jueves, 28 de mayo de 2015

Homilía Párroco Benjamín Oltra; Domingo  2 º de Pascua

Jn.20, 19-31:

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto,  exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. A los ocho días, estaban otra vez dentro y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros”. Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienen mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús le dijo: “¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

Después de todo: “Paz a vosotros”.
Ningún reproche por parte de Jesús que es la victima;
aprendamos a perdonar, a acompañar a la conversión, a empezar de nuevo.


“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”
El Jesús post-pascual no hace distinción entre discípulos y apóstoles,
a todos los hace testigos suyos y les da una misión, los hace apóstoles.

 “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados…”
Sois insustituibles en el perdón, como lo sois en el amor.
Lo que vosotros no perdonéis se quedara sin perdonar,
nadie lo hará en vuestro lugar.

Quien asume ser su testigo ha de asumir su pascua y su resurrección,
ha de asumir su necesidad de conversión porque sabe que va a resucitar.

Desear la resurrección no es prepararse a “bien morir”,
sino a vivir bien, en plenitud, sin miedos ni temores a salir perdiendo.
Prepararse para la muerte es perder el tiempo, todo el mundo la consigue;
lo que importa es vivir, convertirse, cambiar, pasar, experimentar la pascua.

Vivir en pascua es vivir en plenitud, es vivir en coherencia con la fe,
es cargar hasta el final con todas las consecuencias sin miedos ni temores.
Cuando vivimos en pascua la paz nos inunda y lo malo se olvida.
Vivir en pascua es difícil porque nos cuesta perdonar y olvidar;
nos aferramos a lo nuestro y dilapidamos la posible paz.
Pascua es vivir en la paz, fruto del perdón concedido.

La paz de la pascua no es la del “si vis pacem para belum”,
sino la del “ si vis pacem para besos”, la del amor.

Os recuerdo que amar es saber salir perdiendo, es resucitar.
Donde hay utilización o represión de los más débiles,
tanto como donde hay afán de poder o dominio,
desaparece la experiencia de la pascua.

Quien dijo alguna vez: “Con látigo te enseñaré a obedecer”,
nunca supo lo que es la pascua, ni lo que es ser cristiano,
no supo lo que es una vida en el amor, el perdón y la paz,
jamás experimentó una vida para la resurrección.

La pascua te invita a sentar en al banquete de tu vida
en primer lugar a tus enemigos, para hacer de ellos amigos,
en segundo lugar a los que te necesitan, para que nunca los olvides.
En el primer caso es perdonar y en el segundo caso es entregarte, es darte.

El oficio de cristiano es para los que creen que la paz es posible;
toda paz es posible al precio de saber salir perdiendo,
aquello de: “perdónales, no saben lo que hacen”.

Cuando la paz no es posible como fruto de la justicia,
es el momento de que la paz sea posible como fruto del perdón.

Lo que tú no perdones nadie lo perdonará en tu lugar,
Se quedará por perdonar por toda la eternidad.
Somos insustituibles en nuestro perdón.
El perdón es tarea del creyente;
ni Dios nos puede sustituir.

El perdón es patrimonio de las victimas, nunca lo es de los verdugos.
No perdonar es pasarte al bando de los malos, de los verdugos.
Nunca será así entre los cristianos. Tuvimos buen Maestro.

¿Entiendes ya lo que significa que alguien te “haga la pascua”?
Que le tengas que perdonar por encima de todo, porque es, sea quien sea, sujeto de tu amor. La Pascua es amor, es vida que conduce a la resurrección
Párroco Benjamín Oltra


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