jueves, 16 de abril de 2015

SAN ROBERTO DE MOLESMES. Él, san Alberico de Cîteaux y san Esteban Harding son los abades de Cîteaux que dieron origen a la Orden del Císter y con ella a la renovación y espiritualidad cisterciense. Roberto nació en Troyes (Champaña, Francia) hacia el año 1024 de familia noble. Ingresó muy joven en el monasterio benedictino de Moutier-la-Celles, del que sería prior. Buscando una vida monástica más sencilla y austera fundó y dirigió monasterios, fue guía de ermitaños y reformador insigne de la disciplina monástica. El año 1075 fundó el monasterio de Molesmes con la idea de restaurar la verdadera vida cenobítica benedictina. Pero el monasterio se desarrolló y enriqueció muy pronto. Roberto intentó de nuevo dar cauce a sus ideales y en 1098 fundó la abadía de Cîteaux (Císter), cerca de Dijon (Borgoña, Francia). Muy pronto adquirió un gran prestigio por su observancia y espiritualidad. Más tarde, reclamado por sus anteriores monjes y por obediencia al papa, regresó a Molesmes, donde falleció el 17 de abril del año 1111 (según otros, el 21 de marzo).
BEATO ENRIQUE HEATH (en religión, Pablo de Sta. Magdalena). Nació en Petersborough (Inglaterra) el año 1599 de familia protestante. En Cambridge, leyendo y estudiando, se convirtió al catolicismo. Para prepararse al sacerdocio marchó al colegio inglés de Douai (Francia), pero pronto vistió el hábito franciscano en el convento que los frailes ingleses tenían allí. Ordenado de sacerdote en 1624, ejerció diversos oficios en Francia y en Flandes, siendo un religioso austero, devoto y estudioso. En 1641 pidió ser enviado a su patria para continuar el trabajo de los numerosos mártires que dejaban vacantes sus puestos de apostolado. Llegó dos años después disfrazado de marinero, y pronto fue detenido y encarcelado. En el juicio afirmó su condición de sacerdote y su voluntad de permanecer fiel a la Iglesia católica, por lo que fue condenado y ejecutado en la plaza Tyburn de Londres el 17 de abril 1643. Juan Pablo II lo beatificó en 1987, en un grupo de 85 mártires ingleses, cinco de ellos franciscanos.


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San Acacio. Obispo de Melitene, en la antigua Armenia, que, por haber defendido en el Concilio de Efeso la recta fe católica contra Nestorio, fue posteriormente depuesto de su sede. Murió hacia el año 435.
Santa Catalina Tekakwitha. Nació en Osserneon (Auriesville, en el actual Estado de Nueva York) en 1656 de padres indios: el padre era mohawk, pagano, y la madre algonquina, cristiana, que fue quien le trasmitió la experiencia del Dios vivo. Quedó huérfana y sobrevivió a la epidemia de viruela que, no obstante, la dejó físicamente marcada, con el rostro desfigurado y dolor en los ojos. La acogió un tío suyo, pagano y contrario a los cristianos. Fue bautizada por los misioneros franceses el día de Pascua de 1676, y huyó a la misión canadiense de Sault para liberarse de la persecución de su tío. Consagró a Dios su virginidad, que había conservado de siempre, y se dedicó a la vida de piedad y a las obras de caridad. Murió en Sault, cerca de Montreal, el 17-IV-1680.
San Donán y compañeros mártires. Donán fue uno de los compañeros de san Columba cuando se estableció en Iona para evangelizar Escocia. Más tarde fundó con 52 compañeros el monasterio de la isla de Eigg, de las islas Hébridas, en la costa oeste de Escocia. Cuando estaban celebrando la solemnidad de Pascua el año 617, los asaltaron unos piratas que los degollaron o quemaron a todos.
Santos Elías, Pablo e Isidoro. Elías era un sacerdote anciano, Pablo e Isidoro eran dos monjes jóvenes, y los tres confesaron abiertamente su fe cristiana ante el juez musulmán, por lo que fueron ahorcados. Sucedió en Córdoba (España) el año 856. Narra su martirio san Eulogio de Córdoba.
San Inocencio de Tortona. Se le considera como el primer o el segundo obispo de Tortona (Piamonte, Italia). Murió a finales del siglo IV o principios del V.
San Pantágato. Obispo de Vienne, en Borgoña (Francia), que murió el año 540.
San Pedro y san Hermógenes. Pedro era diácono y Hermógenes su ayudante, y los dos fueron martirizados en Melitene, antigua Armenia, en el siglo IV.
San Roberto de Chaise-Dieu. Nació en la región francesa de Auvernia a principios del siglo XI, de una familia señorial. Se educó con los canónigos de San Julián de Brioude. Luego se hizo canónigo y recibió la ordenación sacerdotal. Fundó una institución para atender a los pobres. Se sintió llamado a la vida monástica e ingresó en el monasterio de Cluny. Hizo una peregrinación a Roma y, al regreso, se quedó como ermitaño en las montañas de su tierra. Se le unieron numerosos compañeros con los que fundó la abadía benedictina de La Chaise-Dieu, cerca de Clermont-Ferrand, de la que fue primer abad y de la que nacieron otros monasterios. En ella murió el año 1067.
San Simeón Bar Sabas y compañeros mártires. Simeón fue elegido obispo de Seleucia y Ctesifonte, en Persia, el año 324. Cuando el rey Sapor II, el año 340, reanudó la persecución contra la Iglesia, intentó ahogar económicamente a los cristianos, exigiéndoles tasas desorbitadas. Simeón alegó la pobreza de sus fieles. Arrestado y llevado ante el rey, se negó a adorar al sol. Entonces él y más de un centenar de compañeros entre obispos, presbíteros, otros clérigos y seglares, fueron encarcelados y sometidos a torturas. El Viernes Santo del año 341, fueron todos degollados en presencia del obispo, que lo fue en último lugar.
San Ustazades y compañeros mártires. Después de la muerte de san Simeón a que nos hemos referido en el punto anterior, en toda Persia e igualmente bajo el rey Sapor II, el año 341 fueron degollados por causa del nombre de Cristo multitud de cristianos. Entre ellos, san Ustazades, eunuco de la corte real y preceptor del mismo rey Sapor; sufrió el martirio en el palacio de Artajerjes, hermano del rey Sapor, en la provincia de Abiadena, territorio del actual Irak.
Beata Clara Gambacorta. Nació de familia noble en 1362. A los doce años la casaron con un joven de familia importante, los Massa, que fue asesinado tres años después. Fue consejera suya santa Catalina de Siena. Ingresó en el monasterio de las clarisas, pero su familia la sacó a la fuerza. Más tarde, superada la oposición de sus familiares, pudo profesar en el monasterio de las dominicas. Años después fundó el monasterio reformado de Pisa, del que la eligieron abadesa; promovió la formación cultural y espiritual de sus religiosas. Convirtió su comunidad en un centro de difusión del movimiento reformador. Con los bienes de su familia fundó un centro de acogida para los pobres. Perdonó a los familiares del asesino de su marido. Murió el año 1419.
Beata Mariana de Jesús Navarro. Nació en Madrid el año 1565. De joven decidió consagrarse totalmente a Dios. Quiso abrazar la vida religiosa, pero su padre, que quería casarla, se opuso aun con dureza y malos tratos. Cuando ya su padre la dejó libre, una enfermedad le impidió entrar en el convento. Se retiró a una pequeña habitación cercana a la iglesia de los Mercedarios Descalzos, donde llevó durante años vida de penitencia y oración. Muchas personas acudían a ella en busca de consejo o consuelo, y ayudaba a los pobres con lo que recogía. Por fin, en 1613 pudo vestir el hábito de religiosa mercedaria. Murió en Madrid el año 1624.
Beato Santiago de Cerqueto. Nació en Cerqueto (Umbría, Italia), de joven ingresó en la Orden de los Ermitaños de San Agustín y se ordenó de sacerdote. Destacó por la serenidad con que soportó las enfermedades. Murió en Perusa el año 1367.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico :
Jesús dijo a sus discípulos en la Última Cena: «Hijitos, me queda poco de estar con vosotros... Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,33-35).
Pensamiento franciscano :
San Francisco dice en su Regla: «Dondequiera que estén o se encuentren los hermanos, muéstrense familiares mutuamente entre sí. Y confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, porque, si la madre cuida y ama a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual?» (2 R 6,7-8).
Orar con la Iglesia:
Elevemos nuestra oración al Señor Dios, que ha derramado en nuestros corazones los dones del Espíritu Santo.
-Para que acojamos con alegría el don de la caridad y produzcamos los frutos del Espíritu Santo.
-Para que, dóciles a la enseñanza del divino Maestro, vivamos en fidelidad su mandamiento: «Amaos los unos a los otros como ya os he amado».
-Para que los pobres, los humildes, los marginados o abandonados, reciban la atención preferente de la Iglesia y de quienes la formamos.
-Para que nuestra caridad sea paciente y benigna, todo lo excuse, lo crea, lo espere, lo soporte, por amor y con amor.
-Para que los discípulos de Cristo demostremos con nuestras obras que apreciamos de veras sus enseñanzas y ejemplos.
Oración: Señor y Padre nuestro, inflama nuestros corazones con el Espíritu de tu amor, para que amemos a los hermanos como tú nos has amado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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EL HIMNO A LA CARIDAD
Benedicto XVI, Ángelus del 31 de enero de 2010
Queridos hermanos y hermanas:
En la liturgia de este domingo [IV del TO; Ciclo C] se lee una de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento y de toda la Biblia: el llamado «himno a la caridad» del apóstol san Pablo (1 Cor 12,31-13,13). En su primera carta a los Corintios, después de explicar, con la imagen del cuerpo, que los diferentes dones del Espíritu Santo contribuyen al bien de la única Iglesia, san Pablo muestra el «camino» de la perfección. Este camino -dice- no consiste en tener cualidades excepcionales: hablar lenguas nuevas, conocer todos los misterios, tener una fe prodigiosa o realizar gestos heroicos. Consiste, por el contrario, en la caridad (agape), es decir, en el amor auténtico, el que Dios nos reveló en Jesucristo. La caridad es el don «mayor», que da valor a todos los demás, y sin embargo «no es jactanciosa, no se engríe»; más aún, «se alegra con la verdad» y con el bien ajeno. Quien ama verdaderamente «no busca su propio interés», «no toma en cuenta el mal recibido», «todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (cf. 1 Cor 13,4-7). Al final, cuando nos encontremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desaparecerán; el único que permanecerá para siempre será la caridad, porque Dios es amor y nosotros seremos semejantes a él, en comunión perfecta con él.
Por ahora, mientras estamos en este mundo, la caridad es el distintivo del cristiano. Es la síntesis de toda su vida: de lo que cree y de lo que hace. Por eso, al inicio de mi pontificado, quise dedicar mi primera encíclica precisamente al tema del amor: Deus caritas est. Como recordaréis, esta encíclica tiene dos partes, que corresponden a los dos aspectos de la caridad: su significado, y luego su aplicación práctica. El amor es la esencia de Dios mismo, es el sentido de la creación y de la historia, es la luz que da bondad y belleza a la existencia de cada hombre. Al mismo tiempo, el amor es, por decir así, el «estilo» de Dios y del creyente; es el comportamiento de quien, respondiendo al amor de Dios, plantea su propia vida como don de sí mismo a Dios y al prójimo. En Jesucristo estos dos aspectos forman una unidad perfecta: él es el Amor encarnado. Este Amor se nos reveló plenamente en Cristo crucificado. Al contemplarlo, podemos confesar con el apóstol san Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él» (cf. 1 Jn 4,16; Deus caritas est, 1).
Queridos amigos, si pensamos en los santos, reconocemos la variedad de sus dones espirituales y también de sus caracteres humanos. Pero la vida de cada uno de ellos es un himno a la caridad, un canto vivo al amor de Dios. Hoy, 31 de enero, recordamos en particular a san Juan Bosco, fundador de la familia salesiana y patrono de los jóvenes. En este Año sacerdotal, quiero invocar su intercesión para que los sacerdotes sean siempre educadores y padres de los jóvenes; y para que, experimentando esta caridad pastoral, muchos jóvenes acojan la llamada a dar su vida por Cristo y por el Evangelio. Que María Auxiliadora, modelo de caridad, nos obtenga estas gracias.
[Después del Ángelus] Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española... Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros para que, como nos exhorta san Pablo en la liturgia de este domingo, sepamos vivir una vida de auténtico amor. De un amor que se alimenta del encuentro con Cristo en la Eucaristía y se manifiesta en gestos concretos de atención y caridad hacia el prójimo.
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MUCHA PAZ TIENEN LOS QUE AMAN TUS LEYES
San León Magno, Sermón 95,8-9 sobre las bienaventuranzas
Con toda razón se promete a los limpios de corazón la bienaventuranza de la visión divina. Nunca una vida manchada podrá contemplar el esplendor de la luz verdadera, pues aquello mismo que constituirá el gozo de las almas limpias será el castigo de las que estén manchadas. Que huyan, pues, las tinieblas de la vanidad terrena y que los ojos del alma se purifiquen de las inmundicias del pecado, para que así puedan saciarse gozando en paz de la magnífica visión de Dios.
Pero para merecer este don es necesario lo que a continuación sigue: Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los hijos de Dios. Esta bienaventuranza, amadísimos, no puede referirse a cualquier clase de concordia o armonía humana, sino que debe entenderse precisamente de aquella a la que alude el Apóstol cuando dice: Estad en paz con Dios, o a la que se refiere el salmista al afirmar: Mucha paz tienen los que aman tus leyes, y nada los hace tropezar.
Esta paz no se logra ni con los lazos de la más íntima amistad ni con una profunda semejanza de carácter, si todo ello no está fundamentado en una total comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Una amistad fundada en deseos pecaminosos, en pactos que arrancan de la injusticia y en el acuerdo que parte de los vicios nada tiene que ver con el logro de esta paz. El amor del mundo y el amor de Dios no concuerdan entre sí, ni puede uno tener su parte entre los hijos de Dios si no se ha separado antes del consorcio de los que viven según la carne. Mas los que sin cesar se esfuerzan por mantener la unidad del Espíritu con el vinculo de la paz jamás se apartan de la ley divina, diciendo, por ello, fielmente en la oración: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.
Estos son los que obran la paz, éstos los que viven santamente unánimes y concordes, y por ello merecen ser llamados con el nombre eterno de hijos de Dios y coherederos con Cristo; todo ello lo realiza el amor de Dios y el amor del prójimo, y de tal manera lo realiza que ya no sienten ninguna adversidad ni temen ningún tropiezo, sino que, superado el combate de todas las tentaciones, descansan tranquilamente en la paz de Dios, por nuestro Señor Jesucristo, que, con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
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LA ADMIRACIÓN EN FRANCISCO DE ASÍS
por Michel Hubaut, OFM
La admiración, vocación sacerdotal del hombre
El amor gratuito, la Bondad, que es la fuente de todas las cosas y que un día llegará a plenitud en todas las cosas, aparecen ya con transparencia a los ojos de Francisco. Su admiración, su asombro, se vuelve entonces acción de gracias. Advirtamos que el retorno a la naturaleza no conduce automáticamente a Dios. El hombre -incluido el ecologista- puede también recluirse en la creación, prisionero de sí mismo. Puede también hacerse dios, centro absoluto. Puede desviar las criaturas en torno a sí mismo, apropiárselas y, así, fracasar en su propia misión, que consiste en convertir en canto al universo creado, devolviéndoselo al Creador en acción de gracias. Francisco, desapropiado, pobre, reencontró la función sacerdotal del hombre libre. Para Francisco, toda oración y toda acción humanas son un movimiento de retorno (reddere) a Aquel que es la fuente de todo. Si todas las criaturas convergen en el hombre, éste debe prestar su inteligencia y su voz al universo para expresar así la finalidad del mundo:
«Y restituyamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos son suyos, y démosle gracias por todos ellos, ya que todo bien de Él procede. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, posea, a Él se le tributen y Él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las acciones de gracias y la gloria; suyo es todo bien; sólo Él es bueno» (1 R 17,17-18).
Un novelista contemporáneo comentaba, ciertamente sin saberlo, todo esto magníficamente:
«Se admite una ley en la marcha del universo: la ley de la Ascensión. Una permanente Ascensión, de lo inerte a lo vivo, de lo vivo a lo espiritual, de lo espiritual a lo divino. Del árbol que eleva hacia el cielo y hacia el sol las moléculas muertas que reposan en la oscuridad de la tierra, y las transforma en hojas vivas y en flores estallantes, hasta el hombre que, no contento con erigir columnas y torres, alza su alma hasta la contemplación.
»El movimiento alternado de todas las criaturas, desde el corpúsculo que flota sobre las aguas muertas hasta el santo en oración, sólo es un retorno: el retorno a la residencia natal, a la fuente primigenia. Desde el átomo hasta el genio, todos somos simples peregrinos que caminamos por el camino de regreso y buscamos a tientas, en la oscuridad y en la luz, con angustia obstinada, las gradas de la Ascensión.
»Todo ha descendido de arriba; todo aspira ardientemente a volver arriba. Retorno de la materia al Espíritu, de la muerte a la vida, del pecado a la inocencia, de lo animal a la humanidad, del hombre a Dios» (Giovanni PapiniCarta a los hombres).
Pero, en este retorno de acción de gracias, Francisco es también consciente de que el hombre no es capaz de hacerlo con toda la profundidad que conviene: «Y porque todos nosotros, míseros y pecadores, no somos dignos de nombrarte, imploramos suplicantes que nuestro Señor Jesucristo, tu hijo Amado, en quien has hallado complacencia, que te basta siempre para todo y por quien tantas cosas nos has hecho, te dé gracias de todo junto con el Espíritu Santo Paráclito como a ti y a Él mismo le agrada. ¡Aleluya!» (1 R 23,5).
Una vez más, todo converge en el canto. Si el hombre resume el homenaje de la creación, el hombre está orientado a Cristo que admira y da gracias al Padre: «Todo es vuestro; y vosotros, de Cristo y Cristo, de Dios» (1 Cor 3,21-22).
Si Francisco invita al hermano halcón, al hermano lobo, a la hermana cigarra y a la hermana golondrina... a alabar a su creador, no es, pues, por mera emoción romántica o estética. En su canto no hay rasgo alguno de panteísmo. Esta mirada asombrada no le desvía en modo alguno de las realidades terrenas, sino que da al universo creado su verdadera consistencia y profundidad, y al hombre su verdadera vocación. Como un «nuevo Adán», Francisco reencontró la capacidad de asombro y admiración del estado de gracia original.
¡Pobre de todo, le es devuelto todo! Fraterniza con nuestra madre Tierra durmiendo abandonado a ella, a ras de suelo, o internándose en las grutas para orar. Se abandonó por entero a las cosas, con santa obediencia a la realidad de las criaturas: la piedra, el agua, el sol, el viento. Aprendió a conocer las cosas caminando en cualquier época a lo largo de los caminos o retirándose a lugares escabrosos y solitarios de la montaña. Vivió en contacto directo con los mismos. Mantuvo contacto con la realidad simple y dura de las cosas. Y entonces puede admirar y asombrarse, pues conoce en su propia carne el valor de un trozo de pan, de un vaso de agua, del fuego... Todo se convierte en signo que abre un camino hacia el misterio de la Fuente de la vida. Por haberse sumergido, humildemente, pobremente, en el manantial escondido de los seres y de las cosas, puede presentir en ellas la armonía cósmica universal y fraterna.
Su admiración y asombro es un canto inmenso: el canto sin fronteras de la fe, de la esperanza, del perdón y de la reconciliación universal en Cristo Señor: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!... ¿Quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa? Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén» (Rom 11,33-36).
[Cf. en texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 36 (1983) 375-383]



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