jueves, 28 de mayo de 2015

Almudi.org, Sábado de la semana 8 de tiempo ordinario; año impar

Jesús tiene una coherencia entre su vida y sus palabras, es la Verdad; y podemos participar de su vida con nuestra unión con Él, siguiendo el impulso interior que Dios ha puesto en nuestro corazón.
“En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el Templo, se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?». Jesús les dijo: «Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme».Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: ‘Del cielo’, dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Pero, ¿vamos a decir: ‘De los hombres’?». Tenían miedo a la gente; pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta. Responden, pues, a Jesús: «No sabemos». Jesús entonces les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto»” (Mc 11,27-33).


1.Después de la expulsión de los mercaderes en el templo (que leímos ayer) se le acercaron a Jesús los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos y le preguntaron: -“¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?” Cuando alguien no quiere más que discusión, y no puede haber diálogo, no vale la pena hablar con él. Ante Caifás, Pilatos o Herodes, Jesús calla. Ahora, al preguntarle sobre su autoridad, Jesús les responde con una pregunta: “y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan ¿era cosa de Dios o de los hombres?” Sabe que a ellos no les interesa conocer la verdad, están seguros de sí mismos, creen poseer la verdad. Jesús, tú eres la Verdad, y quiero dejarme "interrogar" por Ti. Sin el miedo que sienten esos judíos, de cambiar sus criterios, de comprometerse, sin el miedo que tenían a lo que dirán los demás: -«Si decimos que es de Dios, dirá: "¿Y por qué no le habéis creído?" Pero como digamos que es de los hombres...» (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta.) Y respondieron a Jesús: -«No sabemos.»” ¡Qué hipocresía! Jesús, quiero comprometerme contigo, saborear la Verdad que nos das a conocer.
Tú, Jesús, no respondes a estos intrigantes: sacerdotes-escribas-ancianos, los responsables del orden sagrado, los representantes de la ciudad y el templo. No respondes a las provocaciones, ni siquiera cuando te tentarán: "Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz"... ¡No bajará! ¿Por qué te ganas ahora, Jesús, la enemistad de los que viven del Templo y de sus ritos? Esto te llevará a la muerte, y Tú lo sabes. Pero es precisamente lo que te hace grande en lo humano: Te acompaña el testimonio de tu vida, la coherencia entre lo que dices y lo que haces. Quiero seguir tu ejemplo, Jesús, pues también hoy quizá irías contra tantas injusticias; somos muchos los que no creemos ni seguimos a las instituciones, sino a Ti, y a las personas que nos dan confianza, por su coherencia entre lo que dicen y lo que hacen, los testimonios (“mártires”, se dice en griego).
Jesús, también en nuestra época sentimos desconfianza con los que mandan en los gobiernos, en la economía, pues en lugar de la solidaridad se promueven los egoísmos. Te pido que sea capaz de llevar tu mensaje, aunque me enfrente a los poderes de mi tiempo; que sepa buscar, en unión con otros, nuevas alternativas, sobre todo una nueva sociedad que ponga sus bases en la defensa de la vida y de la justicia, en la que se te escuche, en la que quepas tú, Señor de la historia.
2. Termina nuestra lectura del Sirácida con un cántico de alabanza a la sabiduría. El autor muestra una legítima satisfacción porque desde joven la ha seguido y gozado de sus frutos. Da envidia pensar que este buen hombre, Jesús hijo de Sira, desde joven sólo consideró como riqueza apetecible poseer la sabiduría de Dios, ver las cosas y los acontecimientos desde los ojos de Dios: «Deseé la sabiduría con toda mi alma, la busqué desde mi juventud... mi corazón gozaba con ella... presté oído para recibirla... mi alma saboreó sus frutos».
-“Quiero darte gracias, Señor, te alabaré, bendeciré tu nombre. Siendo joven aún, antes de ir por el mundo, me di a buscar abiertamente la sabiduría en la oración. La pedí delante del Templo y hasta el último día la andaré buscando”.Es pues un hombre colmado, feliz, no le pesa haberse entregado ardientemente a la búsqueda de Dios.El clima de su alma es «la acción de gracias».Notemos que la «sabiduría» se busca «en la oración»... y desde la juventud. Y que esta búsqueda no acaba nunca...
-“En su flor, como racimo en ciernes se recreó mi corazón”. Compara la sabiduría a la fina y delicada flor de la viña, promesa del racimo de uva y del vino, promesa de alegría.Me detengo un instante ante esta hermosa imagen: «una flor que alegra el corazón». Dios es así. María cantaba: «¡Mi alma magnifica al Señor, exalta mi espíritu en Dios, mi salvador!». Dios como alegría. Dios como belleza. Dios como apertura y expansión. Dios como fecundidad.
-“Mi pie avanzó por el camino recto; desde mi juventud he seguido sus huellas. Incliné un poco mi oído y la recibí, y encontré una gran enseñanza”.La sabiduría es pues, a la vez:-una actitud concreta, una conducta vital y moral...«Avanzar por el camino recto... seguir sus huellas...»-una fineza intelectual, un estar a la escucha de la verdad... «inclinar el oído... adquirir enseñanza»...
Así pues, la Fe es siempre indisolublemente «adhesión de la mente y del corazón»... y un «estilo de vida» que atañe a todo el ser.
-“Gracias a ella he progresado; a quien me dio sabiduría daré gloria, porque decidí ponerla en práctica, tuve celo ardiente por el bien”...Idea de «progreso».La sabiduría no es algo adquirido de una vez para siempre.Es una realidad viva que se desarrolla o vegeta. «Caminando se hace camino».Practicando la sabiduría, ejerciéndola, se la hace crecer.Mi alma ha luchado por ella...No parece pues cosa fácil. Requiere mucho esfuerzo.
-“He prestado atención a practicar la "Ley"”.Para un judío la Ley era la estructura misma de la vida: la voluntad de Dios, expresada en los detalles concretos de cada día, es fuente de sabiduría.
-“He tendido mis manos hacia el cielo y he llorado por no haberla conocido”.Sí, las cosas no han ido siempre bien. Larga plegaria con "las manos tendidas hacia el cielo".
-“Logré con ella dominar mi corazón, por eso no quedaré abandonado”.Admirable fórmula: “he logrado dominar mi corazón”. ¡Si fuera esto verdad, Señor! (Noel Quesson).
3. El Salmo subraya: “La ley de Yahveh es perfecta, consolación del alma, el dictamen de Yahveh, veraz, sabiduría del sencillo”. Ojalá pudiéramos también nosotros afirmar, al final de una jornada, o de un año, o de la vida, que nos hemos dejado guiar por la verdadera sabiduría, la de Dios, sin hacer mucho caso a otras palabras y otras propagandas que nos bombardean continuamente. Escuchamos muchas veces la Palabra de Dios, la que nos dirige el Maestro que Dios nos ha enviado, Cristo Jesús: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle». Pero ¿podemos decir que se nos pega su sabiduría, su visión de las cosas?; ¿que se nos va comunicando poco a poco la mentalidad de Dios, la que aparece en las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento, sobre todo en el evangelio de Jesús?
“Los preceptos de Yahveh son rectos, gozo del corazón; claro el mandamiento de Yahveh, luz de los ojos. El temor de Yahveh es puro, por siempre estable; verdad, los juicios de Yahveh, justos todos ellos, apetecibles más que el oro, más que el oro más fino; sus palabras más dulces que la miel, más que el jugo de panales”. La Palabra de Dios no es una doctrina que hay que saber como recuerdo histórico: es palabra viva dicha para nosotros hoy y aquí. Una palabra y una sabiduría que tiene fuerza para iluminar y transformar todos los posibles vericuetos de nuestra vida. Seguimos a Cristo, Camino, Verdad y Vida. Tenemos, por tanto, más motivos que el Sirácida para alegrarnos de tener la sabiduría de Dios muy cerca. En nuestro estilo de conducta y en las decisiones que vamos tomando, se tendría que notar que Jesús, el Maestro, nos va enseñando sus caminos (J. Aldazábal).
Llucià Pou Sabaté

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