miércoles, 15 de abril de 2015

APROBACIÓN DE LA PRIMERA REGLA FRANCISCANA. En 1209, san Francisco hizo escribir la "forma de vida" o regla que el Señor le había inspirado y que se componía sobre todo de breves fragmentos evangélicos. En la primavera de aquel mismo año, el Santo y sus once primeros compañeros se trasladaron a Roma y obtuvieron del papa Inocencio III que se la aprobara verbalmente, con lo que nacía en la Iglesia un nuevo género de vida, una nueva Orden. San Francisco, en su Testamento, relata así el acontecimiento: «Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me lo confirmó». Recordando ese hecho trascendental, la familia de san Francisco renueva el 16 de abril su profesión en la vida franciscana.
SAN BENITO JOSÉ LABRE. Nació en Amettes, cerca de Arras (Francia), en 1748, siendo el mayor de los quince hijos de unos modestos agricultores. Estudió en su pueblo y con un tío suyo sacerdote. Pronto quiso hacerse monje, pero su carácter inquieto no se adaptaba a la vida monástica. Entendió entonces que su vocación era vivir en austeridad y oración, recorriendo caminos y calles como peregrino: ser el "vagabundo de Dios". Viajó por Francia, España (Montserrat y Compostela) e Italia. En la Basílica de San Francisco, en Asís, se ciñó el cordón de la archicofradía de los "cordígeros" de la Tercera Orden por devoción al Poverello. Pasó sus últimos años en Roma, como mendigo. Vivía de la caridad, compartía las limosnas con los más pobres, dormía en las ruinas del Coliseo. Sus jornadas las llenaban la oración contemplativa, el ayuno y la penitencia, y las peregrinaciones. Murió en Roma el 16 de abril de 1783, en casa de un carnicero caritativo que lo recogió en la calle ya moribundo.- Oración: Oh Dios, que concediste a san Benito José unirse a ti por el camino de la humildad y el amor a la pobreza, concédenos, por sus méritos, sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


SANTA BERNARDITA o MARÍA BERNARDA SOUBIROUS. Nació en Lourdes (Francia) el año 1844 de una familia pobre. Desde pequeña cuidó ovejas, rezaba el rosario, era analfabeta y tenía poca memoria. A los catorce años, a partir del 11 de febrero de 1858, la Virgen María se le apareció hasta dieciocho veces en los Pirineos, cerca de Lourdes, dentro de la gruta de Massabielle, junto al río Gave, y le dijo: «Yo soy la Inmaculada Concepción», mensaje que ella no podía comprender entonces. La Señora le encargó que pidiera a los sacerdotes que construyeran allí una iglesia. Durante mucho tiempo no se le dio crédito y tuvo que sufrir mucho. Por su medio María Inmaculada llamaba a los pecadores a la conversión, suscitando un gran celo de oración y amor, principalmente como servicio a los enfermos y pobres. En 1866, deseosa de salir del revuelo que se había producido y de encontrar sosiego para su alma, ingresó en la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Nevers. No tardaron en llegar las enfermedades que la tuvieron postrada en cama muchos años: asma, tuberculosis, tumor óseo en la rodilla. Murió en Nevers el 16 de abril de 1879.
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Santos Cayo y Cremencio. Sufrieron el martirio en Zaragoza (España) a principios del siglo IV durante la persecución de Diocleciano.
San Contardo de Este. Nació en Ferrara (Italia) el año 1216, hijo del príncipe de Este, señor de la ciudad. Desde joven se sintió llamado a abandonar el mundo y a vivir en pobreza como peregrino por los caminos de Europa. En 1249, junto con algunos compañeros emprendió una peregrinación a Santiago de Compostela y, al llegar a Broni, en la provincia de Pavía, cayó enfermo y murió.
San Drogón. Nació hacia 1118 en Epinoy (Paso de Calais, Francia) y quedó enseguida huérfano. Esto le provocó un sentimiento de culpabilidad. A los 18 años, decidió llevar una vida retirada y penitente. Hizo algunas peregrinaciones y acabó en Sebourg (Hainault), donde se colocó como pastor, lo que le permitió vivir en soledad y cultivar la vida interior. Años más tarde reanudó las peregrinaciones y luego pasó a vivir como recluso en una celda junto a la iglesia de Sebourg. Allí estuvo muchos años, alimentándose de pan y agua. Murió en 1186.
Santa Engracia. El poeta cristiano Aurelio Prudencio, nacido en Calahorra (Zaragoza) el año 348, canta en uno de sus más bellos himnos el martirio de santa Engracia en la ciudad de Zaragoza (España) a comienzos del siglo IV, durante la persecución del emperador Diocleciano. En aquel tiempo, el prefecto Daciano, siguiendo órdenes superiores, se ensañó contra los cristianos, los torturó y vilipendió, y los llevó a la muerte en medio de crueles y variados suplicios. La virgen Engracia se le enfrentó en Zaragoza reprochándole su proceder, y la respuesta fue la pena capital.
San Fructuoso de Braga. Se dice que era hijo de un militar visigodo, que heredó una gran fortuna y que la empleó para ayudar a los pobres y fundar centros religiosos. Siguió la carrera eclesiástica y, ordenado de sacerdote, llevó vida eremítica y monástica. Fundó el monasterio de Compludo en el Bierzo (España), y otros en Galicia, Portugal, Mérida, Sevilla, Cádiz. Lo eligieron abad-obispo de Dumio (Portugal), y como tal asistió el año 656 al Concilio X de Toledo, que lo nombró arzobispo de Braga (Portugal). Gobernó con prudencia simultáneamente esta Iglesia y sus monasterios. Murió en Braga el año 665.
San Leónidas y siete compañeras mártires. En Corinto, región de Acaya en Grecia, y en el siglo III o IV, los santos mártires Leónidas, Carisa, Galina, Teodora, Nica, Nunencia, Calis y Basilisa, por confesar la fe cristiana, fueron sometidos a crueles y repetidos tormentos y, por negarse a apostatar, fueron ahogados en el mar.
San Magno de Orkney. Siendo príncipe de las Islas Orkney (Escocia), abrazó la fe cristiana y, encontrándose en dificultades con el rey de Noruega por acusaciones que se le habían hecho, se presentó desarmado a su colega en el gobierno para firmar la paz, siendo asesinado a traición. Era el año 1116.
San Optato y compañeros mártires de Zaragoza. Son los 18 mártires llamados Innumerables Mártires de Zaragoza. Sus nombres son: Optato, Luperco, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Publio, Frontón, Félix, Ceciliano, Evodio, Primitivo, Apodemio y otros cuatro que llevaban todos el nombre de Saturnino. A principios del siglo IV, en Zaragoza, siendo Diocleciano emperador y Daciano gobernador, fueron todos ellos torturados y asesinados por mantenerse firmes en su fe cristiana. Su martirio fue celebrado por los versos de Aurelio Prudencio.
Santo Toribio. Fue obispo de Astorga (España) durante el reinado de los suevos. Sabemos que por encargo del papa León Magno combatió vigorosamente la herejía priscilianista, que se estaba difundiendo por España. Murió en la segunda mitad del siglo V.
Beato Joaquín de Siena. Nació en Siena (Italia) el año 1258 y murió allí mismo en 1306. Entró de muy joven en la Orden de los Siervos de María, y se distinguió por su singular devoción a la Virgen y por el empeño que puso en cumplir los preceptos de Cristo asumiendo los afanes de los pobres.
Beatos Pedro Delépine, Juan Ménard y compañeras mártires. Son 26 mártires de la diócesis de Angers (Francia), todos ellos seglares, dos hombres y 24 mujeres, entre las que había solteras, casadas y viudas. Fueron fusilados en Avrillé, cerca de Angers, el 16 de abril de 1794, víctimas de la Revolución Francesa, por mantenerse firmes en su fe cristiana. Estos son sus nombres: Pedro Delépine, Juan Ménard, y Renata Bourgeais, Juana Gourdon, María Gingueneau, Francisca Michoneau, Juana Onillon, Renata Séchet, María Roger, Francisca Suhard, Juana Thomas, viudas; Magdalena Cady, María Piou, Petrina Pottier, Renata Rigault, Juana Leduc, Magdalena Sallé, casadas; María Genoveva y Marta Poulain de la Forestrie, Petrina Bourigault, María Forestier, María Lardeux, Petrina Laurent, Ana Maugrain Margarita Robin y María Rochard, solteras.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
San Pablo escribió a los Filipenses: -Todo lo que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo (Flp 3,7-8).
Pensamiento franciscano:
San Francisco cierra su Testamento con esta bendición: -Todo el que guarde estas cosas [la Regla], en el cielo sea colmado de la bendición del altísimo Padre y en la tierra sea colmado de la bendición de su amado Hijo con el santísimo Espíritu Paráclito y con todas las virtudes de los cielos y con todos los santos. Y yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, vuestro siervo, os confirmo, todo cuanto puedo, por dentro y por fuera, esta santísima bendición (Test 40-41).
Orar con la Iglesia:
Elevemos nuestra oración a Dios Padre llenos de amor y de confianza, pues nos sabemos hijos suyos.
-Por la santa Iglesia de Dios: para que tanto los pastores como los fieles, guiados por el Espíritu Santo, sigamos a Cristo, pobre y humilde.
-Por la paz en el mundo: para que, como fieles seguidores de Francisco, colaboremos en la construcción de un mundo más solidario y fraterno.
-Por todos los hombres, especialmente los más pobres y abandonados: para que alcancen una vida digna y participen de los bienes que Dios ha creado.
-Por los seguidores de san Francisco de Asís: para que el amor a Jesucristo nos haga dignos testigos y verdaderos servidores del Evangelio.
Oración: Escucha, Dios misericordioso, las súplicas que hoy te presentamos contando con la intercesión de tu siervo Francisco de Asís. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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SANTA BERNARDETTE SOUBIROUS
De la homilía de S. S. Benedicto XVI
en la «procesión de las antorchas», Lourdes, 13-IX-08
Hace 150 años, el 11 de febrero de 1858, en el lugar llamado la gruta de Massabielle, apartada del pueblo, una simple muchacha de Lourdes, Bernadette Soubirous, vio una luz y, en la luz, una mujer joven «hermosa, la más hermosa». La mujer le habló con dulzura y bondad, respeto y confianza: «Me hablaba de Usted (narra Bernadette)... ¿Querrá Usted venir aquí durante quince días? (le pregunta la Señora)... Me miró como una persona que habla a otra persona». En la conversación, en el diálogo impregnado de delicadeza, la Señora le encarga transmitir algunos mensajes muy simples sobre la oración, la penitencia y la conversión.
Muchos fueron testigos: el encuentro con el rostro luminoso de Bernadette conmovía los corazones y las miradas. Tanto durante las apariciones mismas como cuando las contaba, su rostro era radiante. Bernadette estaba transida ya por la luz de Massabielle. La vida cotidiana de la familia Soubirous estaba hecha de dolor y miseria, de enfermedad e incomprensión, de rechazo y pobreza. Aunque no faltara amor y calor en el trato familiar, era difícil vivir en aquella especie de mazmorra. Sin embargo, las sombras terrenas no impedían que la luz del cielo brillara. «La luz brilla en la tiniebla» (Jn 1,5).
Lourdes es uno de los lugares que Dios ha elegido para reflejar un destello especial de su belleza, por ello la importancia aquí del símbolo de la luz. Desde la cuarta aparición, Bernadette, al llegar a la gruta, encendía cada mañana una vela bendecida y la tenía en la mano izquierda mientras se aparecía la Virgen. Muy pronto, la gente comenzó a dar a Bernadette una vela para que la pusiera en tierra al fondo de la gruta. Por eso muy pronto, algunos comenzaron a poner velas en este lugar de luz y de paz. La misma Madre de Dios hizo saber que le agradaba este homenaje de miles de antorchas que, desde entonces, mantienen iluminada sin cesar, para su gloria, la roca de la aparición. Desde entonces, ante la gruta, día y noche, verano e invierno, un enramado ardiente brilla rodeado de las oraciones de los peregrinos y enfermos, que expresan sus preocupaciones y necesidades, pero sobre todo su fe y su esperanza.
Hay que destacar que, durante las apariciones, Bernadette reza el Rosario bajo la mirada de María, que se une a ella en el momento de la doxología. Este hecho confirma en realidad el carácter profundamente teocéntrico de la oración del Rosario. Cuando rezamos el Rosario, María nos ofrece su corazón y su mirada para contemplar la vida de su Hijo, Jesucristo.
Por boca de Bernadette, oímos a la Virgen María que nos pide venir aquí en procesión para orar con fervor y sencillez. La procesión de las antorchas hace presente ante nuestros ojos de carne el misterio de la oración: en la comunión de la Iglesia, que une a los elegidos del cielo y a los peregrinos de la tierra, la luz brota del diálogo entre el hombre y su Señor, y se abre un camino luminoso en la historia humana, incluidos sus momentos más oscuros. Esta procesión es un momento de gran alegría eclesial, pero también de gravedad: las intenciones que presentamos subrayan nuestra profunda comunión con todos los que sufren. Pensamos en las víctimas inocentes que padecen la violencia, la guerra, el terrorismo, la penuria, o que sufren las consecuencias de la injusticia, de las plagas, de las calamidades, del odio y de la opresión, de la violación de su dignidad humana y de sus derechos fundamentales, de su libertad de actuar y de pensar. Pensamos también en quienes tienen arduos problemas familiares o en quienes sufren por el desempleo, la enfermedad, la discapacidad, la soledad o por su situación de inmigrantes. No quiero olvidar a los que sufren a causa del nombre de Cristo y que mueren por Él.
María nos enseña a orar, a hacer de nuestra plegaria un acto de amor a Dios y de caridad fraterna. Al orar con María, nuestro corazón acoge a los que sufren. ¿Cómo es posible que nuestra vida no se transforme de inmediato? ¿Cómo nuestro ser y nuestra vida entera pueden dejar de convertirse en lugar de hospitalidad para nuestro prójimo? Lourdes es un lugar de luz, porque es un lugar de comunión, esperanza y conversión.
En este santuario de Lourdes al que vuelven sus ojos los cristianos de todo el mundo desde que la Virgen María hizo brillar la esperanza y el amor al dar el primer puesto a los enfermos, los pobres y los pequeños, se nos invita a descubrir la sencillez de nuestra vocación: Basta con amar.
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CÓMO ESCRIBIÓ SAN FRANCISCO LA REGLA
Y CÓMO SE LA APROBÓ EL PAPA INOCENCIO III

Tomás de Celano: Vida primera, 32-34
Viendo el bienaventurado Francisco que el Señor Dios le aumentaba de día en día el número de seguidores, escribió para sí y sus hermanos presentes y futuros, con sencillez y en pocas palabras, una forma de vida y regla, sirviéndose, sobre todo, de textos del santo Evangelio, cuya perfección solamente deseaba. Añadió, con todo, algunas pocas cosas más, absolutamente necesarias para poder vivir santamente. Entonces se trasladó a Roma con todos los hermanos mencionados queriendo vivamente que el señor papa Inocencio III le confirmase lo que había escrito.
Por aquellos días se encontraba en Roma el venerable obispo de Asís, Guido, que honraba en todo a San Francisco y a sus hermanos y los veneraba con especial afecto. Al ver a San Francisco y a sus hermanos, llevó muy a mal su presencia, pues desconocía el motivo; temió que quisieran abandonar su propia región, en la cual el Señor había comenzado a obrar cosas extraordinarias por medio de sus siervos. Mucho le alegraba el tener en su diócesis hombres tan excelentes, de cuya vida y costumbres se prometía grandes cosas. Mas, oído el motivo y enterado del propósito de su viaje, se gozó grandemente en el Señor, empeñando su palabra de ayudarles con sus consejos y recursos.
San Francisco se presentó también al reverendo señor obispo de Sabina, Juan de San Pablo, que figuraba entre los príncipes y personas destacadas de la curia romana como despreciador de las cosas terrenas y amador de las celestiales. Le recibió benigna y caritativamente y apreció sobremanera su deseo y resolución.
Mas, como era hombre prudente y discreto, le interrogó sobre muchas cosas, y le aconsejó que se orientara hacia la vida monástica o eremítica. Pero San Francisco rehusaba humildemente, como mejor podía, tal propuesta; no por desprecio de lo que le sugería, sino porque, guiado por aspiraciones más altas, buscaba piadosamente otro género de vida. Admirado el obispo de su fervor y temiendo decayese de tan elevado propósito, le mostraba caminos más sencillos. Finalmente, vencido por su constancia, asintió a sus ruegos y se ocupó con el mayor empeño, ante el papa, en promover esta causa.
Presidía a la sazón la Iglesia de Dios el papa Inocencio III, pontífice glorioso, riquísimo en doctrina, brillante por su elocuencia, ferviente por el celo de la justicia en lo tocante al culto de la fe cristiana. Conocido el deseo de estos hombres de Dios, previa madura reflexión, dio su asentimiento a la petición, y así lo demostró con los hechos. Y, después de exhortarles y aconsejarles sobre muchas cosas, bendijo a san Francisco y a sus hermanos, y les dijo: «Id con el Señor, hermanos, y, según Él se digne inspiraros, predicad a todos la penitencia. Cuando el Señor omnipotente os multiplique en número y en gracia, me lo contaréis llenos de alegría, y yo os concederé más favores y con más seguridad os confiaré asuntos de más transcendencia».
San Francisco con sus hermanos, pletóricos de gozo por los dones y beneficios de tan gran padre y señor, dio gracias a Dios omnipotente, que ensalza a los humildes y hace prosperar a los afligidos. Inmediatamente fue a visitar el sepulcro del bienaventurado Pedro, y, terminada la oración, salió de Roma con sus compañeros, tomando el camino que lleva al valle de Espoleto. Durante el camino iban platicando entre sí sobre los muchos y admirables dones que el clementísimo Dios les había concedido: cómo el vicario de Cristo, señor y padre de toda la cristiandad, les había recibido con la mayor amabilidad; de qué forma podrían llevar a la práctica sus recomendaciones y mandatos; cómo podrían observar con sinceridad la Regla que habían recibido y guardarla indefectiblemente; de qué manera se conducirían santa y religiosamente en la presencia del Altísimo; en fin, cómo su vida y costumbres, creciendo en santas virtudes, servirían de ejemplo a sus prójimos. Y mientras los nuevos discípulos de Cristo iban así conversando ampliamente sobre estos temas en aquella escuela de humildad, avanzaba el día y pasaban las horas.
FÓRMULA PARA RENOVAR LA PROFESIÓN:
Para alabanza y gloria de la Santísima Trinidad.
Yo, hermano/a N. N. (cada uno dice su nombre en voz baja),
puesto que el Señor me dio la gracia
de seguir más de cerca el Evangelio
y las huellas de nuestro Señor Jesucristo,
delante de los hermanos aquí presentes,
con fe firme y voluntad decidida,
renuevo ante Dios santo y omnipotente
mis votos religiosos,
comprometiéndome a vivir religiosamente
durante toda mi vida
en obediencia, en pobreza y en castidad,
observando la forma de vida de san Francisco.
Igualmente me entrego de todo corazón a mi Fraternidad,
para que, con la acción eficaz del Espíritu Santo,
guiado por el ejemplo de María Inmaculada,
con la intercesión de nuestro padre san Francisco
y de todos los santos,
y con vuestra ayuda fraterna,
pueda tender constantemente a la perfección de la caridad,
en el servicio de Dios, de la Iglesia y de los hombres.
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LA ADMIRACIÓN EN FRANCISCO DE ASÍS
por Michel Hubaut, OFM
La admiración fraterna
En este universo «significante», todas las criaturas convergen en el hombre, creado a «imagen y semejanza» del Creador. Asombrado por esta «imagen», Francisco se vuelve fraterno, admirativo, respetuoso, benévolo y lleno de esperanza ante el futuro del mundo y de los hombres, aunque estén desfigurados por el pecado. Su actitud es mucho más que una simple simpatía natural hacia cualquier hombre. Francisco es capaz de descubrir en todo el bien, en todo lo hermoso y bueno que el hombre hace o dice, una palabra de Dios, que es el solo Bien, el solo Hermoso y Bueno: «Como un religioso le preguntara en cierta ocasión para qué recogía con tanta diligencia también los escritos de los paganos y aquellos en que no se contenía el nombre dei Señor, respondió: "Hijo mío, porque en ellos hay letras con las que se compone el gloriosísimo nombre del Señor Dios. Lo bueno que hay en ellos, no pertenece a los paganos ni a otros hombres, sino a sólo Dios, de quien es todo bien"» (1 Cel 82).
Su admiración lo hace naturalmente «ecuménico». Francisco discierne en toda cultura, en toda religión, lo que el Vaticano II llamará «semillas de la Palabra». Esta actitud lo libra de cualquier envidia o celos: «Todo el que envidia a su hermano por el bien que el Señor dice o hace en él, incurre en un pecado de blasfemia, porque envidia al Altísimo mismo, que es quien dice y hace todo bien» (Adm 8,3). El asombro abre a las relaciones fraternas, basadas en la admiración a los otros.
[Cf. en texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 36 (1983) 375-383]

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