martes, 7 de abril de 2015

Ejercicios Espiritual Semana Santa; Lunes Santo

LUNES SANTO
MEDITACIÓN  -   “Encontrar la ARMONÍA”

En este día, al comenzar estos Ejercicios, es necesario que reconozca una cosa: para construirme como ser humano, como persona, necesito partir de lo que soy, de mi propia verdad, necesito ARMONIZARME POR DENTRO.
Esto es lo primero, lo más necesario, abrirme a mi verdad, decirme a mí mismo la verdad de lo que me está pasando. Sólo a partir de ello podré pensar y ver con claridad lo que será mi vida. Pensar en lo que quiero ser sin antes reconocer lo que en este momento soy, es empezar a pisar sobre terreno poco firme, sobre arenas movedizas.
El primer paso es decirme la verdad de lo que soy. No lo que dicen de mí, ni siquiera lo que creo o quiero ser, sino lo que soy. Así, desnudándome, mirar lo que soy.
¿Quién soy yo?... Difícil saberlo. Cuesta responder esta pregunta porque es compleja en sí misma y porque llevo ya mucho tiempo viviendo lejos de mí. Es más fácil mirar a los otros, hablar de los otros, encontrar valores y defectos en los otros...; pero ¡qué difícil es hablar de lo que yo soy! ¿Qué valores tengo? ¿Cuáles son mis defectos? ¿Cuáles son mis anhelos y mis dificultades? ¿Cuáles son mis dudas? Es difícil hablar de lo que soy, porque no tengo la costumbre de mirarme para reconocer mi verdad.
Me desconozco. Sé dos o tres datos superficiales sobre mí y con esos pobres datos suelo definirme. Pero no me conozco. Como diría San Agustín que “es grande la distancia que me separa de mí mismo”.


Así pues, si quiero transformar mi vida tengo que empezar por aceptar aquello que ahora soy, aceptar mi historia, mi pasado, mi presente. Aquí está el secreto de estos días de retiro: decirme la verdad, para empezar a “nacer de nuevo” (Cf. Jn 3,1ss). Si oculto mi verdad nada podré descubrir, sólo yendo con la verdad se puede alcanzar la libertad.  “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Juan 8, 31-32). Es hora de decirme la verdad, de sacarlo todo afuera, para que dentro nazcan cosas nuevas.

Para poder mirarme por dentro me puedo ayudar de la imagen de una cebolla, al igual que ella yo también tengo muchas capas.
Primera capa: Yo soy un ambiente. He nacido en un ambiente, durante años he respirado el aire de ese ambiente y, por tanto, tengo las mismas actitudes del ambiente. Pero, ¿quién ha hecho el ambiente? Hombres, mujeres, seres huma¬nos como yo. Hombres y mujeres que en la vida cotidiana, casi sin darse cuenta, empezaron a vivir los valores falsos del ambiente. Así surgió el ambiente, y así se mantiene. Y, ¿cuáles son los cimientos de mi ambiente?
     a mi ambiente le interesa el Tener. Mi ambiente me ha enseñado que uno de los objetivos de la vida es tenerlo todo, tener hasta lo que no es necesario?
     en mi ambiente interesa ser el mejor, “deslumbrar”, llamar la atención, ser el centro de todo, Valer. Muchas veces hago las cosas para ir delante, para que me aplau¬dan, para “tener los primeros puestos” de los que habla el Evange¬lio?
     mi ambiente gusta del dominio, del Poder. Me gusta que me sirvan y que hagan lo que yo quiero. Me gusta manejar a los otros, con palabras, con argumentos, con sentimientos.
     en el ambiente en el que vivo se trata a las personas como si fueran objetos, se las utiliza, se las degrada, se las compra. Muchas veces nos acercamos a los demás sólo en beneficio propio?
     en mi ambiente la responsabilidad siempre es de otros. Si alguien es rico es “porque se lo ha ganado” en el libre mercado; si alguien es pobre es “porque quiere”?
     mi ambiente confunde divertirse con re-crearse?.
     mi ambiente es envidioso, receloso, cotilla... Mi ambiente no confía en nadie; por eso muchas veces prefiero callarme mis problemas, sin importarme el dolor?

Segunda capa: Yo soy un cuerpo y unos sentidos. Mi cuerpo, ¿qué expresa?, ¿para qué lo uso? Mi cuerpo termina expresando lo que mi ambiente con ganas de lucir y aparentar le impone en cada momento.
El cuerpo es quizá el mayor medio de comunicación que tenemos. Por el cuerpo podemos expresar todo lo que nos sucede; por los sentidos podemos captar todo lo que le sucede al mundo, todo lo que le sucede a los demás.
Y mis sentidos, ¿qué siento con ellos?, ¿pueden ver mis ojos los sufri-mientos que hay a mi alrededor?, ¿escucho los lamentos de los pobres?, ¿he tocado el dolor de los que viven cerca de mí?. Mi ambiente me ha enseñado a ser insensible. A pesar de todo lo que sucede, tiendo a ser indiferente: miro sin ver, oigo sin escuchar, toco sin palpar, gusto sin sentir. Mi vida es superficial, porque la forma como siento el mundo es superficial?

Tercera capa: Yo soy una afectividad, unos sentimientos. Mi afectividad es un don, la capacidad que me permite sentir la vida, con sus alegrías y tristezas. Hace que la vida no me sea indiferente, que la realidad me afecte; pero ¿Qué es lo que yo siento normalmente? A veces siento soledad, aburrimiento, inseguridad, mal genio, dolor, tristeza. A veces siento unos complejos que me llenan de timidez, de introversión o de deseos de llamar la atención o de huir. Otras veces siento como siente el ambiente y busco amores fáciles, busco que me quieran, que me reconozcan, que me alaben, busco toda una serie de experiencias que no me dejan nada en el corazón. No me conmueve el mendigo, ni el drogadicto, ni me conmueven los que pasan hambre. Me preocupo sólo por mí y la mayor parte de las veces lloro por mí, porque de la única persona que llego a sentir lástima, es de mí. Inconmovible, sintiendo dolor o ternura sólo por mí, amando para que me amen.... así me voy quedando en las profundidades de una gran soledad.

Cuarta capa: Yo soy una mente. Mi mente tiene tres funciones básicas: inteligencia para descubrir y conocer; libertad, para elegir y voluntad, para realizar lo elegido. Pero, ¿qué es lo que yo conozco, especialmente: qué conozco acerca de mí?, ¿qué decisiones tomo? o ¿me toman mis decisiones?, ¿qué cosas valiosas he hecho, sobre todo: qué he hecho por los demás?
Indudablemente mi inteligencia, contaminada por el ambiente, muchas veces me ha engañado. Por eso no me conozco, por eso no sé quien soy. Peor aún, mi inteligencia suele justificar toda mi mediocridad con bellas ideas: “es que soy joven”, “es que así es la vida”, “es que yo soy así”. Y así, con tres razones tontas, permanezco en la mediocridad.

Pero en el fondo, hay una quinta capa no contaminada, aunque si escondida por toda la contaminación de mi ambiente: Yo soy lo mejor de mí. Lo mejor de mí son todos esos valores, todas esas realidades auténticamente positivas que yo tengo. Es difícil captar lo mejor de mí, porque o me han dicho tantas veces que no sirvo para nada y han exagerado tanto mis defectos, o me han alabado tantos valores falsos que aparento tener, o me han apreciado por tener cosas que el ambiente considera valores (dinero, fama, belleza física, posición social), que al fin de cuentas me es difícil saber qué es lo mejor de mí. Sí, es difícil descubrir cuáles son mis valores auténticos, diferenciándolos de las caricaturas que admira y aprecia mi ambiente.
Con todo, aunque sea difícil necesito descubrir qué es lo mejor de mí, pues sólo desde mis valores auténticos, desde lo mejor de mí, puedo reconstruir mi vida.

ORIENTACIONES PARA LA REFLEXIÓN

I. Preguntas de Reflexión
Hacer una radiografía de mí mismo. Describir lo que hay en cada una de mis capas, descubriendo la contaminación que hay en ellas:
Mi ambiente, mi sociedad ¿Cómo es? ¿Qué características tiene?
¿Cuáles son mis actitudes POSESIVAS? ¿Qué cosas o per¬sonas poseo?
¿Con qué actitudes suelo llamar la atención y buscar reco-nocimiento? 
¿Cómo busco ser más que los demás?
¿Quiénes me dominan? ¿A quiénes domino? ¿De qué forma suelo dominar a los otros?
Mi cuerpo y mis sentidos: ¿Como vivo mi corporalidad? ¿Cómo me siento con mi cuerpo? ¿Qué es lo que siento con mis sentidos?
Mi afectividad: ¿Qué sentimientos tengo? ¿Cuáles son mis complejos, mis tristezas, mis sufrimientos? ¿Qué me conmueve?
Mi mente: ¿Qué uso hago de mi inteligencia, mi libertad y mi voluntad? ¿Cómo suelo justificar mis mediocridades para quedar bien?

Encuentra tu armonía en el Evangelio
Leer Lucas 4, 1-15: Jesús es tentado. Las tentaciones son tres:
PODER: Convertir las piedras en pan, usando el poder para el propio beneficio.
TENER: Poseer todos los reinos de la tierra.
VALER: Tirarse del alero del templo para ser reconocido como Hijo de Dios y Mesías.
1. ¿Cuál es la actitud de Jesús ante las tentaciones? ¿Qué postura toma ante cada una de ellas?
2. Las tentaciones le proponen a Jesús otro tipo de vida. Al rechazarlas, ¿qué tipo de vida elige Jesús?
3. ¿Cuáles son las tentaciones que hay en mi vida? ¿Qué actitud tomo ante ellas?
4. Al rechazar las tentaciones de mi vida, o al caer en ellas, ¿cuál es el tipo de vida que estoy construyendo?
5. ¿A qué me invita Jesús en este texto?


Ayudas para la Oración
Reconocerme ante el Señor, en su presencia.
Mirar mi vida, sentir que muchas veces he construido mi vida sobre arena.
Sentir todos mis cimientos falsos y presentárselos al Señor.
Presentar al Señor mis deseos de andar en verdad, construyendo sobre roca.
Repetir una y otra vez: “El Señor es mi fuerza, mi roca y mi salvación: ¿a quién temeré?; el Señor defiende mi vida: ¿quién me hará temblar?”.
Sentirlo cercano. Amarlo ahí.

         ¿Por qué gustas tanto de hablar, y tan poco de escuchar?
Andas siempre fuera de ti, y rehusas regresar a ti.
El que enseña de verdad está dentro”
In ps. 139,15


Dame, Señor, a conocer y entender qué es primero, si invocarte o alabarte, o si es antes conocerte o invocarte. Más ¿quién habrá que te invoque si antes no te conoce? Porque, no conociéndote fácilmente podrá invocar una cosa por otra. ¿Acaso más bien no habrás de ser invocado para ser conocido? Pero, ¿y cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán si no se les predica? Ciertamente, alabarán al Señor los que le buscan, porque los que le buscan le hallan y los que le hallan le alabarán. Que yo, Señor, Te busque invocándote y Te invoque creyendo en Ti, pues me has sido ya predicado. Invócate, Señor, mi fe, la fe que Tú me diste e inspiraste por la humanidad de tu Hijo y el ministerio de tu predicador.

Confesiones I, 1, 1.

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