domingo, 24 de mayo de 2015

Walter Riso; El Camino de los Sabios; PRIMER PRINCIPIO LA COHERENCIA COMO FORMA DE VIDA: PRACTICAR LO QUE SE PREDICA


La mayoría de los filósofos de la Antigüedad eran buscadores de sabiduría, experimentadores dispuestos a arriesgarse por las ideas que defen­dían. Para ellos, la coherencia pesaba más que la originalidad, y por eso sus planteamientos iban más allá del mero discurso y se plasmaban en un modo de vida acorde a sus pensamientos. Los an­tiguos, además de hablar, hacían lo que decían, y sus lecciones se evidenciaban en el desarrollo del día a día: se trataba de un aprendizaje no sólo auditivo, sino también visual: «No me digas qué es la sabiduría, no me hables de cómo vivir bien. ¡Muéstramelo!», ésta era la premisa.
Séneca, el filósofo estoico de origen hispano, afirmaba que para tener una vida feliz había que evitar desviarse de la propia esencia, de lo que nos define profundamente: «Éste es el cometido más impor­tante de la sabiduría: que las obras vayan acordes con las palabras, que el sabio sea en todas partes coherente igual a sí mismo. ¿Quién podrá lograr­lo? Unos pocos, y aunque la tarea es ciertamente difícil, no pretendo que el sabio deba caminar siem­pre al mismo paso, sino por la misma ruta».
Por la misma ruta..., más rápido o más despa­cio, de buen humor o refunfuñando. Da igual, lo que verdaderamente importa es dirigir el bar­co a buen puerto y ser fiel a las metas que nos proponemos mientras no pierdan su valor.


La sabiduría silenciosa
Hace unos años, en un poblado indígena en el Amazonas, le pregunté a un nativo qué pensa­ba él sobre la felicidad. El hombre se levantó y me pidió que lo siguiera. Nos adentramos un trecho en la selva, hasta que de pronto me seña­ló un lugar donde infinidad de ranas de colores saltaban y croaban alrededor de una fuente ter­mal natural enclavada en un espeso paraje de intensos verdes. A medida que los vapores se elevaban y los rayos del sol los atravesaban, las gotas de agua adquirían un color tornasolado que se iba perdiendo en las distantes copas de los árboles. No dijo nada, sólo extendió la mano como ofreciéndome un regalo. Después de con­templar durante un rato aquel maravilloso rin­cón, regresamos al poblado en el más profundo silencio. No había mucho que añadir; su res­puesta había sido más que elocuente: «Eso que me preguntó, ahí lo tiene».
Debemos reconocer que a veces el lenguaje sobra. «Cuando tocamos lo esencial, el núcleo duro de la existencia, es mejor callar», afirmaba el filósofo Wittgenstein. Esa sabiduría silencio sa puede generar en el que la vive un verdadero terremoto psicológico. Su propuesta es maravi­llosamente sencilla: «Ven y observa». Sólo eso, nada más. Experiencia pura. Si fuéramos hones­tos, internamente coherentes, nuestro compor­tamiento hablaría por nosotros.
Cuentan que cuando alguien trató de convencer a Diógenes el cínico, mediante argumentos compli­cados y silogismos de todo tipo, de que el movi­miento de los objetos era una ilusión, éste, para refutar tanta retórica, simplemente se levantó y co­menzó caminar n silencio de un lado a otro. No dijo nada más, pero el mensaje implícito fue con­tundente: el movimiento se demuestra andando
Insisto: a veces, una acción o una observación irrefutable vale más que cien explicaciones.
Zenón (el padre del estoicismo) dijo 'a propósito del suicidio de un sabio hindú que prefería ver a un solo indio dejarse quemar lentamente a aprender de manera abstracta todas las demostraciones sobre el dolor.
Los artistas del verbo
La verborrea siempre ha sido sospechosa, aun­que a veces nos seduzca. No digo que debamos rendir culto al mutismo y a la falta de expresión, lo que sostengo es que no deberíamos sacrificar qué decimos, por cómo lo decimos. La carta de presentación de cualquiera, el currículum vitae que tantas veces nos exigen, debería incluir an­tes que nada nuestro modo de vida: «Dime qué haces y te diré quién eres», «Dime qué haces y veré si puedo aprender algo» o, sobre todo, «Dime qué haces y te diré cuánto te creo».
Epicuro decía que el conocimiento serio y bien sustentado de las cosas no forma ni fanfarrones ni artistas del verbo; al contrario, el verdadero saber forma «hombres dignos e independientes que se enorgullecen de sus propios logros y no de aque­llos resultados que se obtienen por azar o por cual­quier otra circunstancia externa». En fin: cuanto más sepas, menos querrás hablar por hablar.
¿Cómo practicar el silencio inteligente? Debe­mos empezar modestamente,, intentar durante unos días decir sólo lo justo y lo que merece la pena ser dicho. Hay que concentrarse en lo esencial y poner la palabra al servicio de la ra­cionalidad y la sensatez. Pensar antes de hablar aunque sacrifiquemos un poco la espontanei­dad. Una de las consecuencias de hablar menos es que los otros te escucharán más atentamente.
En cierta ocasión, Diógenes estaba exponiendo un discurso serio y provechoso para la gente, pero como no se acercaba nadie a escucharlo, suspendió lo que estaba diciendo y comenzó a cantar. En­tonces, cuando la gente se volvió a congregar a su alrededor, dejó el canto y los reprendió diciéndoles qu acudían presurosos a escuchar a los charlata­nes de feria, pero que iban de mala gana allí donde se nseñaban cosas insp radas por la sabiduría.
Hablar con uno mismo
Coherencia del «yo»: pensar, sentir y actuar ha­cia un mismo lado, en la misma dirección. ¿Cuántos lo logran? He conocido a personas que de tanto decir «sí» a los demás dejan de ser ellos mismos. Se especializan en agradar y adaptarse a las exigencias externas, creando un verdadero síndrome del camaleón. El mensaje es muy claro: si no sabemos qué queremos y ha­cia dónde vamos, habremos perdido la capaci­dad de autorregular nuestro comportamiento. ¿Cómo ser psicológica y afectivamente coheren­te si he dejado el control de lado, si me he desco­nectado de mí mismo?
En la Antigüedad, los filósofos y los sabios hacían una elección de vida razonada, sabían qué estaban haciendo y por qué. Esto implicaba un esfuerzo consciente y una gestión de los re­cursos mentales disponibles: es coherente quien trabaja para serlo.
Epicuro recomendaba en una de sus cartas: «Estos consejos y otros similares medítalos noche y día en tu interior y en compañía de alguien que sea c m tú, y, así, nunca, ni estando despierto ni en sueños, sentirás turbación, sino que, por el contrario, vivirás corno un dios entre los hombres".
Muchos de mis pacientes no saben, por qué han elegido la vida que llevan, independiente­mente de que sea buena, mala o regular. Cuan­do los interrogo al respecto suelen responderme que ellos no han elegido nada, y que las cosas han ido ocurriendo sin que se dieran cuenta. Es más, la mayoría tiene la triste sensación de que los hechos cotidianos van transcurriendo como si fuera una película en la que el intérprete es otro. Sin embargo, una vez que comienzan a re­visar seriamente su existencia, sus objetivos, las relaciones que establecen con su entorno y sus hábitos, el sentimiento de «despersonalización» se va extinguiendo. No puede haber coherencia sin que llegues a hacerte dueño de tu propio «yo» y se cree un diálogo interno en el que pue­das estar «noche y día», momento a momento, cara a cara contigo mismo.
Tres ejemplos:
Una vez le preguntaron al cínico Antístenes qué ha­bía aprendido de la filosofía después de tantos años. Su respuesta fue: »El ser capaz de hablar conmigo mismo».
Algo similar dicen de Cleantes, un filosofo estoico que, además, era boxeador y solía hacerse repro­ches a si mismo en voz alta. Al arlo, alguien le pre­guntó: ¿A quién haces esos reproches», y él, son­riendo, respondió: «A un viejo que tiene canas, pero no entendimiento>
También cuentan que Pirrón, el padre del escepti­cismo, continuaba sus discursos aunque sus oyen­tes se hubieran marchado. En cierta ocasión en que lo vieron hablando solo. le preguntaron por qué lo hacía, y respondió: «Me ejercito en ser virtuoso».
¿Por cuánto te vendes?
Uno de mis pacientes había consentido en «espiar» a su jefe en el trabajo. Le prometieron un ascenso y un aumento de sueldo si proporcio­naba a la directiva información sobre quiénes estaban «poco vinculados a la empresa» y crea­ban un «mal ambiente laboral». El hombre acep­tó, pero, debido a su formación religiosa y fami­liar, rápidamente apareció en él un conflicto moral muy difícil de soslayar: sentía que debía responder económicamente por su esposa e hi­jos, pensaba que era un traidor y actuaba llevan­do y trayendo información. Este desajuste entre mente, emoción y conducta se hizo cada vez más insoportable. Al poco tiempo, un cuadro depresivo empeoró las cosas. En semejante si­tuación, decidí introducir en el tratamiento al­gunas lecturas de Epícteto. Una frase llamó su atención de manera especial y dio pie a que pu diéramos afrontar el problema desde una pers­pectiva ética. La filosofía no siempre brinda so­luciones concretas, pero sí abre puertas que conducen a nuevas maneras de ver el problema.
La premisa de Epícteto era la siguiente: «Eres tú quien debe decidir lo que es digno de ti, no yo. Eres tú quien te conoces a ti mismo, quien sabe cuánto vales para ti mismo y por cuánto te vendes: cada uno tiene un precio».
A medida que fue avanzando la terapia, des­cubrió algo que a simple vista puede parecer elemental pero que mi paciente no había asimi­lado correctamente: su familia prefería pasar necesidades a verlo envuelto en situaciones de corrupción moral; prefería comer menos a verlo sufrir; prefería trabajar más y verlo sonreír con la cabeza alta; en fin, quería que «no se vendie­ra», en términos de Epícteto. Poco a poco el pro­ceso terapéutico, le hizo ser más consciente de cuál era el estilo de vida que quería llevar y cuá­les eran los principios a los que no debía renun­ciar. Finalmente, no lo echaron de la empresa, dimitió y salió por la puerta grande.
Coherencia de línea dura
Cuando existe una contradicción irreconciliable entre dos creencias, se crea una tensión que en 'psicología se conoce como disonancia cognitiva.18 Las investigaciones muestran que la inconsis­tencia interior produce altos niveles de ansie­dad, miedo a tomar decisiones e hipocresía. Los estoicos eran conscientes de estas consecuen­cias, y por eso eran tan estrictos con el manejo de las contradicciones internas.
Zenón afirmaba: «El fin de la vida es vivir de modo coherente, es decir, vivir según una sola norma y de acuerdo a ella».
Casi cuatro siglos después, la fórmula seguía inal­terada esta vez en boca de Séneca: «Así pues, de­jando a un lado los viejos conceptos de sabiduría y para abarcar la vida humana en toda su dimensión, me puedo contentar con esta definición: ¿en qué consiste la sabiduria? En querer y rechazar siempre las mismas cosas>>
Un punto de vista más moderado y actual lo encontramos en el psicoanalista Erich Fromm,21 quien reconocía que las discrepancias cogniti­vas y el intento de resolverlas son inseparables para el ser humano. Lo que resulta evidente es que para la mayoría de los filósofos de la Anti­güedad, menos condescendientes que Fromm en este tema, la congruencia entre mente y con­ducta era una condición imprescindible para al­canzar la paz interior.

Diógenes vivía sorprendido por las contradicciones que algunos mostraban entre el decir y el hacer.
Por ejemplo, se asombraba con los gramáticos que buscaban errores en los trabajos literarios de otros y no hacían lo mismo con los propios; con los músi­cos que afínaban las cuerdas de la lira y tenían de­safinadas las del alma: con los matemáticos que de tanto observar el Sol y la Luna no veían lo que tenían bajo sus pies: con los oradores que decían preocu­parse por lo justo y no lo practicaban jamás; con los avaros que despreciaban el dinero y lo adora­ban a mas no poder.
El punto de impacto
La coherencia interna aumenta la eficiencia y potencia nuestras capacidades. Hay personas que funcionan como una escopeta de perdigo­nes: piensan una cosa, sienten otra y sus actos se dispersan sin dirección. Obviamente, esta «des­bandada» atenúa el impacto de la conducta y sus resultados.
Recuerdo que en una época de mi vida prac­tiqué karate. Mi maestro siempre se quejaba por­que mis golpes eran «dispersos», es decir, no concentraba mi potencia en los nudillos del ín­dice y el anular, sino que el puño golpeaba de frente y el efecto era pobre. En vista de que no mejoraba, me sugirió que consiguiera un ma­kiwara y practicara en mi casa. Un makiwara es una tabla que se sujeta al suelo y está provista de una almohadilla en la parte superior que ge­neralmente está forrada con cuero grueso. De este modo, uno tiene delante un contendiente que no se mueve y recibe todo tipo de golpes sin protestar. Me dediqué a practicar obsesiva­mente: girar un poco la mano hasta concentrar toda la fuerza en un punto, como si el brazo adelgazara, la energía pasara por un embudo y explotara contra la madera. La diferencia fue impresionante: la práctica multiplicó mi eficien­cia hasta niveles que yo nunca hubiera sospe­chado.
Algo similar ocurre con la coherencia. Si nos comprometemos con todo nuestro ser en lo que hacemos, cada parte de nosotros, actuará unida a la otra, haciendo que se produzca una reac­ción en cadena, una expansión de la conciencia. Este proceso es comúnmente conocido como «entusiasmo», que en su acepción griega signi­fica sentir la fuerza o la ira de dios en el pecho (en theós thimós —EV OcoS Oupo). Quizá no tenga­mos la certeza de ganar, pero sí la convicción profunda de que llegaremos hasta el final, pase lo que pase. No siempre es así, es cierto, pero cuando ocurre y nos fusionamos internamen­te, algo se magnifica en nuestro ser, algo nos recuerda que hemos estado muy cerca de los dioses.
El ejemplo admirable
Practicar lo que se predica (obviamente, si el fin es noble) genera admiración en casi todas las culturas, porque las personas con una manera de ser congruente inspiran confianza y respeto. Desde Sócrates hasta Nelson Mandela pasando por Giordano Bruno, quienes se arriesgan por sus ideas nos producen cierta fascinación y ha­cen que nos miremos en ellos como en un espe­jo. Como si existiera un gen de la honestidad (que a veces se pierde o no se activa), reconoce­mos lo auténtico y lo celebramos. En la Anti­güedad, a la coherencia le rendían honores de Estado.
Cuando falleció Zenón. en Atenas se publicó una ordenanza celebrando su memoria y se mandó construir un sepulcro público y una corona de oro para dignificarlo. El decreto comenzaba diciendo:
«Por cuanto Zenón de Citio, hijo de Mnaseo, ha es­tado muchos años filosofando en la ciudad y se ha portado corno hombre de bien. ha exhortado a la virtud y a la templanza con sus lecciones a los jóve­nes concurrentes a instruirse, proponiendo a todos su propia vida como el mejor modelo, siempre con forme a su doctrina..."
En la actualidad, aunque existen hombres y mujeres ilustres a los que a veces se condeco­ra, la virtud no suele ocupar primeras páginas ni ser objeto de grandes reconocimientos, a me­nos que superemos un récord Guinness o este­mos en alguna lista de los «top 10». Prestamos más atención a los que tienen éxito, o incluso a los que «saben mucho» de algún tema, que a los que simplemente «saben vivir» y no ostentan cargos de poder. La señora a quien le compro las verduras y la fruta merecería ocupar los titu­lares de los periódicos más importantes del mundo. En los diez arios que hace que la conoz­co, nunca ha dejado de sonreír. Pese a tener que cuidar sola de cinco hijos, puesto que es viuda, cuando alguien llega de mal humor, le compre o no, lo alegra, le cuenta un chiste o alguna fá­bula que ha ido inventando sobre los productos que vende: la «manzana infeliz», la «zanahoria dispersa», el «perejil envidioso del cilantro» y cosas por el estilo. Pasar un rato con ella es tran­quilizador y reconfortante. Ni tiene discos de oro ni ha escrito ningún bestseller ni ha descu­bierto la pólvora, sólo es ella misma cada ins­tante, en cada gesto, en cada pensamiento.
Por fortuna, todavía quedan personas que re­conocen lo auténtico y se asombran ante ello. La sabiduría sosegada del buen ejemplo, la que se da lejos de la parafernalia y la alharaca mediáti­ca, no pasa desapercibida para los que poseen esta capacidad.
¿Cómo es posible no admirarse ante la perfec­ta coherencia de Epicuro, quien no se dejó sedu­cir por los placeres peligrosos y llevó una vida frugal?
En una de sus cartas, escribía que tenia suficiente con algo de pan y agua. Luego, víctima de un pe­queño capricho gastronómico, decía: <Envíame un p dazo de queso para que pueda darme un festín cuando me apetezca
¿Cómo permanecer impávido ante la siguien­te anécdota de Diógenes, en la que se destaca la autosuficiencia del sabio cínico y su imperativo de crearse el menor número de necesidades?
Mientras Diógenes tomaba el sol, se le acercó Ale­jandro Magno, y le dijo: «Pídeme lo que quieras y te será concedido», a lo que el filósofo, después de meditar un rato acerca del ofrecimiento, respondió: «Hazte a un lado, que me estás tapando el sol». No quería otra cosa.
Apuntes de este libro de Editorial Planeta/Zenith
Walter Riso, el autor de este libro, es un reconocido psicólogo clínico que posee
la compleja habilidad de escribir contenidos técnicos en un lenguaje fácil, ...
www.milenium3w.com/e-cultura/ebooks/Walter Riso - Cuestion de Dignidad.pdf

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