miércoles, 10 de junio de 2015

Mantra para el miércoles (VI), 27/02/13; Palabras Clave: AFRODITA


Comentario
Afrodita desprende sensualidad haga lo que haga, o lo que piense o diga; destaca entre la multitud femenina como un farol en la niebla, es una pieza exuberante y dis­tinta, carcelera de todas las miradas. Hombres y mujeres sucumben por igual ante su físico turbador, estudiado, per­fecto; simplemente, no le pueden quitar los ojos de enci­ma. La lectora que desee fascinar igual que Afrodita no ne­cesita un físico escultural, pero sí debe explotarlo como si lo fuese. Por supuesto, no hay que olvidar el toque enigmá­tico; la clave del éxito yace en el impacto inicial, la provo­cación inquietante, lo que detona el ansia de conocerla más para descubrirla del todo.
Afrodita es la emperatriz de los sentidos, la diosa de la feminidad, del instinto y del goce físico en potencia. La úl­tima palabra es esencial en este estilo de seducción, ya que las Afroditas del mundo distan de ser busconas o cortesa­nas; no pretenden ni desean el intercambio de fluidos rápi­do, básico e indiscriminado, y por supuesto, detestan la vulgaridad, no son un objeto para usar y tirar, no buscan el desahogo de una noche. No. Lo suyo es elegancia pura aderezada con toques de misterio; su método de encanta­miento promete, pero pocas veces remata. Actúa como el agua del mar cuya contemplación nunca cansa, pero el día que pretendemos atraparla se escapa entre los dedos.


Aunque este arquetipo de seducción emplea su físico como reclamo en sus expediciones de caza, y lo usa para apoderarse de la vista de cualquier observador, lo que de verdad le interesa es incendiar la fantasía de las presas. La imaginación del espectador es el gancho con el que poste­riormente se adueñará de su conducta... y de su amparo. El sueño más codiciado y secreto de esta diosa es, en efecto, conseguir la protección emocional, física y económica de un hombre asentado, intelectual y profesionalmente. Es frecuente que por las venas de Afrodita transite sangre im­pregnada de carencia afectiva en la niñez, sobre todo pa­terna. Conseguir un mentor que devuelva el reflejo del magnánimo padre que nunca se tuvo, exige acercarse a muchos sapos hasta encontrar al rey; para evitar el perni­cioso desgaste corporal que tal hazaña supone, Afrodita se protege introduciéndose en la mente del elegido. Toda su estrategia de seducción sería inútil si no retardase el con­tacto carnal y no se escabullese justo cuando su objetivo cree estar en posesión de la victoria.
En sus pesquisas, esta seductora actúa como un espejis­mo en el desierto, es fuente de inspiración y conoce las artes que catapultan la imaginación de los espectadores. El se­ñuelo es la imagen de su cuerpo más que la materia real; de hecho, Afrodita no tiene por qué ser esclava de los cánones estéticos que impone la moda. No todas las seductoras de este arquetipo son guapas de revista, pero sí emanan feminidad por cada poro de su cuerpo y también cuidan esmeradamente todos aquellos aspectos que nutren los cinco sentidos del contemplador: se perfuman, maquillan, peinan, visten de un modo nada fortuito, hablan con el tono de voz sugestivo; todo en ellas está medido y estudiado para causar el impacto anhelado.
En su presencia, la mente del observador se impregna de vibraciones pulposas y se disparan ideas acerca del tacto de su piel, de su olor y sabor, del sonido de sus susurros. Ella se convierte en fruta prohibida que brilla, exalta la li­bido, explota el anhelo de saborearla... pero lo más impor­tante es que Afrodita aparenta no ser del todo consciente de la energía sexual que desprende, e incluso simula sentir­se víctima de su voluptuosidad, pues lo último que desea es fundir a los demás con el ardor que provoca. Su princi­pal atractivo yace en la contradicción entre sugerencia e inocencia. Mezcla con habilidad de prestidigitador con­ceptos antagónicos: carnalidad y refinamiento, sensibilidad y animalidad, inocencia y experiencia llegando incluso a fusionar exquisitez y vulgaridad.
En ocasiones exhibe caprichos de niña simplemente porque en el mundo de los adultos resultan atractivas, de vez en cuando, las mujeres básicas, juguetonas e irraciona­les. Su estilo de seducción anuncia pericia sexual al mismo tiempo que candidez; placer con un toque de peligro... Todo ello aliñado con el irresistible cosquilleo que produce un tesoro prohibido. Esto la distingue de una buscona. Afrodita es una flor única, preciosa, delicada; la sirena des tinada al mejor marinero, al héroe que sabrá colmarla de mimos y protegerla para que no muera. La combinación es magistral; de hecho constituye la fórmula idónea con la que alimentar el ego del varón al que le gusta sentirse fuer­te, valeroso y responsable. Ante él, Afrodita se presenta como hija de un dios. Con movimientos y voz cuidados hasta el último detalle, se ofrece como lo haría una geisha. Afrodita no suda; brilla. No anda; se desliza. No grita; can­ta. No habla; susurra.
El estilo de este arquetipo de seducción tiene mala fama en el mundo actual..., sobre todo entre las mujeres. Nunca en la historia la mujer ha gozado de una fortaleza física y profesional, ni de una independencia emocional ni económica como en la sociedad moderna. Nuestra cultura valora a la mujer que, en muchos sentidos, se porta, elige y afronta la vida como un hombre. La presencia de una Afro-dita, por tanto, ofrece sensación de un anclaje ancestral; a ciertos personajes de la modernidad les resulta inquietante saber que todavía existen féminas cuyo reclamo consiste en presentarse como una bomba sexual y cuya técnica inflama la parte más primitiva e irracional del cerebro masculino.
Ciertamente este perfil de seducción es el más arcaico, lo que justifica su primera posición en el listado de arqueti­pos. El método se asemeja al que ya empleaban las mujeres del Imperio romano: ella obtiene el amor y romance que espera ofreciendo previamente un señuelo físico, la prome­sa de uno o muchos desahogos estremecedores, la morbi­dez de una exaltación a la que solo puede aspirar el mejor. Lo último es fundamental para distinguir los códigos de seducción de una meretriz y los de Afrodita. Ella se presenta como un premio ansiado por muchos, un raro, pre­cioso y delicado ejemplar.
Tras la inicial invitación: « ¡Soy única!», sobrevuela la posibilidad de una posesión: «Si te comportas como un hé­roe, quizá puedas hacerme tuya». Nótese cómo otorga el trabajo al observador; Afrodita utiliza en su favor la natu­ral tendencia del hombre a cazar piezas suculentas. Hace todo lo posible por convertirse en una presa codiciable para muchos hombres al mismo tiempo, no en vano se mueve y se viste para atrapar todas las miradas que puede, pero su reclamo es: «Solo el ganador obtendrá el tesoro». El anzuelo va repleto de una suculenta combinación de pe­ligro y aventura, lo cual resulta apasionante para el varón que transita cargado de obligaciones rutinarias y falto de emociones excitantes en su vida diaria.
El hombre razonable, serio, rígido, organizado, ve en Afrodita una posibilidad de efervescencia y variedad en me­dio de sus abrumadoras responsabilidades; una oportu­nidad liberadora, un soplo refrescante en medio de su apo­cada o asfixiante existencia y también, cuando Afrodita ejerce bien el papel de geisha, al hombre se le dispara el ego y las expectativas de sentirse admirado y agasajado de un modo exquisito, en un clima donde él es héroe sobre un pedestal y ella la más fogosa de las adoradoras. El imán es tan poderoso que apenas el macho puede sustraerse a él, hasta el punto de embarcarse en una cascada de locuras en el momento menos oportuno, cometiendo arriesgadas im­prudencias, perdiendo la compostura, rompiendo vínculos matrimoniales, profesionales o afectivos con tal de sabo­rear, al menos una vez, el placer auténtico. Si quieres comprobar hasta qué punto Afrodita puede volver loco a un hombre, no dejes escapar la película Herida, de Louis Ma­lle, con Juliette Binoche y Jeremy Irons como protagonis­tas. Prepárate para las sensaciones fuertes.
Otra de sus presas fáciles es el hombre intelectual, tan extraviado en el universo de las ideas que ya ha olvidado los goces que otorga el tocar, oler, contemplar, oír, saborear, en definitiva, sumergirse y perderse en el convulso mundo de los sentidos. Afrodita se presenta ante él como el paraí­so de la abundancia lúbrica... y como siempre, cuando el destinatario está a punto de hincar el diente en el suculen­to pastel, este se desintegra. Aturdido, el hombre seducido se precipita entonces en un abismo emocional, sumiéndole en un desesperante vacío por la pérdida y encendiéndole el ansía de perseguir el tesoro cueste lo que cueste; una aven­tura excitante de que el hombre no se creía capaz de aco­meter, bien porque jamás antes se atrevió, bien porque ya la había olvidado en sus circunstancias actuales de edad, posición social o estado civil.
Al distanciarse de su fichaje, Afrodita hipoteca la men­te y también la conducta de su perseguidor, proporcionán­dole no solo la angustia del edén perdido, sino también el miedo de «haber sido echado» por no ser lo suficien­temente bueno, hábil o inteligente. Así es como ella se adueña del control.
Aunque el protagonismo de este arquetipo es eminen­temente femenino, también los Supermachos tienden a em­plear códigos parecidos porque, si bien sus metas son dife­rentes en apariencia, sin embargo, ambos sexos poseen motivaciones psicológicas similares. Al rascar la gruesa coraza bajo la que se oculta el mega-varón, salta la mecha que en realidad catapulta su forma de reclamo: falta de se­guridad, duda continua, sospecha de amenazas y tendencia a ver el lado negativo de las cosas. Exactamente igual que Afrodita.
AFRODITA, VISTA POR DENTRO
La personalidad de Afrodita corresponde a lo que los su­cesores de Jung calificarían de intelectual (anestesia los sentimientos y los instintos físicos con el pensamiento) y controvertida (fluctúa entre la introversión y la extrover­sión) 2. Su alma se agita al son de un agotador y convulso mar de contradicciones: depende de los afectos o economía de otros, pero, al mismo tiempo, valora su independencia, quiere sobresalir de la masa, presentarse como un ser úni­co en su especie. No se viste ni se mueve según los cánones de la moda, ella opera en el umbral de las emociones bási­cas y los instintos. Apela al cuerpo más que a la cabeza, despierta la sensualidad más que las ideas. Su fórmula le­vanta desdenes y denuestos entre sus congéneres feme­ninas, en general porque la sociedad actual promueve a la mujer racional más que a la bomba sexual. Sin embargo, aunque la miren por encima del hombro, apenas logran quitarle los ojos de encima. Sobre ellas también Afrodita extiende su fascinante magnetismo.
Asimismo, nuestra protagonista quiere ser digna de confianza y también desea confiar, pero no puede evitar poner a prueba constantemente, de modo inmisericorde, la afiliación de sus elegidos, pasando del reclamo al despre­cio, jugando con el desconcierto, con la retirada drástica del fruto prohibido. Anhela desesperadamente la pro­tección de alguien más fuerte, más inteligente, y a la vez se siente vulnerable por ello. Aparenta experiencia, pero se siente insegura. Parece inocente y voluble, pero es calcula­dora; se protege manteniendo una incansable vigilancia, necesita estar impecable y cree que esta es la fórmula para que los demás la acepten.
Como se ha mencionado antes, muchas Afroditas su­fren la tragedia común de un abandono paterno temprano; el distanciamiento del progenitor o cuidador masculino puede ser físico o afectivo, pero en cualquier caso edifica en ella la imperiosa necesidad de hallar, en su vida adulta, refugio en alguien que se asemeje a la imagen de padre ideal: un mentor más fuerte, inteligente, valiente y respon­sable que ella misma; alguien que la pueda guiar, de quien pueda aprender.
En general, Afrodita es una víctima de la duda monu­mental, se ahoga en la incertidumbre de ser traicionada, fluctúa entre obedecer y rebelarse, cree que el mundo es amenazador y, por otro lado, presenta una dolorosa depen­dencia de él. Suele dudar de sus propias capacidades para razonar y ser coherente cuando no encuentra referencias externas en las que confiar y que sirvan de modelo. Presta energía y pone atención a lo que podría ir mal, los posibles obstáculos, las dificultades, los significados ocultos, los mensajes dobles. Hace lo posible por evitar el descontrol ante el peligro y el dolor, quedarse atrapada en la duda. Por encima de todo, teme la traición y el abandono. La falta de seguridad en su valía interna le hace buscar apoyo en el exterior; aunque su presencia supone un reclamo a nivel masivo, ella no se mueve sin haber detectado a un protec­tor potencialmente adecuado. Desdeña a cualquiera que se le acerca si no atisba los rasgos que busca y necesita.
Su emotividad es lábil y pendular, fluctúa inespera­damente entre la risa y el llanto, la delicadeza y la ira, el optimismo y la crispación. Su apariencia física, aunque no respalde los cánones de belleza en boga, es su mejor herramienta, pero debajo de la carcasa externa se esconde un enigmático y atormentado y titubeante ser humano que agoniza a causa de la persistente sospecha de ame­nazas, la inmisericorde tendencia a ver el lado malo de las cosas. Continuamente coquetea con la ambivalencia; las dos tendencias de su personalidad fluctúan entre la tur­bación que ocasiona su aspecto físico y su imperiosa ne­cesidad de que la admiren. Como vimos antes, explota simultáneamente carnalidad e inocencia, instinto y exqui­sitez, agresividad y sumisión. Las paradojas siempre resul­tan atractivas e inquietantes, frente a ellas no es posible relajarse.
Esta dualidad no solo se proyecta hacia los demás, ya que en su interior también palpitan fuertes contradiccio­nes: se siente al mismo tiempo fuerte y débil, moldeable e iracunda, clara y oscura, dulce y amarga.
Afrodita es, simplemente, «alguien fácil de contemplar pero difícil de conocer».
RESUMEN
¿Qué ofrece? Fantasía sensorial y sexual.
¿A quién? Hombres serios, protectores, responsables, asentados profesional, económica y socialmente.
¿Cómo lo hace? Opera en el umbral de las emociones básicas y los instintos.
Motivaciones de Afrodita: desea obtener certeza y se­guridad, sentirse protegida, aprobada, mimada como si fuese una criatura frágil. Necesita también poner a prueba la valía, fidelidad y solidez de los demás y su capacidad para ampararla y guiarla en un momento dado.
Expectativas del seducido: liberarse de la opresión inte­lectual, darse la oportunidad de «sentir» su cuerpo. Soltar el lastre de sus responsabilidades diarias, entregarse a una experiencia que devuelve, al menos en parte, la pasión ju­venil. Afianzar su imagen de hombre sexualmente podero­so. Sentir auténtico placer carnal y sensorial. Vivir una aventura prohibida, un paréntesis en su ordenada y cohe­rente existencia. Saberse admirado por una diosa. Ganar un apetitoso tesoro sensual.
Cómo seducir a Afrodita: ofrece lealtad, demuestra aplomo y seguridad. Anímala a expresar verbalmente sus inquietudes y luego contrarresta sus dudas con opciones positivas. Difumina sus temores con alternativas realistas y alegres, equilibra su tendencia al pesimismo con una visión optimista y tranquilizadora. No menciones, al menos en los inicios, su carnalidad o el deseo físico que despierta.
Libro: Psicología de la seducción de Alejandro Vallejo-Nágera, Booket

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