viernes, 17 de abril de 2015

Walter Riso; El Camino de los Sabios; INTRODUCCIÓN


Partiendo del conocimiento actual que tenemos sobre la mente, es posible afirmar que existen dos caminos para abrir las puertas de la «buena vida»: la filosofía y la psicología. El cruce entre ambas es sorprendente cuando se consigue. La primera tiende a generar las metas, la orienta­ción, la significación y la reflexión general, la sana costumbre de saber hacer las preguntas. La segunda se interesa más en las técnicas, en lo operativo y en lo que la ciencia aporta, la sana costumbre de buscar las soluciones. Aunque preguntas y respues­tas van juntas y cada una depende de la otra, am­bas se complementan y modifican dependiendo de la situación: hay momentos en que la resolu­ción de problemas es fundamental para la super­vivencia y hay ocasiones en que las preguntas son más importantes que las respuestas.
La psicología moderna no es una disciplina centrada solamente en la patología y en los as­pectos negativos de la vida, también se interesa por la creación y la promoción de emociones po­sitivas: no basta con salir del pozo, hay que em­pezar a caminar; no debemos conformarnos con vencer el miedo, hay que ser valientes; no basta con controlar la agresividad, hay que ser pacífico; no es suficiente doblegar la ansiedad ante tal o cual situación, hay que aprender a vivir más en el presente. Y es precisamente en el salto hacia una existencia más plena y realizada donde la filoso­fía nos aporta su extraordinaria fuerza y saber.

La filosofía a la que haré referencia no es para letrados ni ha sido concebida para académicos o especialistas, es una filosofía terapéutica, útil, pragmática y aplicable a la vida cotidiana. Du­rante años he recurrido a ella para completar mi quehacer psicológico y crear esquemas menta­les constructivos y resilientes. No es una filoso­fía diseñada sólo para «comprender», sino que está encaminada a mejorar la calidad de vida y ayudar al crecimiento humano. La siguiente frase de Epicuro explica lo que quiero decir:
Vacío es el argumento de aquel filósofo que no permite curar ningún sufrimiento humano. Pues de la misma manera que de nada sirve un arte médico que no erradique la enfermedad de los cuerpos, tampoco hay utilidad ninguna en la filo­sofía si no erradica el sufrimiento del alma.
La aplicación de los principios de la filosofía antigua.(griega y romana) a los que haré men­ción puede generar un efecto transformador so­bre la existencia individual. Nadie permanece inalterado después de haber abrazado su sabi­duría, de haber captado su mensaje y de haber­se ejercitado en ella.
Gran parte de este saber fue y es un saber vivir, un arte ejercitado por hombres y mujeres que no eran santos ni iluminados, sino simples bus­cadores de sabiduría, investigadores de la expe­riencia humana que no pretendían alcanzar el cielo, sino una vida más feliz y sensata. Muchos de sus preceptos y pensamientos fueron conce­bidos para tiempos de crisis, para fortalecer el «yo», enriquecerlo y sobrevivir a un mundo complejo donde los referentes perdían su signi­ficado. En una posmodernidad como la nuestra en la que el esfuerzo y la voluntad parecen estar perdiendo la batalla frente a la negligencia, la sabiduría antigua llega como un soplo de aire fresco y una forma de retomar el camino perdido. Obviamente, no se trata de imitar a los vie­jos maestros ni de trasladar de forma mecánica sus enseñanzas al mundo moderno, lo que su­giero es que los tomemos como una inspiración, una orientación o, si se quiere, como un legado que debemos traducir y actualizar. El filósofo Pierre Hadot2 sostiene que la única manera de aplicar esta sabiduría con éxito en el presente es respetar su esencia y su significado profundo sin perder de vista las nuevas condiciones his­tóricas. Cada cual la reinventa a su antojo, cada cual la acomoda a su tiempo y necesidad: sus enseñanzas son una guía, nosotros definimos el modo en que transitaremos el camino.
Cuando hablamos de «filosofía antigua», no debemos imaginarnos algo caduco o una biblio­teca lúgubre repleta de telarañas; al contrario: la Antigüedad fue especialmente lúcida, brillante y explosiva en cuanto a sabiduría y conocimien­to. Los historiadores la ubican entre el siglo vi (a. J.C.) y el año 529 (d. J.C.): son unos mil años de experiencias vitales e ideas acumuladas que siguen impactando en nuestra vida cotidiana cuando nos acercamos a ellas.3 El filósofo Karl Jaspers4 se refiere al comienzo de este momento histórico como el «eje axial» o el «tiempo-eje», ya que en él se concentran y coinciden hechos extraordinarios. Algo pasó en el mundo en aquella época. En China viven Confucio y Lao Tse y aparecen todas las tendencias de la filoso­fía china, entre ellas la del genial Chuang Tzu; en India, predica Buda; en Irán, Zaratustra y, en Grecia, los presocráticos y Sócrates. ¿Habrá que descartar sus enseñanzas porque no son «mo­dernos»? La sabiduría nunca está out, y menos en los momentos difíciles de la historia social y personal.
¿Qué mantiene su vigencia? ¿Por qué nos si­guen impactando las anécdotas, el modo de vida y los preceptos que dictaron aquellos filó­sofos y maestros de vida? Me he preguntado en más de una ocasión cómo reaccionaría un sabio griego de la Antigüedad si pudiéramos traerlo mágicamente desde aquella época al mundo ac­tual. Y mi conclusión es que, después de quedar atónito por los avances científicos y algunas de nuestras barbaridades «civilizadas», terminaría diciéndose a sí mismo: «¿Cómo consigue esta gente ser feliz y vivir en armonía con la natura­leza?». La modernidad le generaría las mismas incógnitas que se le planteaban hace miles de años, porque las cuestiones fundamentales so­bre quiénes somos y cómo hemos de vivir si­guen tan, de actualidad como siempre. Las preguntas fundamentales sobre la propia existen­cia, el sentido de la vida, la felicidad, la libertad interior y la relación con el cosmos no son una moda, son las preguntas que nos hacen huma­nos y de las que no podemos prescindir.
Aunque este libro mira más a Occidente que a Oriente, no intento minimizar la importancia de las disciplinas y los preceptos de la sabiduría oriental o de su riqueza espiritual e incluso tera­péutica.' Tampoco desconozco la existencia de una sorprendente afinidad entre la sabiduría griega y determinadas prácticas orientales.' Aun así, mi intención como psicólogo es inda­gar en el conjunto de los ideales, valores, imagi­narios y actividades que han constituido la vi­sión del mundo occidental. Como ya he dicho, los filósofos de la antigua Grecia no estaban im­buidos de ninguna gracia especial ni tocaron el cielo con las manos; muchos eran vagabundos que practicaban lo que predicaban y se ejercita­ban en el arte del buen vivir. Y no siempre bus­caban la inmortalidad o la eternidad, porque consideraban que ya estaban en ella.
Recuerdo que hace unos años, paseando por las montañas de Colombia, me topé con un cam­pesino que iba sobre una mula. Cuando me de­tuve a conversar con él, y casi de inmediato, pude apreciar en su mirada esa serenidad que sólo vemos en algunas personas esporádica­mente. Cuando le pregunté sobre su vida, bus­cando alguna clave sobre la paz que transmitía, el hombre frunció el cejo y me dijo: «¿Usted quiere saber por qué ando tan despreocupado? Pues bien, un día decidí que sólo haría lo que quiero hacer... No fue fácil, porque primero tuve que tener claro qué quería, y después solamente desear eso que quería... A veces flaqueo, pero no dejo que la debilidad me gane...». Luego le murmuró algo a la mula, y se fue por el mismo camino por el que había llegado. Estuve a punto de irme detrás, pero me faltó coraje. «Decidió» no «desear lo que no tenía». Insisto: decidió. No fue una experiencia mística, sino un producto de su voluntad, de su razón, de su «libre albe­drío», como diría Epícteto. Ni se despreocupó de los problemas ni dejó que el universo se en­cargara de los detalles; más bien adoptó una po­sición realista, se hizo dueño de sí mismo y defi­nió su futuro; pensó qué debía hacer y actuó en consecuencia, como un hombre psicológica­mente libre: realizó una elección de vida cons­ciente y se mantuvo firme en ella. No era un ser trascendente, era un luchador. He conocido in­finidad de hombres y mujeres que obran como «sabios escondidos», ocultos tras una actitud en apariencia intrascendente, lejos del poder, el prestigio o la posición.
La obra consta de dos partes. En la primera muestro cinco principios generales de la filoso­fía antigua, principalmente de la griega, que a mi entender no pasan de moda y que nos inci­tan a Vivir con sabiduría: «La coherencia como forma de vida», «Practicar lo que se predica», «Ocuparse de sí mismo», «La tranquilidad del alma», «La autosuficiencia del sabio» y «Vivir conforme a la naturaleza».
En la segunda parte, El camino de los sabios, me refiero a las enseñanzas de cuatro filósofos de la Antigüedad en concreto y en cómo aplicarlas a nuestra vida cotidiana. Se trata de Sócrates, Epicuro, Diógenes y Epícteto. Esta elección, ade­más de estar motivada por una preferencia y simpatía personales, obedece al hecho de que todos comparten los siguientes aspectos: (a) una vida austera y totalmente coherente con lo que predicaban; (b) la idea de que la filosofía debía tener un tinte, terapéutico y eliminar el sufri­miento de quienes se acercaran a ella; (c) un én­fasis en la ética y en cómo alcanzar una vida fe­liz; y (d) una personalidad extraordinaria y carismática. Cada uno de ellos, al margen de la época en que haya vivido, nos indica un derro­tero para liberar la mente y tener una vida más apacible y feliz:
•          Sócrates nos abre la puerta del autoconocimien­to y nos enseña a tomar conciencia de quiénes somos, de nuestras fortalezas y debilidades'. Vivió en la Grecia clásica, en el siglo v a. J.C.
Sócrates generó una revolución espiritual y ética sin precedentes. Fue un provocador, un incitador del autoconocimiento y la reflexión crítica con el objeti­vo de contrarrestar la ignorancia de los que «creían saber lo que no sabían». Entendía la virtud como un perfeccionamiento continuo del «yo» y la felicidad como el producto de una mente ordenada y virtuo­sa. Sus métodos, tal como veremos, producen agita­ción y una remoción profunda en la manera de pen­sar, invitan a ponerse a prueba y a ser dueño de uno mismo.
•          Epicuro nos enseña a disfrutar de la vida y a crear un espacio vital donde la culpa o el miedo irracional no excluyan el placer y la felicidad. Vivió en la Grecia helenística,' entre los siglos rv y ni a. J.C.
Epicuro fue el líder que dio origen a la escuela que lleva su nombre (epicureísmo). Fue un materialista lúcido y un escritor prolífico, aunque la mayoría de su producción literaria se ha perdido a lo largo del tiempo. Su propuesta fue básicamente hedonista: el fin de la vida es el placer, pero no el placer libertino e insaciable, como se ha querido mostrar a veces, sino el placer de la quietud que se obtiene por la ausencia de dolor. Propuso que la filosofía debía ser una medi­cina para el alma, que la infelicidad de los hombres se debía a las supersticiones y las falsas creencias, y que el azar nos hacía libres. También afirmó que no puede haber sabiduría sin autosuficiencia (autogo­bierno), y que la amistad es una de las mayores fuen­tes de felicidad.
•          Diógenes de Sínope nos enseña a ejercer el dere­cho a la protesta, a ser fundamentalmente li­bres y autónomos. Como veremos, fue el prin­cipal representante de la escuela cínica. Vivió en la Grecia helenística, en el siglo w a. J.C. El término «cínico», tal como lo usaremos en este libro, nada tiene que ver con el sentido peyora­tivo que se le otorga hoy en día a la palabra.
El cinismo fue un movimiento de contracultura que atacó las convenciones y los valores de la época de manera radical. No utilizó para ello modelos acadé­micos, sino el ejemplo de sus propias vidas. Sus se­guidores eran vagabundos y filósofos callejeros que escandalizaban a sus conciudadanos con las conduc­tas desvergonzadas, irreverentes y muchas veces impúdicas que esgrimían en contra del orden esta­blecido. Su proceder se oponía abiertamente al consumismo, la masificación y las convenciones. Pro­clamaban un regreso radical a lo natural, defendían la libertad absoluta y decían haber encontrado un atajo hacia la sabiduría. Se declaraban ciudadanos del mundo y se pronunciaban a favor del pacifismo.
•          Epícteto nos abre la puerta del pensamiento ra­cional y nos señala cómo orientarlo adecuada­mente hacia la paz interior. Como veremos, fue un fiel representante de la escuela estoica. Vi­vió a comienzos del Imperio romano, entre los siglos I y II
El estoicismo fue un movimiento que se inspiró fun­damentalmente en las ideas de Sócrates y de los cíni­cos. Para los estoicos, la sabiduría surge de la volun­tad, de hacer un buen uso de la racionalidad y de discernir qué depende de uno y qué no. El ser huma­no es considerado una «chispa divina», porque com­parte su raciocinio con la razón universal (logos). Pregonaron la coherencia del «yo», el autocontrol, la autonomía y el «autocuidado» sin ignorar el as­pecto social del hombre. Defendieron la idea de que para sentirse bien y controlar las pasiones (imper­turbabilidad) hay que pensar de una forma adecuada y con sensatez.
Aunque desde el punto de vista histórico de­bería haber hablado primero de Diógenes y luego de Epicuro, he invertido el orden para hacer más amena la lectura y con el convencimiento de que este cambio no afecta la comprensión de los contenidos.
El libro está escrito en un lenguaje asequible para el público en general y, por lo tanto, puede considerarse un texto de divulgación. Aun así, en el apartado de «Notas y bibliografía» es posi­ble hacer otra lectura y profundizar en las res­pectivas referencias. A lo largo del texto apare­cen distintas viñetas sombreadas —en las que se citan frases, pensamientos, premisas y anécdotas de los distintos filósofos de la época— que es­tán concebidas como espacios de reflexión. He intentado que el contenido de las mismas sea agradable y comprensible, respetando las fuen­tes y las traducciones originales. En el «Apéndi­ce» aparecen las biografías resumidas de los fi­lósofos que cito a lo largo de las viñetas. En cuanto a Sócrates, Epicuro, Diógenes y Epícteto, he preferido hacer una breve reseña biográfica al comienzo de los apartados correspondientes.
El camino de los sabios es una invitación a re­flexionar sobre uno mismo y a elegir conscien­temente una opción existencial que nos aproxi­me a una vida mejor, más plena y feliz. El principal legado de los antiguos y la propuesta de la psicología cognitiva es que debemos ha­cernos cargo de nosotros mismos, y ésta es una enseñanza que no podemos desperdiciar.
Apuntes de este libro de Editorial Planeta/Zenit
Pierre Hadot. Parte 1 ¿Qué es el hombre? 1. La naturaleza. El mono, el caníbal y
el masturbador ..... ……………………………………33. ¿Queda todavía en ...
www.bsolot.info/wp-content/pdf/Onfray_Michel-Antimanual_de_filosofia.pdf 

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