos los que nos han precedido: “¡Aleluya! ¡Cantad a Yahveh un cantar nuevo: su  alabanza en la asamblea de sus amigos!”, cantemos al Señor nuestro Rey, todos “alaben su nombre con la  danza, con tamboril y cítara salmodien para él! Porque Yahveh en su  pueblo se complace, adorna de salvación a los humildes. Exalten de  gloria sus amigos, desde su lecho griten de alegría: los elogios de Dios en  su garganta, y en su mano la espada de dos filos; para aplicarles la  sentencia escrita: ¡será un honor para todos sus amigos!”
Llucià Pou Sabaté

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