martes, 7 de abril de 2015

SANTA JULIA BILLIART. Nació en Cuvilly (Francia) el año 1751. A los 22 años, una enfermedad la dejó paralítica de ambas piernas, limitación que no la acobardó y de la que curó milagrosamente cumplidos ya los 50 años. Bajo la guía del párroco se entregó a la vida de piedad y a la catequesis de los niños. Perseguida en la Revolución Francesa por haber hospedado a sacerdotes católicos, tuvo que exiliarse. En Amiens se puso bajo la dirección del P. José Verin. Empezó a llevar vida en común con algunas compañeras y de ahí nació la Congregación de Hermanas de Nuestra Señora de Namur para la educación cristiana de la juventud femenina. El obispo de Namur, que la había apoyado, influenciado por voces calumniosas la obligó a marcharse. Se estableció en Namur (Bélgica), donde murió el 8 de abril de 1816. De ella dijo Pablo VI al canonizarla en 1969: «Se entregó al servicio del prójimo más pobre y necesitado; a un humilde, gratuito y afectuoso servicio: el de la formación de las niñas de las clases más humildes». Fue una gran propagadora de la devoción al Corazón de Jesús.
BEATO JULIÁN DE SAN AGUSTÍN. Nació en Medinaceli (Soria) hacia 1553 y desde niño dio muestras de gran religiosidad. En su edad juvenil decidió abrazar la vida franciscana en el convento descalzo de La Salceda; los excesos de su fervor y de sus penitencias hicieron que por dos veces fuera expulsado del noviciado. Por fin, los superiores entendieron que su santidad era auténtica y que obraba guiado por el Señor. Después de un tercer noviciado, hizo la profesión solemne en calidad de hermano lego. Fue compañero del P. Torres, misionero popular, que sentía reforzado su apostolado por el ejemplo y la oración de Fr. Julián. Ejerció el oficio de limosnero y otras tareas conventuales. Siempre fue un hombre de intensa oración, de extraordinarias penitencias, de mucha laboriosidad y de tierna compasión hacia los pobres, a los que ayudaba cuanto podía. Dios adornó su vida con éxtasis, curaciones, don de profecía y de ciencia infusa. Fue muy apreciado y venerado aún en vida. Murió en Alcalá (Madrid) el 8 de abril de 1606.


BEATO AUGUSTO CZARTORYSKI. Príncipe polaco, nació el año 1858 en París, donde su familia estaba exiliada. Recibió una educación cristiana esmerada, y tuvo de preceptor a san José Kalinowski. A los 25 años se encontró con Don Bosco en París, y desde entonces mantuvieron una estrecha relación. Augusto le manifestó su deseo de abrazar la vida religiosa y, como Don Bosco se mostraba reticente, León XIII le animó a aceptarlo. En 1887 renunció el príncipe a sus derechos e ingresó en la Congregación Salesiana. La familia aprovechó su enfermedad, tuberculosis, para pretender que volviera a casa. Augusto perseveró y se ordenó de sacerdote en 1892. Su vida sacerdotal duró apenas un año. El Cara. Cablero la resume así: «Su unión con Dios, la conformidad perfecta con el divino querer en la agravada enfermedad, el deseo de conformarse a Jesucristo en los sufrimientos y en las aflicciones, lo hacían heroico en la paciencia, calmo en el espíritu, e invencible, más que en el dolor, en el amor de Dios». Murió en Alas (Liguria, Italia) el 8 de abril de 1893. Fue beatificado el año 2004.
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San Acabo. Se trata del profeta citado en los Hechos de los Apóstoles: «Por aquellos días bajaron unos profetas de Jerusalén a Antioquía. Uno de ellos, llamado Acabo, movido por el Espíritu, se levantó y profetizó que vendría una gran hambre sobre toda la tierra, la que hubo en tiempo de Claudio» (Hch 11,27-28). Esto lo dijo para despertar la solidaridad. Reaparece en Cesarea: «Bajó de Judea un profeta llamado Acabo; se acercó a nosotros, tomó el cinturón de Pablo, se ató sus pies y sus manos y dijo: "Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al hombre de quien es este cinturón. Y le entregarán en manos de los gentiles"» (Hch 21,10-11).
San Amancio. Nació en Canterbury (Inglaterra) y estaba emparentado con emperadores. Fue el tercer obispo de Como (Italia), donde fundó la basílica de los Santos Apóstoles. Murió hacia el año 449.
San Dionisio de Alejandría. Fue obispo de Alejandría en Egipto. Era hombre de gran cultura, insigne porque tuvo que profesar su fe repetidas veces ante los enemigos de la Iglesia, y admirable por los múltiples padecimientos y torturas que sufrió en tiempo de los emperadores Valeriano y Galieno. Murió ya anciano el año 265.
San Dionisio de Corinto. Fue obispo de Corinto durante el reinado de Marco Aurelio y el pontificado de san Sotero. Dotado de un admirable conocimiento de la palabra de Dios, instruyó con la predicación a los fieles de su ciudad y con sus cartas a los obispos de otras ciudades y provincias. Murió el año 180.
Santos Herodión, Asíncrito y Flegonta. Se trata de personajes a los que san Pablo saluda en la Carta a los Romanos (Rm 16, 11 y 14).
Santos Timoteo, Diógenes, Macario y Máximo. Sufrieron el martirio en Antioquía de Siria en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.
Beato Clemente de Osimo. Nació en Osimo (Italia) a principios del siglo XIII. Ingresó en una comunidad eremítica que luego se integró en la Orden de los Ermitaños de San Agustín. Ocupó altos cargos de autoridad en su Orden, incluido el de General de la misma, que gobernó con eficacia y sabiduría. Promovió la observancia de la Regla y promulgó leyes renovadoras, fomentó la devoción a la Virgen, elevó el nivel cultural de los religiosos y fundó Estudios generales. Murió en Orvieto el año 1291.
Beato Domingo del Santísimo Sacramento Iturralde. Nació en Dima (Vizcaya, España) el año 1901. Recibió una educación esmerada y desde muy joven sintió la vocación religiosa. En 1918 profesó en la Orden de la Santísima Trinidad. Estudió en Roma y allí recibió la ordenación sacerdotal. Fue un religioso ejemplar, de una espiritualidad profunda, que trabajó con todas sus fuerzas en la salvación de las almas y en fomentar la glorificación de la Trinidad. Enfermó muy pronto y lo destinaron al convento de Belmonte (Cuenca, España), donde murió en 1927.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
San Pablo escribió a los Corintios: «El mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto? ¿Dónde está el sofista de este tiempo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo?» (1 Cor 1,18-20).
Pensamiento franciscano:
Testamento de Siena: «Puesto que, a causa de la debilidad y dolores de la enfermedad, no tengo fuerzas para hablar, brevemente declaro a mis hermanos mi voluntad en estas tres palabras: que, en señal del recuerdo de mi bendición y de mi testamento, siempre se amen mutuamente, siempre amen y guarden la santa pobreza, nuestra señora, y que siempre se muestren fieles y sumisos a los prelados y todos los clérigos de la santa madre Iglesia».
Orar con la Iglesia:
El Señor Jesús instituyó el sacramento de su entrega e inmolación en el momento en que uno de los suyos se preparaba para traicionarle. Elevemos al Padre nuestra oración, agradecidos por el don de su amor.
-Por la Iglesia, que sufre en su cuerpo la deserción, la injuria, la mediocridad y manipulación.
-Por los pobres, los que no cuentan, los marginados, los totalmente ausentes incluso en las decisiones que más les afectan.
-Por los que están siempre dispuestos a decir al abatido una palabra de aliento, y a socorrer por amor y con amor al necesitado.
-Por todos los que estamos invitados siempre a participar en el banquete del sacrificio pascual de Cristo Jesús.
Oración: Señor Dios y Padre nuestro, acoge benigno nuestras súplicas y concédenos permanecer siempre fieles discípulos de tu Hijo, con sus mismos sentimientos y actitudes. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
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¿NO ERA NECESARIO QUE CRISTO PADECIERA?
Juan Pablo II, Discurso al final del Vía Crucis
(Coliseo, Roma, 21 de abril de 2000)
1. «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24,26).
Estas palabras de Jesús a los dos discípulos que iban de camino a Emaús, resuenan en nuestro espíritu esta noche, al final del Vía Crucis en el Coliseo. También ellos, como nosotros, habían oído hablar de los acontecimientos concernientes a la pasión y la crucifixión de Jesús. De vuelta a su pueblo, Cristo se les acerca como un peregrino desconocido y ellos se apresuran a contarle «lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo» (Lc 24,19), y cómo los sumos sacerdotes y magistrados lo condenaron a muerte y lo crucificaron (cf. Lc 24,20). Con tristeza, terminan diciendo: «Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó» (Lc 24,21).
«Nosotros esperábamos...». Los discípulos están desanimados y abatidos. También para nosotros es difícil entender por qué la vía de la salvación debe pasar por el sufrimiento y la muerte.
2. «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24,26). Nos hacemos la misma pregunta al final del tradicional Vía Crucis junto al Coliseo.
Dentro de poco, dejaremos este lugar santificado por la sangre de los primeros mártires y nos dispersaremos en diversas direcciones. Volveremos a nuestras casas, reflexionando sobre los mismos acontecimientos de los que hablaban los discípulos de Emaús.
¡Que Jesús se acerque a cada uno de nosotros y se haga también compañero nuestro de viaje! Mientras nos acompaña, nos explicará que ha subido al Calvario por nosotros y ha muerto por nosotros, cumpliendo las Escrituras. De este modo, la dolorosa escena de la crucifixión, que acabamos de contemplar, se convertirá para cada uno en una elocuente enseñanza.
Queridos hermanos y hermanas, el hombre contemporáneo necesita encontrar a Jesús crucificado y resucitado.
¿Quién, si no es el divino Condenado, puede comprender plenamente la pena de quien sufre condenas injustas?
¿Quién, si no es el Rey ultrajado y humillado, puede satisfacer las expectativas de tantos hombres y mujeres sin esperanza y sin dignidad?
¿Quién, si no es el Hijo de Dios crucificado, puede entender el dolor de la soledad de tantas vidas truncadas y sin futuro?
El poeta francés Paul Claudel escribía que el Hijo de Dios «nos ha enseñado la vía de salida del dolor y la posibilidad de su transformación» (Positions et propositions). Abramos el corazón a Cristo: será Él mismo quien responda a nuestra más profundas expectativas. Él mismo nos desvelará los misterios de su pasión y muerte en la cruz.
3. «Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24,31). Con sus palabras, el corazón de los dos viandantes desconsolados adquirió serenidad y comenzó a henchirse de alegría. Reconocieron a su Maestro al partir el pan.
Que los hombres de hoy, como ellos, al partir el pan, reconozcan en la Eucaristía la presencia de su Salvador. Que lo encuentren en el sacramento de su Pascua y lo acojan como compañero de su camino. Él sabrá escucharlos y consolarlos. Sabrá ser su guía para conducirlos por los senderos de la vida hacia la casa del Padre.
Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi, quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum:«Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, pues por tu santa cruz redimiste el mendo».
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LA PLENITUD DEL AMOR
De los tratados de san Agustín
sobre el Evangelio de san Juan (84, 1-2)
El Señor, hermanos muy amados, quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Consecuencia de ello es lo que nos dice el mismo evangelista San Juan en su carta: Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos, amándonos mutuamente como Él nos amó, que dio su vida por nosotros.
Es la misma idea que encontramos en el libro de los Proverbios: Sentado a la mesa de un señor, mira bien qué te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros. Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar bien lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Como dice el apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos su ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante.
Por esto, al reunirnos junto a la mesa del Señor, no recordamos a los mártires del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros, a fin de que sigamos su ejemplo, ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande. Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor.
Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualarnos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por Él hasta el testimonio de nuestra sangre. Él era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; Él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestidos por Él de la incorruptibilidad; Él no necesitó de nosotros para salvarnos, nosotros sin Él nada podemos hacer; Él, a nosotros, sus sarmientos, se nos dio como vid, nosotros, separados de Él, no podemos tener vida.
Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo Él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratularnos. Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros.
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¡FRANCISCO, ENSÉÑANOS A ORAR!
María junto a Cristo, en la fe y devoción de Francisco (II)

por Francesco Saverio Toppi, OFMCap
El amor de san Francisco a la Virgen se hace uno con el compromiso de vida evangélica, pasa a través de Cristo y llega, finalmente, a la santísima Trinidad, donde María tiene su propia morada, el origen y la meta de su ser, tipo y ejemplar para todo cristiano.
Lo dicho se pone muy bien de relieve en las dos sublimes y densas oraciones marianas que se conservan de nuestro Santo: en el Saludo a bienaventurada Virgen María y en la Antífona delOficio de la Pasión del Señor.
En la primera, ella es «la elegida por el Padre santísimo del cielo, a la cual consagró con su santísimo y amado Hijo y con el Espíritu Santo Paráclito, en ella estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien».
En la Antífona del Oficio de la Pasión, María es contemplada como «Hija y esclava del altísimo y sumo Rey el Padre del cielo, Madre del santísimo Señor nuestro Jesucristo, Esposa del Espíritu Santo...».
Digna de destacarse es la rúbrica añadida a esta oración: «Adviértase que la susodicha antífona se dice a todas las horas; y sirve de antífona, capítulo, himno, versículo y oración; y lo mismo a maitines y demás horas. Ninguna otra cosa decía en ellas más que esta antífona con sus salmos».
Es fácil deducir de ello que Francisco demoraba en esta oración y que la consideraba comprensiva de todos los elementos de la Liturgia de las Horas. María lo conducía fácilmente a la comunión de vida con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, hasta el punto de que le bastaba como tema del salmo (antífona), como pasaje de la Escritura (capítulo y maitines), como canto de alabanza (himno), como reflexión personal sobre un pensamiento escogido de la Escritura (versículo), como síntesis de la oración en la celebración de la Liturgia de las Horas (oración).
María, en sus relaciones de Hija con el Padre, de Madre con el Hijo, de Esposa con el Espíritu Santo, es el prototipo de la Iglesia, «Pueblo reunido en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (LG 4 y 63); y lo es, a la vez, de la vida contemplativa y de la mística esencial que, a su vez, expresa «la plenitud de la presencia de la Iglesia» (Ad Gentes 18).
En esta contemplación de María en el seno de la Santísima Trinidad, Francisco condensaba su oración eclesial y su experiencia inefable de amor a las Tres Divinas Personas. Creemos no estar lejos de la verdad al individuar aquí uno de los elementos determinantes de su introducción en la vida contemplativa.
Un experto y agudo teólogo, Divo Barsotti, ha escrito recientemente: «Es admirable que, tanto en Oriente como en Occidente, la oración que prepara el alma para la vida contemplativa sea siempre una oración dirigida a la Virgen. Es como si la Virgen nos tomase de la mano, nos acompañase, nos introdujese en el misterio de Dios».
San Francisco es una prueba tangible de esta acción de María en la oración. María lo tomó y lo llevó de la mano, en su iglesita de la Porciúncula, desde el comienzo de su conversión hasta la muerte, hasta la posesión beatífica del Dios Uno y Trino.
En la antífona mariana queda todavía otra particularidad que destacar: María es llamada aquí, quizá por primera vez en la historia, Esposa del Espíritu Santo. Debe tener un significado profundo y original este apelativo, dado que Francisco alude a él en otro lugar, rompiendo con una cierta tradición. En efecto, mientras habitualmente a las vírgenes consagradas se las llama «esposas de Cristo», Francisco, al escribir a Clara y a sus Hermanas la «Forma de vida», les dice que «se han desposado con el Espíritu Santo».
El motivo hay que buscarlo, sin más, en la experiencia personal intensa de los dones del Espíritu Santo y en la primacía del amor, operante en su vida interior y en su familia espiritual. María, morada y esposa del Espíritu Santo, se le presenta a Francisco como figura ideal y maestra.
De aquí, el origen de su familia religiosa como «Fraternidad», cuyo Ministro General es el Espíritu Santo: «Ante Dios -decía Francisco- no hay acepción de personas, y el Espíritu Santo, Ministro General de la Religión, desciende por igual sobre el pobre y sencillo, como sobre el rico y sabio» (2 Cel 193); de aquí, su insistencia en que sus hermanos estuviesen unidos, se amasen mutuamente como hijos de una misma madre, permaneciesen juntos en el vivir según el Evangelio y en el orar. Véase lo que narra Celano (2 Cel 191-193), y la oración de Jesús por la unidad de sus discípulos, que san Francisco transcribe en el cap. 22 de la primera Regla (1 R 22).
[Cf. Selecciones de Franciscanismo, n. 19 (1978) 46-48]



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