martes, 7 de abril de 2015

REFLEXIÓN- DOMINGO DE LA MISERICORDIA. B. 12 de abril de 2015; José-Ramón Flecha Andres,


                                                                                                         Sarcófago de Arbres. Louvre
EL DÍA DE LA COMUNIDAD
“En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamada suyo propio nada de lo que tenían”. Siempre nos impresiona volver a leer estas palabras. Con este “sumario”, nos evoca el Libro de los Hechos de los Apóstoles la vida de la primera comunidad de los discípulos del Señor (Hech 4, 32).

Es un panorama ideal que se presenta como modelo para todas las comunidades cristianas de todos los siglos y de todo lugar. El testimonio que los apóstoles ofrecen de la  resurrección de Jesucristo estaba  avalado por el espíritu y el estilo de vida de toda la comunidad a la que pertenecían  y a la que servían. Y se comprende que así ha de ser en todo tiempo.
 Según se puede observar, la palabra apostólica está apoyada “desde arriba” por la fuerza del Espíritu, como se ha dicho en el mismo libro. Pero es confirmada “desde abajo” por la unidad de pensamiento y sentimiento y por la generosa fraternidad que caracterizan a los discípulos del Señor.    

EL ENFADO Y LA VERDAD

El evangelio que se proclama en este segundo domingo de Pascua nos recuerda que, tras la muerte de Jesús, sus discípulos permanecen encerrados por miedo a los judíos. Se diría, con palabras del Papa Francisco, que son víctima de un “pesimismo estéril”. Pero Jesús resucitado se les presenta como portador de la paz y del perdón (Jn 20, 19-31).
Este relato evangélico es bien conocido, además por dos detalles: las idas y venidas de Tomás y el gesto de Jesús.
• Solemos calificar a Tomás como el “incrédulo”.  Pero tal vez su enfado no sea un signo de su poca fe sino de su asombro ante la incoherencia de sus compañeros. Mientras ellos parecían reacios a acompañar a Jesús en su camino a Jerusalén, sólo Tomás se había mostrado decidido a seguir a su Maestro hasta morir con él.
• El gesto por el que Jesús ofrece sus llagas a la curiosidad y al tacto de Tomás nos resulta sorprendente. Pero con él se nos invita a abrirnos a una doble verdad. A identificar al resucitado con el mismo Jesús que había sido herido y condenado a la cruz. Ni su muerte fue un engaño ni su resurrección es fruto de la fantasía de los amedrentados.  

EL TEMOR Y LA MISERICORDIA

Con todo, este texto del evangelio de Juan nos da pie a otras dos consideraciones: la de la importancia de la comunidad y la del don de la misericordia. 
• “A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos”. Algunos han pensado y escrito que para encontrarse con Jesucristo hay que abandonar a su comunidad. No es cierto. Los que estaban encerrados no eran mejores que Tomás. Si uno era víctima del despecho los otros lo eran del temor. Pero sólo en la comunidad se muestra el Resucitado. 
• “Paz a vosotros… Yo os envío… No seas incrédulo”. Las palabras de Jesús resucitado no reflejan un reproche, sino la grandeza de su misericordia. Una compasión cercana a sus discípulos y una exquisita pedagogía para llevarlos a la fe y enviarlos a una misión: la de llevar la buena noticia del perdón, del que ellos mismos han gozado. 
- Señor Jesús, sabemos que nos perdonas y nos buscas, que nos ofreces tu paz y nos envias a proclamar tu resurrección. Que nuestras palabras y obras reflejen siempre la misericordia que tienes con tu comunidad. Amén. Aleluya.
                                                                                José-Román Flecha Andrés

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