martes, 21 de abril de 2015

Envejezca con Desvergüenza; ETIQUETA PARA EL HOMBRE MAYOR


Algunas (mas no todas) de mis reglas de etiqueta son aplicables tanto a jóvenes como a viejos. Se trata de una guía personal para el comportamiento social y no pretenden ser "la ley".
Las sugerencias están lejos de abarcarlo todo, pero qui­zá sí ponen el tono del comportamiento en situaciones que no se incluyen. El tono consiste en ser su mejor yo.
Estoy en deuda con el dramaturgo George Axelrod por este consejo: Si le toca acabar con una relación amo­rosa, hágalo en un buen restaurante en el cual una mu­jer con la mínima ambición social no se atrevería a hacer una escena.
Esté siempre en el teléfono antes de que la persona a quien usted ha llamado pase al teléfono.
No le pida a su secretaria que se encargue de sus com­promisos sociales. Ella puede confundir las fechas. Las invitaciones escritas, seguidas de recordatorios escritos, son de rigor.
Diríjase a los otros por su nombre solamente después de un período razonable de intercambio social. Es pre­tencioso hacer lo contrario. No proteste cuando alguien que tenga la mitad de su edad siga dirigiéndose a usted formalmente. Acéptelo amablemente como una se­ñal de respeto.
Un caballero les demuestra la misma cortesía a todos, no importa cuál sea su posición social. George Bernard Shaw expresó esto de manera brillante en los siguientes comentarios de Pigmalión: "El gran secreto no reside en tener buenos modales o malos modales o cualquier otro tipo de modales, sino en tratar a todas las almas huma­nas con los mismos modales. El problema no es si lo tra­to a usted groseramente, sino si usted me ha oído tratar mejor a otra persona".
Cuando usted no se presente a un almuerzo o a una cena, debido a un olvido o a un error al anotar el com­promiso en la agenda, mande flores acompañadas de una nota de explicación y excusa. Luego deje atrás el incidente. Las continuadas muestras de arrepentimiento sólo empeoran las cosas, y aburren.

Nunca sea el primero en llegar a una fiesta ni el últi­mo en irse, y nunca, nunca sea las dos cosas.
Baile siempre con la dama menos atractiva de su me­sa. Cuando le toque bailar con alguien más joven y fuer­te, abandónese a breves arranques de energía, pero luego desacelere, tal como necesariamente debe hacerlo un hombre de su edad. No se deje llevar por el entusiasmo, de lo contrario, probablemente tengan que llevárselo a usted.
Mantenga la conversación en la mesa al mínimo. Cualquier cosa que exceda unos pocos minutos de char­la ligera podría hacer que los ojos de su acompañante se desenfoquen del tedio. Ya para ese momento es posible que usted tenga que voltear la cabeza para dirigirse a su otra compañera de mesa porque sus ojos ya están distra­yéndose del aburrimiento.
Asegúrese de no impartir su sapiencia a un invitado que usted no conoce. Puede acabar instruyendo a un ga­nador del Nobel sobre su propio campo.
Algunas metidas de pata sociales son inevitables. Cuando se producen discusiones violentas entre los in­vitados, generalmente uno de ellos se va y luego envía flores. La mayoría de esos pasos en falso son perdona­dos pero nunca olvidados. Aun así, revitalizan una fiesta tediosa.
Siempre mande notas, flores, o un regalito original y sexy después de una invitación a cenar. Las anfitrionas nunca se cansan de que les digan lo maravillosa que re­sultó la fiesta. El regalo debe escogerse cuidadosamente: el Bordeaux preciso para un enófilo, un libro raro para un bibliófilo.
Como invitado, usted también está en la obligación de devolver la atención ofreciendo su propia fiesta.
Si usted ha sido despedido del trabajo, se ha divor­ciado o ha sido objeto de publicidad escandalosa, tenga en cuenta el consejo de Arnold Bennett: "Compórtese siempre como si nada hubiera sucedido". Esa es la forma de actuar de manera que los demás entren en histeria porque usted no está desbaratado.
A una mujer con la que ha pasado la noche, mándele flores y una nota, especialmente si el romance está con­denado a no prosperar. Váyase siempre antes del desayu­no a menos que usted esté enamorado, para que no haya necesidad de plantear el tema del compromiso.
Cuando una mujer desea que la besen en la boca, lo demuestra inclinándose levemente hacia adelante. Nun­ca he fallado respecto a esto.
Deles propinas generosas a la cocinera y a los em­pleados cuando sea huésped en una casa. Hágalo mucho antes de su partida para que sus anfitriones se den cuen­ta. Unos cuarenta o cincuenta dólares para la cocinera y veinte para la empleada del servicio son lo apropiado para un fin de semana festivo.
El dinero dice mucho y, por tanto, usted no debe hablar acerca de él. Hasta el bufón en el Rey Lear de Shakes­peare aconsejaba: "Tened más de lo que mostráis".
Al excusarse de un compromiso social, es mejor decir la verdad. Es aceptable argumentar que está cansado o que tiene otros tres compromisos esa semana y que no sería capaz de manejar otro más.
Es cruel e imperdonable cancelar un compromiso porque ha surgido algo "mejor". Haga este "trueque" so­lamente si lo invitan a una cena de Estado en la Ca­sa Blanca. Nunca pida una lista de los demás invitados. Si usted es suficientemente importante o interesante, la anfitriona le dará una.
No sea impreciso si usted piensa seriamente invitar a alguien. No diga: "Veamos a ver si cenamos el domin­go". Esto deja a la persona sin saber qué hacer respecto al domingo. Diga más bien: "A las ocho de la noche en Mortimer's. Nos encontramos allá".
Está bien invitar a alguien a almorzar el mismo día pero es imperdonable cancelar una invitación el mismo día del evento.
Es delicioso chismosear, pero tenga cuidado de no re­petir cualquier cosa que pueda destruir un matrimonio o un carrera, a menos que esa sea su meta. Tenga un cuida­do especial al poner a rodar rumores acerca de una per­sona importante. Irv Kupcinet, el columnista de Chicago, comentó acertadamente en el show de televisión de Phil Donahue: "Las preferencias sexuales de ciertas celebri­dades deben ser un secreto entre los tres". Además, siempre se sabrá el origen del chisme y usted puede perder a un amigo o ganarse una demanda.
Hasta una persona razonablemente interesante le de­be a su anfitrión quemarse las cejas tratando de agradar y ganarse la cena; uno de los peligros de las reuniones pequeñas es que uno tiene que desempeñar el papel de buen invitado.
Siempre vaya al baño antes de sentarse a cenar. Esto le ahorrará el esfuerzo de pararse.
Todavía no me he topado con la primera mujer, por liberada que sea, a la que no le fascine que le abran la puerta, le cedan el puesto o le extiendan la mano para ayudarla a cruzar la calle. A las mujeres, especialmente hoy día, les gusta ser tratadas con consideración porque muy pocos hombres lo hacen, y quizá también porque hay tan pocos hombres.
Las mujeres que hablan groseramente dan vergüenza, especialmente en presencia de hombres.
La nueva etiqueta ordena que uno no debe fumar en público, pero quizá las que más violan esta regla son las mujeres y no los hombres. Déjelas. Si usted también comparte el hábito, agradezca que su mujer comparta su adicción o al menos la tolere. Yo viví dos matrimonios antes de encontrar a una mujer a la que le gustaran mis cigarros y el resultado ha sido un matrimonio largo, feliz y lleno de humo.
Amy Vanderbilt afirmó con razón que el desayuno es la única comida en la que es perfectamente aceptable leer el periódico.
Cuando derrame algo, deje que otra persona limpie el reguero. Trate el incidente con el mismo espíritu que lo hacía cuando era un adolescente descuidado.
Trate a su familia con la misma cortesía que les brin­da a los extraños, sin importar lo molesto que eso pueda ser. Los chinos sostienen que en un buen matrimonio, el marido y la mujer se consideran el uno a otro como huéspedes.
Si usted tiene problemas de audición y es demasiado orgulloso para usar un audífono, no diga "¿qué?" más de una vez. Si a la segunda vez no oyó algo, pretenda que sí y cambie el tema.
En cuanto a la forma de rechazar solicitudes de dine­ro, tiempo y otros bienes escasos, T.S. Eliot anotó: "Los años más difíciles son entre los cincuenta y los setenta... A uno siempre le están pidiendo que haga cosas, y aun así uno está suficientemente decrépito como para negar­se...". Niéguese.
Sea rápido con las despedidas, lento con los saludos, medido con los halagos y efusivo con las expresiones de amor.
Cuando alguien sea imperdonablemente grosero, no le haga caso y continúe como si nada hubiera sucedi­do. Aléjese lentamente, tan lentamente que el culpable no sabrá que usted se ha ido y seguirá despotricándole a otra persona.
En general, el consejo de Epícteto vale tanto hoy co­mo lo hizo en tiempos antiguos: "Recuerda que debes conducirte en la vida como en un banquete. Si te ofre­cen un plato, extiende tu mano y tómalo con modestia. Si te lo alejan, no lo retengas. Si el plato llega a tu lado, no expreses tu deseo a voces, sino espera con paciencia a que te lo ofrezcan".
A lo cual yo agregaría, dé siempre las gracias. Esa es la esencia de los buenos modales en todas las circunstan­cias, salvo las más trágicas.
Libro de DAVID BROWN de Panamericana Editorial

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