miércoles, 8 de abril de 2015

SANTA CASILDA DE TOLEDO. En la vida de esta santa se mezclan a veces elementos legendarios e históricos. Nació en Toledo de un alto dignatario musulmán. En Toledo había prisioneros cristianos, y Casilda los trataba con misericordia y les llevaba víveres. Un día en que les llevaba comida en su delantal, la sorprendió su padre y, al querer averiguar lo que llevaba, encontró no alimentos sino rosas. Los presos cristianos le hablaban de su fe, pero ella no podía abrazarla. Hasta que cayó gravemente enferma y los médicos no conseguían curarla. Los mismos presos le hablaron de las aguas de San Vicente, cerca de Briviesca en Burgos, que tenían poder curativo. La joven musulmana, con permiso de su padre, acudió a bañarse en aquellas aguas y, efectivamente, alcanzó la salud. Decidió entonces quedarse en tierras cristianas, se preparó al bautismo y lo recibió, optó por la virginidad y abrazó la vida eremítica. Construyó allí cerca una ermita y un aposento adjunto en el que vivió muchos años entregada a la vida de piedad y oración, hasta que murió el 9 de abril de 1075.
BEATO TOMÁS DE TOLENTINO. Nació en Tolentino (Marcas, Italia) hacia 1260. Siendo joven ingresó en la Orden franciscana, en la corriente de los "espirituales" capitaneados por Ángel Clareno, con los que compartió el empeño por volver a la estricta observancia de la Regla y pobreza de San Francisco; a pesar de la buena voluntad, su rigidez y los excesos de su fervor los enfrentaron con la Orden y la Iglesia. Estuvo recluido y, liberado, marchó como misionero a Armenia, de donde regresó como enviado del rey de aquella tierra. Luego, llevado de su celo apostólico, emprendió otros viajes hacia el Extremo Oriente. Camino de China, donde estaba Juan de Montecorvino, llegó a la isla de Salsette, cerca de Bombay en la India, de mayoría musulmana, donde fue bien recibido en la ciudad de Thana por cristianos nestorianos. Allí estuvo proclamando la fe cristiana hasta que el cadí hizo degollar a Tomás y a tres compañeros suyos el 9 de abril de 1321. El beato Odorico de Pordenone llevó sus restos a China.


BEATA LINDALVA JUSTO DE OLIVEIRA. Nació en una zona muy pobre del Estado de Río Grande del Norte (Brasil) el año 1953. Recibió en casa una formación profundamente religiosa. Desde pequeña tuvo que colaborar en el mantenimiento de la familia, a la vez que hacía los primeros estudios. En 1989 vistió el hábito de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, con las que había colaborado como voluntaria. Dos años después la destinaron a la casa de San Salvador (Bahía) a atender un pabellón de ancianos. La cordialidad y alegría con que trataba a todas las personas le granjearon la estima de todos. Realizaba los trabajos más humildes al servicio de los ancianos, les ayudaba material y espiritualmente, fomentando en ellos la recepción continua de los sacramentos; cantaba y oraba con ellos; los sacaba a pasear. Contagiaba a los demás de su optimismo. En enero de 1993 admitieron por excepción a un hombre de 46 años, de carácter difícil, que se enamoró de ella. Ante su rechazo, la acuchilló el 9 de abril de 1993, Viernes Santo. Fue beatificada el año 2007.
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San Acacio. Obispo de Amida, en Mesopotamia (actual Turquía), en el siglo V. Fue embajador del emperador Teodosio II ante el rey persa. Intervino en el sínodo de Seleucia del año 420. Declarada la guerra entre los persas y el Imperio romano, reunió al clero y consiguió el acuerdo de vender a los romanos los objetos del culto sagrado de la Iglesia para rescatar a los persas hechos prisioneros y sometidos a crueles torturas. Se dice que los prisioneros se hicieron cristianos y que el rey persa, al conocer ese gesto, dejó de perseguir el cristianismo.
San Demetrio de Tesalónica. Sufrió el martirio en Sirmio de Panonia (en la actual Croacia) en una fecha incierta del siglo III-IV. Es muy venerado en todo Oriente y especialmente en Tesalónica.
San Edesio. Era hermano del también mártir san Apiano. Edesio, siendo emperador Maximino, criticó abiertamente a un juez que había entregado algunas vírgenes consagradas a Dios a los traficantes de esclavos. Por eso lo arrestaron los soldados, lo torturaron y lo ahogaron en el mar. Esto sucedía el año 306, en Alejandría de Egipto.
San Eupsiquio. Sufrió el martirio hacia el año 362 en Cesarea de Capadocia (Turquía), siendo emperador Juliano el Apóstata, por haber ultrajado el templo de la diosa Fortuna.
San Gauquerio. Canónigo regular de Aureil, en la región de Limoges (Francia). Fue para el clero un modelo de vida comunitaria y de celo por las almas. Murió el año 1140.
San Hugo de Ruán. Era hijo de Pipino de Heristal y sobrino de Carlos Martel, que lo hizo arzobispo de Ruán y al mismo tiempo obispo de París y de Bayeux, así como abad de Fontenelle y de Jumièges. Llevó sus cargos con responsabilidad y celo. Hacia el final de su vida renunció a todos sus oficios, excepto el de la abadía de Jumièges, en la que vivió santamente y murió el año 730.
San Liborio. Fue obispo de Le Mans (Francia) en el siglo IV.
San Máximo. Obispo de Alejandría (Egipto). Siendo todavía presbítero, compartió el exilio y el confesar la fe con el obispo san Dionisio, al que después sucedió en la sede episcopal. Murió el año 282.
Santa Valdetrudis. Casada y madre de familia, religiosa, perteneció a una familia saturada de santos. Sus padres, Valdeberto y Bertila, son considerados santos; fue santa su hermana Aldegunda; santo, su marido Vicente Madelgario, y santos sus cuatro hijos: Landerico, obispo de París; Dentelino, que murió joven; Aldetrudis y Madelberta, que fueron abadesas del monasterio de Maubeuge. Cuando se hicieron ellos mayores y estuvieron los hijos colocados, los esposos acordaron separarse para vivir entregados a Dios. Ella empezó llevando vida solitaria, pero luego fundó el monasterio de Chateaulieu, en lo que hoy es Mons (Bélgica), y allí vivió hasta su muerte acaecida el año 688.
Beato Antonio Pavoni. Nacido en el Piamonte italiano hacia 1325, ingresó en la Orden de Predicadores, donde recibió una sólida formación teológica y se ordenó de sacerdote. Nombrado Inquisidor general de Piamonte y Liguria, se entregó de lleno a cumplir la tarea que se le había encomendado, lo que le atrajo enemistades. El 9 de abril de 1374, cuando estaba predicando en Bricherasio, cerca de Pinerolo (Piamonte), fue asesinado bárbaramente por los valdenses.
Beata Celestina Faron. Religiosa polaca que nació en 1913 y a los 17 años ingresó en la Congregación de las Pequeñas Siervas de la Inmaculada Concepción. Llegada la II Guerra Mundial se volcó en obras de caridad para con la gente más necesitada. La Gestapo la arrestó en febrero de 1942 cuando era superiora de un asilo de niños. Pasó por varias cárceles hasta que la llevaron al campo de exterminio de Auschwitz, cerca de Cracovia. Su salud se quebró pronto y arrastró su enfermedad hasta morir totalmente agotada en 1944.
Beata Margarita Rutan. Nació en Metz (Francia) el año 1736. Con 21 años ingresó en las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Cumplido el periodo de formación, la enviaron a diversas casas en las que cumplió los oficios que le confiaron. En 1789 llegó al hospital de Dax (Aquitania) con el cargo de superiora en los años más duros y violentos de la Revolución Francesa. Las Hijas de la Caridad tuvieron que retirarse de su trabajo. En diciembre de 1793 fue encarcelada; la mantuvieron en total aislamiento. A pesar de haber trabajado con todo empeño en servir a los demás, fue condenada a muerte por su fe católica y su fidelidad a la Iglesia, y ejecutada en la guillotina el 9-IV-1794. Beatificada en 2011.
Beato Ubaldo Adimari. Nació en Florencia hacia 1245 de familia noble. De joven llevó una vida disipada, envuelto en los enfrentamientos entre los fieles al papa y los fieles al emperador, del que él era partidario. Lo convirtió a los 30 años un sermón de san Felipe Benicio. Dejó las armas, ingresó en la Orden de los Servitas y se ordenó de sacerdote. Acompañó a san Felipe en sus viajes de apostolado o de gobierno de sus frailes, y lo asistió en su muerte. Luego se retiró al convento de Monte Senario (Toscana), en el que murió el año 1315.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
«Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: "¡Abba, Padre!". Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios» (Gál 4,4-7).
Pensamiento franciscano:
Comienza así el Testamento de san Francisco: -El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo (Test 1-3).
Orar con la Iglesia:
Oremos a Dios Padre que, en Jesucristo, su Hijo, nos ha amado hasta el extremo.
-Por la Iglesia, cuerpo de Cristo: para que guarde la unidad en la caridad que quiso para ella Jesucristo, y así el mundo crea.
-Por todos los que ejercen algún ministerio en la iglesia: para que su vida sea siempre, a imagen de Cristo, servicio y entrega a sus hermanos.
-Por los que tienen autoridad y responsabilidad en la vida pública: para que sirvan a sus pueblos promoviendo la justicia y la paz.
-Por los que participamos en la Cena del Señor: para que vivamos la urgencia del mandamiento nuevo de amar a todos como Él nos ha amado.
Oración: Señor, Padre nuestro, que has amado tanto al mundo que entregaste a tu Hijo a la muerte por nosotros, escucha nuestras súplicas y haz que su sacrificio fructifique en nuestros corazones. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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«MUJER, HE AHÍ A TU HIJO»
Catequesis de S. S. Juan Pablo II
en la audiencia general del miércoles 23 de abril de 1997
1. Después de recordar la presencia de María y de las demás mujeres al pie de la cruz del Señor, san Juan refiere: «Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: "Mujer, he ahí a tu hijo". Luego dice al discípulo: "He ahí a tu madre"» (Jn 19,26-27).
Estas palabras, particularmente conmovedoras, constituyen una «escena de revelación»: revelan los profundos sentimientos de Cristo en su agonía y entrañan una gran riqueza de significados para la fe y la espiritualidad cristiana. En efecto, el Mesías crucificado, al final de su vida terrena, dirigiéndose a su madre y al discípulo a quien amaba, establece relaciones nuevas de amor entre María y los cristianos.
Esas palabras, interpretadas a veces únicamente como manifestación de la piedad filial de Jesús hacia su madre, encomendada para el futuro al discípulo predilecto, van mucho más allá de la necesidad contingente de resolver un problema familiar. En efecto, la consideración atenta del texto, confirmada por la interpretación de muchos Padres y por el común sentir eclesial, con esa doble entrega de Jesús, nos sitúa ante uno de los hechos más importantes para comprender el papel de la Virgen en la economía de la salvación.
Las palabras de Jesús agonizante, en realidad, revelan que su principal intención no es confiar su madre a Juan, sino entregar el discípulo a María, asignándole una nueva misión materna. Además, el apelativo «mujer», que Jesús usa también en las bodas de Caná para llevar a María a una nueva dimensión de su misión de Madre, muestra que las palabras del Salvador no son fruto de un simple sentimiento de afecto filial, sino que quieren situarse en un plano más elevado.
2. La muerte de Jesús, a pesar de causar el máximo sufrimiento en María, no cambia de por sí sus condiciones habituales de vida. En efecto, al salir de Nazaret para comenzar su vida pública, Jesús ya había dejado sola a su madre. Además, la presencia al pie de la cruz de su pariente María de Cleofás permite suponer que la Virgen mantenía buenas relaciones con su familia y sus parientes, entre los cuales podía haber encontrado acogida después de la muerte de su Hijo.
Las palabras de Jesús, por el contrario, asumen su significado más auténtico en el marco de la misión salvífica. Pronunciadas en el momento del sacrificio redentor, esa circunstancia les confiere su valor más alto. En efecto, el evangelista, después de las expresiones de Jesús a su madre, añade un inciso significativo: «Sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido» (Jn 19,28), como si quisiera subrayar que había culminado su sacrificio al encomendar su madre a Juan y, en él, a todos los hombres, de los que ella se convierte en Madre en la obra de la salvación.
3. La realidad que producen las palabras de Jesús, es decir, la maternidad de María con respecto al discípulo, constituye un nuevo signo del gran amor que impulsó a Jesús a dar su vida por todos los hombres. En el Calvario ese amor se manifiesta al entregar una madre, la suya, que así se convierte también en madre nuestra.
Es preciso recordar que, según la tradición, de hecho, la Virgen reconoció a Juan como hijo suyo; pero ese privilegio fue interpretado por el pueblo cristiano, ya desde el inicio, como signo de una generación espiritual referida a la humanidad entera.
La maternidad universal de María, la «Mujer» de las bodas de Caná y del Calvario, recuerda a Eva, «madre de todos los vivientes» (Gn 3,20). Sin embargo, mientras ésta había contribuido al ingreso del pecado en el mundo, la nueva Eva, María, coopera en el acontecimiento salvífico de la Redención. Así, en la Virgen, la figura de la «mujer» queda rehabilitada y la maternidad asume la tarea de difundir entre los hombres la vida nueva en Cristo.
Con miras a esa misión, a la Madre se le pide el sacrificio, para ella muy doloroso, de aceptar la muerte de su Unigénito. Las palabras de Jesús: «Mujer, he ahí a tu hijo», permiten a María intuir la nueva relación materna que prolongaría y ampliaría la anterior. Su «sí» a ese proyecto constituye, por consiguiente, una aceptación del sacrificio de Cristo, que ella generosamente acoge, adhiriéndose a la voluntad divina. Aunque en el designio de Dios la maternidad de María estaba destinada desde el inicio a extenderse a toda la humanidad, sólo en el Calvario, en virtud del sacrificio de Cristo, se manifiesta en su dimensión universal.
Las palabras de Jesús: «He ahí a tu hijo», realizan lo que expresan, constituyendo a María madre de Juan y de todos los discípulos destinados a recibir el don de la gracia divina.
4. Jesús en la cruz no proclamó formalmente la maternidad universal de María, pero instauró una relación materna concreta entre ella y el discípulo predilecto. En esta opción del Señor se puede descubrir la preocupación de que esa maternidad no sea interpretada en sentido vago, sino que indique la intensa y personal relación de María con cada uno de los cristianos.
Ojalá que cada uno de nosotros, precisamente por esta maternidad universal concreta de María, reconozca plenamente en ella a su madre, encomendándose con confianza a su amor materno.
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EL CORDERO INMACULADO
NOS SACÓ DE LA MUERTE A LA VIDA

De la Homilía sobre la Pascua (Núms. 65-71)
de Melitón de Sardes
Muchas predicciones nos dejaron los profetas en torno al misterio de la Pascua, que es Cristo; a Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Él vino desde los cielos a la tierra a causa de los sufrimientos humanos; se revistió de la naturaleza humana en el vientre virginal y apareció como hombre; hizo suyas las pasiones y sufrimientos humanos con su cuerpo sujeto al dolor, y destruyó las pasiones de la carne, de modo que quien por su espíritu no podía morir acabó con la muerte homicida.
Se vio arrastrado como un cordero y degollado como una oveja, y así nos redimió de idolatrar al mundo, como en otro tiempo libró a los israelitas de Egipto, y nos salvó de la mano del Faraón; y marcó nuestras almas con su propio Espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.
Éste es el que cubrió a la muerte de confusión y dejó sumido al demonio en el llanto, como Moisés al Faraón. Éste es el que derrotó a la iniquidad y a la injusticia, como Moisés castigó a Egipto con la esterilidad.
Éste es que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al recinto eterno, e hizo de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo elegido y eterno. Él es la Pascua de nuestra salvación.
Éste es el que tuvo que sufrir mucho y en muchas ocasiones: el mismo que fue asesinado en Abel y atado de pies y manos en Isaac, el mismo que peregrinó en Jacob y fue vendido en José, expuesto en Moisés y sacrificado en el cordero, perseguido en David y deshonrado en los profetas.
Éste es el que se encarnó en la Virgen, fue colgado del madero y fue sepultado en tierra, y el que, resucitado de entre los muertos, subió al cielo.
Éste es el cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquel que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en la tierra; el mismo que resucitó de entre los muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro.
Oración. Nuestra salvación, Señor, es quererte y amarte; danos la abundancia de tus dones y, así como por la muerte de tu Hijo esperamos alcanzar lo que nuestra fe nos promete, por su gloriosa resurrección concédenos obtener lo que nuestro corazón desea. Por nuestro Señor.
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«SEÑOR, ¿QUÉ QUIERES QUE HAGA?» (I)
Vocación de san Francisco de Asís
Luego de emprender el viaje y de haber llegado a Espoleto para continuar hasta la Pulla, Francisco se sintió enfermo. Empeñado, con todo, en llegar a su destino, se echó a descansar, y, semidormido, oyó a alguien que le preguntaba a dónde se proponía caminar. Y como Francisco le detallara todo lo que intentaba, aquél añadió: «¿Quién te puede ayudar más, el señor o el siervo?» Y como respondiera que el señor, de nuevo le dijo: «¿Por qué, pues, dejas al señor por el siervo, y al príncipe por el criado?» Y Francisco contestó: «Señor, ¿qué quieres que haga?»(TC 6).
No es cosa fácil ni sencilla saber qué quiere Dios de nosotros o qué quiere que hagamos, y ni siquiera lo fue para Francisco de Asís. No consta que él tuviese hilo directo con el Espíritu Santo a través del cual le fuese revelado lo que tenía que hacer. Tampoco Francisco supo de buenas a primeras cuál era su vocación y, mucho menos, la misión a que Dios lo destinaba. Todo esto lo fue descubriendo gradualmente, con fases alternas frecuentemente dolorosas y nunca definitivas. Por lo demás, forma parte de la naturaleza del hombre no saber al punto lo que Dios quiere de él, porque con frecuencia el hombre lo busca todo menos a Dios, y los pensamientos humanos son muy otros que los de Dios.
El descubrimiento de la propia vocación por parte de Francisco fue fruto de un proceso de larga y difícil maduración. Francisco vivió siempre en el filo de la incertidumbre, lo que demuestra cuán libre es el hombre en su respuesta al Dios que lo interpela. Y Dios acepta de buen grado que el hombre repiense sus decisiones y las revise.
¿Qué camino no hizo Francisco hasta llegar a pasar de la aplicación material de las palabras que le dirigió el crucifijo de San Damián: «Vete y repara mi iglesia», al descubrimiento de una verdadera misión profética?
San Buenaventura, reflexionando sobre este «parto difícil», sobre este movimiento dinámico que se desarrolla como un «éxodo de la carne al espíritu», como un paso de las cosas exteriores a su significado interior y profundo, afirma: «Ignoraba todavía Francisco los designios de Dios sobre su persona..., no estaba familiarizado su espíritu en descubrir el secreto de los misterios divinos e ignoraba el modo de remontarse de las apariencias visibles a la contemplación de las realidades invisibles» (LM 1,2-3).
Henos, pues, aquí ante un Francisco cuyas dudas e incertidumbres sobre el verdadero sentido que dar a lo que intuía son semejantes a las nuestras. Esto debería hacer reflexionar a todos aquellos que creen tener el «monopolio del Espíritu Santo» y, por consiguiente, de la «Inspiración», y que se creen dispensados de contar también con las mediaciones humanas.
La «inspiración» jamás pone al hombre al amparo de posibles errores de interpretación. Y en Francisco nosotros tenemos no una inspiración sino una interpretación privilegiada de la Inspiración evangélica que anima continuamente al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia y también al corazón de la humanidad. No existen, pues, modelos «prefabricados», sino que es necesario remontarse a las fuentes de la Inspiración.
Cada uno de nosotros es un ser muy definido, inserto en una realidad histórica con sus límites y sus riquezas: tiene su propia sensibilidad, su propia inteligencia, sus cualidades naturales, sus lagunas, su propio «hábitat» social, su propio universo cultural, y precisamente en esta realidad tan concreta es donde resuena la llamada de Dios.
[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 34 (1983) 3-8]



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