lunes, 8 de junio de 2015

Compartendo vida... La santidad Juan XXIII y Juan Pablo II, santos: significado y semblanzas Juan Pablo II, un Reflejo de Luz VIVIR EL DOMINGO 2º de PASCUA, ciclo A Mañana Lunes otra vez Oraciones Mes de Mayo El encuentro con Jesús La vida... con humor


Posted: 26 Apr 2014 03:36 PM PDT
La santidad es responder a la llamada de Dios en cada momento de nuestra vida. 
La santidad es seguir los pasos de Cristo acercándonos a los pobres y necesitados.
La santidad es escuchar el clamor del mundo y actuar para paliar un mínimo de dolor.
Los milagros los vemos cada día en las personas que se dan, que se parten y reparten por ayudar a los otros, en los trabajadores que tienen interminables horas laborales por un mínimo sueldo. en los padres que se desgastan por sus hijos, en las sonrisas de los niños y en el amor de los jóvenes.
Milagro es mirar más allá de lo que ven nuestros ojos, tocar el sufrimiento de los demás y hacerlo nuestro, andar por caminos que otros rechazan por miedo o temor...
Pero... hay personas que hacen que la santidad y los milagros sean especialmente significativos. Son aquellos que con su propia vida anuncian un mensaje de Amor incondicional, que no se dejan llevar por los otros y que son valientes para arriesgar hasta su propia vida.
Hoy, dos hitos de la Iglesia son elevados a los altares, al fin y al cabo es un reconocimiento público de la Iglesia por el bien que hicieron en su pontificado a tantas y tantas personas que se cruzaron con sus mensajes, entre las cuales me encuentro yo misma.
Estoy segura de que Juan XXIII y Juan Pablo II hace mucho tiempo que están cerca de Dios y que, desde arriba, hoy nos mirarán con ternura en su celebración.
¡Gracias Karol Wojtyla, gracias Angelo Giuseppe por vuestra vida entregada regando del Amor de Dios el camino de muchos!

Encar_AM



El domingo 27 de abril, segundo domingo de Pascua, festividad de la Divina Misericordia, la Iglesia católica, y con ella la humanidad, vivirá un acontecimiento extraordinario y, al menos desde hace muchos siglos, inédito.

En efecto, un Papa, en este caso Francisco –y, al menos, desde la cercana distancia el emérito Benedicto XVI- canonizará a dos recientes y magníficos antecesores suyos: Juan XXIII (1881-1963)y Juan Pablo II (1920-2005).

Los cincuenta años que distan desde la muerte primero –Juan Pablo II murió en 2005- y la canonización es todo un signo de presencia y de don de Dios en medio de una de las complejas singladuras de la Iglesia en su historia dos veces milenaria.

Con Juan XXIII y Juan Pablo II en los altares como santos,  se volverá a poner de manifiesto, además, el privilegio y la gracia con la que Dios ha guiado y guía a su Iglesia en el último siglo y medio. De los once últimos pontífices, tres serán ya santos: Pío X y el 27 de abril, Juan XXIII y Juan Pablo II; otro, Pío IX, beato; dos, Pío XII y Pablo VI, venerables –esto es, reconocidas la heroicidad de sus virtudes y vida cristiana, y quizás, en los próximos meses, el Papa Montini, ya beato- y en espera, pues, de la aprobación de un milagro atribuido a su intercesión para ser declarados beatos; otro, Juan Pablo I, siervo de Dios; y los otros tres, León XIII, Benedicto XV y Pío XI, también espléndidos y providenciales pastores.  Con esta luminosa y virtuosa pléyade de Pontífices de la Iglesia católica se verifica, una vez más, la promesa de Jesucristo, el “yo estaré siempre con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

De los 264 Papas fallecidos hasta la fecha, 80 han sido reconocidos Santos oficialmente. Son Santos los 35 primeros Pontífices, desde San Pedro a San Julio I (337-352). Después hay otro grupo de 13 Papas Santos entre San Dámaso I (366-384) y San Gelasio I (492-496). Los últimos cinco Papas canonizados son: San Celestino V (1294, canonizado en 1313), San Pío V (1566-1572, canonizado en 1712), San Pío X (1903-1914, canonizado en 1954) y, a partir del 27 de abril de 2014, San Juan XXIII (1958-1963) y San Juan Pablo II (1978-2005).

Emblema del buen cura, presbítero y después nuncio y obispo que amaba a cada uno de sus fieles, piadoso, manso, bondadoso humilde, preocupado por los pobres, creyente que se dejaba guiar por el Espíritu Santo… Así definía recientemente Francisco a Juan XXIIII. “El gran misionero de la Iglesia,  un hombre –Francisco habla ahora de Juan Pablo II- que llevó el evangelio  a todos los lugares… Sentía ese fuego de llevar la Palabra del Señor. Es un Vicente de Paul, es un San Pablo…”. “Y hacer la ceremonia de canonización con los dos juntos, creo que es un mensaje a la Iglesia: estos dos son buenos, son buenos, son dos buenos”, apostilla –y ya, al menos por  ahora todo queda dicho- el actual Pontífice.

Juan XXIII: el Papa bueno

Fue el Papa del cambio, el Papa Concilio Vaticano II. Pero Angelo Giuseppe Roncalli, sobre todo, fue el Papa bueno. Pocas veces una definición se ajusta tanto a la realidad. Y si, además, la definición es sencilla y facilísima inteligible, mejor todavía. Su legado, como afirmó de él Pablo VI, no cabe en su sepultura. Ha sido una de las personas más queridas y admiradas de las últimas décadas. Su figura, tan sencilla, tan humana, tan cristiana, sigue vigente e interpeladora, a pesar de los años. Más aún, según pasan los años, como acontece con los buenos vinos, su figura es todavía más atrayente.

¿Por qué? ¿Cuál fue su secreto? Vivir, buscar y testimoniar siempre la voluntad de Dios. El mismo lo dijo: “Este es el misterio de vida. No busquéis otra explicación. He repetido siempre la frase de San Gregorio Nacianceno: Tu voluntad, Oh Señor, es nuestra paz. Este mismo pensamiento, en estas otras palabras, me hicieron siempre buena compañía: Obediencia y paz”, tal y como se lo había enseñado en sus años de infancia y adolescencia un sacerdote: “Obedece siempre, con sencillez y bondad, y deja hacer al Señor”.

Así se explica su fecunda vida, de más de 81 años. Así se explica su prolijo y variado ministerio sacerdotal y episcopal. Así se explican sus cuatro años y medio de pontificado. Así se explica que los búlgaros, en los once años que fue delegado papal en este país, le llamaran buen padre. Así se explica, como quedó dicho al comienzo, que los fieles de todo el mundo y de distintas culturas y religiones le llamaran y le sigan llamando el Papa Bueno.

Así se explica que, 132 años después de su nacimiento y otros 51 años después de su muerte, siga siendo un personaje de actualidad. Qué se lo pregunten sino a los cientos y miles de personas que día a día acuden a su tumba en la basílica de San Pedro de Roma. Que se lo pregunta al Papa Francisco, que según testimonio de Loris Capovilla, el custodio de la memoria de Juan XXIII y de su legado, el neocardenal, pensó en llamarse, al calzar las sandalias del Pescador –sandalias también del Papa Juan-, Juan XXIV.

Vivir la voluntad de Dios, en obediencia y en paz, siempre alegres y activas, es descubrir la auténtica sabiduría de Dios, que escribe rectos con renglones torcidos y cuyo caminos, aunque no son nuestros caminos, están siempre rezumando amor y plenitud.

Juan Pablo II: el Papa grande

Karol Jozef Wojtyla nació en Wadowice (Polonia) el 20 de mayo de 1920. Con tanto solo 20 años, y ya muertos sus padres y su único hermano y Polonia invadida por el ejército nazi, Karol, que prometía ser actor y escritor, al enfrentarse a la realidad del mal, descubre que solo el amor de Jesucristo es la clave de la felicidad que anhela el corazón del hombre. Ingresa en el seminario de Cracovia, estudia en Roma y es ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946.

La universidad  y los jóvenes fueron los principales ámbitos de los doce años de su ministerio como sacerdote. Su patria polaca se enfrentaba entonces a otro de los grandes males del siglo XX: el comunismo. Karol Wojtyla es obispo auxiliar de Cracovia de 1958 a 1962 y arzobispo metropolitano de esta misma sede durante 16 años. Cardenal desde 1967, el 16 de octubre de 1978 es elegido Papa con el nombre de Juan Pablo II. Durante más de veintiséis inolvidables años, desarrolla un admirable ministerio petrino. Fallece, tras ser visitado durante años por la cruz, el 2 de abril de 2005. Fue beatificado el 1 de mayo de 2011.

Las dos claves, dos pilares, dos focos que iluminan, explican y definen la figura y el pontificado de Juan Pablo II, y que nos marcan los caminos para vivir en plenitud nuestra vocación cristiana. Estas claves no son otras que Jesucristo y el hombre, palabras emblemáticas que figuran en el título de su primera encíclica, Redemptor hominis, palabras programáticas que aparecen ya en su primer mensaje a la Iglesia y al mundo en la misma tarde de su elección:”¡No tengáis miedo -nos dijo en aquella tarde memorable-. Abrid las puertas a Jesucristo. Sólo Él puede salvar al hombre!”.

Jesucristo fue su razón de ser, la clave de bóveda de su existencia. Su amor apasionado a Jesucristo, cultivado en la oración, en la intimidad y en la unión con Él, fue el venero fecundo de toda su vida y actividad. Quienes tuvimos el privilegio de contemplar al Papa rezando muy de mañana en su capilla privada, pudimos comprobar con emoción su capacidad de interioridad, su capacidad para abstraerse, abandonarse y centrarse sólo en Dios, conscientes de que estábamos contemplando la oración de un santo. En el amor apasionado a Jesucristo, en su vida interior, en su experiencia de Dios, sustentó Juan Pablo II la fe profunda que se ha traslucía en sus palabras y en sus gestos.

En su amor ardiente a Jesucristo sustentó Juan Pablo II su fuerza interior y la entrega agónica de su vida. Su servicio apasionado al Evangelio y a la Iglesia se convirtió en los compases finales de su vida en la catequesis más persuasiva y convincente sobre cómo debe ser la oblación sin límites de nuestra propia vida al servicio de lo que creemos, amamos y esperamos. Juan Pablo II se entregó a su tarea como el Buen Pastor a pesar de las enfermedades que le acompañaron de manera permanente durante todo su ministerio desde el atentado del 13 de mayo de 1981. A todos nos ha sobrecogido su imagen doblada por la edad y el deterioro físico, mientras se engrandecía su figura moral. Sus últimos meses, crucificado con Cristo en la cruz  y unido por la comunión con todos los enfermos del mundo, han sido el preludio de una fecunda pascua. Como escribiera el cardenal Joseph Ratzinger, con su vida y testimonio, Juan Pablo II nos legó en los diez últimos años de su vida la más bella de sus encíclicas: la del sufrimiento y la cruz aceptados por amor al Señor y en solidaridad con todos los que sufren, desde la conciencia de su deber de Supremo Pastor vivida heroicamente.

Y desde este amor apasionado e incondicional a Jesucristo, brotó en plenitud el amor al prójimo. Y así fue el Papa de los jóvenes, de las familias, de los pobres, de los derechos humanos, el Papa de los viajes, de los récords, de los documentos… Todo como una ofrenda en totalidad y radicalidad de su persona y de los demás recibidos para servir a los demás y ser testigo del amor y de la gloria de Dios.


Posted: 26 Apr 2014 02:30 PM PDT
Juan Pablo II, nuestro Papa amigo, Papa mensajero y viajero... dejo una huella profunda en el corazón de muchos españoles cuando vino en 1982. Hoy, 31 años después, la Iglesia proclama su Santificación. Para muchos de nosotros fue un Santo en vida y nos mostró un camino muy claro de oración, entrega, generosidad y valentía para seguir a Jesús de Nazaret.
Sirva este sencillo video, realizado hace dos años, como agradecimiento por todo el bien que me hizo y ha hecho a muchas personas. Gracias Juan Pablo, amigo. 


Posted: 26 Apr 2014 02:00 PM PDT
JUAN 20, 19-31

Ya anochecido, aquel día primero de la semana, estando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos, llegó Jesús, haciéndose presente en el centro, y les dijo: - Paz con vosotros. Y dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor. Les dijo de nuevo: - Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros. Y dicho esto sopló y les dijo: - Recibid Espíritu Santo. A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los imputéis, les quedarán imputados. Pero Tomás, es decir, Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le decían: - Hemos visto al Señor en persona. Pero él les dijo: - Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos y meta mi mano en su costado, no creo. Ocho días después estaban de nuevo dentro de casa sus discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús estando las puertas atrancadas, se hizo presente en el centro y dijo: - Paz con vosotros. Luego dijo a Tomás: - Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel. Reaccionó Tomás diciendo: - ¡Señor mío y Dios mío! Le dijo Jesús: - ¿Has tenido que verme en persona para acabar de creer? Dichosos los que, sin haber visto, llegan a creer. Ciertamente, Jesús realizó todavía, en presencia de sus discípulos, otras muchas señales que no están escritas en este libro; estas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y, creyendo, tengáis vida unidos a él.
JESÚS SALVARÁ A LA IGLESIA
Aterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero no está con ellos Jesús. En la comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. ¿A quién seguirán ahora? ¿Qué podrán hacer sin él? "Está anocheciendo" en Jerusalén y también en el corazón de los discípulos.
Dentro de la casa, están "con las puertas cerradas". Es una comunidad sin misión y sin horizonte, encerrada en sí misma, sin capacidad de acogida. Nadie piensa ya en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Con las puertas cerradas no es posible acercarse al sufrimiento de las gentes.
Los discípulos están llenos de "miedo a los judíos". Es una comunidad paralizada por el miedo, en actitud defensiva. Solo ven hostilidad y rechazo por todas partes. Con miedo no es posible amar el mundo como lo amaba Jesús, ni infundir en nadie aliento y esperanza.
De pronto, Jesús resucitado toma la iniciativa. Viene a rescatar a sus seguidores. "Entra en la casa y se pone en medio de ellos". La pequeña comunidad comienza a transformarse. Del miedo pasan a la paz que les infunde Jesús. De la oscuridad de la noche pasan a la alegría de volver a verlo lleno de vida. De las puertas cerradas van a pasar pronto a la apertura de la misión.
Jesús les habla poniendo en aquellos pobres hombres toda su confianza: "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". No les dice a quién se han de acercar, qué han de anunciar ni cómo han de actuar. Ya lo han podido aprender de él por los caminos de Galilea. Serán en el mundo lo que ha sido él.
Jesús conoce la fragilidad de sus discípulos. Muchas veces les ha criticado su fe pequeña y vacilante. Necesitan la fuerza de su Espíritu para cumplir su misión. Por eso hace con ellos un gesto especial. No les impone las manos ni los bendice como a los enfermos. Exhala su aliento sobre ellos y les dice: "Recibid el Espíritu Santo".
Solo Jesús salvará a la Iglesia. Solo él nos liberará de los miedos que nos paralizan, romperá los esquemas aburridos en los que pretendemos encerrarlo, abrirá tantas puertas que hemos ido cerrando a lo largo de los siglos, enderezará tantos caminos que nos han desviado de él.
Lo que se nos pide es reavivar mucho más en toda la Iglesia la confianza en Jesús resucitado, movilizarnos para ponerlo sin miedo en el centro de nuestras parroquias y comunidades, y concentrar todas nuestras fuerzas en escuchar bien lo que su Espíritu nos está diciendo hoy a sus seguidores y seguidoras.

José Antonio Pagola
Posted: 26 Apr 2014 12:00 PM PDT

Posted: 26 Apr 2014 06:00 AM PDT
Posted: 26 Apr 2014 03:00 AM PDT
El encuentro con Jesucristo vivo es el punto de partida para una auténtica conversión, y para una renovada comunión y solidaridad. Para hacer efectivo este proyecto siempre es Dios quien toma la iniciativa. Es Él quien se hace prójimo de los hombres y quien da el primer paso para ir al encuentro del hombre y la mujer.  Es Él quien se interesa por su futuro, por su historia, y quien decide unirse y solidarizarse con los hombres y mujeres. Es Dios Emmanuel, es decir un Dios-con-nosotros que camina junto a su pueblo. Es un Dios que se da a conocer. Es el Dios de la revelación; el que se revela. Él actúa a rostro descubierto. Es un Dios que, al revés de los otros dioses, no se esconde detrás de su misterio.

La pregunta es, entonces, ¿dónde, cómo y cuándo podemos encontrarle? ¿dónde y cómo podremos dejarnos encontrar por Él? ¿dónde podremos verle, escucharlo, sentirlo y palparlo? (ver 1Jn. 1,1). El no minimiza sus presencias. Las multiplica. Y nos da los caminos al encuentro. Así lo aprenderemos en las páginas de la Biblia y, en especial, en los relatos después de la resurrección. En ellos Jesucristo nos revela los lugares y el lenguaje preferido. Donde hay amor y caridad, Dios ahí está. Donde está Dios, está la felicidad.
Posted: 26 Apr 2014 12:00 AM PDT
- Qué esta haciendo una vaca con los ojos cerrados
- Leche concentrada

No hay comentarios:

Publicar un comentario