miércoles, 10 de junio de 2015

Homilía del Párroco Benjamín Oltra; Domingo 3 º de Pascua

Lc. 24,13.35:

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?” Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe que ha pasado allí estos días?” Él les preguntó “¿Qué?” Ellos le contestaron “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro libertador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles., que les habían dicho que estaba vivo. Alguno de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron”. Entonces Jesús les dijo: “¡Qué necios y torpes sois para no creer lo que anunciaron los profetas!¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en la gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo: “Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída”. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que andaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.


Al nacer nos separan de la madre y ya no estamos unidos a nadie.
Nos guste más o nos guste menos, somos seres solos, radicalmente solos,
incluso las parejas estables por amor son dos soledades que se acompañan.

La persona humana es un ser radicalmente solo.
Nos cortan el cordón umbilical y comienza nuestra soledad;
por si se nos olvida tenemos una cicatriz que nos lo recuerda, el ombligo.

Parece ser que los creyentes, los que tenemos la suerte de tener fe,
nos sentimos y sabemos acompañados por Dios a lo largo de la vida.
Creo que en esto radica la diferencia entre un creyente y un no creyente.

Creyente, quien se sabe acompañado por Dios;
no creyente, el que no cree estar acompañado por Dios. 
A pesar de que “creyente es quien se siente acompañado por Dios”,
en su vida cotidiana la presencia del Señor no le anula su ausencia real;
y su esfuerzo por conocer más a Dios, no anula su no saber sobre Dios.
En todo creyente la luz y el día se alternan con la noche y la oscuridad.

Somos muy dados a pasar de la luz de Galilea a la oscuridad de Judea,
como de la fiesta y alegría de Betania al despago y tristeza de Jerusalén.

¿Quién no tuvo su noche oscura y quiso volverse a su “Emaús” particular?
Todos deseamos alguna vez volvernos atrás; motivos no nos faltaron,
al menos, eso creímos en aquel momento.

Volver a Emaús está de rabiosa actualidad en la Iglesia,
el momento es de desorientación, desconcierto y desencanto,
se está dando una espantada general, las iglesias y conventos se vacían,
muchos apóstoles, ellos y ellas, recogen sus bártulos, abandonan y se van.

¿Cómo se arreglará esta situación?
Creo que no habrá quien la arregle si no es por la vía mística,
la del encuentro con el Señor en la intimidad y desde la corta distancia.

Ni planes de pastoral, ni acentos, ni itinerarios, ni jornadas mundiales;
el amor no soporta propaganda, se vive y se contagia o se pierde el tiempo.

El amor es un valor que se aprende, se aprende viendo amar;
por mimetismo pasa de padres a hijos y de apóstoles a discípulos.

Esto es lo único que puede dar solución a la actual crisis eclesial:
tener experiencias emotivas y gratificantes con Jesús y comunicarlas.

Cleofás y su compañero sin esperar, ni buscar, ni merecer nada,
sólo por pura gracia vivieron la presencia del Señor a pesar de su ausencia;
eso fortaleció su fe, les dio ánimo y asumieron ser testigos del resucitado y, sin pensárselo dos veces, se volvieron a Jerusalén e hicieron su apostolado.

La presencia y compañía de Jesús en la vida del discípulo,
presencia que se da por la Palabra, la Eucaristía y los signos de los tiempos
le enseña y recuerda todo, le facilita ver la realidad con los ojos de Jesús
y le convierte en apóstol, en comunicador de su experiencia.

El encuentro y diálogo con el Señor convierte, transforma y hace apóstoles,
gentes que le reconocen “al partir el pan”, que viven su presencia a pesar de su ausencia, y ya no necesitarán ni palabras para entenderse. Puro amor.

Párroco Benjamín Oltras

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