domingo, 24 de mayo de 2015

Envejezca con Desvergüenza: ESCAPARSE


Después de los 50 años de edad, una de las cosas que la gente hace con más frecuencia es viajar. Lo único que se necesita para reservar un puesto en el Expreso de Oriente o en el Expreso Transiberiano es un pasapor­te, una visa y una tarjeta de crédito. Los viajeros con in­clinaciones románticas deben saber, no obstante, que es menos probable que se topen con hombres de gabardina y aspecto siniestro que viejecitas con caminadores.
¿Por qué viajar, especialmente cuando uno está más viejo y más cansado? Es sencillo. Porque uno tiene más tiempo y, por lo general, más dinero. Y también es más probable que uno esté aburrido.
Aunque todavía esté trabajando, viajar puede ser la forma de deshacerse de las desilusiones, la pena o la de­presión. Es posible que sus problemas estén esperándolo pacientemente cuando regrese, pero tendrá nuevas ener­gías para afrontarlos. Noel Coward lo expresó elegan­temente en Sail Away: "Cuando el viento y el tiempo eleven tus sueños hasta el cielo,/ a la mar, a la mar". Un puesto en primera clase a 37.000 pies de altura puede ser más eficaz que el diván del psiquiatra para aclarar las prioridades, especialmente si tiene a su alcance un trago y un recipiente lleno de nueces. A veces el viaje incluye también un susto que lo obliga a uno a identificar lo que es verdaderamente importante. En mi viaje alrededor del mundo me despertó un vacío que casi lanza nues­tra aeronave al océano Índico lleno de tiburones. Duran­te cinco minutos interminables, nos mecimos y dimos bandazos mientras que los relámpagos incendiaban las alas. Experimentamos la mayoría de las sensaciones que acompañan la caída de un avión que se estrellará. En ese momento los problemas de mi carrera perdieron impor­tancia, y así se quedaron.

Hasta los viajes sin percances ayudan a ubicar los pro­blemas en su justa dimensión. Desde el momento en que el avión se aleja de la terminal, uno está en otro há­bitat, temporalmente desconectado de las preocupacio­nes terrenales. Para quienes se quedan en tierra, usted no es más que luces que se mueven por el cielo.
Para los nómadas que se sienten deshumanizados por tener que viajar con el cinturón de seguridad en el avión, y ultrajados por las demoras en la entrega del equipaje, un viaje en barco es un tónico que brinda un lugar tran­quilo y hermoso para perderse en medio de los extraños. Aunque son costosos en términos de tiempo y dinero, los viajes por mar restauran el cuerpo, el alma y la mente.
El mar también es un afrodisíaco, aunque le tocará trabajar duro para atraer a una mujer bien parecida en un barco ya que habrá mucho más competencia que en tierra. Sin embargo, existe la posibilidad de un encuen­tro breve y hermoso.
Si usted es uno de aquellos que están de acuerdo con Samuel Johnson en que "estar abordo de un barco es co­mo estar en la cárcel, con la posibilidad de ahogarse", entonces es posible que viajar en tren sea su única alter­nativa. Pero, salvo el Expreso de Oriente y el Tren Azul de Sudáfrica, los trenes de hoy día, incluso el Bullet japo­nés y los superexpresos TGV franceses, ya no son parti­cularmente lujosos. Las comidas se sirven estilo aerolínea en el puesto de cada quien y hay demasiado movimiento como para andar por ahí.
Otra forma de viajar que está volviéndose más atrac­tiva cada año es la de dirigirse, por los medios más có­modos, a un lugar —a la región de Toscana en Italia, por ejemplo— y quedarse allá todas las vacaciones, despla­zándose solamente a las atracciones más cercanas.
He aquí unas pocas sugerencias para los viajes a cual­quier lugar.
Mi estrategia para empacar es sencilla. Imagínese su cuerpo desnudo, si la idea no es demasiado deprimente. Luego empiece a vestirlo de abajo arriba, por así decir­lo. Primero, medias y zapatos: ¿cuántos pares va a nece­sitar? Generalmente tres, incluidos los que lleva puestos. Un par elegante, un par para caminar y pantuflas. Si­guen calzoncillos, camisetas interiores, pantalones, cami­sas, suéteres, corbatas y mancuernas. Luego vienen los abrigos. Una gabardina cumple también la función de sobretodo. Una vez que tenga una lista del ajuar básico, puede pasar a los artículos de tocador, lecturas, dinero, pasaporte (¿tiene las visas en orden?), pasajes. Estos últi­mos artículos deben dejarse encima de la maleta empa­cada. (Empaque mínimo la víspera). Olvide el consejo de viajar con poco equipaje. Es mejor chequear las male­tas que herniarse cargándolas uno. De todos modos pue­de acabar viajando ligero cuando se extravíen una o más maletas. No se preocupe. En una vida de viajes jamás he perdido algo de por vida. Siempre aparecen en cuarenta y ocho horas o menos. Lo que sí no aparece son los obje­tos que se roban de los bolsillos delanteros. Es más pro­bable que se roben las maletas de diseñador que aquellas menos costosas y sin marca. Tenga cuidado con los la­drones en todos los aeropuertos y mantenga siempre el equipaje de mano junto a usted o entre las piernas mien­tras está en el mostrador.
Si usted es un viajero ansioso, podría pensar en una pequeña maleta que contenga esos artículos imprescin­dibles que usted necesitará, en caso de que las maletas se demoren en llegar. Esta podría incluir un par de camisas, ropa interior, artículos de tocador, medicamentos y unos pares de medias.
En cuanto al viaje mismo, siga los consejos de Samuel Johnson:
Apenas se suba a la carroza, expulse todas sus preocu­paciones de la cabeza.
No piense en la frugalidad;
Su salud vale más de lo que puede costar.
No extienda la jornada de viaje hasta la fatiga. De vez en cuando tómese un día de descanso.
Deseche toda ansiedad y mantenga la mente relajada. Esto significa que no debe preocuparse por si apagó el gas o no. Seguirá ardiendo cuando usted regrese, y al igual que Picaporte, el sirviente errante de Phileas Fogg, usted pagará. Pero por ahora, juegue a ser Nerón. Que arda mientras usted se divierte.
Cuando le cancelan el vuelo de regreso, usted tiene derecho, en ciertas circunstancias, a viajar gratis en el siguiente vuelo disponible. Si la demora implica pasar la noche, le pagarán los gastos de hotel y alimentación. Una vez durante unas vacaciones en Gran Bretaña, mi vuelo de Air India a Nueva York se demoró tres días. Air India amablemente me rembolsó el costo de tres días más en el elegante Hotel Claridge's de Londres más una pequeña fiesta de Año Nuevo. Esa es la clase —o más bien la primera clase— de Air India.
Lleve jabón a casi todos los destinos. En algunos de los mejores hoteles de Europa las barras de jabón son minúsculas.
Los suéteres son necesarios en el avión. La temperatu­ra puede bajar rápidamente aun en las zonas tropicales. Afuera de cabina, la temperatura es de 30° C bajo cero.
Compre la moneda extranjera que necesite en un ban­co importante de Nueva York, San Francisco, Los Ánge­les, Chicago o de cualquier ciudad. Obtendrá una mejor tasa de cambio y no tendrá que correr a cambiar dinero a la llegada para las propinas y los taxis.
Lleve una Biblia. Podría llegar a conocer y apreciar es­te libro maravilloso en un vuelo largo. Hasta podría tener que recurrir a él.
Si viaja con su pareja, evite las discusiones camino al aeropuerto. Por alguna razón las relaciones se tornan frá­giles cuando uno está por viajar.
No ponga objetos personales o documentos en el bol­sillo frente a su puesto. Tienden a quedarse ahí cuando usted se baje del avión. Es más fácil que se pierdan las cosas después de un vuelo largo cuando uno está un po­co atontado.
Lleve papel higiénico. A su edad, uno nunca sabe cuándo pueda necesitarlo ni dónde. En Egipto tuve una emergencia. El pánico me llevó a pensar en una tumba abierta, pero resultó que un baño en el desierto no era un espejismo y que tenía tubería que no se remontaba a Ramsés II.
No beba agua de la llave sino en su casa. Si no hay disponible agua embotellada, tome cerveza local. Res­pecto a India, las islas tropicales y otros lugares donde la comida puede ser de origen dudoso, limítese a los platos cocidos y a las frutas que deben pelarse (bananos, piña, etcétera), pero lávese las manos después de desechar la cáscara. Evite los helados, el queso y otros lácteos.
Los países del Tercer Mundo se recomiendan sola­mente a aquellos de temperamento imperturbable, es­tómago de hierro y tendencias sadomasoquistas. De todas maneras, vaya alguna vez, por la aventura y la diversión.
Italia es especialmente hospitalaria con los norteame­ricanos y uno podría vivir allá felizmente para siempre, especialmente con una esposa italiana. Sin embargo, ten­ga cuidado con su tendencia a engordar. La pasta ha des­truido más de un romance maravilloso. Alemania puede ser una sorpresa, especialmente Hamburgo, esa ciudad hanseática con unas de las mujeres más bellas de Euro­pa y una comida excelente. Las mujeres alemanas son cálidas y adoran a los hombres mayores. Munich tam­bién está bien, pero Berlín es todavía grave y gris, sin el abandono de aquellos años durante los que Christopher Isherwood escribió sus Historias de Berlín.
¿Qué puede decir uno de París que Cole Porter no ha­ya dicho ya? Porter amaba París cuando lloviznaba y bu­llía. Es una ciudad imposible, vana e indiferente, como una mujer que ha sido adorada demasiado tiempo. París es voyeurista. Todo el mundo mira. Si yo estuviera solo a mi edad, viviría en París, donde los hombres nunca son demasiado viejos para amar. Y llevaría dinero. Las mu­jeres francesas que he conocido husmean a un hombre con plata tan fácilmente como sus perros husmean una libra de carne roja. Son chic y graciosas y maravillosas, y bien valen el oro de un anciano.
Londres es especialmente adecuada para quienes ex­trañan la buena educación y los formalismos del pasa­do. El sistema de clases está vivo y goza de buena salud. En cuanto a las mujeres inglesas, ya no son simplonas. Así como la comida londinense, las mujeres británicas han mejorado considerablemente en los años de posgue­rra, y las hijas de la "guerra relámpago" son atractivas y elegantes. Lo mejor de todo es que, a diferencia de sus contrapartes parisienses, pueden ser extremadamen­te románticas porque todavía son algo ingenuas. No son tan sexi-terrenales como las alemanas o escandinavas, pero son muy inteligentes.
Aun con toda esta información, es posible que usted no se aventure a viajar al exterior. Pero antes de decidir que no hay como el propio hogar, le aconsejo que mire hacia otros lados. Como mínimo podrá encontrarse a sí mismo.
Apuntes de este libro de DAVID BROWN de Panamericana Editorial

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